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Levántese temprano con energía. Si no durmió en la madrugada por el calor, no importa: una ducha fría le activa el cuerpo para enfrentar la mañana con más claridad. ¿No tiene agua? No se rinda al desespero. Deje que el sudor lo refresque junto a la ventana abierta. Sea creativo.
Salga a caminar media hora en ayuno prolongado. Así quema las grasas del cuerpo. Luego de un mes notará los resultados: mente y cuerpo ligeros, presión arterial en regla, estrés bajo. Llegue a casa dispuesto al desayuno: dos huevos hervidos y un jugo natural.
¿No tiene alimentos en la nevera porque la falta de corriente la mantiene descongelada? Salga al mercado más próximo y hágase de las tres comidas del día. En caso de que no encuentre ningún dependiente que le acepte una transferencia, diríjase al cajero más cercano y extraiga efectivo.
¿Los cajeros del vecindario dejaron de funcionar? ¿No hay electricidad en los bancos? No importa. Sea creativo. Haga la fila en la sucursal que encuentre abierta y reciba el efectivo que el banco le entregue. Mientras espera, lea las noticias, o comparta frustraciones con el resto de las personas a su alrededor. Cuando reciba al fin el efectivo, sea cual sea la cantidad, dé las gracias. La educación y la paciencia, por encima de todo. La cajera no es culpable.
Superado el trámite, regrese a casa. Ya para una merienda vespertina, hierva al fin los huevos. Siempre es más saludable y económico no usar aceite de girasol.
Aproveche el apetito, y aunque no llegue la electricidad y no pueda usar la batidora, lave la fruta y cómala a mordiscos. Si aún no tiene agua para limpiarla, sonría. Los primates en el zoológico tampoco la lavan y siempre están allí, dispuestos a hacer una pirueta por un pedazo de pan.
No se desanime. La tarde apenas comienza. Las telenovelas las repiten después del noticiero. Por el canal de deportes transmiten el mundial de fútbol: “22 millonarios pegándole a una pelota”, como dijo aquel personaje de Luis Brandoni. Si la electricidad aún no llega, entonces salga de casa.
Siéntese junto al río Almendares si vive en La Habana, en La Punta si está en Cienfuegos, o visite El Moncada si anda por Santiago de Cuba.
Los museos siguen abiertos y la entrada se mantiene a precios módicos. En Bellas Artes, en el edificio de las obras cubanas, recréese un largo tiempo frente a las mujeres que pintó Wifredo Lam. Camine por el malecón, quédese en un café y lea. No le recomiendo Orwell ni Cortázar ni Kafka, regrese a Los tres mosqueteros, a El Conde de Montecristo.
Siempre espere buenas noticias. A pesar de todo, usted es afortunado. Tiene un techo donde pasar las madrugadas, tarjeta de banco, huevos, frutas troceadas, un pedazo de pan cuando se cansa de la dieta sin arroz, azúcar y harina.
Vea al muchacho metido hasta las rodillas en la basura buscando “algo”; a la anciana ciega subiendo quince pisos por la escalera para llegar a su casa. Visite aquel comedor social que organiza un pastor para darle desayuno a treinta personas que viven en las calles. Recorra las escuelas cerradas, los policlínicos vacíos.
Usted quizás entienda las causas; muchos otros solo conocen de las consecuencias.
Regrese a casa antes del anochecer. Con suerte, llegará para aprovechar sus dos o tres horas con electricidad. Cargue su pequeño ventilador portátil, su teléfono celular, la lámpara blanca, la laptop donde reproduce una y otra vez el mismo filme argentino, esa odisea de giles y su ajuste de cuentas.
Espere a que las baterías de todos sus equipos se agoten y, ahora sí, cierre los ojos. Si acaso no puede dormir, sea creativo, escriba nuevas instrucciones para mañana, hasta que por usted mismo descubra que lo mejor es entregarse al día sin expectativas y aprender a lidiar con las sorpresas.












