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Hay una imagen que atraviesa la memoria de Brayan Álvarez: la de una casa donde la música nunca se detiene. Discos que suenan de forma constante, referencias que circulan sin necesidad de explicación, una escucha abierta que no excluye géneros, pero que tiene un centro claro. “Desde pequeño, en casa se respiraba la música de una manera increíble”, recuerda. En ese entorno convivían el jazz, la música brasileña y el repertorio clásico; sin embargo, el son ocupaba un lugar persistente. “Consumía muchísima música, pero sobre todo el son”.
Mientras avanzaba en una formación académica rigurosa al piano —con Bach, Beethoven y Mozart como eje—, el universo sonoro doméstico estaba marcado por otras presencias: las voces, estructuras y formas del son cubano, sus conjuntos y su lógica de diálogo entre instrumentos y cantantes. En ese paisaje sonoro, figuras como Miguel Matamoros, Miguelito Cuní o Arsenio Rodríguez no eran referencias distantes, sino parte de una experiencia viva. “Escuchabas música de todo tipo y eso me dio la información para lo que puedo conocer hoy”.
El ingreso al Conservatorio de Música Alejandro García Caturla, a los siete años, consolidó una disciplina técnica que no sustituyó ese aprendizaje inicial, sino que lo amplificó. La elección del instrumento fue inmediata: “Si no era piano, no quería estudiar”. A partir de entonces, el repertorio clásico se convirtió en un campo de estudio sistemático, mientras el son permanecía como horizonte de sentido. “Siempre tuve claro que lo que quería era defender la música cubana”.
Esa dualidad entre formación académica y pertenencia a una tradición popular atraviesa hoy su manera de entender la música. Desde esa experiencia, identifica también una tensión en la enseñanza musical. “La formación aquí es totalmente clásica, pero hay que estudiar también a Matamoros o a Arsenio”, señala. Para él, la idea de que la música popular limita el rigor técnico es un malentendido. “Nada más lejano a eso”. Por el contrario, considera que la formación clásica amplía las posibilidades del son: “Te da recursos para enriquecerlo, te da un plus para incorporarlo a esta música”.
El ADN del son cubano
El son cubano se estructura, según explica Brayan, a partir de un principio esencial: la clave. A partir de ella, el género se despliega en múltiples formatos —del trío a la orquesta— manteniendo una lógica interna reconocible. El montuno, el diálogo entre coro y solista, los patrones del bajo y la interacción rítmica constituyen un sistema flexible, capaz de incorporar nuevas sonoridades sin perder identidad.
“Partimos de la clave cubana y, a partir de ahí, empezamos a conformar el son. Puede tocarse en un trío, un sexteto, un septeto o un conjunto. Es una serie de formatos que pueden desarrollarse desde lo pequeño hasta una gran orquesta como la nuestra, incorporando trompetas, trombones, timbal, tumbadora, teclados y piano, sin perder la esencia del género”.
Esta idea de continuidad dentro del cambio también atraviesa su relación con el legado familiar. Hijo del músico cubano Adalberto Álvarez, figura clave en el desarrollo del son cubano, Brayan creció en contacto directo con una tradición que su padre no solo interpretó, sino que también transformó. “Mi papá siempre incluía temas de Arsenio en sus discos, como él lo hubiese hecho en estos tiempos”.
Para él, ese gesto es fundamental: volver a las fuentes para poder evolucionar. Tras el fallecimiento de su padre, asumió la dirección de la orquesta Adalberto Álvarez y su Son, enfrentando el desafío de sostener un repertorio profundamente arraigado en el público mientras construye una voz propia. “Estás defendiendo un legado grandísimo”, afirma.
Ese repertorio heredado convive con un proceso de exploración artística que requiere tiempo y equilibrio. “Las personas siempre van a comparar, pero lo hacen desde el cariño”. Esa fidelidad del público permite sostener el repertorio mientras se incorporan nuevas propuestas, en un diálogo constante entre permanencia y desplazamiento.

Tradición, cambio y generaciones
Brayan identifica un desafío clave para el son: la renovación generacional. “Falta movimiento, que haya más jóvenes defendiendo el género”. Sin embargo, también reconoce señales de transformación en nuevas generaciones de músicos que actualizan el lenguaje sin romper con su base estructural.
“Hay música moderna donde está la base del son: la clave, el montuno, el bajeo”, explica, cuestionando la idea de que el género deba permanecer fijo o resguardado como pieza de museo. Para él, el son no es una forma estática, sino un sistema vivo que ha nutrido múltiples expresiones de la música cubana.
“El son es la base, es la madre y el padre de muchos géneros que nacen de ahí”, afirma. “El son para mí es una identidad. Me identifico con esos patrones, es lo que me gusta escuchar, independientemente de otros géneros que también me cautivan. Es un árbol tan grande al que te puedes abrazar, del que cada día se recogen frutos y enseñanzas”.
Esa condición estructural hace indispensable su preservación. “Yo pienso que, si borráramos el son de la música cubana, perderíamos el 80 % de nuestra historia musical, muchísimo. Por eso hay que rescatarlo, mantenerlo vivo, seguir creando a partir de él. Tenemos que sentir orgullo de poder decirle al mundo que el son cubano es nuestro, que lo defendemos, que lo creamos y que lo hemos sostenido en el tiempo. Por eso pienso que hay que mantenerlo, defenderlo y conservarlo para siempre”.
Al mismo tiempo, advierte sobre una visión limitada del género: “Existe la idea de que para hacer son hay que estar con una guitarra, un sombrero y una clave, y no es así”. En su lectura, el son contemporáneo puede incorporar elementos como teclados o guitarras eléctricas sin perder su identidad, siempre que conserve su estructura esencial.
“Hay jóvenes que lo están defendiendo de manera evolucionada. Es un son moderno, pero la base sigue ahí: el bajeo, el montuno del piano, la clave. Así es como el género puede seguir llegando a nuevas generaciones, porque si se mantiene solo en formatos tradicionales, deja de dialogar con quienes hoy escuchan música en movimiento”.
El son como patrimonio vivo
En 2025, la UNESCO inscribió el son cubano en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo su valor como expresión viva de identidad cultural y su transmisión intergeneracional.
Para Brayan Álvarez, este reconocimiento tiene una dimensión profundamente emocional. Recuerda el impacto que habría tenido en su padre, quien defendió durante años la proyección internacional del género. “Fue un paso muy grande. Mi papá habría estado muy contento”.

El son, en su lectura, no se detiene en la categoría de patrimonio: continúa desplazándose entre escenarios, generaciones y formas de interpretación. En ese movimiento constante, permanece como estructura, como lenguaje y como punto de origen.
Y mientras la orquesta vuelve a los escenarios con nuevos arreglos y repertorio en desarrollo, el proceso sigue abierto, como si el propio género siguiera ensayando sus posibles futuros.
Esta entrevista fue publicada en la web de Unesco Habana. Se reproduce con autorización expresa de sus editores. Lea el original.











