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Entre cientos de balas, una tenía grabado su nombre. Ironía del destino. La sangre no llegó al río de tinta sino semanas después, cuando los periódicos salieron pregonando su muerte como una de esas noticias que —según los editores— suelen descolgar la mandíbula entumecida del público. Debido a los datos que a cuentagotas traían los cables, la mayoría de los cronistas no pasaba del aletazo imaginativo ni hallaba la dramaturgia suficiente para contar el episodio con certeza. Se esgrimía una bala perdida como el arma más a mano. Todos querían responder la pregunta que se hacían todos: ¿Qué le pasó a Charles Crosby?
Marchando por Gómez
El secreto yacía en la manigua de Cuba. En la ciudad de Nueva York expidieron su pasaporte el 20 de enero de 1897 y de inmediato partió hacia la isla. El documento oficial lo describía con 1.61 metros de estatura, ojos azules y tez blanca. Tenía cara cuadrada, amplia la frente, nariz aguileña, boca mediana, bigotes castaños y mentón pronunciado. Después de hacer escala en La Habana y tener los cuños correspondientes del cónsul general de Estados Unidos, Fitzhugh Lee, el viajero continuó su travesía a Sagua la Grande.
En febrero ya estaba hospedado en el Hotel Telégrafo de Teodomiro Peña, en la Villa del Undoso. Allí se reunía con Karl Decker, corresponsal del New York Journal, y con el vicecónsul de su nación para tratar un asunto de vida o muerte. Evitando despertar sospechas, divulgó que era representante de una compañía dedicada a comprar hierro viejo en trapiches descontinuados. Con esa empresa solicitó el permiso de las autoridades de Santa Clara para ir al ingenio Verdugón, pase que le concedieron con salida al campo por Vega Alta.
Sin embargo, el negocio de chatarra fue solo la coartada del susodicho Crosby, que en realidad era corresponsal del Chicago Record, para internarse en territorio de Cuba Libre tras el rastro del legendario Máximo Gómez. El afán de conocer y reportar aquel prodigio de capacidad guerrera atrajo a más de un cazador de historias.
Veterano, encanecido y malgenioso, bronceado por el sol abrasador de muchos días en campaña, Gómez tenía instalado su cuartel general en La Demajagua —en el actual territorio de Sancti Spíritus— cuando a mediodía del 5 de marzo una comisión trajo al tal Mr. Crosby. Este mostró su pasaporte del Departamento de Estado, certificados consulares y se presentó como vicepresidente de la Liga Americana para la Independencia de Cuba. Pedía ver al general. “Parece hombre bueno y poco exagerado, y sospecho que sea un repórter disfrazado”, advirtió Fermín Valdés Domínguez, jefe de Despacho, en su polémico Diario de soldado.

El recién llegado no dominaba el español, por lo que sirvieron de intérpretes León Primelles y Cosme de la Torriente. Precisamente, De la Torriente —biografiado del prestigioso historiador Ernesto Álvarez Blanco, quien me ha aportado útiles apuntes— relataba en sus memorias que Crosby entregó dos cartas, una para el general Rius Rivera y otra para el presidente Cisneros Betancourt. Luego expresó que pretendía estudiar la revolución desde dentro y redactar un informe para la liga, el cual sería elevado a las cámaras de su país y al presidente McKinley.
Además, manifestó su deseo de “servir como oficial” y asistir a los combates; a fin de cuentas, afirmó, no era un improvisado, pues había cursado estudios militares en la escuela francesa de Saint-Cyr. Marchó con los insurrectos por Trilladeritas, La Reforma, Arroyo Blanco… Por esos días, hasta cinco mil españoles de las tres armas perseguían a Gómez con “estudiadísimas combinaciones”, anotó este en su diario. Crosby encontraría lo que buscaba. Y hasta lo que no.
Un yankee simpático
Charles Erskine Crosby nació en Norwich, Connecticut, en julio de 1860, el verano anterior al estallido de la Guerra Civil estadounidense. A los 13 años destapó su temprana vocación por el periodismo, publicando un suplemento aficionado. También desarrolló interés por la vida militar —influido por la carrera del padre— y esto lo llevó a ser teniente del ejército francés. En 1882 contrajo matrimonio con Anna Margarite de Patras. Cuando el Chicago Record lo envió a cubrir la insurrección en Cuba, dejó dos hijos pequeños y a la esposa encinta.
Máximo Gómez sostuvo la entrevista con el reportero en privado, ofreciéndole datos valiosos para que pudiera argumentar su “informe imparcial”. Después se “despacharon” con Crosby en animadas charlas el doctor Eusebio Hernández y Valdés Domínguez —con estos habló en francés— y Cosme de la Torriente. El general les había indicado que atendieran y cubrieran todas las necesidades del visitante, quien desde el principio se les hizo simpático “por su cultura, fino trato y discreción”.
Discurría el 8 de marzo, cuando sobre las cuatro de la tarde la rutina del campamento mambí fue interrumpida por gritos y movimientos a tropel:
―¿Qué pasa? ―inquirió Gómez, con la flema del habituado a tener un temporal sobre su cabeza.
―¡Columna enemiga a la vista, mi general! ―anunció un subalterno.
―¡A caballo! ―ordenó el bravo dominicano.
Hubo pelea en el potrero de Santa Teresa hasta que el ocaso se les vino encima y las hostilidades quedaron en pausa hasta el amanecer. Ambas fuerzas pernoctaron en las cercanías; los cubanos, en Las Casitas. Sobre esas horas registraba Bernabé Boza: “Míster Crosby felicitó al General en Jefe y le dijo que estaba asombrado después de haber visto cómo trescientos hombres de caballería se batieron contra tres mil de las tres armas”.
Desde el arribo a La Habana, el reportero había enviado al Record sus crónicas sobre el curso de la insurrección en Cuba. Su última correspondencia remitida desde el frente llegaría a Chicago el 29 de marzo. Las firmaba bajo el seudónimo “Don Carlos”. Aquella noche se dispuso a redactar las vivencias de la jornada; pero poco pudo avanzar, fastidiado por un pesado viento de cuaresma que no dejaba vela con cabeza encendida. Se fue a la hamaca. Cuánto habrá soñado, dormido o despierto. Y vino el día de…
Se rompió fuego a las 6 y 20 de la mañana. La columna española, “que sin duda tenía buen olfato” —acertaba el oficial español Antonio Serra en su libro Recuerdos de la guerra de Cuba—, sostuvo descargas atronadoras de infantería y de artillería bien posicionada en elevaciones. Desde el lado mambí era “casi imposible sostenerse” en el sitio, decía Cosme. El choque se prolongó dos horas y fue “uno de los más reñidos que hemos sostenido”, admitía Gómez. Los insurrectos sumaron varios heridos y solo un muerto. Un muerto mediático.
¿Quién te puso ahí, de cara?
“De las bajas más sensibles que sufrimos […] ha sido la muerte —cayó a mi lado— del americano C. E. Crosby, comisionado de la Liga Cubana Americana, y que hacía muy pocos días se nos había incorporado, con objetos ventajosos y protectores para nuestra causa. Era este señor, conforme nos fue posible juzgarlo en el corto tiempo que estuvo entre nosotros, hombre ilustrado y cumplido caballero. Por su discreción, moderación y cordura, sin revelar apasionamientos de ningún linaje, se captó la simpatía de todos nosotros”, valoraba Gómez.
Crosby observaba la acción con sus gemelos de campaña. En medio de la refriega, Gómez le recomendó varias veces que se situara a retaguardia, donde tendría relativa seguridad y quedaría menos expuesto a riesgos. Pero el americano, todo un valiente, rechazó ocultarse, aduciendo que había venido a ver la guerra en su desnuda crudeza, y para eso nada mejor que acompañarlo en primera línea. Una descarga mató la adrenalina del momento. Ambos corazones se entrelazaron en una caballería de latidos y palabras ahogadas. Ante los ojos del caudillo se desvaneció la integridad colorada de Charles.
Los Ángeles Herald narró que un tirador de aguda vista debió localizar en el linde del bosque la posición del grupo compuesto por Gómez, parte de sus oficiales y el “capitán” Crosby. Balas de máuser surcaron en rápida sucesión. La primera alcanzó al observador justo debajo del ojo. Del tiro, los prismáticos volaron por el aire, mientras el herido se agarraba la cabeza con ambas manos. Un segundo después se desplomó hacia adelante para acabar enredado entre las patas del caballo. “Murió casi al instante, sin emitir sonido alguno”, comentó Grover Flint, quien en su célebre Marchando con Gómez describe una versión similar al periódico.

También Cosme, desde su ángulo, parado a orillas del cauce seco de un arroyo que salía del monte, vio caer a Crosby impactado. “Una bala le ha entrado por debajo del pómulo izquierdo y le ha salido por detrás del cuello, produciéndole la muerte a los dos o tres minutos sin articular palabra”. De inmediato, el corneta José Cruz saltó de su caballo para sostener al caído en el suelo, hasta que otros jinetes acudieron y ayudaron a sacarlo. Ya era cadáver.
El propio Generalísimo tuvo las barbas entre las tijeras de las Parcas, pues un balazo le derribó el caballo y quedó atrapado por el peso de la bestia, a metros del enemigo. La impresión de tamaña escena movilizó a todo militar que se encontraba cerca para correr en su auxilio. Lo evacuaron bajo una lluvia de plomo. “¡Mi machete!”, reclamaba a sus intrépidos asistentes el Chino Viejo, todavía medio aturdido por el golpe. Viéndose superado en número e ímpetu por dos mil españoles que le ganaron la posición, el Héroe de Palo Seco decidió la retirada.

Gajes del oficio
El míster quedó enterrado en La Retranca, una intrincada sección al sur de La Reforma. La asistencia de Gómez con su Estado Mayor otorgó al entierro honores militares. Lejos de lo que se piensa, el viejo no era de piedra. Sufrió la pérdida de aquel hombre agradable y erudito que apenas tenía 36 años. Pero estaba acostumbrado a llevar por dentro la procesión de amarguras y dificultades. Conmovido, dispuso que sus ayudantes Antonio Tavel y Benjamín Molina dieran manigüera sepultura al desdichado, y que se marcara la tumba con cruz y valla.
Dos días después se nombró una comisión integrada por Cosme de la Torriente, Fermín Valdés Domínguez, Eusebio Hernández y el Dr. Gustavo Pérez Abreu, médico del Cuartel General, para hacer el inventario de todas las posesiones (dígase dinero, anillo de bodas, papeles y prendas personales) del difunto y poder enviarlas a su familia.
“Justo es que esas reliquias lleguen a su hogar triste y dolorido. Los cubanos todos deben llenar su deber acudiendo a consolar lo mejor que puedan a la apenada familia del americano noble, C. E. Crosby. Para conseguir la vía segura por donde deba ir todo eso, y que no se pierda nada, he dirigido una carta al Cónsul General Míster Lee, para que envíe persona bien acreditada a recibir tan sagrados objetos, que pertenecieron a un hombre tan bueno”, escribía Gómez en marzo.

Pasaron meses sin recibir respuesta. La gestión se dilataría hasta el 22 de diciembre de 1897, cuando Rafael Madrigal, cónsul de Estados Unidos en Colombia, se presentó en el campamento —que casualmente volvía a estar en La Demajagua— con la misión de recoger las pertenencias del malogrado corresponsal para “aliviar la angustia de la viuda”. Gómez mandó a su ayudante Luis de la Torre a buscar las prendas, que habían quedado a buen resguardo en un monte a diez leguas de distancia. El emisario “bien escoltado” volvió al día siguiente con las alhajas y de inmediato se procedió a la escrupulosa entrega al cónsul.
A finales de mes, El Imparcial de Madrid comunicaba que Dupuy de Lome, ministro español en Washington, había telegrafiado al general Ahumada “rogándole que emplee cuantos esfuerzos pueda para encontrar el cadáver del periodista norteamericano Crosby y enviarlo a Nueva York, convenientemente embalsamado”. No he podido precisar si se consumó la repatriación de los restos. Lo que sí consta en el New York Evening Journal del 16 de marzo de 1898 —o sea, al primer aniversario de su caída en combate— es que finalmente llegaban a manos de la familia de Crosby las reliquias devueltas por un encarecido Máximo Gómez.
Sin dudas, el oficio de corresponsal de guerra es de los más arriesgados que puedan existir. El periodista que opta por cubrir semejantes incidencias se aventura al arsenal de peligros que entraña un combate. Por ejemplo, la fatalidad de ser alcanzado, entre cientos de balas fugaces, por una bala con nombre grabado. Eso fue lo que le pasó a Charles Crosby.













