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En aquellos años ella me decía: “Solo entenderás cuando tengas hijos”. Y luego, por relatos de un amigo, comprendí que, efectivamente, hay reacciones que uno no puede prever sin antes vivir la circunstancia.
Desde que soy padre la comprendo más. Entiendo lo que es desvelarse para servir de ventilador humano y que ellos duerman sonrientes. Hacerles del tiempo una gran aventura, esconder sacrificios. Porque aunque duela la muñeca de tanto abanicar, cuando uno se voltea al espejo y mira su rostro en penumbras, se siente bien.
Nunca imaginé despertar tan temprano en la mañana, con ímpetus para inventar canciones, para animarlos a levantarse; leer en voz alta hasta más allá del cansancio; tirarme otra vez al suelo para armar raíles plásticos; pasar horas haciendo postales temáticas.
Desde que nació mi primera hija he vuelto a tener pesadillas con la muerte. Uno se siente responsable de aquello que trajo a la vida. Pienso qué será de mí cuando crezcan. Estaré despierto hasta sentir la puerta como lo hacía ella. “Hijo, ¿eres tú?”, me gritaba desde la cama, y yo cambiaba la voz para responder: “Soy Batman”.
A estas alturas uno ya sabe que dejó de comer huevos, leche, carne, porque eran “para el niño”; que guardaba los frijoles negros para el fin de semana cuando venía de la beca. Que tuvo cuatro trabajos para poder darme el dinero para la pizza y para que invitara a la novia a salir.
Todavía es su casa mi casa. Donde siempre me espera un plato de comida, una sábana limpia, un refugio contra la desesperanza.
En medio de los augurios de guerra pienso en mis niños y pienso también en ella. Ninguna madre quiere ver en riesgo a sus hijos. Y en la guerra son ellos los que mueren.
Aquel amigo fue torturado en Chile en los años de dictadura militar. Intentaba explicarme que ningún ser humano está preparado para esa experiencia, y que es imposible suponer las consecuencias para el cuerpo y el espíritu. Los estudiantes palestinos que conocí en Venezuela no detallaban los desastres del conflicto. El tío de mi hermano nunca contó sus experiencias en Angola. El silencio también es un idioma.
La guerra no es como en las películas. No tiene otra banda sonora que el ruido de las bombas ni mejor imagen que el polvo de las ruinas. No hay guion que la justifique. En la guerra uno descubre cosas de sí mismo que no quería saber: seremos cobardes o valientes, o será posible ambas cosas al mismo tiempo.
¿Qué saben de la guerra aquellos que piden o esperan que caiga alguna bomba en La Habana? Quien no ha pasado por ella no puede entenderla, así tenga mucha empatía. El sobreviviente lo sabe.
Mi madre me mira fijamente a los ojos y confiesa que sus hijos la salvan de la nostalgia de los años juveniles. Sus mejores tiempos han sido con nosotros.
Me cuenta que los debates en las redes sociales sobre Cuba le parecen absurdos, cuando existe la posibilidad de una guerra. “Deberíamos todos hablar de eso”. Si ocurre lo peor, todo lo demás parecerá intrascendente. Porque en la guerra real no hay héroes, solo personas que hacen lo que pueden para no morir o para salvar a los suyos. Las víctimas serán soldados, pero también serán sus madres, sus hermanos, sus amigos.
Que las palabras “Cuba” y “guerra” puedan leerse juntas en algunas oraciones es una alerta. Hay circunstancias extremas que ningún ser humano debería vivir. Si usted tiene hijos, seguro me entiende.












