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Alrededor todo parece tranquilo. Hay pocas noticias nuevas que dar.
El Martí gigante de la Plaza de la Revolución está apagado en las noches. La bandera cubana que lo acompaña es más pequeña. Elijo creer que ese tamaño no importa; es la misma que no ha sido jamás mercenaria.
En las tardes, al costado de las miradas del Che y Camilo delineadas en metal, una multitud practica deportes. Es una buena forma de ocupar el tiempo.
Yo, por ejemplo, he recuperado horas de lectura y de estudio en la guitarra. Los planes no pueden contar con la electricidad.
Cerca de casa, dos señoras apoyadas en el balcón escuchan a todo volumen “Ya viene llegando” de Willy Chirino. Sonrío, inevitablemente, al leer en la puerta de la planta baja el cartel: “Presidente del CDR”.
El país que muchos vieron en blanco y negro se ha llenado de matices insólitos.
Lees que el Banco Central emitirá billetes de altísima denominación, mientras esperas un milagro que te lleve con tus hijos a su escuela, y el milagro ocurre: subes a un rutero que pensabas extinto. Está completamente vacío.
Preguntas el precio y el chofer repite varias veces: cinco pesos. Le entregas uno de cien sin esperar el vuelto, porque pareciera que toda la buena suerte fue ayer y no será mañana.
Recuerdo la primera vez que vi un P11. Los ómnibus de La Habana siempre fueron más sofisticados que en otras provincias. Hoy me asombro igual cuando alguno pasa casi vacío frente a mis narices.
Nadie espera en las paradas, como nadie celebra cuando llega la electricidad.
Todo siempre está quieto, silencioso. Apenas un poco de viento en las tardes, y las bolsas de basura parecen hojarasca en las calles.
Casi no leo noticias. Entre los altos precios de Internet, la cobertura que no mejora y el deseo de evitar el estrés, el celular permanece alejado.
Entonces te enteras tarde: Chico Buarque está en La Habana. Te detienes a mirar los rostros de quienes viajan en el auto que aparece al fondo del retrato, donde Silvio Rodríguez y él se abrazan junto al malecón.
¿Cuántos pasaron sin saber que allí estaban? ¿Cuántos ignoran los versos de Construcción? ¿Cuántos desconocen que Silvio quiso ser como él para enamorar a una muchacha?
Dos maestros con mucho que enseñar, precisamente porque se saben eternos aprendices.
A comienzos de año, un grupo de trovadores nos reunimos con Silvio en Santa Clara. La experiencia de sentarse frente a él y escucharlo hablar de humanidad, belleza, solidaridad y esperanza fue una invitación a vivir la vida plenamente.
Silvio Rodríguez, como buen tutor, lanza las semillas halladas en sus caminos, sabiendo que germinarán en quienes guarden en su pecho tierra y voluntad.
El abrazo entre ambas leyendas en La Habana fue una noticia luminosa, como lo fue después el encuentro en Casa de las Américas con un grupo limitado de artistas e intelectuales cubanos.
Me hubiese gustado estar, piensas. Luego comprendes que no lo lamentas solo por ti. Recuerdas a Retamar: solo el tiempo revela si lo que uno vive es un momento histórico. Vienen a la cabeza las imágenes de Mercedes Sosa en la propia Casa de las Américas junto a los jóvenes trovadores de entonces; y sientes que se perdió una oportunidad para soltar semillas en los jóvenes trovadores, artistas e intelectuales de hoy.
Estos tiempos reclaman demasiadas siembras, porque mañana las cosechas serán imprescindibles.
El encuentro con Silvio Rodríguez en Santa Clara fue transformador para muchos. Imagino cuánta utilidad habría tenido para tantos jóvenes cubanos que lo admiran escuchar a Chico Buarque hablar de Cuba.
Vuelvo a dejar el celular en su rincón. Cierro las ventanas para no escuchar la música de mis vecinas. Regreso a la guitarra, con el deseo tremendo de cantar: a pesar de usted, mañana ha de ser otro día.












