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La vida del “por lo menos”

Hablar entre nosotros, con la familia, los amigos o con cualquiera en la tienda, en una cola, en un taxi, termina siendo una especie de competencia de quien está peor. Una especie de consuelo con acompañamiento.

por
  • Lied Lorain
junio 29, 2026
en Cuba
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Ramoncito y Mariam tienen dos niños pequeños a los que sostener en medio de esta crisis. Foto: Lied Lorain.

Ramoncito y Mariam tienen dos niños pequeños a los que sostener en medio de esta crisis. Foto: Lied Lorain.

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“No se puede soñar en un país donde no se puede dormir”, leí eso hace un tiempo en una nota de Instagram de una amiga y se me quedó clavado en la mente y el pecho.

Con esa idea comienzo a escribir este texto justo antes de acostarme después de más de 30 horas de apagón. Y digo solo acostarme, porque dormir o descansar no tengo certeza de poder incluirlos en esta oración, cuando en medio del calor insoportable del verano cubano no podemos contar ni con un ventilador, ni siquiera con uno recargable.

La realidad de lo que estamos viviendo ya va más allá incluso de aquellas cosas que buscamos para solucionar el problema. No solo no puedes hacer tus actividades normales, sino que tampoco puedes mantener funcionando aquella inversión que a fuerza hiciste en lámparas, ventiladores, ecoflow, inversores o cualquier otra cosa que el bolsillo te haya permitido adquirir para sobrevivir a la crisis más dura que ha visto este país.

Vivo además en una zona de La Habana que hasta hace poco más de un mes era favorecida por pertenecer al circuito eléctrico de un hospital. Sin previo aviso, pasamos de tener electricidad habitualmente a que lo normal sean unas 20 horas de apagón diario. No estamos cansados como casi toda Cuba por desgaste, lo estamos por el shock, que poco a poco también va siendo desgastante con el paso de los días.

Al llegar la noche, todo permanece oscuro y los vecinos solo pueden salir de sus casas a intentar encontrar algo de fresco. Foto: Lied Lorain.

La falta de electricidad no es un problema puntual ni aislado; transversaliza nuestras vidas en el mundo moderno y con ella vienen o van nuestros accesos a otros servicios incluso más vitales que ella misma, como son el agua y las comunicaciones.

Nuestros teléfonos pasan a ser juguetes inservibles, pues no solo carecemos de conexión a Internet, sino que tanto la telefonía móvil como la fija, que por demás es bien poca en la zona, desaparecen por completo. No es que no puedas hacer una videollamada con tu familiar o amigo fuera de Cuba, es que no puedes enviar un simple SMS a alguien que esté en tu propio municipio.

El salidero de la esquina, mucho más antiguo que la crisis, nos pone a todos a contemplar que llegó el agua y que no podremos hacer nada con ella, con suerte llenar los tanques en bajo. En este barrio, las casas no suelen poseer cisternas, pues las inundaciones pluviales son comunes.

Cuando viene el agua es más lo que se bota en los salideros que lo que pueden aprovecharla los vecinos sin electricidad. Foto: Lied Lorain.

No me siento nada exclusiva narrando esta experiencia. Ni siquiera encuentro ya muy especial esta historia. Es la mía, la de mis vecinos, la de todos los cubanos y, lo peor, la de todos los días.

Hablar entre nosotros, con la familia, los amigos o con cualquiera en la tienda, en una cola, en un taxi, termina siendo una especie de competencia de quien está peor. Una especie de consuelo con acompañamiento.

Esa idea boba de que no estás solo en tu penuria, o que incluso tu mal no es el peor, como suspiro fortalecedor para aguantar, que es al final del día lo único de lo que te das cuenta que has podido hacer.

En medio de ese consuelo forzado se ha sembrado en muchos la recurrencia del “por lo menos”. Termina un día y está uno obligándose a ver medio lleno un vaso que ya ni es vaso.

Por lo menos hoy dio tiempo a que se cargaran las cosas.

Por lo menos el refrigerador no terminó de descongelarse.

Por lo menos cogí algo de agua.

Por lo menos pude hacer el arroz en la arrocera.

O, pude lavar una tandita de ropa.

O, pude hablar por videollamada con mi hermana.

O, pude trabajar.

Obviamente ninguno de estos “por lo menos” suelen convivir juntos en un mismo día, y es así como las cosas más básicas se van convirtiendo en grandes lujos.

Cuando llega la noche casi todos en la cuadra terminamos sentados fuera de nuestras casas, buscando el poco fresco que corre, solo gracias a que los almacenes de una mipyme en la esquina se mantienen encendidos y permiten que aquello no sea una peligrosa “boca de lobo”.

Ahí, en esas horas, vuelven a surgir todos los días los mismos temas, los mismos reclamos, el mismo desgaste. A mis vecinos les pedí que esas conversaciones de siempre estuvieran en este reportaje.

La tortura de la gota

Milagros vive sola. Es especialista en recursos humanos de una empresa estatal y su única hija y sus dos nietos viven en Estados Unidos.

“Yo me siento en estos momentos como si estuviese en un campo de concentración; gracias a Dios nunca he estado en él, pero me imagino que es como la tortura de la gota. Todo gota a gota: una gota de electricidad, una gota de agua, una gota de gas, porque hoy mismo en la mañana casi no había gas; una gota de todo y cuando quieren”, y acentúa este última frase porque a su modo de ver “esta situación está provocada por los mismos cubanos porque nadie del extranjero viene a organizar nuestro país, nadie viene a tomar medidas administrativas. Ponen la luz cuando quieren, no es igual para todos… En una zona nunca se va, en otra zona es cuando quieren ponerla; por ejemplo, ayer nosotros estuvimos casi 36 horas sin luz”.

Mily dice estar cansada como muchos cubanos. Foto: Lied Lorain.

Cuando hicimos esta entrevista, llevaba cuatro días sin hablar con su hija. En esa última vez realmente no habló con ella: “Le escribí y me escribió. Tú hoy envías el mensaje en WhatsApp y puede ser que mañana lo logre leer y yo logre leer lo que enviaron de vuelta, porque en el momento es muy difícil. Llamadas… es por gusto”.

Mily, como casi todos la llaman, dice que no encuentra un aspecto de su vida que no esté afectado por la situación actual, y nos hace su propio conteo.

“Tuve que traer el trabajo para acá, porque ahí no tengo una máquina, no tengo un programa, no tengo electricidad y cuando llego aquí me encuentro en la misma situación. Aquí estoy con todo preparado para aprovechar el momento oportuno para poder cargar la laptop, para ponerme a adelantar mi trabajo porque se pasa trabajo hasta para trabajar”, y afirma que lo hace porque aún le queda sentido de pertenencia y los trabajadores que dependen de su gestión no tienen la culpa tampoco.  

“Se te echan a perder todos los productos, lo poco que se puede comprar con mucho trabajo porque tu salario que es con el que vives no puedes usarlo porque si vas al banco no hay conexión. La moneda de nuestro país, el banco no la tiene, no nos da el dinero que nosotros necesitamos, el que nosotros tenemos, porque no es que nadie lo ha regalado, no es un préstamo, no es un crédito, es nuestro dinero.

“No tenemos una vida social, no podemos ir a una fiesta porque no tenemos transporte, no se puede andar de noche en la calle porque hay mucha agresividad, no tienes cómo desestresarte porque no puedes ni ver un televisor, ni siquiera lo que ponen en la mala programación, entonces todo es difícil, todo es malo.

“Otra cosa que nos afecta mucho en los equipos es que la quitan (la corriente), la ponen, la quitan, la ponen; eso es una mala organización, no sé si de dirigentes, si de trabajadores, pero eso es una mala planificación de forma general y corremos el riesgo de romper lo poco que hemos logrado. Todo lo que hemos avanzado lo estamos involucionando; vamos a perder todo lo bueno que teníamos”.

Con todas esas preocupaciones carga mientras mantiene aún la idea de que “no nos queremos ir de este país, nos gusta nuestro país, nos gusta nuestra idiosincrasia, nos gusta nuestro pueblo, pero vivir como personas, estamos viviendo inhumanamente”.

Mily está agotada. “Pasamos noches sin dormir por el calor, por los mosquitos, por el estrés, por la preocupación de todo, de cómo vas a amanecer mañana, qué vas a hacer mañana y cómo lo vas a hacer. Como yo hay muchas personas que ya están cansadas”.

“Solución yo no veo. Cada día vamos a estar peor. Va a llegar el momento en que o todos nos volvemos locos o esto va a colapsar de una manera que realmente no quiero ver. Sí sé que estamos en los momentos, para mí, más difíciles que he vivido en Cuba”.

¿Cómo le decimos a un niño?

Ramón y su esposa Mariam son los médicos de la cuadra. Viven con sus dos pequeños hijos y la madre de Mariam. Toda la rutina se trastocó para esta familia de profesionales justo en el momento en que la electricidad desapareció de sus vidas como un elemento normal.

“El horario nocturno es bastante difícil porque no todos tenemos la posibilidad de contar con equipos recargables, entonces en ocasiones tenemos que acudir a abanico para que los niños puedan tener una noche lo más tranquila, y placentera posible”, por ahí empieza Ramón contestando a la pregunta de qué es lo que más le afecta.

Ramoncito y Mariam tienen dos niños pequeños a los que sostener en medio de esta crisis. Foto: Lied Lorain.

Luego me cuentan que pasaron las primeras dos semanas de apagones con la esperanza de que en unos días volviéramos a la normalidad, y finalmente terminaron teniendo que desbalancear su economía para comprar un ecoflow que permita que sus niños duerman al menos con un ventilador.

“El tema con los niños sobre todo es que no entienden la situación complicada del país, no hay forma de explicarles y resulta complicado que te digan ‘papá la corriente, no hay corriente, cuándo viene’, no sabemos cuándo viene. ¿Qué hacemos, cómo le decimos a un niño de cinco, seis, siete años?”.

Otra de las agravantes hoy para los hogares con niños en Cuba es que las clases concluyeron un mes antes de lo habitual. Un verano de tres meses pone a las familias la presión de cómo brindarles a sus hijos unas vacaciones mínimamente disfrutables.

“No se puede sacar a los niños a todos los lugares que uno quisiera y entonces aquí en la casa tratamos de hacer algún juego que por lo menos los saque un poco del contexto este.

“Incluso en la escuela la docencia fue bien compleja, porque hay que entender a los profesores, que también están viviendo esta situación y todavía hay buenos profesores, muy preocupados, pero igual, en muchas ocasiones había que recoger a los muchachos al mediodía. Yo te digo que es complejo”.

Desde su profesión, Ramón mira también esta situación. Asegura que “la relación del trabajo y el descanso es fundamental para enfrentarse todos los días a la vida cotidiana. Hay que estar bien mentalmente y eso se consigue también con un descanso adecuado. Es muy complicado enfrentarte a un trabajo, de la índole que sea; no tiene que ver que usted sea médico o ingeniero, no hay una concentración adecuada. Está la fatiga, está el cansancio, eso eleva los niveles de estrés y trae como consecuencia también que las personas estemos bien tensas y eso conlleva también a complicaciones, problemas y situaciones no deseadas en el día a día”.

Ramón y Mariam ya tuvieron que botar la comida que tenían comprada para pasar el mes cuando todo se echó a perder por falta de refrigeración. Ahora se enfrentan a la pérdida de tiempo, inestabilidad y más gasto de dinero que representa salir cada día a comprar qué llevar a la mesa.

“Se está viviendo del diario porque no se sabe, no hay una planificación porque no tenemos la seguridad de que van a ponernos la electricidad en tal horario, aunque sea limitado porque sabemos la situación que estamos afrontando, pero no sabemos, y cuando viene la energía eléctrica a esa hora hay que hacerlo todo, no importa el horario que sea”, y eso incluye cocinar, lavar o hacer cualquier otra actividad doméstica en la madrugada.

“Yo no soy muy optimista, la verdad. Yo sé que se están buscando soluciones, pero no sé… Ojalá que haya algo, un cambio, que sea para bien, pero cada día es peor, cada día estamos más mal. No sé ni cuánto tiempo vamos a seguir aguantando esta situación, y perspectivas positivas, no tengo muchas”, dice resignado este padre de familia cubano.

Si la universidad está a ese nivel…

Yanaisi vive con su hija, que estudia Ciencias de la Computación en la universidad, uno de los sectores educativos más afectados por la crisis. Desde hace meses, los estudiantes universitarios llevan adelante sus estudios de manera online, retomando una práctica que dio frutos en la pandemia, pero que hoy llevarla adelante implica más problemáticas que beneficios reales.

“Lo que más me afecta a modo general es la situación de mi hija, que está en la universidad, y como todos sabemos, la universidad cerró, pero están estudiando desde la casa, y no tenemos Internet. Aparte de la electricidad, que es lo principal, no tienen Internet, y todo se lo han puesto online”, así comienzan las preocupaciones de una madre que piensa principalmente en el futuro de su hija, en este país y este contexto.

Los estudios y el futuro profesional de su hija son la mayor preocupación de Yanaisi. Foto: Lied Lorain.

“Hoy mismo mi hija tuvo que hacer un examen final y estábamos listas para salir a la calle a buscar dónde encontrar conexión. El examen era de 10 a 2, y tuvimos la suerte de que en ese horario pusieron la corriente, pero de no ser así, era averiguar dónde encuentras un lugar que haya corriente y que tenga Internet, para hacer el examen y enviarlo”. Eso se suma a las madrugadas en que su hija tiene que levantarse a estudiar porque es el momento en que pusieron la luz, o subirse a la azotea a intentar encontrar algo de conexión para enviar sus trabajos.

Ese esfuerzo se hace en medio de un panorama desesperanzador. Como la hija de Yanaisi, miles de jóvenes se forman como profesionales en una nación que no tiene ahora mismo perspectivas laborales alentadoras que brindarles.

“Es un futuro nulo por completo. Mi hija está estudiando una carrera muy buena, pero no le veo futuro en este país. Aquí ahora mismo todo lo que está funcionando es privado, lo del Estado está colapsado. En el sector privado puede que sí haya alguna oportunidad, pero hay que esperar a ver cómo se siguen proyectando las cosas. Si la universidad, que es lo que forja el futuro, está a ese nivel, ¿qué tú puedes esperar?”, es su desalentadora visión.

Cuál será el futuro de los que hoy son niños, adolescentes o jóvenes es una pregunta dolorosa que resuena en la mente de toda una nación, de todos los padres y madres que hacen lo posible por criar a sus hijos como seres sociales de bien, y lo hacen en medio del apagón y la incertidumbre diaria.

“Ponen el agua en horario de trabajo, la corriente en horario de trabajo, el agua a las 2 o 3 de la mañana, por lo general el agua sin corriente y el que no le sube por gravedad, con qué motor la va a subir. Es una locura general.

“Hoy mismo que iba a salir por la mañana había corriente, entonces dejas de salir para hacer las cosas y en 5 minutos te quitan la corriente, ni saliste, ni hiciste lo que ibas a hacer, no puedes organizar absolutamente nada. Tengo la posibilidad de tener una motorina (moto eléctrica), ¿en qué momento la puedo cargar, si te ponen una hora de electricidad?”.

Yanaisa dice estar casi todo el tiempo bastante molesta. Ese es el estado general constante de muchos cubanos ante una realidad en la que todos son obstáculos.

“Nosotros siempre hemos dicho que el cubano es un ser salido de otro planeta, pero yo no creo que esto tenga para resistir mucho tiempo. No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista, pero yo creo que o nos volvemos locos o esto tiene una solución, no sé de qué manera la van a buscar. No tengo mucha esperanza para Cuba porque no se ve, ni a largo ni a corto plazo, no se ve nada”.

Esa ilusión de mirar al futuro y encontrar un aliento es tal vez una de las necesidades más imperiosas de una Cuba apagada, no solo por falta de electricidad.

Etiquetas: crisis cubanaCrisis energeticaPortada
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Lied Lorain

Lied Lorain

Licenciada en Periodismo por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Reportera, presentadora de televisión, realizadora audiovisual y con experiencia en la dirección de comunicación de eventos.

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