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En la ciudad de los muertos las piedras tienen memoria. En la necrópolis de Colón, donde los difuntos –como afuera los vivos– se agrupan en barrios de clase, se instauró el privilegio puro y duro del mármol. Allí subsiste una huella escrita en la piedra blanca y fría que resiste el paso del tiempo. Una pléyade de hombres y mujeres ilustres enterrados sin joyas, pieles, coches ni palacetes; pero que para perpetuar su nombre reclamaron una tumba regia y pomposa, como caja de seguridad celestial o fragmento de Acrópolis, que pudiera servirles de espejo.
En el arte funerario, el mármol representa una voz silenciosa que habla de dignidad y tributo, su dureza y belleza le confirieron desde tiempo remoto el carácter de eterno. Esa tradición en el cementerio de La Habana se enlaza particularmente con la maestría de las casas marmolistas italianas que desde el siglo XIX dejaron aquí su vestigio indeleble.
Recorriendo las hectáreas de la muerte, bajo el sol cubano, el historiador Ricardo Díaz Murgas ha logrado recabar decenas de firmas escondidas en las esquinas de los panteones que suelen ser inapreciables para el ojo común. Varios años ha dedicado este museólogo del camposanto a explorar documentos y bloques de mármol labrados y montados por manos expertas que relatan historias de inmigrantes, de esperanza y de almas vaciadas en piedra.
Casas de mármol
Las marmolerías despuntaron en Cuba durante el siglo XIX vinculadas al auge constructivo de mansiones señoriales, plazas, monumentos, fuentes y ornamentos en paseos públicos. Desde la fundación del Cementerio General de La Habana (Espada) y otras áreas cementeriales, creció la moda de enaltecer con arte un hecho tan traumático como la muerte.
“Las casas marmolistas italianas trajeron a Cuba no solo materiales, sino también técnicas y artistas que definieron una estética funeraria sin par. Mármol blanco, negro, crema, se combinaba en figuras geométricas, columnas, estatuas, angelotes y relieves que capturan gestos, luces y sombras casi con precisión fotográfica. En su mayoría son panteones diseñados como refugios del silencio, pero que dada su cualidad artística cobran el valor de conjuntos escultórico-funerarios que emiten los susurros de una cultura mediterránea fundida con el fervor caribeño. Los italianos sabían tallar la belleza y el dolor con la destreza absoluta de quien sabe moldear la memoria”, explica Ricardo.

Agrega que dentro del conjunto de talleres o casas marmolistas aquí presentes es difícil apreciar diferencias marcadas. En el aspecto artístico operaban con patrones estéticos importados de Europa y, aunque no se copiaban, lógicamente compartían pautas dictadas desde el viejo continente. “Las distinciones, por tanto, se centran alrededor del eje temporal. Los trabajos de fines del siglo XIX y principios del XX son distintos a los realizados a partir de la década de 1930. En sentido general, las primeras responden a modelos neoclásicos, si bien en su última etapa, cercana a los años 20, aparecen velados por cierto eclecticismo”.
Es notable el empleo de alegorías omnipresentes en el espacio y el tiempo, como la figura de la Virgen María en general y, en específico, la advocación mariana de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. A partir de los años 30, el repertorio iconográfico sería más vasto. Se sustituyeron las alegorías por cruces, obeliscos y columnas y afloraron nuevas temáticas como Las Dolientes. En cada caso, responden a la subjetividad del autor que las incorpora con un juego composicional mucho más libre que el permitido por las rígidas normas presentes en la arquitectura sepulcral hasta principios del siglo XX, sostiene el especialista.
“A partir de entonces, las casas marmolistas se entregan a una rica exploración en el campo de lo estético, en buena medida estimulado por el aumento de la importación de nuevos materiales como granito negro (llamado “ochavo especial” o “ala de mosca”), granitos nórdicos y diversas gamas de mármol. En muchos casos desaparece la escultura o es sustituida por trabajos en metal —preferiblemente bronce— para que acompañen cromáticamente la composición material del sepulcro; o su puesto es ocupado por hermosas jardineras, placas de metal y lápidas. Se elimina la baranda perimetral, se trabajan los bordes y respaldos de los panteones en busca de tendencias ajenas al rigor lineal, sin desestimar la solemnidad.
Entre las más antiguas noticias de agencias marmoleras asoman la de Juan Bautista Biasca, fundada en 1840 y con notable representación en el Cementerio de Espada; y La Italia de Aurelio Petracchi (1850), en San Ignacio esquina Obrapía. En el Directorio de Artes, Comercio e Industria de La Habana, editado en 1959, son enunciadas cinco marmolerías: la de Biasca en Obispo 19, Hércules Serrighy en Teniente Rey 35, Domingo Dangeli en Villegas 32, Juan Costa en O’Reilly 82 y Carlos Ruga en San Ignacio 17. Pero la impronta por excelencia de las casas asociadas al arte funerario radica desde 1871 en la necrópolis de Cristóbal Colón.
Recorrido virtual
Hace pocas semanas, como parte del programa veraniego de Rutas y Andares que llevó su sección “Andar por la Arquitectura” hasta el cementerio, Díaz Murgas ofreció parte de esta interesante información que ahora nos ofrece en exclusiva, a manera de recorrido virtual por ese museo a cielo abierto en el Vedado.
Entre los conjuntos escultóricos más llamativos destaca la tríada neogótica ubicada en el cuadro 8, zona de monumentos de primera del camposanto. Se trata de los panteones de Águeda Malpica de Rosell, donde yace inhumado el poeta Julián del Casal; Victoriano Argudín y Cuervo, marqués de Argudín; y Francisco del Calvo Chenard, quien ocupó un cargo de fiscal en Santiago de Cuba. Estos dos últimos —incluida la capilla que tuvo por modelo la de Abelardo y Eloísa en el cementerio Père Lachaise— fueron levantados por La Nueva Paros, de Pedro Serrighi. Según una publicidad de época, la compañía sita en O’Reilly 89 colocaba objetos de adorno, cenotafios, pisos y todo lo concerniente al ramo funerario, “desde el más suntuoso monumento hasta la más sencilla lápida, con baratez y prontitud”.

Cerca de la Capilla Central se encuentra el panteón de Ignacio Mendiola y María Josefa Pérez de Urria, marquesado de Valero de Urria, grupo escultórico único por su belleza y perteneciente a la marmolería de Juan Casellas e Ydiaguez, Maloja 66. A esta casa corresponden además el panteón Kholy-Embil y el singular sepulcro de la familia Lamelas, que tiene de respaldo una gruta con rocas coralinas y en su interior la Virgen de Lourdes en mármol blanco de Carrara.

Damiano Triscornia fundó la Marmolería Italiana en calle Habana 104. Al poco tiempo, la prensa anunciaba que el establecimiento “ofrece los trabajos de los mejores artistas del ramo que se pueden obtener en esta ilustrada ciudad”.
El sello D. Triscornia señala varios panteones: Rosalía Arencibia, madre de Marta Abreu; Condes de Mortera, en la misma zona de primera; Dolores Agramonte, esposa del príncipe Radziwill; el suicidado alcalde Manuel Fernández Supervielle; Juan J. Musset, bombero del Comercio muerto en la tragedia de Isasi y el panteón del jabonero Ramón Crusellas, cuya ejecución se encomendó a Paolo Triscornia di Ferdinando, quien por esa época tenía su estudio en París.
Bajo el epígrafe “Merece verse”, El Triunfo del 5 de noviembre de 1878 describía el panteón de la familia Rosell erigido recientemente: “Los que han visto el magnífico monumento celebran la marmolería de Triscornia, importadora y constructora, según se nos ha informado, de la mejor cripta que existe hasta hoy en el cementerio de Colón”. Este apellido se repite en otros mausoleos. Son los casos de Alfredo Triscornia, en calle Cuba 69, y Amílcar Triscornia, Habana 127 y Obrapía 71.


La marca de Ettore Alessandro Mantici fue otra de las pioneras en el negocio lapidario en Colón. El castellanizado Alejandro trabajó primero al servicio de Triscornia, hasta que pudo independizarse y forjar clientela propia. En 1879 radicaba en Obispo 28, luego 104. Pedía trabajos a escultores de Florencia y Carrara.
Su estampa quedó grabada en varios panteones: Micaela de Lasa, Josefa Izaguirre de Embil, Francisco del Hoyo y Junco, fundador de institutos en La Habana y Asturias, José Beato Dolz y los Condes de Morales. Por el panteón de Gregorio Palacio puede inferirse que hacia 1904 Mantici mudó su taller a O’Reilly 21. El sepulcro de la familia Albertini, al que un rayo destrozó y borró la fecha, reza también Agente Mantici.

Probablemente, el nombre más estudiado ha sido Giuseppe (José) Pennino Barbato. Llegó a Cuba en 1902. Empezó de modesto vendedor hasta volverse emprendedor. Fue periodista, publicó libros y se dedicó con mayor entusiasmo a la política como fervoroso seguidor del Partido Liberal. Por su militancia opositora al gobierno de Estrada Palma, en 1905 lo declararon “extranjero pernicioso”, lo apresaron y expulsaron a Colombia.
De vuelta en La Habana, a partir de 1912 su nombre se asoció a los principales importadores de mármol y granito de Italia. Su éxito está determinado por una exuberante presencia en el cementerio capitalino. Son de su obra los panteones de la Asociación Nacional de Emigrados Revolucionarios, Zayas-Jaén, Narciso Gelats, José Miguel Gómez, Asociación de Beneficencia Asturiana, Veteranos y Patriotas de las Guerras de Independencia, Colegio Estomatológico y el de Carlitos Aguirre (el célebre joven que murió en un insólito accidente en una plaza de toros), entre muchos más. Su modelo emblemático fue la imagen de San José.
Con los años, Mármoles Pennino llegó a tener sucursales en Santiago de Cuba y Cienfuegos, donde comercializaba bronces, mármoles y granito; una oficina en Carrara y el edificio de oficinas y depósito en la Avenida de Menocal 45, esquina a Desagüe. En segundas nupcias, Pennino Barbato se casó con Enmanuella Salmoiraghi Pandini, a quien dedicó la conocida mansión “Villa Lita”, en la Avenida Paseo.
Otras empresas en el ámbito de la marmolería y estatuaria fueron Pedro Peliccia, que en 1864 se hallaba en Galiano 88, y en 1873 pasó a Obispo 24; Las Bellas Artes de José Patricio Sirgado, O´Reilly 61, luego 72; Mola y Strenta, Sol 95; Miguel Aurecini, San Nicolás 206; Pascual Gianotti, Galiano 74; y Marcos Gianinazzi, sucesor de la Marmolería Italiana de Triscornia y encargado de construir en 1884 el sepulcro del Obispo de Espada en Colón. Más cercanas en el tiempo son las marmolerías de Pablo Manfredi, Gallo y Hermanos y la de José Mendioli.


Los escultores del tiempo
Casi todos los escultores italianos con obra en la necrópolis de Colón fueron artistas conocidos en Italia. Oriundo de Livorno, Angiolo Vanetti dejó su huella en la Alegoría de la Patria en el Panteón de los Emigrados Revolucionarios. Es una figura femenina que lleva gorro frigio, en su mano derecha una corona de laureles para los héroes y en la izquierda una espada con la punta hacia el suelo, en señal de que ha terminado la guerra.
Otro italiano de talla distinguida en el género del retrato fue el genovés Demetrio Paemio. Su producción artística está expresada con estilo neoclásico y romántico, aunque luego se inclinó al denominado “realismo burgués”. En el cementerio habanero esculpió en mármol de Carrara un busto para la capilla de Julián Álvarez Granda, asturiano propietario de la fábrica de tabacos Henry Clay en la Calzada de Luyanó.
El maestro Raffaello Romanelli destacó por esculpir retratos de personalidades. En Colón, donde laboró asociado a Pennino, posee un bajorrelieve de bronce hecho en Florencia para la Capilla Aspuru. Se trata de la imagen de un ángel o Madonna alada que ocupa la puerta de acceso como símbolo de protección del espacio sagrado. Además, Romanelli cuenta a su nombre una escultura exenta de San José en el panteón de José María Beguiristaín y un busto de Constante de Diego, dueño de la Mueblería Borbolla y padre del poeta Eliseo Diego.
Al escultor Pietro Costa pertenece el impresionante panteón comprado por Mendiola para su esposa. Destaca en el grupo escultórico un ángel de antorcha caída, que simboliza el fin de la vida. Yace recostado al sarcófago, cuyos apoyos son garras de león, y presenta en la superficie relieve de elementos fitomórficos; lo cubre por su lateral izquierdo un manto que evoca la muerte y la resurrección como sudario. Vinculados a Casellas trabajaron también los escultores Giovanni Nicolini y Uberto di Giovanni, autor este último de la majestuosa escultura de la Virgen de la Caridad que corona la tumba de Ricardo Martínez.


El siciliano Salvatore Buemi dejó igualmente su legado con magníficas esculturas en La Habana, Matanzas y Camagüey. De él se puede apreciar el Ángel Justiciero en el panteón del presidente José Miguel Gómez. Mientras que de Giovanni Nicolini, nacido en Palermo, está presente su Alegoría de La Melancolía en el panteón de Manuel Castañer. Asimismo, los hermanos Andrea y Alessandro Baratta cincelaron los medallones de bronce con retratos en relieve para el Monumento a los Estudiantes de Medicina.
En el panteón de la Asociación Vasco Navarra de Beneficencia, un templo neogótico localizado en el cuadro 28 del campo común del cuartel Noreste, una capilla construida con muros de ladrillo luce bajorrelieves de efigies de santos realizados por el escultor Francesco Bossi. A ambos lados de la fachada están la Virgen Dolorosa y San Carlos de Borromeo, y en la portada de fondo aparecen San Antonio y Santa Rita, todos moldeados en piedra.
En el cementerio de Colón, el mármol no solo guarda cuerpos y silencios, sino identidades y recuerdos de otro tiempo tallados con esmero; porciones de vida y muerte entrelazadas por la maestría de artesanos venidos de lejos. Allí, entre las esquinas de los panteones, se descubren las firmas veladas de casas marmolistas y escultores.

Late dentro de esas piedras algo que trasciende la fría y blanca materia: la historia de una ciudad que se mira en el espejo de la eternidad. El mármol italiano no fue un mero lujo funerario; trasciende como eco de quienes buscaron dejar huella, vaciar su arte para darle al polvo un poco más de alma.












