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El sino de Carlos J. Finlay no fue el triunfo, fue la lucha. La razón, escudo y espada. El medio siempre lo trató de forma hostil. A cada paso topó con la polémica, la incomprensión, la ambición e ingratitud de los hombres. Su genio y voluntad terminarían por triunfar, pero a qué costo de empeños, angustias y hondas vicisitudes.
A los once años sus padres lo enviaron a estudiar en Francia, pero tuvo que retornar tras sufrir un ataque grave de corea, enfermedad neurológica vulgarmente llamada “mal de San Vito”. Como secuela le quedó de por vida cierta tartamudez y lentitud en el habla, que supo dominar a fuerza de ejercicio y voluntad. En Cuba no le reconocieron el aval de la segunda enseñanza cursada en Francia y tuvo que matricular estudios universitarios en el extranjero.
En 1855 se graduó de médico con notas brillantes en el Jefferson Medical College de Filadelfia, centro famoso por incentivar el espíritu de observación e investigación. Lo suspendieron en el examen de reválida del título en la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana y, en vez de volver a Estados Unidos, donde su profesor Dr. John Kearsly Mitchell le ofrecía carrera y ganancias, esperó el periodo reglamentario para volver a presentarse. También vio frustrado el primer intento cuando aspiró a ser socio numerario de la Academia de Ciencias. Jamás se rindió.
Generosamente dedicó su existencia al respeto de la vida humana y a la verdad científica; a buscar, revelar y eliminar la causa de la enfermedad que a mediados del siglo XIX era un misterio indescifrable y brotaba por temporadas para diseminar un vómito de muerte. Como dijera su colega y reivindicador, ese otro enorme nombre de ciencia, Juan Guiteras: “Aunque la obra de Finlay es variadísima y lleva siempre en todas sus manifestaciones el sello de una gran originalidad, queda, sin embargo, todo oscurecido ante la labor inmensa y las geniales concepciones que consagró a los problemas de la fiebre amarilla”.

Números negros
Desde noviembre de 1880, La Correspondencia de Cuba publicaba sin falta la lista de defunciones, en vista de los datos aportados por los certificados de los facultativos de última asistencia. En muchos casos, junto a las generales de los muertos aparecía una tétrica señal en la cuadrícula correspondiente a la causa: “vómito negro”.
Alarmado por el grave cuadro epidémico, Carlos J. Finlay, médico de origen camagüeyano radicado en La Habana y quien no le quitaba el ojo a las tablas obituarias, propuso crear una comisión especial para atender el brote. Mediante esa organización tejió una importante red de colaboradores, entre ellos directores de hospitales y casas de salud, que le reportaban a diario el estado de los casos de fiebre amarilla ingresados en los centros bajo sus cargos. Los informes solían ser tan minuciosos que detallaban la sala, cama, nombre del enfermo, edad, nacionalidad, profesión, fecha de llegada a la isla y tiempo de residencia en la ciudad (si era viajero), día y hora de aparición de los síntomas, de admisión, defunción o alta.
De igual manera, para mayor exactitud de su innovador registro sanitario, Finlay consiguió de las autoridades militares las bajas que provocaba la enfermedad en sus filas; desde el puerto le enviaban los registros de entradas y salidas de pasajeros, y desde el Obispado las listas mortuorias clasificadas. Cuidadosamente triangulaba todos los guarismos que caían en su mesa de trabajo. Discurrían los tiempos en que se atribuía el contagio a calamidad del aire, influjos miasmáticos, contacto estrecho o consumo de productos contaminados.
Pero los cotejos de datos, observaciones, ensayos de laboratorio y cavilaciones metódicas llevaron el convencimiento al sabio de que eran insostenibles las primitivas conjeturas sobre la etiología de la fiebre amarilla. Así explicaba el propio Finlay su hipótesis: “[…] concebí la idea de que el modo de introducirse el germen de la fiebre amarilla en las personas no inmunes había de ser por inoculación, y como esta operación no podría verificarse en condiciones naturales, sino por medio de algún insecto punzante, pensé en el mosquito, deduciendo además que había de ser de una clase especial, propia de los lugares donde la enfermedad es endémica”.
El secreto del mosquito
Fue en 1881 cuando una duda comenzó a vibrar como un zumbido dentro de la cabeza. Prestaba asistencia a un padre carmelita que se hallaba gravemente enfermo por el temible virus. A altas horas de la noche, Finlay se retiró a su hogar y, rendido de cansancio, estuvo a punto de saltarse su rezo acostumbrado. Apenas había empezado el rosario cuando un mosquito revoloteó con intención de picarle un brazo. Al gesto intuitivo de espantarlo, el médico relegó sus devociones y dejó predominar la actitud profesional, para concentrarse en el vuelo de aquel díptero que parecía revelarle un secreto. ¿Inocularía ese aguijón microscópico el germen mortal?
Desde esa noche, Finlay reinventó su visión de la epidemiología y orientó su clarividencia a demostrar aquel enigma arrancado a la naturaleza. Hizo la primera exposición pública de su teoría en la Conferencia Sanitaria Internacional de Washington. Un año antes, el Congreso de Estados Unidos acordó convocar a una reunión de países cuyos puertos tuvieran riesgo de infección por la fiebre. Deseaban que los gobiernos permitieran el libre acceso a los hospitales al cónsul o al agente acreditado de otra nación que así lo requiriese, facilitándole también inspeccionar documentación relativa a la salud pública.
La conferencia fue inaugurada en enero de 1881 con la asistencia de 27 delegados. Finlay era el enviado del gobierno español en representación de Cuba y Puerto Rico. El 18 de febrero expuso su tesis de que existía un agente intermedio entre el individuo enfermo y el sano. Fue entonces que el mundo escuchó decir que la enfermedad se transmitía por un vector biológico; pero el cubano habló en términos generales, sin nombrar específicamente el mosquito. Se reservó hacerlo hasta después de cumplir un experimento que tenía en mente.

De vuelta en La Habana, continuó su plan. Según había proyectado, aplicaría a un enfermo de fiebre amarilla un tipo de mosquito distinto a los descritos por los autores y sin previa contaminación. A los pocos días aplicaría el mismo insecto a un sujeto en condiciones de receptividad. Como “conejillos”, el capitán general puso a su disposición veinte soldados recién llegados de España y que estaban albergados en Triscornia. Se les prohibió pasar a la ciudad, salvo en los días que debían asistir a la consulta del doctor en el Paseo del Prado para ser sometidos a exámenes de sangre y, en algunos casos, a las picadas de mosquitos contagiados.
“Mi primera inoculación —apuntaba Finlay— fue en un soldado de la tercera tanda, el 30 de junio de 1881, y le hice picar por un mosquito que, dos días antes, había picado a un enfermo de fiebre amarilla mortal. El 14 de julio, después de algunos días de malestar, cayó este soldado atacado de una fiebre amarilla bien caracterizada, con curva térmica típica, albúmina desde el tercero hasta el sexto día, amarillez en las conjuntivas; las encías dieron sangre al cuarto y la efervescencia se verificó al sexto”.

Tesis de vida o muerte
Finlay extendió sus tanteos e inoculaciones por dos meses; incluso se dejó picar a sí mismo. Para ello contó siempre con el auxilio eficaz del amigo y coautor Claudio Delgado Amestoy. Médico higienista español radicado en Cuba, el doctor Delgado había dirigido el Hospital de Higiene de la ciudad, fungió como secretario de la Sociedad de Socorros Mutuos para Médicos e ideó un reglamento sanitario para regular los servicios en burdeles. Vinculado a Finlay, se convirtió en su más fiel aliado y alentador. Padeció tanto como su jefe. En 1916 marchó de vuelta a su tierra natal cargado de años, achaques y decepciones. Las ingratitudes humanas le amargaron la vida y aceleraron su muerte.

Convencido de que aquellas pruebas eran categóricas, en la noche del 14 de agosto de 1881 el tenaz y laborioso doctor Finlay presentó en la sala de actos de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana su conclusión: el mosquito de la especie Culex, el de color oscuro acero y anillas blancas, era el agente transmisor más probable de la fiebre amarilla. Con medidas profilácticas, agregaba, era posible la erradicación.
La disertación se tituló “El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla”. Cuando terminó de leerla, solo hubo silencio, como quien ha hablado la palabra que no habla nadie y se marcha con los brazos vacíos sobre el pecho. El documento quedó sobre la mesa por si algún curioso se animaba a manosearlo. Su teoría microbiana era demasiado adelantada para la época y, similar a la mayoría de los profetas y las primicias, el extraordinario descubrimiento no recibió de primera la atención que merecía por su trascendencia. No le creyeron, le respondieron con desdén y lo calificaron de “monomaniaco”.
Se burlaban a sus espaldas llamándolo “el médico de los mosquitos”. Pero Finlay no se amilanó con los motes e indiferencias. Más le preocupaban los miles de nombres desgraciados que, bajo la cruz de la fiebre amarilla, seguían engordando los obituarios de periódicos. Después de aquella noche histórica, se mantuvo en el laboratorio, continuó luchando incansablemente, escribiendo artículos, folletos y libros como abanderado de sus postulados.
En una autocrítica de su trabajo, Finlay valoraba años después: “A pesar de mi técnica aún imperfecta, alguna inmunidad debieron conferir mis inoculaciones, toda vez que entre mis 104 inoculados solo 4 (3,8 %), que no habían reaccionado después de su inoculación, contrajeron más tarde un ataque de fiebre amarilla mortal”.
El Nobel que nunca llegó
Una tarde del verano de 1900, tres aldabonazos sacudieron la puerta del gabinete de Finlay en el Paseo del Prado. Con el doctor Walter Reed al frente, una comisión de médicos del ejército estadounidense acudía al veterano científico. Los mismos que habían negado su teoría, ahora reclamaban sin vergüenza los pormenores de sus pesquisas bajo promesa de verificarlas en la práctica. Habiéndole costado 1800 bajas en un año y comprometido el progreso social, la fiebre amarilla se volvió un terrible dolor de cabeza para el gobierno interventor.
El santo médico, todo nobleza, puso en manos de los solicitantes el expediente de tres décadas de trabajo y les entregó una jabonera de porcelana con huevos y mosquitos infectados. El team Reed procedió a su labor experimental en Marianao. Dos de sus miembros, Carroll y Lazear, se contagiaron conscientemente; el primero sobrevivió para contarlo, pero el otro falleció al séptimo día. Comenzaron a dar crédito a la teoría finlaísta luego de la picadura en carne propia y de la campaña intensiva de saneamiento urbano, drenaje y petrolización de aguas estancadas que en un año redujo las curvas de casos y mortalidad.

A partir de 1901 se enalteció la autoridad del epidemiólogo, al iniciarse en Cuba la aplicación de sus consejos para el saneamiento ambiental contra la epidemia. Sus doctrinas también serían decisivas para enfrentar el flagelo en Brasil y el Canal de Panamá. Las manos del tributo universal llegaron a acariciarle las barbas y algunas universidades, instituciones y gobiernos foráneos lo condecoraron por su genio indiscutible. Aunque la posibilidad de mayor homenaje se presentó en 1904, cuando el correo entregó en su casa de Aguacate 110 una carta del doctor Ronald Ross.
“Hace mucho tiempo que estoy impresionado por su gran labor sobre la fiebre amarilla. Quisiera, por tanto, someter su nombre al Comité del Premio Nobel de Medicina para el año de 1905 y espero que usted me permita hacerlo”, pedía solícitamente en su misiva el colega, quien había recibido dos años antes dicho galardón por haber identificado exactamente al agente transmisor —el mosquito Anópheles— de la malaria.
Para entonces, cuando el mundo parecía sonreírle y el triunfo coronarlo, ya se había incubado la infamia; es decir, la pretensión norteamericana de adjudicar la primacía a Walter Reed ante los ojos del mundo. Bajo esa presión, el comité del Nobel rehuyó conceder el galardón a Finlay. Otras dos veces —en 1906, cuando fue propuesto por John W. Ross, y en 1912, por la Academia de Medicina de La Habana— el jurado de Estocolmo se mantuvo al margen del conflicto. Aun en la peor circunstancia, Finlay conservó su virtud acrisolada y probidad de hombre que por nada ni por nadie iba a traicionar su conciencia.
En su magnífica crónica “Las razones del doctor” refería el maestro Luis Sexto: “En un sentido más bien práctico, el doctor Finlay se había resignado a convivir con lo aciago y lo desfavorable. En los últimos 24 años, ciertos designios malévolos le habían exigido, como a pocos entonces, un precio de espina por la justa gloria de sus méritos. Esta otra noticia tampoco le desmantelará los puntales de su conducta. Y no se desarticulará en insultos que, en él, hubiesen resonado con olor a justicia”.

Cuando amigos recabaron su opinión sobre semejante atropello, el sabio contestó: “Lo siento por Cuba. Sería la primera vez que ese lauro vendría a nuestro país, dándome la oportunidad de probar mi cariño por mi patria. En cuanto a mí”… Calló. Un silencio macizo que hundió a los presentes en la expectativa. “¿En cuanto a usted qué, doctor?”, insistió uno. Finlay, con cierto reflejo cristalino en sus pupilas detrás de los lentes de aros, confesó sentirse premiado por el cariño de su familia y por la vida. “Recompensado estoy —dijo—, sobre todo, por haber cumplido cierta edad que me permite reconocer mis grandes errores”.

Movilizados ante el intolerable despojo de propiedad intelectual, sus estrechos colaboradores y admiradores iniciaron una batalla en todas las tribunas posibles para rescatar la gloria usurpada. En 1935, el Congreso Mundial de Historia de la Medicina, celebrado en Madrid, resolvió la ignominia declarando la prioridad del cubano en la identificación del agente transmisor de la fiebre amarilla y la aplicación de su doctrina de saneamiento. Aun así, esto no puso punto final a la controversia y se sucedieron nuevas refutaciones por parte de detractores.
Otros eventos médicos en 1954 y 1956 respaldaron la proclamación a su favor. Pero Carlos J. Finlay había muerto en agosto de 1915 sin disfrutar del verdadero mérito que correspondía a su obra como apóstol de la ciencia, y en especial a aquel descubrimiento que cambió la historia.













