La exposición Felix Gonzalez-Torres: Dulce venganza, una retrospectiva que reúne medio centenar de obras del creador nacido en Guáimaro, en 1957, quedó inaugurada este martes en el museo Reina Sofía, de Madrid.
El director de la institución, Manuel Segade, destacó la paradoja de su figura: “Su trabajo tiene una aparente levedad, una suavidad melancólica, pero también incluye una enorme fuerza política y de acción”, refirió un despacho de la agencia EFE.
La muestra, comisariada por Alejandro Cesarco y Nancy Spector, se despliega en múltiples salas y se expande por la ciudad con instalaciones en vallas publicitarias del Metro de Madrid.
#NOTICIAS247HN | El director del Museo Reina Sofía, Manuel Segade, ha presentado ‘Felix Gonzalez-Torres: Dulce venganza’, una exposición del artista estadounidense de origen cubano que aúna “una aparente levedad” con una “enorme fuerza política y de acción”.
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El título Dulce venganza remite a una frase escrita por el artista en 1991, cuando regresó a Madrid tras veinte años de exilio: “…volví a Madrid casi veinte años después, dulce venganza”.
Para Cesarco, el oxímoron resume su práctica: “La seducción se vuelve política, la belleza se convierte en una forma de constatación, la abstracción en una estrategia de resistencia”.
Spector, por su parte, estima que aunque sus obras nacieron en los años 80 y 90, “se pueden aplicar al tiempo en el que vivimos hoy en día”.

Obras efímeras y participativas
Entre las piezas más reconocibles figura Untitled (Revenge), una alfombra de caramelos azules que los visitantes pueden llevarse. El suministro es inagotable y la obra especifica un “peso ideal” de 325 libras.
El gesto cuestiona la noción de autoría y permanencia: las obras se fabrican de nuevo para cada presentación, y los retratos de texto pueden ser modificados por quienes los poseen.
La exposición evoca temas recurrentes en su obra: el exilio, la epidemia del sida, la homofobia, la autoridad y la necesidad de justicia social.
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Felix Gonzalez-Torres salió de Cuba en 1971, cuando tenía apenas 13 años, y viajó a Madrid acompañado de su hermana.
En la capital española vivió su primera experiencia de exilio. Posteriormente se trasladó a Puerto Rico, donde residió con sus tíos y comenzó sus estudios de arte en la Universidad de Puerto Rico.
Finalmente se instaló en Nueva York, en 1979, donde desarrolló la mayor parte de su carrera artística. Miami fue el lugar donde pasó sus últimos días y donde falleció, más que un destino de trabajo o creación.

El crítico cubano Iván de la Nuez lo define como “un creador cubano que transformó la concepción y la difusión de las obras de arte y se anticipó al siglo XXI”.
Por su parte, la periodista Bea Espejo subraya la austeridad y sofisticación de su obra: “Pocas veces un artista tan austero consiguió marcar a gente tan distinta… Ahí queda su sofisticada conversión del espacio expositivo en una página en blanco, dispuesta unas veces para poblar y otras para evocar”.
Espejo lo vincula con la gestualidad de Severo Sarduy, también camagüeyano, exiliado y víctima del Sida, tres años antes que Gonzalez-Torres, que murió en 1996 a los 39 años, en la ciudad de Miami.
La experta en arte destaca su idea de la vida como sincronía interrumpida: “Su condición pionera a la hora de concebir lo cultural, lo sexual y lo nacional como áreas en conflicto dentro de un mismo emplazamiento crítico”.
Una creación cruzada de exigencias íntimas y marcadores políticos
La obra de Gonzalez-Torres se sostiene en una tensión constante entre lo íntimo y lo colectivo, entre lo efímero y lo perdurable. Sus instalaciones de caramelos, relojes sincronizados, bombillas colgantes o cortinas de cuentas no son meros objetos, sino metáforas vivas de la fragilidad humana y de la resistencia política.
Cada pieza invita al espectador a participar, a apropiarse de un fragmento y a convertirse en parte de la obra. Esa apertura radical cuestiona la noción tradicional de autoría y convierte al público en cómplice de un relato que habla de amor, pérdida, memoria y justicia.

Tres exposiciones marcaron su trayectoria internacional: Felix Gonzalez-Torres: Traveling (1994) en Los Ángeles, Washington y Chicago; la retrospectiva del Guggenheim de Nueva York en 1995, que viajó a Santiago de Compostela y París; y Specific Objects without Specific Form (2010–2011), organizada por el WIELS de Bruselas y presentada en Basilea y Frankfurt.
Como señaló él mismo: “Yo no necesito ni pido requisitos para hacer o enseñar a hacer arte”. En esa libertad se encuentra la fuerza de un creador que transformó la experiencia estética en un acto de resistencia contra el olvido y la discriminación.

Un nombre sin tildes
Aunque decidió eliminar las tildes de su nombre para evitar etiquetas, su obra está atravesada por claves identitarias. El amor queer, la memoria del exilio y la lucha contra la discriminación impregnan sus piezas.
Spector lo recuerda así: “Al poner nombres a las cosas, las minimizas. Él quería trabajar sin marcadores de identidad”.
Nada de lo que hizo Gonzalez-Torres tendría sentido sin los otros. Los visitantes que toman caramelos, los viajeros que leen sus vallas en el metro, los que escuchan un vals en auriculares, son parte de la obra.
Su mensaje se disemina en cada gesto cotidiano: una voz teñida de desesperación y humor, de vulnerabilidad y entereza.













