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Si en 2012 a Rigoberto Sosa Cid no se le hubiera ocurrido instalar en la finca en usufructo que administraba un molino de viento, la tremenda sequía que comenzaría en Ciego de Ávila dos años después le habría matado todas sus vacas.
La falta de agua no solo habría impactado en la disminución de la producción lechera, sino en el estado físico de los animales. Cuando por deshidratación y debilidad las vacas caen al suelo y no pueden levantarse, esa es su sentencia de muerte. Y entre 2014 y septiembre de 2017 en el centro de Cuba apenas llovió.
El pozo desde donde bombea el molino de viento, sin embargo, aguantó el embate de la sequía hidrológica sin achicarse. Por eso, ahora podemos contar esta historia en la que dos Ramones miran al cielo, uno encaramado en las alturas y el otro con los pies en la tierra.


“Ese molino fue un regalo de un gran amigo de mi hermano Rigo, que en paz descanse. Aquí siempre hemos tenido ganado, vacas, carneros, caballos, pero antes el agua había que halarla de un pozo de manigueta”, dice Ramón Sosa Cid —más conocido en su comunidad como Monguín o Mongui—, a quien un infarto lo obligó en 2009 a “jubilarse”, después de 40 años de trabajo en el sector de la ganadería.
A saber si fue el esfuerzo de aquella manigueta la que le paró en seco un día el corazón, un susto que no olvida, pero que a sus 76 años no le impide estar al tanto de la finca y los animales, por necesidad, sí, y porque no concibe la vida de otra manera. Todo eso cuenta sentado en un taburete a los pies del molino, mientras el otro Ramón (a quien le dicen Mongo), Martínez de apellido, va subiendo poco a poco hasta la cima.
Este Ramón ha venido a reparar las aspas desde el municipio de Gaspar, distante unos 30 kilómetros del reparto Aeropuerto, ubicado en la periferia este de la ciudad de Ciego de Ávila.
Ha sido necesario ir a buscarlo tan lejos porque ya en la redonda no quedan molineros. El propio Mongo confirma que nadie quiere aprender el oficio y que él no se lo ha enseñado a sus nietos, porque es peligroso.
Obviamente, no debió pensar igual cuando aprendía los secretos del bombeo de agua impulsado por el viento con el renombrado Alberto Siota, viejo pocero de la zona, apodado Hace, porque hacía de todo.

En noviembre de 2024, un viento platanero asociado a la tormenta tropical Rafael, que avanzaba por los mares al sur de la zona central cubana, sorprendió al molino de Monguín sin el freno puesto y desde entonces la vida de los Sosa se complicó un poco más.
“Cuando se rompió, tuvimos que comprar una turbina e instalarla; eso conllevó un gasto que no estaba en los planes. Además, hay que estar velándola todo el tiempo, no solo para que no se la roben, sino porque el ritmo es muy violento para el pozo y puede achicarlo. Con el molino todo es como con piloto automático, trabaja solo, un poco más lento, pero constante mientras haya viento”.

Así explica Odalys Sosa Paz, hija de Monguín y enfermera de profesión, que ha debido asumir tareas en la finca ante la ausencia del hermano mayor.
“Y ahora con estos apagones interminables, pues peor, porque entonces en el momento en que hay electricidad, así sea de noche o madrugada, hay que venir y poner la turbina, porque los animales no se pueden quedar sin beber. Hasta con un Ecoflow (estación portátil de energía) hemos bombeado agua, repartiendo la carga entre la turbina, las luces y el refrigerador. No ha sido fácil”.
Había que arreglar el molino, sí o sí. Luego de indagar mucho y esperar por otros poceros que nunca llegaron, apareció el Ramón de Gaspar, también jubilado y casi picando las siete décadas de vida. El cálculo inicial del arreglo prometía no sobrepasar los 10 mil pesos (CUP), pero terminó costando 30 mil, pues fue necesario reponer piezas y volver una y otra vez ante cada rotura. Un desembolso que, si bien dejó un hueco en las finanzas familiares, les dará la tranquilidad indispensable para regar algunos conucos de cultivos varios y mantener las casi 30 cabezas de ganado que, al mediodía y en la tarde, regresan al corral sedientas, buscando sus abrevaderos llenos de agua.



Renovables, pero escasos
Según el sitio oficial del Ministerio de Energía y Minas de la República de Cuba, existen un aproximado de 9343 molinos de viento instalados, principalmente en el sector agrícola. La propia web refiere la existencia en el país de dos fábricas de estos equipos: Industria Mecánica Caribe (IMECA) y Empresa Mecánica Bayamo (EMBA), ubicadas en Artemisa y Granma, respectivamente, con una capacidad de 1800 molinos al año. La demanda calculada es de 20 mil.

Sin embargo, al cierre de 2024, de acuerdo con datos de la Oficina Nacional de Información y Estadísticas (ONEi), los molinos de viento serían el segundo grupo de tecnologías de energía renovable (unos 11 729) más empleado en Cuba, representando alrededor del 29 % del total, estimado en 41030. El primer grupo es el de los paneles solares fotovoltaicos (que capitalizaban entonces el 64 %).
Aunque en la política del Instituto de Recursos Hidráulicos se ha favorecido el empleo del bombeo solar fotovoltaico en el abasto de comunidades aisladas, la importancia de los molinos para el desarrollo local en áreas rurales y suburbanas se ha hecho evidente no solo con el incremento del total de dispositivos instalados.

“Aquí el año pasado vino gente de Cienfuegos comprando molinos. Un vecino vendió el suyo en 70 mil pesos”, recuerda Ramón Sosa. “Mi hijo casi se embulla; por suerte no lo hicimos”.
También por el impacto ambiental. Con su bombeo de caudal moderado, los molinos realizan un bombeo mecánico constante, pero de menor intensidad, comparados con las turbinas eléctricas. Esto evita el abatimiento de los acuíferos, ya que les permite recuperarse de forma natural.

En tiempos de sequía, como las que ha experimentado la zona central de Cuba en la última década, los molinos posibilitan explotar pozos profundos (hasta 18 metros, incluso más) de manera autónoma, garantía de agua para animales y cultivos, sin tener que sobreexplotar las fuentes superficiales.
El pozo de los Sosa costó en 2012 unos 6 mil pesos y tiene una profundidad de 14 metros. Hoy, cuando el costo de perforación ronda los 10 mil pesos por metro lineal, no podrían pagarlo. De vez en cuando, el patriarca de la familia mira de lejos el molino, ahora con sus aspas reparadas y a merced de los vientos en las mañanas y las tardes, y agradece en silencio la idea de su hermano. En muchos sentidos, ese molino les ha salvado la vida.














