|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Cuando el músico holandés Bas Van Lier aterrizó en La Habana, el pasado 25 de enero, lucía feliz e ilusionado. Acto seguido, comprobó que la carga que traía consigo había llegado sin percances y respiró aliviado, consciente de que no todos los días se trae a Cuba un órgano Hammond.
La llegada a la isla de este instrumento supone el comienzo de una ruta educacional inédita, que este músico europeo pretende realizar durante los próximos cinco años.
El compromiso de Bas Van Lier con la educación musical cubana y con la posibilidad de que músicos profesionales y en formación conozcan un instrumento poco divulgado en Cuba, no es baladí. Desde 2023, el pianista y organista holandés ha ido fraguando en la isla estrechos lazos de colaboración creativa y educacional, que lo traen cada año para participar del Festival Internacional Jazz Plaza, impartir conferencias y ofrecer conciertos en distintos formatos.
Tras concluir sus presentaciones durante la edición 41 del Jazz Plaza y mientras la madeja de la cotidianidad cubana se iba enredado cada día más, al son de una crisis agudizada por la escasez de combustible agudizada por Washington, el músico ofreció el primer curso del órgano Hammond en Cuba —del 3 al 13 de febrero—, donde sentó las bases teóricas y prácticas para desarrollar próximos proyectos educativos vinculados a este instrumento, con la Universidad de las Artes.
Bas Van Lier sabía a qué se enfrentaba y cómo encausar la enseñanza del instrumento musical, una invención estadounidense basado en los principios del electromagnetismo y de la amplificación, a través de altavoces individuales. Ya había tenido una primera experiencia, en un curso impartido a estudiantes el año pasado, también alrededor de las fechas del Jazz Plaza, y la experiencia sirvió de punto de partida para imaginar otras posibilidades.
Para ese entonces ya Van Lier había impartido una masterclass de piano en el ISA que dejó a los estudiantes tan a gusto a punto de pedir que fuera profesor invitado de la academia. Luego sería nombrado miembro de honor de la cátedra de jazz “Chano Pozo”, y así se ha creado un vínculo que se estrecha con cada visita.
Cuando volvió a la isla, lo hizo con el primer órgano Hammond de otros que pretende traer para ubicarlos en varios espacios, no solo en el ISA. “Creo que en la academia vieron el potencial del instrumento para la música popular, considerando el jazz como tal”, asegura a OnCuba.
El instrumento tiene una presencia notable en la iglesia negra estadounidense, en la cultura góspel. Es una réplica eléctrica de los órganos de la iglesia europea y es un invento muy caro en Estados Unidos, cuya presencia en Cuba, hasta la llegada del músico holandés, ha sido anecdótica.
“Cuando escuché que no había órgano Hammond para tocar en Cuba —el año pasado— me resultó increíble ¿Cómo era posible que en un país con una historia musical tan rica no tuvieran el órgano dentro de los instrumentos que tocan? Esto va muy bien con la mentalidad de ustedes”, comenta Bas Van Lier, quien para ofrecer aquel curso primigenio en 2025 utilizó el único ejemplar que encontró en la isla por aquel entonces.

El comienzo
Sucedió durante su primer viaje, para participar de la edición del Jazz Plaza, en 2023. Andaba caminando por el Vedado con los músicos de su banda y de repente sintió el sonido que identificó como un Hammond. Lo siguió y en efecto, el instrumento estaba ahí, en esa casa. Tiempo después, cuando Bas Van Lier dio forma al reto de enseñar el instrumento a estudiantes cubanos, el dueño de aquel ejemplar le prestó el órgano para impartir su primera conferencia y dar un concierto.
“Este es el principio”, dice en referencia al curso impartido en febrero de 2026. “Hay que ver qué pueden hacer los músicos y estudiantes cubanos con este instrumento. Con el órgano puedes crear tu propio sonido, tu propio estilo. Eso siempre pasa con instrumentos reales. Dejando los sintetizadores afuera, brotará siempre esa sinceridad”, explica.
Y en efecto, tal cosa brotó de los jóvenes intérpretes que hicieron suyo el instrumento durante el concierto de cierre del curso impartido por Bas Van Lier en los estudios Abdala, el pasado 13 de febrero. Ya fuera interpretando las notas del Himno de Bayamo, integrando la sonoridad en un formato de puro latin jazz, o interpretando una versión del popular “Anda, ven y muévete”, de Los Van Van, la ejecución de los jóvenes músicos dio muestra de que el órgano Hammond tiene caminos creativos sui generis y prometedores entre quienes hacen la música cubana.
“En este curso empezamos con la historia del instrumento, los grandes representantes del órgano, cómo funciona, cómo haces el sonido, cómo tienes la independencia entre tus piernas y tus manos, porque los bateristas pueden hacerlo, pero normalmente los pianistas no. Puedes lograr diferentes voces con el órgano. La idea es venir más a menudo e impartir la enseñanza del Hammond, primero como asignatura y, eventualmente, como carrera, pero, en principio, quiero venir más a menudo para hacer un curso más amplio o una asignatura optativa”, explica el músico y docente holandés.
Bas Van Lier asegura que una de las cosas que ha caracterizado su carrera —y se percibe en su discografía— es la mezcla de distintos elementos y formas de expresión, desde su trabajo con comediantes, raperos y poetas.
“He tratado de llevar la música hasta donde creo que puede propiciar diálogos interesantes y en este país se toca desde el corazón, así que tenía que traer este instrumento porque siento que está hecho para ustedes. Me siento honrado y feliz de estar en el principio de este proyecto”.

Entre el órgano y el piano: la aventura musical de otro holandés errante
Pareciera que los holandeses están destinados a sembrar conocimientos en Cuba. Más de un siglo separa este empeño educacional y creativo de Bas Van Lier de otro compatriota suyo, Hubert de Blanck, “el holandés errante”, que nos legó una obra extraordinaria y fundó el primer conservatorio de música en Cuba, allá por 1885.
“Estoy emocionado por lo que sucederá en los próximos 5 años”, confiesa entusiasmado Bas Van Lier. “Creo que puede ser un punto de giro para el órgano Hammond, lo que puedan hacer los cubanos con este instrumento porque, por supuesto, es muy conocido en el soul jazz, en la música pop, en el funk. El funk no es nada realmente sin el órgano Hammond, como D’angelo, en el R&B. Pero aún no se ha visto en el latin jazz, que es lo que estoy buscando”, explica.
“Con el órgano —ahonda— puedes ser una banda completa, solo necesitas dos personas: el organista y un baterista. El instrumento te permite un rango muy amplio. El volumen del órgano lo regulas con los pies, el sonido lo haces con las barras, las drawbars. Tocas a la vez el bajo, la melodía y la armonía; tienes que dividir tu mente en muchas más cosas que con otro instrumento que conozcas. Es complejo, porque te obliga a pensar en el sonido, el volumen con los pedales, la Leslie [un amplificador], el bajo, la armonía, todo a la vez. Esa es la parte más divertida, pero realmente necesitas conocer el instrumento, practicarlo. No es como tocar el piano, con sus teclas negras y blancas, no es realmente igual”.
El holandés lleva una vida musical versátil, entre el piano y el órgano, a ritmo de jazz, y no rechaza la aventura que supone para él venir cada año a Cuba, desde 2023, y ahora empezar este camino para introducir el órgano Hammond en el contexto cubano. “Estoy en un momento de mi vida —y tengo una edad— en el cual me anima el riesgo. Quiero ver el resultado final de esta travesía”.
¿Sueñas con graduar al primer organista cubano especializado en el Hammond?
Sin duda. ¿Te imaginas? Poder ir a un concierto de esos estudiantes ya formados y conmoverme con el resultado. Esa es la motivación para hacer esto.
Eres un pianista notable con una carrera cimentada en el jazz. ¿Cómo aparece el órgano Hammond en tu camino creativo?
Es uno de los pocos instrumentos que te permite desplegar la versatilidad sonora de una bigband. Como pianista, si la sección del ritmo va en una dirección, tengo que seguirla, pero el órgano es una historia diferente: si va en un sentido, todos deben seguirlo. Es el líder porque su sonido es muy poderoso.
Siempre me gustó cómo los saxofonistas cuentan cómo lo encontraron, y los bateristas también. Pienso que los pianistas no tenemos una simbiosis, un vínculo tan real con el instrumento.
Con el órgano puedes hacer tu sonido tan específicamente tuyo que no importa donde toques en el mundo, se sabrá que es tuyo; haces tus combinaciones con los drawbars y creas tu propia melodía. Eso es lo que más me gusta del órgano. No muchos pianistas lo entienden. Es por eso que me gusta tanto el Hammond.
Yo solía escuchar mucho a organistas y mi baterista, Erik Kooger, que ha tocado conmigo por más de dos décadas, tiene la mayor cantidad de grabaciones de organistas que pudiera imaginar. Siempre escuchábamos esa música y él decía que necesitábamos un órgano, así que lo intenté. Erik me decía: “Tú tocas el piano como un organista”. Para mí, moverme hacia el Hammond fue un proceso natural; desde el momento en que me senté delante de un órgano, nunca más salió de mi vida.

¿Cómo explicarías tu sonido en el Hammond?
Es difícil decirlo. Toda mi carrera ha consistido en acercar a mi música elementos de todas las artes. Creo que eso se escucha en mi órgano. Hay un poquito de soul jazz, otro poco de órgano clásico, algo de D’Angelo y de cada una de las fuentes de las que he bebido. Pero pienso que si lo fuera a definir en pocas palabras, lo definiría como soul jazz con un giro. Siempre hay ese poquito de blues, esa otra cosa.
¿En qué medida te gusta asumir retos creativos en la música?
Para mí, en el arte, lo más bello y excelso es ver a dos personas combinar sus formas de expresión y averiguar juntos lo que pueden lograr. Marcos Madrigal es un maravilloso músico clásico, pero también es una persona con una mentalidad muy abierta. Ese concierto que hicimos juntos en La Habana, con la mayoría de músicos clásicos no sería posible hacerlo. Es en esos procesos en los que alcanzo mi punto de mayor felicidad, cuando logro esa magia.
También me pasó con José Julián Morejón “JJ”, el percusionista. Hicimos otro proyecto el año pasado con una agrupación de Santa Clara, de música de cámara: Raptus Ensamble. Durante la grabación, JJ y yo tuvimos tal química que elegimos hacer dos temas juntos. En esos momentos piensas que hay algo por encima que está uniendo la música y hace que funcione.
Me pasó con un rapero, BL3NDER. Es uno de los más famosos de Holanda. Yo staba tocando un día en un comedy cafe y él estaba viendo el show. Él no estaba ahí por el jazz y cuando llegó la banda eligió quedarse a escuchar un par de temas y terminó viendo todo el show. Había reconocido la energía de rap en lo que estábamos haciendo. Luego hablamos y empezamos a pensar proyectos juntos. Hicimos tres álbumes y estuvimos haciendo tours como por diez años. Deeldeliers es otro proyecto que hice con Jules Deelder, un poeta muy famoso allá y showman.
Cuando se tiene la intención de salir de la zona de confort se pueden crear cosas maravillosas. El jazz es improvisación, pero también es mente abierta. Ahora mismo, ves mucho en Europa que el jazz se intenta encapsular, pero siempre ha sido un mix y abraza muchas cosas. Por eso me gusta explorar diferentes caminos.

Esa actitud liberal que explicas, a la hora de afrontar la creación, seguro se vio favorecida por un contexto multicultural. ¿Cómo es el entorno del jazz en Holanda?
Mis padres son músicos clásicos, guitarristas. En ese contexto conocí a personas con una mentalidad muy estrecha —cuando la buena música no debería serlo— y me pareció muy extraño. Cuando lees sobre Chopin, Bach, compruebas que era gente loca, fuera de la norma y eran unos provocadores tremendos.
Empecé en la música desde una edad muy temprana y ellos —mis padres— me decían cómo debía tocar. Me interesé por saber qué es cada cosa en la música, para poder romper con esos dogmas de la vertiente clásica. Cuando haces algo así empiezas a sentir mucha libertad en tu mente.
Por supuesto, siempre aparecerán quienes te dirán que ese no es el camino, sobre todo cuando eres joven. Así que debes permanecer firme. Hay mucha gente con esa mentalidad libre haciendo buena música en el mundo.
Me siento feliz haciendo música, me siento feliz conmigo mismo.
De joven pasaba muchos días seguidos en la tienda de discos y el vendedor se fijó un día en mí. Como no podía pagar por tantos discos, él me los prestaba y después se los devolvía. Consumí mucho de los clásicos, de la historia, desde Louis Amstrong, Dexter Gordon y mucho más. Incluso, llegó un momento en mi vida en que solo escuchaba a John Medeski.
Con 15 años empecé a tener un concierto regular, cada viernes por la noche, en un club. Para mí era extraño que mis padres lo permitieran, teniendo esa edad. Ellos, profesores de conservatorio, siempre me exigían que tocara mejor y yo sé que sus críticas eran para impulsarme y que estaban orgullosos de mí.
Cuando tus padres no son músicos, como les ocurre a algunos compañeros de profesión, suelen celebrar cualquier cosa que su hijo toque. En cambio, cuando sí lo son, te demandarán que lo hagas mejor.
Creo que tengo a mi favor el hecho de escuchar música desde antes de nacer. Mi madre era guitarrista y la guitarra estaba siempre encima de mí, durante su embarazo (sonríe).
¿Siempre has tenido claro que naciste para la música o ha habido momentos de crisis en tu camino creativo?
Eso es lo extraño. Mis padres llegaron a decirme que valía para otra cosa. Con mi hermana, que es chelista, siempre lo tuvieron claro. Pero a mí me dijeron que hiciera otra cosa, no música clásica.
Para mí no ha sido una opción no ser jazzista.
Recuerdo a un amigo que cursó estudios en el conservatorio a la par de los estudios de medicina y un profesor le dijo una vez: “Si tú piensas que tienes otra opción, entonces no escojas la música”. Por eso para mí nunca hubo otra opción.
Eso es vocación.
Exacto.
Escuchando tu disco One for my baby (Maxanter Records, 2000) percibo algunos dejes de ritmos cubanos. ¿En qué momento Cuba aparece en tu mapa musical?
Lo más simpático es que cuando escucho ese álbum, que fue grabado hace mucho tiempo, siento que era joven e intentaba liberarme de lo ordinario. Está latente el conflicto interior de la elección de un camino. Los álbumes que he hecho no puedo escucharlos después, porque cuando terminas uno ya estás con la mente en otro y después empiezas a criticarte. Pero hace poco escuché One for my baby y lo veo como un álbum fotográfico: cuando lo escucho identifico la música que escuchaba en ese tiempo a partir de la que hice.
Debí escuchar música cubana en aquel entonces y, por supuesto, una vez que escuchas un tema de un músico cubano realmente bueno va directo a tu corazón y se queda contigo. En ese álbum lo usé, pero nunca pensé que años después estaría en La Habana hablando sobre esto.
Probablemente la semilla se haya sembrado en ese disco. Es algo que intento aplicarme a mí mismo: para mí no es “música cubana”, es algo superior, es un sentimiento, es tocar con el corazón. Es la razón por la que la música cubana es tan genial. Siempre he querido poner en mi obra ese feeling y tocar con emoción.
¿En qué momento venir a Cuba se convierte en una necesidad para ti?
Cuando pienso que me tomó 22 años venir después de ese disco —One for my baby— me sorprendo de cuán rápido puede pasar el tiempo. Cuando alguien me preguntó si quería tocar en Cuba —no iba ganar nada de dinero por ello—, reaccioné de inmediato y acepté. Ese fue el momento en que supe que tenía que venir. Desde que llegué la primera vez, en 2023, me han tratado genial. Cuba ha cambiado mi vida.
El nivel de la música aquí es único. La combinación de la técnica y el hecho de tocar desde el corazón. El jazz cubano tiene en sí una gran mezcla de muchas cosas. Mientras estoy aquí escucho todos los días la manera de pensar que estoy buscando.


En medio de esa búsqueda, ¿cómo asumes tus procesos para componer?
Siempre les enseño a mis estudiantes que la técnica no debe estar más allá de lo que seas capaz de pensar. Si no piensas tan rápido, no toques tan rápido. Cuando escribo música realmente necesito escucharlo en mi mente y creo que incluso entre los más grandes compositores la creación puede venir de algo que escuchas en el bar, o en la radio, donde sea, mezclado con un poco de ti mismo, de tu cosecha. A veces escribo una canción, una partitura musical y dos años después escucho algo y hago conexiones y viene la hora de componer.
Estar sentados aquí conversando puede servir de inspiración para una creación. Compuse un disco a partir de diez obras de arte, pinturas, y algunos de esos temas fueron los que toqué con Raptus Ensemble el año pasado, que luego grabamos en Cuba.
A veces pienso una composición para piano, otras para órgano. Pero es indistinto. Muchas veces el piano resulta más melódico, más armónico para componer, mientras que en el órgano aparece más el groove y la energía. Aun así, suelo componer en ambos.
¿Qué representa la libertad en el jazz para ti?
La libertad en la mente es una batalla de por vida: tienes que trabajar en ella para alcanzarla, superar muchas resistencias, tanto de otras personas como de tus propios pensamientos. Aún estoy en la búsqueda de una libertad superior dentro del jazz y, aunque creo que la libertad total no existe, siempre te mueves dentro de ese proceso, tratando de sentirte libre como músico.
En Europa hay un gran movimiento de gente que practica yoga y se enfoca en “vivir el momento”. Para mí, como músico, no importa si estoy enfermo: el instante en que subo al escenario es único y no hay nada más en mi cabeza. Para mí, esa es la libertad: vivir únicamente ese momento musical, disfrutar de los músicos que tocan contigo, reaccionar a su música, no tocar unos contra otros, sino unos con otros. Eso, para mí, es la libertad.












