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Don Juan Tenorio, perdón, José Zorrilla, desembarcó en La Habana el 10 de noviembre de 1858. Arribaba en viaje de negocios “a ciegas”, subordinado a los ocultos propósitos traficantes del amigo Cipriano de las Cajigas. Tratándose de un inmortal de las letras hispanas, el Diario de la Marina —cuya redacción visitó de inmediato— lo recibió con bombo: “Nuestro célebre poeta don José Zorrilla ha llegado ayer a esta capital en el vapor inglés procedente de Veracruz y parece que residirá aquí algunos meses haciendo algunas publicaciones”. Mientras, el capitán general José Gutiérrez de la Concha, admirador confeso, lo invitaba a un baile en palacio.
Todo pintaba de maravilla para Zorrilla, cuando Cagigas enfermó de vómito negro y murió. A los pocos días, el escritor manifestó síntomas similares y a punto estuvo de seguirle los pasos al colega. En aquellas horas de zozobra surgió el empresario Manuel Calvo Aguirre, residente en Aguiar 68, ofreciéndole hospedaje en su cafetal Portugalete, a las afueras de La Habana.
“En mi finca tendrá un alojamiento de estudiante: un catre de lienzo en un cuarto casi desmantelado, con un ajuar de alquería, muy buen aire, mucha tranquilidad, una libertad absoluta y un buen cocinero”, le propuso Calvo. “Vamos, pues”, contestó el herido en cuerpo y alma, con presteza de zorro seducido por liebre. Allí encontraría el equilibrio ideal para recuperar su salud y desdoblar su musa literaria, hasta que volvió a México en marzo de 1859.
A Portugalete se llegaba por una carretera llamada La Canoa o de Núñez, construida entre 1855 y 1863 por Calvo y Domingo Fresneda, propietario del ingenio Santa Amelia. La plantación era joven y su extensión y rendimientos no tenían demasiada escala, pero el ambiente era bucólico en realidad. “Una casita de madera y ladrillo de un solo piso y unas cuantas habitaciones abiertas sobre dos corredores; una pequeña fábrica de almidón de yuca y, a la sombra de unos cuantos miles de plátanos nuevos, otras tantas de café, alternadas con piñas y naranjos”, pincelaba Zorrilla en Recuerdos del tiempo viejo.
Natural de la villa de Portugalete, en Vizcaya, España, era don Manuel más que un hombre rico, de sencilla apariencia y agradables modales. Como aficionado a la agricultura, en 1872 decidió probar fortuna transformando su pintoresco y salubre cafetal en ingenio azucarero. Aplicaría al cultivo de la caña sus conocimientos prácticos anteriores.

Visión de Álvaro Reynoso
No le fue mal, si nos atenemos a lo dicho por una voz autorizada como la de Álvaro Reynoso. Primero a finales de 1884 y luego en julio de 1885, el científico y “padre de la agricultura cubana” visitó el Portugalete. De esas excursiones publicó en el Diario de la Marina un detallado artículo en dos partes (DM, 27 de septiembre de 1885 y 6 de octubre de 1885). En el texto —que el remediano Francisco Javier Balmaseda incluiría en su Tesoro del Agricultor Cubano— Reynoso exponía sus consideraciones sobre el empleo del abono, los rendimientos de la caña por caballería y el aprovechamiento de los recursos en “la propiedad del excelentísimo Señor Calvo”.
“En esta notabilísima finca todos los trabajos se ejecutan bajo el mando directo del propietario, el cual reside todo el año en ella. En los casos necesarios, además de ordenar, enseña cómo se deben ejecutar las operaciones, de suerte que siempre estas se realizan en las mismas condiciones, a pesar del cambio del personal”, describía Álvaro Reynoso.


“Respecto a la extracción del azúcar, desde los primeros tiempos comprendió que le era preciso ser un verdadero maestro de azúcar en toda la extensión del oficio, y dada su energía y propósitos, pronto, con el auxilio de las obras de Walkhoff y otras, aprendió a realizar todas las labores que se ponen en ejecución, desde la extracción del jugo de la caña hasta colocar el azúcar en los envases en que debe ser exportado. Lo mismo aconteció recientemente cuando instaló su alambique. Con los libros de Paven, Basset, Stammer, etc., y el precioso examen de las condiciones locales, adquirió la práctica razonada necesaria para dirigir todos los trámites de la fabricación alcohólica”.
En carta a un compañero de afanes, el vizcaíno explicaba algo de sus técnicas aplicadas: “Me he quedado con tierras suficientes para pastos de ganados y cultivos menores, dedicando solo a la caña 14 caballerías, que rodean al batey para que sean fáciles de abonar. Ellas darán más producto que 30 de nuestro anterior cultivo. Yo llamo abonar, cubrir completamente el terreno con una capa de dos a tres pulgadas de abono, término medio, antes de labrarlo”.
Aunque hoy pueda sonar normal, no era una práctica extendida la producción autosuficiente de abono. Para ello, Calvo concibió acondicionar con “colchones” o capas de bagazo los corrales de piedra seca donde reposaban los bueyes del tiro. Tras cinco o seis meses de violenta fermentación por la humedad de las lluvias y los detritos de tantos animales, levantaban dichas capas para llevar al campo hasta cinco mil metros cúbicos de excelente fertilizante.
“Gracias a este sistema de trabajo —apreciaba Reynoso— el Sr. Calvo, en un terreno que no puede considerarse como el más apropiado para el cultivo de la caña, ha obtenido desde el primer año 112 mil arrobas de caña por caballería de planta de 16 meses. Cuando la caballería desciende a producir solo 40 mil arrobas de caña, el Sr. Calvo demuele el campo para plantarlo de nuevo. […] Como el Sr. Calvo tiene alambique, aprovecha casi todo el azúcar contenido en el guarapo que extrae, parte en forma de sacarosas y el resto originando alcohol”.
Los sacos de azúcar producidos eran transportados en carretas a La Habana, en viajes de tres días con dos noches, incluidas horas de descanso de carreteros y bestias. Al fin de cada zafra se hacía una fiesta. Sobre esta etapa no puede dejar de mencionarse un par de viñetas curiosas: hasta 1875 fue el único lugar donde había un pluviómetro. Su agua era de buena calidad y el área poseía una suerte de microclima húmedo y fresco. La segunda es una nota de prensa (ver Diario de la Marina, 22/06/1886) que reportaba la existencia en el ingenio del llamado árbol de hule o de caucho, cuyas semillas eran recogidas y puestas a la venta en La Habana.

Los días de la tea
Un fuego provocado consumió el ingenio Portugalete el 4 de enero de 1895. Al día siguiente, el periódico La Lucha posaba las sospechas sobre el bandido más connotado de su tiempo, Manuel García, a lo que este respondió con proverbial desfachatez: “No fui yo el incendiario del ingenio, pero fue uno pagado por mí”. El Rey de los Campos de Cuba, quien alzó su señorío a base de escamoteos y extorsiones, había exigido a Calvo dos mil pesos con el pretexto de donarlo a la causa independentista o prendería fuego a la estancia. No satisfecho, agregaba en su mensaje: “Ahora quiero 5 mil pesos, y de lo contrario no para en eso solo”.
Al ser toda de madera, la casa principal quedó en cimientos, y apenas se salvaron el alambique y algunos aparatos en mal estado. Se dice que las pérdidas sumaron 300 mil pesos. El ingeniero Pedro Biscay, quien ocuparía por años el cargo de administrador, asumió la reconstrucción a la mayor brevedad, y ya en diciembre del propio año el ingenio estaba listo para moler.

Se ahumaban los días con la tea, y el incendio que dejaba Máximo Gómez por doquier trazaba su ruta de cenizas. A las nueve de la mañana del 20 de enero de 1896, el gran jefe insurrecto —que había quedado en la provincia habanera para cubrir el avance invasor de Maceo a Pinar de Río— acampó para almorzar y sestear en el vecino ingenio Santa Amelia. Teniendo en la mira al Portugalete, el general envió un subalterno con algunos números y la orden expresa de desalojar la presencia militar y detener las máquinas; de lo contrario, destruiría las instalaciones.
El conocido jefe de la escolta y cronista Bernabé Boza, apuntó en su Diario de Campaña que desde el batey del Santa Amelia podían avistar la bandera española flameando sobre el ingenio. “[…] se nos dijo que había en él un puesto de guardia civil mandado por un oficial, cosa que solo pudimos explicarnos por la gran influencia e importancia que entre los españoles tiene su dueño, el señor Manuel Calvo, hombre acaudalado, respetable, con grandes intereses en este país, en cuya política toma parte muy activa, habiéndose distinguido siempre por sus ideas antiliberales y contrarias a toda reforma favorable a los cubanos”.
Pero ante la amenazante presencia del Generalísimo, cuya fama inflamable le precedía, el teniente Sainz, que era el oficial español, “huyó al divisarlos” con 25 guardias civiles por el camino que conducía a San José de las Lajas. Eso creyó Boza, en principio. En verdad se debió a la intervención de Pedro Biscay, quien para evitar que la columna invasora hiciera del ingenio su antorcha, pidió la retirada del destacamento que lo guarnecía.
Seguidamente, el eficaz administrador salió a conferenciar con Gómez y junto al emisario de este ingresó en el campamento mambí con dos carros cargados de armas, municiones y enseres abandonados por los guardias. Tras una larga charla con el general en jefe obtuvo salvoconductos para él y Manuel Calvo, y como a las tres de la tarde la tropa libertadora cruzó el batey del Portugalete. “¡Mucho respeto y consideración para con el Excmo. Sr. D. Manuel Calvo!”, subrayaba ahora Boza, porque a barriga llena, plumón contento.
Pero cuando volvieron el 9 de febrero, dejó constancia de que la ojeriza podía cortarse en el aire. “En este ingenio al que mi gente le ha puesto el nombre de España Chiquita, solo se espera que Weyler llegue y dé un grito para empezar a moler. En la cara de cada uno de los empleados del mismo se nota (a pesar del disimulo con que las cubren), que más gusto tendrían en caernos a tiros que en prodigarnos las atenciones a que las circunstancias por que atraviesan les obligan”.
Al amanecer marcharon por el rastro del día anterior. Esas incursiones tuvieron palmarios efectos en la opinión pública, pues confirmaban que sin el consentimiento de los mambises prácticamente no se podía vivir en paz. “Mucho nos desmoralizó en nuestra fe de hombres públicos lo ocurrido en el Portugalete porque se atontaba la inteligencia, interrogándose el porqué de ciertas cosas”, señalaba el coronel Antonio Vesa, autor de Historial del Regimiento de Caballería Voluntarios de Jaruco.

Progresos y ocaso
En 1899, el central dispuso de línea telefónica que lo unía con el ayuntamiento de San José. Un año antes, Manuel Calvo había vuelto a España buscando alivio para sus achaques. Murió el 16 de marzo de 1904, a los 87 años en Cádiz, viudo y sin descendencia; aunque se rumora que vivió sus últimos años abrasado por las nostalgias de su Portugalete y los servicios de alcoba de Ma Casilda, su ama de llaves.
Luego del fallecimiento, el central pasó por voluntad testamentaria a Claudio López Brú, hijo de Antonio López. Sin embargo, el heredero de la Compañía Trasatlántica Española y segundo Marqués de Comillas no iba a dejar sus comodidades en Europa para venir a atender un cañaveral en el campo cubano, así que designó como administrador a Manuel Otaduy.
Según el Portafolio Azucarero de Cuba (1912-1914), hacia 1913 en el Portugalete se sembraba la variedad cristalina, sin fertilizante ni regadío, y para el acarreo se servían de dos ramales ferroviarios, dos locomotoras y 30 fragatas. En materia tecnológica, el central estaba dotado de un basculador hidráulico, desmenuzadora, un juego de tres trapiches, seis defecadoras con capacidad de 24 mil galones, dos evaporadores de triple efecto con 11 mil pies de superficie calórica, tres tachos de punto con 515 sacos de capacidad, 15 cristalizadores abiertos con 1 025 sacos de cabida, 16 centrífugas y una batería de calderas compuesta de seis multitubulares en tres hornos. Como combustible suplementario, quemó 875 toneladas de leña. Todo para producir 64 mil sacos de 325 libras. No quedó caña en pie.
Manuel Otaduy continuó como apoderado general hasta 1930. En lo adelante, el Portugalete cambiaría de dueño sucesivamente. Durante seis años fue operado por Compañía Agrícola de Cuatro Caminos S.A., pero al no tener éxito, transfirió su control a dos bancos norteamericanos, que la rigieron bajo la razón Portugalete Sugar Co. Finalmente, en 1949 sería adquirido por la Compañía Propietaria del Central Portugalete S.A., que lo conservó hasta 1960.

Como industria anexa a la fábrica, en 1943 se instaló una destilería que costó 150 mil pesos y tenía capacidad para producir al día 30 mil litros de aguardiente y 20 mil de alcohol. Funcionó hasta febrero de 1949. En 1952, el central rompió su récord al elaborar 58 893 toneladas de azúcar. En su carrera de expansión, tres años después se incorporó una refinería capaz de producir seis toneladas diarias.
En Las empresas de Cuba, Guillermo Jiménez refiere que el Portugalete clasificaba como el central número 125 del país. Se abastecía de cañas compradas a colonos y tiradas en camiones, carretas o a través de chuchos de ferrocarril. Sembraban las variedades POJ–2878, POJ–2691, ML 3/18, Mayagüez 275 y Puerto Rico 263; sus activos rondaban los dos millones y medio de pesos, empleaba a un número considerable de las familias radicadas en el batey o colindancias —1 500 trabajadores en zafra— y alcanzaba 208 caballerías, en su mayoría de tierra colorada.
Nacionalizado por el gobierno revolucionario, le cambiaron el nombre por Central Liberación. Molía a diario 180 mil arrobas, que se traducían en dos mil toneladas de azúcar. En 1962, como regalo del centenario, se decretó su paralización y desactivación, alegándose que había perdido relevancia para el desarrollo local. Este veredicto contraponía al de la Gran Feria Industrial de San José de las Lajas de 1956, que había acreditado al central como la más grande, importante, diversificada y productiva industria de la zona.
En sus contornos se creó entonces la Empresa Agropecuaria Nazareno, hasta que poco después en las instalaciones sobrevivientes se establecieron talleres de las FAR. He leído que aún en 2013 podían verse como reliquias la caballeriza, la casa del dueño y algunas naves reconvertidas. Asimismo, en A cada uno, lo suyo: memoria conga del Portugalete, magnífica obra sociocultural del investigador lajero Félix Horta, se descubren testimonios de descendientes de aquellos que dieron esplendor al ingenio. Lo principal es que el Portugalete no se borre en la memoria de la gente.













