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Era probable que hubiera escrito aquella semana sobre Mario Vargas Llosa, que acababa de morir, dejándonos la impresión de que con él se escurría una época donde el escritor no temía tomar partido en los asuntos más intensos de la vida social y destapaba esta o aquella alfombra bajo la cual se encontraban flores o cadáveres.
O tal vez estuviera al fin a punto de tratar el tema de una foto famosa. En ella se deja testimonio de cierto encuentro entre creadores cubanos, quienes aparecen en la mesa de una cafetería del Vedado. A la cabeza está el escritor José Lezama Lima. Le acompañan los jóvenes Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández, Mariano Rodríguez, Heberto Padilla, Sigfredo Álvarez, Roberto Fernández Retamar y Víctor Casaus.
Había estado rastreando esa imagen por largo tiempo. Llegaba a tener por lo menos tres instantáneas tomadas desde ángulos diversos. En todas siempre se veía Lezama, algunas botellas…Se asegura que el lugar es la cafetería de 23 y F.
En Buenos Aires fui a preguntarle al único sobreviviente del grupo. Organicé un encuentro y mi sorpresa fue mayúscula cuando, sentado ante mí, con todas las fotos desplegadas como podría tenerlas un investigador policial, me dijo: “De ese momento no recuerdo nada”.
En la Catedral de Buenos Aires
Eso planeaba escribir cuando nos sorprendió el fallecimiento del Papa Francisco, y yo, que estaba bajo el efecto de la lectura de un libro de Javier Cercas, me fui a la catedral de Buenos Aires, a donde llegué a tiempo para presenciar la segunda misa que se le dedicaba en el país.
Hablé con mucha gente; con María Riso. Me juró que se confesaba con Jorge Bergoglio. Llegaba así, “con sus zapaticos raídos”, me dijo.
También entablé conversación con otra señora, que estaba sobre los setenta de edad. Se llamaba Angélica. El pelo blanco caía a ambos lados de la cara, dejándole asomar sus ojos, que parecían casi cerrados como protección ante la luz, pero que descubrían una luminosidad azul celeste como el cielo.
Angélica vivió varios años en Estados Unidos. Llegó en busca de oportunidades y, según su historia, entre sus ocupaciones estuvo la de cuidar a exiliados cubanos en la iglesia de San Juan Bosco, lugar de alta importancia para los migrantes, al punto de contar con un centro de atención médica para inmigrantes pobres e indocumentados y un programa para la tutoría y el cuidado de niños de padres trabajadores.

La parroquia fue organizada a inicios de los sesenta por el obispo cubano Emilio Vallina, que, según aspectos de su biografía destacados por Diario de las Américas, nació en Guanajay, Pinar del Río, aunque fue criado por su abuela materna en La Habana.
San Juan Bosco en La Pequeña Habana
Con 18 años, Vallina se incorporó al Seminario de San Carlos en La Habana y fue ordenado sacerdote por el Cardenal Manuel Arteaga, en 1952. Tras la Revolución, fue expulsado de la isla junto con un centenar de sacerdotes y monjas en julio de 1961.
En la propia web de la institución se lee que Vallina eligió el nombre de la parroquia debido a “la devoción de los cubanos a este santo”. La sede se encuentra en La Pequeña Habana, en un punto que era “un lugar antiguo donde vendían carros, sucios, llenos de aserrín”.
“Empezamos limpiando toda la grasa de los pisos y aceptamos todo lo que la gente donaba. Así comenzó la parroquia de San Juan Bosco”, contó alguna vez Vallina, que falleció a los 87 años en 2013.
San Juan Bosco fue protagonista en distintas oleadas migratorias, tanto abriéndole las puertas a exiliados cubanos como a refugiados de Nicaragua, Honduras, El Salvador y otros países de América Central y del Sur.
En 1986, Vallina comenzó a recaudar fondos para la construcción de una nueva iglesia, que finalmente fue inaugurada en 2001 y cuyo broche de cierre fue el mural del Cristo de los Inmigrantes, pintado por el artista venezolano Abdón José Romero y su esposa, Sonia.
Sobre el mural construido al interior de la iglesia de La Pequeña Habana, Vallina refirió que buscaba que se captara en este trabajo “el dolor y la esperanza de todos los que han pasado por la parroquia”.
En esa iglesia —me contaba casi en susurros y en la Catedral de Buenos Aires— Angélica cuidaba a personas de la tercera edad.
“Hoy estoy para que me cuiden a mí”, dijo aquella tarde noche de abril en la que el Papa Francisco nos hizo coincidir.













