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Mi abuela decía que no por mucho madrugar amanece más temprano. Y eso, de más está explicárselo a un cubano, quiere decir que no basta con querer para poder.
Hace poco escuchamos a un político pintarnos un escenario esperanzador en el que, en la “Nueva Cuba”, solo por el hecho de quererlo, podremos ser dueños de bancos, gasolineras, periódicos y canales de televisión. Todo será nuestro. Pero, ¿nuestro, de quién?
¿Cómo pasa una persona de estar en la absoluta miseria —estado en el que hoy se encuentran muchos cubanos que viven en la isla, luchando por llegar al final del día, soñando con tener lo básico: luz, agua, algo que comer y algo que darle de comer a sus hijos— a convertirse en un gran empresario? ¿Y qué pasa con quien no quiere, no puede o nunca podría ser un gran empresario? ¿Qué pasa con quienes no pueden —no por no querer— enriquecerse, porque en el mundo en que vivimos el trabajo (nuestro tiempo) es el principal recurso que cambiamos por dinero? ¿Qué pasa con los desvalidos, los incapacitados, los que, no por vagos y sí por necesidad, requerirán la protección de un Estado que —yo sé, no me lo digan— ya hoy tampoco puede ampararlos como es debido?
En su discurso, este político hizo un salto cósmico entre realidades. Se le olvidó mencionar la parte de la transición en la que primero se nivelan las desigualdades que ya existen y, entonces, solo entonces, pasamos a la fase en la que, “ya libres”, podremos convertirnos en grandes tenedores, podremos tener propiedades, casas, honores.
Ese es un escenario que, sin dudas, a todos nos gustaría alcanzar. Pero la Cuba que muchos políticos —que ni siquiera han puesto un pie en la isla y ahora dicen estar más preocupados que nadie por su destino— nos prometen, se parece más a lo que ellos desean que sea Cuba, según sus propios intereses y circunstancias.
Me gustaría decir lo contrario, pero, repito, no basta con querer para poder. No basta con el esfuerzo personal para prosperar, para salir de la miseria, romper el techo de cristal. Tampoco bastará con tener más libertades jurídicas, políticas y económicas para que nuestros problemas, marinados desde antaño en esa mixtura de licores domésticos e imperialistas que nos acidifican, se solucionen de la noche a la mañana.
Para que un cubano, en la Cuba actual, logre pasar del estado en el que se encuentra la mayoría a convertirse en dueño de un negocio, no es suficiente con que existan marcos legales y políticos para, ahora sí, registrar una empresa en la Oficina de Registro Mercantil.
Primero tendríamos que encontrar la forma de modificar las brechas que hoy separan a ricos de pobres, a buzos de la basura de empresarios bien comidos, a hijos de papá dueños de bares y de una flota de Toyotas de médicos, maestros y otros profesionales que no tienen ni cómo transportarse para ir a trabajar.
Primero tendríamos que tener un gobierno, un sector empresarial y una sociedad civil más volcados hacia el bienestar de la gente y más eficientes en demostrar que esa es la prioridad. Tendríamos que poder dejar de preocuparnos, todos los días, por lo que vamos a comer, cómo lo vamos a preparar y con qué dinero lo podremos comprar. Lo básico.
Así como el exceso de consignas, la radicalización política, la censura, el control y el totalitarismo a los que hemos sido largamente sometidos han sido nocivos para el desarrollo del país y de cada uno individualmente, y han limitado, además de nuestras condiciones materiales para vivir, nuestro pensamiento crítico; también el exceso de optimismo y de confianza en lo que cada quien, como individuo, por el simple hecho de querer, por el simple hecho de tener el amparo jurídico y legal para hacerlo, es capaz de lograr, nos hace daño; es fantasioso, embustero y cruel.
Ese simple truco de magia en el que, al compás de un abracadabra, nos volvemos todos ricos y prósperos, y dejamos de ser un país sin esperanzas y herido como Cuba, es una idea demasiado atractiva para incautos. Al oír ese mensaje de “esperanza”, empinamos los oídos, se nos dilatan las pupilas, nuestros feeds en redes sociales se inundan de las promesas que queremos ver cumplidas, como un eco infinito.
Pero en esa “Nueva Cuba” futurista que nos prometen, aunque no lo digan, también habrá desigualdades. Muchas. Habrá gente buscando comida en la basura y pensando cómo llegar a fin de mes para poder pagarle el alquiler al cubano que sí prosperó y que será dueño de la casa en la que vivirán prestados. Para ellos habrá Cuba de sobra, la parte de ella que todos queremos ver, pero solo algunos podrán tocar.
¿Y los demás? ¿Quién está hablando de ellos? ¿Quiénes se harán responsables de que no volvamos a reproducir una indeseable sociedad clasista, racista, intolerante? La “solución” de Cuba no puede ser una curita para unos pocos.
Los sueños y las ideas son siempre la puerta de entrada para que nuevas realidades puedan construirse, es cierto. Un cambio siempre tiene que imaginarse primero antes de ser real. Y esas son cosas que, sin dudas, a los cubanos nos hacen falta: el cambio y las ganas de soñarlo, pero con realismo, calibrando muy bien las posibilidades y entendiendo que no, con querer y esforzarse no basta.












