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En una zona de hipertensión política, como la calzada “más bien enorme” de Diez de Octubre, los semáforos están ciegos en la mañana de cualquier día de marzo. Es una señal de desorden. Otra más. Tampoco hay policías del tránsito y la intersección con la calzada de Luyanó, justo donde alguna vez vivió el sargento taquígrafo y futuro dictador Fulgencio Batista, sería lo más parecido a un eventual parque de autos chocadores si no fuera porque el cerco energético de Trump ha deprimido la circulación vehicular a límites sin precedentes.

El samurái, la inflación veterinaria y un negocio en el pico del aura
Recién, el segundo colapso energético nacional en menos de una semana ha metido de cabeza a la gente en otro round de privaciones y de consecuencias que deben metabolizar con templanza, resignación y, si aun queda algo, resiliencia.
“Es como si subiéramos un par de decibeles a la sirena que tenemos metida en el tronco de la oreja”, dice un sónico y metafórico Samurái. En el fondo, este vendedor ambulante de café envasado en pulcros termos quiere significar que finalmente los apagones totales terminarán por ser normalizados dentro de la bulla cotidiana de los problemas y que la gente, aún encajonada en más mortificaciones, se adaptará lo mejor que pueda. Sobrevivencia, pura y dura. Adaptabilidad darwiniana.
“¡Pero nos están dejando sordos esos decibeles!”, advierte una señora manteniendo un cigarrillo encendido en su boca. Ha comprado una tacita de café por 20 pesos. “No está bien caliente”, chapurrea con indulgencia, soltando un humo nasal, pero igual es lo primero que le “cae” en el estómago para entonar la jornada.
Con arreos de cuero rojo, cuida un par de salchichas meones y ladradores que le dejó su vecina, por un mes en Génova con su hija cantante e informática, a cambio de 10 euros mensuales y algún que otro envío de comida para ella y los perros. “No está mal, tía, ahí tienes más de 5 mil pesos sin sudarla mucho”, calcula Samurái, con una mirada entre fulgurante y achinada. “Sí, pero si se ponen malos, el veterinario te quita todo ese dinero y más de un solo manotazo. Imagínate tú que por una consulta con un cardiólogo veterinario están pidiendo 7 mil pesos. Ya ni te hablo de los medicamentos”, calza con una áspera voz limada por la nicotina.
Al Samurái le dicen así porque alguien tan viejo como él soltó que se parecía a Toshiro Mifune, pero en honor a la verdad el sobrenombre exige un huracán imaginativo para conectarlo con el actor fetiche de Kurosawa. Cada día su negocito de saltimbanqui con mesita y silla de tijera vive las últimas horas. “Siempre en el pico del aura”, remata con el cubanismo, sin pestañear, con el entrecejo contraído, como el bandido Tajōmaru, en Rashomon.
La venta languidece una semana, resucita en la otra. Cuando pasaban las rutas de ómnibus por la calzada había un mercado estructurado que satisfacer en una u otra parada. Ahora ya no. La gente se ha dislocado a lo largo de la vía y solo encuentras aglomeraciones al amanecer “cuando pasan los P”.
“Antier fui a buscar café a un punto en el Diezmero, pero el tipo estaba pelao. Su familia en Guantánamo no ha podido mandarle nada. No hay transporte”, cuenta. El hombre está desesperado porque tampoco le puede enviar los pomos de aceite comprados en la capital, 40 % menos caros que las comercializados por las mipymes en Oriente.

Un litro de gasolina es una chequera de jubilación
Es un país tan largo como fracturado. De eso se trata. La crisis petrolera, ya antes del bloqueo de Trump, había impuesto una balcanización forzosa, un revival neofeudal que trama alianzas burocrático-empresariales locales, que coarta el movimiento extramunicipal o provincial, y cuando lo permite lo monetiza al máximo, sean personas, sean mercancías.
Un litro de gasolina al precio de la jubilación mínima o un cartón de huevos son las equivalencias en un presente caótico que no encuentra la puerta de salida.
Washington indica una exit que a La Habana no le cuadra. Le suena a protectorado a la caraqueña, ante lo cual podríamos estar metidos en un callejón sin salida si la diplomacia no consigue un pasadizo de emergencia que satisfaga a las partes, los llamados “intereses nacionales” y los egos políticos.
Líneas rojas. Un diálogo con el Samurái
¿Líneas rojas? Al menos como táctica discursiva inicial los representantes del gobierno han subido los decibeles. “Asumir que van a tener un día la capacidad y la prerrogativa de determinar qué sucede en Cuba, cómo se actúa en Cuba, cómo se gestiona este país, cómo se maneja la economía, es una aspiración declarada por el gobierno de los Estados Unidos y que resulta totalmente inaceptable para Cuba”, aseguró recién el vicecanciller Carlos Fernández de Cossío, al frente de la oficina que se ocupa de manejar diplomáticamente las turbulentas relaciones con Washington.
Conversando distendido en medio de corredores palaciegos con el ex líder de Podemos, Pablo Iglesias, en La Habana, el presidente Díaz-Canel acotó las temas de la negociación. ¿Qué se puede discutir? Pues “cómo puede participar el Gobierno de EEUU en la economía” de la isla, pero nunca cuestionar la “soberanía”, “independencia” o el “sistema político” del país.
Pero la historia, a veces, encuentra maneras de mofarse de las rotundidades. “En ninguna circunstancia, aun cuando logremos lo que hoy parece posible en un futuro no muy lejano —la desaparición del bloqueo económico, comercial y financiero a mi país— volveremos a depender de un solo mercado. Nunca más vamos a depender de un mercado, debemos diversificar”.
Son palabras del entonces ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, Rodrigo Malmierca, en 2015, en pleno “deshielo” con Obama. Una década después, las circunstancias van camino a desmentirlo. Bloqueo aún y peor. Dependencia también y tal vez para más, mucho más.
¿Habrá cuadre o no habrá cuadre con los yumas?
No sé. Depende de lo que piden los yumas y lo que quieran dar esta gente. No sé. Ellos son muy ambiciosos y abusadores y no se contentan con poco o lo que ellos entienden que es poco.
¿Y aquí?
Aquí tampoco quieren perder ni a las escupías, aunque están contra la pared.
Los dos tendrán que ceder en cosas… Tal vez unos más que otros.
Bueno… Esto es de león pa mono, anjá, perooo… Si quieren imponer cambio de régimen, mira, olvídatedeso. Aquí van a soltar un poco por aquí, un poco por allá. Sobre todo en lo económico, en los negocios, pa levantar algo de presión con la gente de Mayami. Ya eso existe y se quiere que haya más, pero fíjate, todo menos perder el páuer (power). Son muchos años, muchos años… arriba del caballo, dándole tremendo jan, que está viejo y cansado, sí, pero todavía tira del carretón.
Pero todo el mundo dice que habrá que llegar a un final, que esto no puede seguir tal como está, vaya… que este es un país que ni pestañea.
¡Como todo lo que comienza y termina! ¿No? Eso es ley de vida.
¿Y tú sabes cómo terminará esta película?
¿Qué película? No soy Dios. Soy el Samurái y no voy al cine desde que cerraron el Apolo.

La incertidumbre y la fractura del consenso
Cuba es una sociedad descarrilada en su coherencia. No ha sido de repente, sino un proceso de años de desgaste del corpus social y vascularización burocrática. Ahora es el culmen.
Se improvisa, ya no cada día, sino cada minuto. Las variables en juego de un modelo en bancarrota nos acercan a una rutina caótica y permite que un oxímoron como ese respire en la realidad de la isla, lo que no podría hacer en un país funcional.
“Vivimos en una constante incertidumbre sobre qué pasará con nuestras vidas”, escribió en Facebook días atrás el barítono Ulises Aquino, captando una percepción generalizada de zozobra.
“En mi caso, no quiero revanchas, no quiero venganzas, quiero un país. Necesito sentirme orgulloso y no un miserable”, resumió al fragor del ciberparloteo nacional en torno a la crisis y la tirantez exacerbada con un Washington reenfocado hemisféricamente y en plan de asfixia con la isla.

Fundador y director general de la agrupación Ópera de la Calle, Aquino es un artista de peso internacional. Ha cantado junto a Montserrat Caballé, Plácido Domingo, Pedro Lavirgen, Vicente Sardinero y Gian Piero Mastromei, entre otros, y su palabra es leída con atención por muchos seguidores.
Uno de ellos, Ania Carballosa, escribe una metáfora poderosa: “A veces me parece estar en medio de dos enormes muros que se mueven muy cerca uno hacia el otro”, a lo que Nivia Lemus calza con un deprimente “mientras tanto la vida es una sola. No tenemos derecho a morirnos y volver a nacer. Nos estamos apagando lentamente”.
Uno de los humoristas más conocidos y talentosos de la isla, el ingeniero Ulises Toirac, cree que la sociedad cubana está al margen de las decisiones y que por tanto es una convidada de piedra al espectáculo de la política y los cauces del destino. “Seremos espectadores mientras que sean otros quienes decidan nuestros destinos”.
De acuerdo con el historiador Fabio Fernández “estamos ante un gobierno fallido” que “en un escenario de agresión permanente contra la isla ha cometido demasiados errores”.
“La incapacidad para vehicular la reforma integral de la economía, la preservación de fórmulas de hacer política ajenas a la pluralidad social hoy existente, las pifias en materia comunicacional y la corrupción de segmentos de la clase política han propiciado —junto a otros factores— que la fractura del consenso haya llegado al punto de que sectores de la población asuman una posición abiertamente antinacional que espera por un milagro made in Washington”, conjeturó en su muro de Facebook el Doctor en Ciencias Históricas.

La sicología social también tiene algo que decir sobre el comportamiento de las subjetividades en escenarios de depauperación. Por ello, OnCuba tocó a la puerta de la Doctora en Ciencias de la Salud Yolanda Ramiro, experta en inteligencia emocional y autora del libro Nosotros y las emociones o vivir inteligentemente, de próxima aparición digital por la editorial José Martí.
Con esta académica recabamos una apreciación científica de la incertidumbre colectiva que estaría atravesando la sociedad cubana.
Usted ha mencionado en varias ocasiones en este diálogo la teoría de la desesperanza aprendida. ¿Podría explicarnos brevemente en qué consiste y cuál ha sido su impacto?
Cuando Martin Seligman, un psicólogo estadounidense reconocido mundialmente como el padre de la psicología positiva, desarrolló en 1975 la teoría de la desesperanza aprendida no parecía tener idea de la magnitud y repercusión social que tendría este concepto.
Inicialmente tuvo una explicación psicológica, pues se refería a animales y seres humanos en su individualidad, y la describió como el aprender a comportarse pasivamente ante circunstancias externas que escapan de su control, provocando un estado de indefensión que repercute en todas las áreas de la vida y en particular en la salud mental.
¿Cómo se trasladó esa teoría del ámbito individual al colectivo?
Con el tiempo, la teoría se generalizó a grupos humanos, llegando a aplicarse a sociedades, específicamente a países [llamados] subdesarrollados. Allí, los más pobres pierden la esperanza de lograr cambios que mejoren su vida y desarrollan la certeza de nunca esperar nada bueno.

En ese contexto, ¿qué papel juega la incertidumbre?
Si bien se deriva de la desesperanza, la incertidumbre toma nuevos ribetes cuando estas sociedades llegan a extremos críticos de pobreza que se mantienen en el tiempo y no pueden empeorar más, porque si se agravan, lo próximo es la muerte. Lo psicológico se engarza con lo social nuevamente.
Popularmente se percibe la incertidumbre como algo negativo. ¿Usted coincide con esa visión?
Aunque popularmente la incertidumbre tiene una connotación negativa, en realidad puede ser vista como una puerta que se abre. Puede permitir dejar atrás el inmovilismo de la desesperanza aprendida, pero para ello es necesario que aparezca la posibilidad del cambio, ya sea por movimientos internos o por fuerzas externas.
¿Qué emociones suelen experimentar las personas en medio de la incertidumbre?
Las personas manifiestan estados emocionales como la inseguridad (cuándo ocurrirá el cambio), la inquietud (cómo ocurrirá), la indecisión (qué hacer), la sospecha (si nunca ha sucedido algo bueno, por qué va a ocurrir ahora) y también la incerteza, que lleva a preguntarse por qué confiar si se ha sido defraudado una y otra vez.

¿Cuál es entonces el gran desafío de la incertidumbre?
La cuestión central es que no está claro qué depara el futuro, porque el inmovilismo de la desesperanza que ha durado años no permite evaluar con claridad qué trae el cambio. Esto provoca los estados emocionales producidos por el desconocimiento al enfrentarse a una situación nueva. Es desafiante manejar la incertidumbre, pero es positivo hacerlo porque permite tener una actitud flexible y abierta ante lo nuevo que se avecina.
Finalmente, ¿qué hay detrás de la incertidumbre?
Se ha estudiado y los resultados muestran que, en primer lugar, aparece la confianza. Sí, la confianza, aunque parezca contradictorio. Aunque en el exterior la incertidumbre parece ser descontrol y desconfianza, cuando se profundiza descubrimos que tenemos una fuerza interior que nos permite recuperar el poder que creíamos perdido o que desconocíamos tener.

La prioridad de las prioridades y el nudo gordiano que el Kolodkin intentará cortar
El bloqueo petrolero impuesto por Trump a Cuba es ahora mismo el nudo gordiano de la crisis convertida en amenaza existencial. Es el artefacto de presión más efectivo para obtener ventajas en la negociación.
El economista Ricardo Torres, actualmente investigador y profesor adjunto en el Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos de American University en Washington DC, lo pinta con crudeza: “El déficit ya no es episódico; es crónico, sistémico y desestabilizador”.
La isla se desangra porque la inversión durante años se desvió hacia hoteles y bienes raíces, mientras la electricidad y el agua quedaron relegadas a migajas.
Aquí están las estadísticas del desajuste recopiladas por Torres de los anuarios de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI): el turismo absorbía en los 90 y 2000 entre 15 y 17 % de la inversión total, pero a partir de 2015 comenzó a crecer con fuerza, llegando en 2020 a representar el 47,6 %, casi la mitad de toda la inversión del país, mientras electricidad, gas y agua recibieron solo 9,4 %.
Por su parte, otro doctor en Economía, Pedro Monreal, grafica sin anestesia el escenario: “Un cerco petrolero transforma la geopolítica en un problema de Física, y la Física siempre gana”. No hay escapatoria: o se negocia su levantamiento, o Cuba se hunde en una depresión que pulverizará cualquier capacidad de maniobra.

Desde Washington, Kimberly Breier, secretaria adjunta de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental durante el primer mandato de Trump, advierte que la Administración no busca caotizar, sino controlar: “El factor predominante es la estabilidad”. Traducción: quieren cambios, pero bajo su guion de hierro, sin migraciones masivas ni sorpresas que subviertan al tablero geopolítico hemisférico.
En paralelo, Carlos Saladrigas, uno de los más mediáticos del empresariado cubanoamericano radicado en Miami y presidente del Cuba Study Group, pone números al drama: “Estabilizar Cuba costará entre 6 mil y 10 mil millones de dólares y tomará de 2 a 4 años”.
No se trata de un ajuste, sino de una reconstrucción completa, con fases que van desde salvar la decrépita red eléctrica hasta convertir la isla en un centro financiero del Caribe. Pero advierte que, sin levantar las anclas de las sanciones estadounidenses, todo eso es humo.

Para Trump, Cuba no es relevante por su poco petróleo, ni su níquel y cobalto, ni sus playas, sino por el peso de un símbolo histórico. “Lo que más le atrae es poder declararse el presidente (después de trece administraciones) que enterró el comunismo cubano”, opina, a su vez, el historiador Michael Bustamante, director de estudios cubanos en la Universidad de Miami en una entrevista con el canal alemán DW.
Mientras tanto, el Anatoly Kolodkin, un petrolero ruso con 740 mil barriles de crudo navega hacia Cuba y estaría a pocos días de tocar puerto, desafiando a las patrulleras estadounidenses en el Atlántico en un remake digno de la Guerra Fría con guion de John le Carré.
Es curioso que algunos cubanos de a pie se hayan aprendido correctamente el nombre del tanquero, como Eulalia, famosa en el barrio por darle de comer a una comunidad gatuna que supera la veintena y que realiza control biológico de roedores.
“Le pido a la virgen que llegue el Kolodkin y que tengamos un respiro”, dice mientras aguarda por el pan de cada día bajo el sol tempranero y suspira luego de preguntarse: “¿Se abrirán los cielos para Cuba?” Esta noche, promete, dejará una vela encendida a la patrona.












