A los 20 años, me la pasaba comprando libros. Cada mes, en cuanto cobraba mis 160 pesos como traductor en el Instituto del Libro, salía de 19 y 10, sede del flamante Instituto, y en camino a la universidad, pasaba por la librería del Habana Libre y me apertrechaba con no menos de ocho o diez títulos recién impresos. Todos mis amigos hacían lo mismo.
Aunque entonces no había ferias del libro, las librerías eran el más valioso compendio de cultura al alcance de la gente. En ese año 1968, una sola editorial, Arte y Literatura, publicó Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet; los Episodios de la Revolución cubana, de Manuel de la Cruz; El libro de los doce, de Carlos Franqui; Los años duros, de Jesús Díaz; el Diario de campaña, de Máximo Gómez; las Memorias de un mambí, de Manuel Piedra Martel; Aventuras del soldado desconocido cubano, de Pablo de la Torriente-Brau. Y a autores vivos y clásicos de todas partes, como Arthur Adamov, Emily Brontë, Italo Calvino, Camilo José Cela, Wilkie Collins, Raymond Chandler, Dante Alighieri, René Depestre, Arthur Conan Doyle, Marguerite Duras, Henry James, Franz Kafka, Giuseppe Tomasi de Lampedusa, Carson McCullers, Robert Musil, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Jean Paul Sartre, Ramón del Valle-Inclán, Vincent Van Gogh, H.G. Wells, William Styron; así como voluminosas antologías de cuentos rusos y españoles, literatura fantástica, poesía africana.
Aun sin tomar en cuenta la producción de otras editoriales literarias principales, como Casa y Unión, y antes de que existieran Letras Cubanas y Oriente, en aquellas librerías se podía encontrar de todo.
De la Editorial de Ciencias Sociales (hoy Nuevo Milenio), ese mismo año, salieron a la luz títulos como África negra, de Jean Suret-Canal; Habla Vietnam, de Wilfred Burchett; el Stalin, de Isaac Deutscher; Piel negra, máscaras blancas, de Frantz Fanon; Racionalidad e irracionalidad en la economía, de Maurice Godelier; la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, de Hegel; las Comparecencias ante el Congreso de Robert Kennedy (asesinado en junio de ese año); Pedro Martínez, un campesino mexicano, de Oscar Lewis; Los católicos y la revolución latinoamericana, de Enrique López Oliva; el Tratado de economía marxista, de Ernest Mandel; El hombre unidimensional y Eros y civilización, de Herbert Marcuse; La nueva economía, de Eugeni Preobrazhenskii; Cuestiones de método, de Jean Paul Sartre; Los primeros filósofos, de George Thomson; Las grandes culturas de la humanidad, de Ralph Turner.
Me he extendido en estas dos listas porque, además de ilustrar la diversidad de ese compendio cultural que eran las librerías, demuestran que la selección de autores y títulos era muy rigurosa. Representan una muestra de lo mejor de la literatura y el pensamiento a fines de la década de los 60, disponible para los lectores de todos los estratos sociales, edades, intereses, a precios entre 0.50 y 3.00 pesos cada libro.

Si recordamos que en ese año 1968 el bloqueo a Cuba en el hemisferio occidental era perfecto, con las únicas excepciones de México y Canadá, pueden los lectores imaginar la tarea formidable de las editoriales cubanas como vaso comunicante con la cultura literaria y el pensamiento social del mundo.

La excepción, en aquel trance de fortaleza sitiada, fueron las novedades editoriales traídas a las librerías cubanas, en 1964, por Fondo de Cultura Económica (FCE), de México, y Seix-Barral, de España. Conservo todavía una Historia de la literatura alemana (breviarios, FCE), de Rodolfo Modern, y los cuentos de El llano en llamas (FCE, 1953), de Juan Rulfo; la novela Gestos, de Severo Sarduy (que ya se había ido de Cuba) y La ciudad y los perros (1963), de Mario Vargas Llosa (cuya reciente fama se acompañaba todavía por su devoción hacia la Revolución cubana), ambos editados por Seix-Barral.
Más allá de esas excepciones, los libros de editoriales extranjeras, abundantes en las librerías entre 1959 y 1965, dejaron de llegar una vez que el aislamiento de Cuba se completó en la segunda mitad de la década de los 60. De manera que, si se quería que la gente leyera y estuviera al tanto de autores y corrientes literarias, de pensadores y tendencias en las ciencias sociales y naturales, no quedaba más remedio que publicarlos aquí.
Esta política cultural y educacional abarcaba la enseñanza superior, de manera que así surgiría Ediciones Revolucionarias, dedicada a replicar (“fusilar”, se decía) libros de texto para las universidades. Como el manual de Química, de Linus Pauling, que los estudiantes de esa carrera tuvimos la suerte de recibir en 1965.

El lector puede preguntarse, con razón, ¿qué queda de todo eso? ¿No es pura nostalgia hablar de esa edad dorada del libro en Cuba? ¿Qué tiene que ver con lo que ha pasado en la producción y el acceso a los libros desde el derriscadero del Periodo especial? ¿Qué hay en las librerías? Si uno quiere conseguir, digamos, la última novela de Leonardo Padura, ¿dónde la encuentra? ¿Y por qué no? ¿Será porque él escribe cosas que no le dejan decir a nadie en Cuba? ¿No sería mejor publicar a grandes autores como él, en vez de gastarse el escaso papel en escritores que nadie conoce? Etcétera.
A esta lista de preguntas y dudas del lector, que deberían ser objeto de respuesta con una información documentada y concreta de parte de las diversas casas editoriales, los medios antigobierno añadieron otras, a propósito de la Feria del Libro recién concluida en La Habana.
Aunque no es mi intención en esta columna debatir con esos medios, ni refutar artículos titulados “¿Centenario o bacanal del castrismo?” o “La Habana busca acercarse aún más a Moscú con una menguada Feria del Libro”, puede ser útil indicar su manera de caracterizar al evento y de ponerlo en la picota pública, la mayoría incluso antes de que arrancara. Aunque solo fuera por su alto perfil en las redes y porque muchos lectores, incluidas algunas agencias de noticias establecidas, los tienen como fuentes de referencia.

Que yo haya visto, uno solo de los medios que adversan al gobierno cubano reportó sobre el terreno e intentó responder a la pregunta: ¿qué encontró realmente el visitante dentro de la Feria? Los demás se dedicaron a repudiar el gasto en un evento cultural, mientras subsisten apagones, falta de transporte, inflación y descontento. O a especular a priori que la Feria tenía un objetivo geopolítico consistente en alinearse con Moscú (porque el país al que estaba dedicada este año era Rusia). O, simplemente, la ignoraron, como si el evento no hubiera existido.
Hay que agregar que la mayoría de las agencias de noticias y medios extranjeros ningunearon el contenido de la Feria, como evento cultural, y en el mejor caso, se limitaron a mencionarla como parte del centenario de Fidel, y a contrastarla con la situación de crisis energética.

Como decía, la única cobertura sobre el terreno, con una intención realmente informativa y más balanceada, de un medio antigobierno, anotaba algunos defectos de esta feria que quiero retener para mis propios comentarios sobre el evento.
Se apuntaba la repetición de títulos procedentes de ferias anteriores; la ausencia de novedades previamente anunciadas; una oferta gastronómica limitada; la presencia destacada de papelería y mercancías no estrictamente literarias; y la menor presencia de editoriales extranjeras. Al mismo tiempo, sí reconocía los bajos precios de las editoriales estatales, la oferta de títulos novedosos en “editoriales independientes” (La Manigua, que no es una editorial sino un Proyecto de Desarrollo Local radicado en La Timba) y de buenos libros disponibles en la editorial Cauce (Pinar del Río), así como algunas opiniones de lectores que sí encontraron títulos de su interés.

Aun esta cobertura más balanceada soslayaba, sin embargo, el reconocimiento al empeño de celebrar la Feria en condiciones de extrema austeridad, el efecto del boicot energético sobre las condiciones de suministro de electricidad para un evento que requiere locales climatizados, la connotación cultural y política de la presencia rusa real en los libros (en ruso) que se expusieron, ni indagó con los diversos expositores presentes en el evento acerca de lo más importante, más allá de los sándwiches y las pizzas, los juegos infantiles y la papelería: la calidad de los libros disponibles, sus diferentes precios y su significado para los cubanos reales que pudieron experimentar la Feria a lo largo de seis días.

Aprovechando mi buena suerte al tener la sede principal en la esquina de mi casa, haber participado en el lanzamiento de cuatro libros de Ediciones Temas, en paneles dedicados a otros títulos como comentarista o público en días sucesivos, asistí todos los días, incluyendo el domingo pasado, de la clausura.
Aunque no estuve en actos, entregas de premios u otras ceremonias, sí pude felicitar personalmente a mis amigos galardonados, José Bell Lara y Marilyn Bobes, premios nacionales de Ciencias Sociales y Literatura. Y dedicarme a recorrer los stands, conversar con los editores, mirar de cerca los títulos, comparar sus precios. Y resistirme a la tentación de comprar libros que he leído al menos una vez, y a otros que me gustaría leer, pero puedo encontrar en formato digital; a mi adicción por las librerías, y a razonar que estoy deshaciéndome de los que ya tengo, porque no me caben, de manera que no puedo seguir amontonándolos en mi casa, etcétera.
Mi indagación se centró en las siguientes preguntas: ¿Qué libros cubanos y extranjeros se pudieron encontrar realmente en la Feria del Libro? ¿En qué formatos? ¿Cuántas nuevas ediciones? ¿Qué significa una “novedad” editorial? ¿Qué valor tuvo la FIL como evento cultural, en la dura circunstancia del apagón por todas partes, para la gente de a pie que pudo llegar y recorrerla, durante seis días?
Entre las numerosas editoriales participantes en la FIL, empecé por conversar con los hacedores y distribuidores de libros de Arte y Literatura, Letras Cubanas, Unión, Oriente, Casa (de las Américas), Boloña (Oficina del Historiador de La Habana).

Me mostraron en sus stands cuáles eran novedades impresas, es decir, las obras nuevas o las ediciones recientes de títulos consagrados. Entre estos había reediciones de algunos agotados desde hace mucho, como El niño aquel, de Senel Paz, y Anima fatua, de Ana Lydia Vega Serova; y otros nuevos como Fidel y la industria editorial, de Paquita López Civeira y Fabio Fernández; o El ahorcado del río Luyanó, de Alexis Díaz-Pimienta.
Aunque no tengo datos desglosados por formato (papel, e-books, audiolibros), tuve la impresión de que la mayor parte de sus novedades eran libros electrónicos. Por ejemplo, Oriente ofrecía obras digitales de autores como Pedro Juan Gutiérrez, Jesús David Curbelo, Olga Portuondo, Dayron Chang, Reynaldo Cedeño y otros, así como antologías de poesía y literatura infantil, en esa modalidad.
Arte y Literatura, por ejemplo, reeditó en papel clásicos como Madame Bovary, La cartuja de Parma, Ensayo sobre la ceguera, El maestro y Margarita, y autores como Kafka, Pasolini, Pessoa. Y en formato electrónico, títulos tan populares como El fantasma de la ópera, El retrato de Dorian Gray, Frankenstein, La piedra lunar, Corazón, Drácula.

Hurgando en los libros editados en años anteriores, puestos a la venta a los mismos precios subsidiados de siempre, encontré títulos en papel casi desaparecidos, como La libertad como destino, de Julio César Guanche, o Una cubana insurrecta, de María del Carmen Muzio; Obertura para Oppiano, de Virgilio López Lemus, todos premios UNEAC; así como los Documentos de la Revolución cubana (1969 y 1970) antologados por José Bell Lara, Delia Luis López y Tania Caram, en Editorial Nuevo Milenio.
Según las estadísticas oficiales del ICL, 350 de las 1400 novedades pertenecían a las editoriales territoriales. De manera que me fui a conversar e interrogar a editores y distribuidores de esas otras provincias acerca de sus novedades y otros títulos.
Me recordaron que ellos publican a autores de todo el país, incluyendo a algunos ya consagrados, como Denia García Ronda, Juan Antonio García Borrero, Rafael Acosta de Arriba, cuyos libros fueron novedades en esta feria. Y que en no pocos casos habían dado a conocer a autores como ellos cuando eran unos desconocidos.
Entre estas editoriales, el domingo pasado todavía permanecían abiertos los stands de Cauce, El Mar y la Montaña (Guantánamo), Santiago, Orto y Bayamo (Granma), Ediciones La Luz y Holguín, Ácana y Camagüey, Reina del Mar y Cienfuegos, Aldaba y Matanzas, Capiro y Villaclara. Habían vendido mucho –me dijeron casi todos– y en la mayoría de los casos, ya se les habían agotado sus principales títulos.
Los que vamos a la FIL cada año, como editores, autores, presentadores, o los que simplemente vamos, sabemos que buena parte de los asistentes son familias que van en busca de libretas, lápices, crayolas, libros de cuentos, muñequitos (tiras cómicas), juegos, pacotillas infantiles (dinos, caleidoscopios, rehiletes), libros ilustrados, mangas y hasta gangarrias (bisutería). También van a despejar y a pasear, a entretenerse, a invertir su escaso tiempo de ocio en algo bueno, bonito y barato. Ese no es el público de las ferias del libro en otros países.
Estuve también en algunos de esos stands, abastecidos por editoriales extranjeras, y vi que los precios este año estaban más en proporción con las malangas y las papas en nuestras ferias del agro. Mientras que la edición bellamente ilustrada en papel cromo de El art déco en La Habana Vieja, de Alejandro G. Alonso, publicado por Boloña, costaba 650 pesos (no compré nada más caro en la FIL), los precios de los minilibros y las mangas estaban por los cielos.

En un stand de editoriales extranjeras con libros comunes y corrientes, del tipo Cómo hablar bien en público, Cómo ganar amigos, de Dale Carnegie, La química del amor, u otros tan populares como Mafalda, los precios podían rebasar los 20 mil CUP. E incluso una antología de textos de Camilo Cienfuegos, a la venta por una conocida editorial latinoamericana, valía 3500 CUP. Aunque esa cifra equivale a 6 USD, lo que sería baratísimo en las ferias de Guadalajara, Bogotá o Frankfurt, confieso que estoy preparado para prescindir de Dale Carnegie, pero no de Camilo.
En mi experiencia como pasajero de algunas de esas ferias, así como las que acompañan los congresos de LASA, las grandes editoriales que concentran la literatura académica y literaria suelen llevar sus novedades. Sin embargo, la mayoría de lo que tienen a la venta son libros publicados en años anteriores que vienen directamente de sus almacenes. Eso es lo más normal.
Así que los asistentes a esas ferias estamos contentos de poder encontrar, a precios rebajados, Cuba and the United States: Ties of Singular Intimacy (1990), de Louis Perez Jr., una historia de las relaciones EEUU-Cuba que nadie ha superado en los últimos 35 años.
Lo mismo pasa con algunos de los “libros viejos” mencionados arriba, a la venta en esta Feria de La Habana. A diferencia del consumo de novedades en Netflix o Miramax, cuyos seguidores consideran antigüedades a películas de hace cinco años o más, los buenos libros son como el vino o el ron añejo, que más bien se aprecian con el tiempo.

Para concluir con esta farragosa indagación en la reciente edición habanera de la FIL, su interés y valor para la cultura, la diversidad y el pensamiento crítico, quiero terminar con un par de experiencias personales asociadas a la odisea de publicar libros y revistas en la Cuba de hoy, y proponerse lanzarlos en este evento.
El caso es que, a pesar de que Temas es una editorial y una revista sin papel, se nos metió en la cabeza producir la edición impresa de un número de la revista y de un libro dedicados al legado de Fidel.
El número de la revista contaba inicialmente con el apoyo del ICL. Pero en enero se hizo evidente que no iban a poder imprimirla. Así que la editamos en formato digital, la lanzamos en un acto público con la participación del Centro Fidel Castro, y la colgamos en la plataforma de la revista, temas.cult.cu, en donde permanece desde entonces, totalmente asequible.
La segunda parte de este proyecto era el libro Fidel al bate. Un legado crítico, colección de estudios y notas de investigación acerca de su obra y pensamiento, recuperados como herramientas útiles para el presente.
Como parte de ese proyecto, y con la misma inopia de papel, saltamos al libro, expandiendo a 19 autores (cinco más) el contenido del número de Temas. Tuvimos la suerte de poder cogestionarlo con El Viejo Topo, prestigiosa editorial catalana, que en cosa de tres meses tuvo lista la flamante edición en papel que presentamos en la FIL, exactamente al mediodía del jueves 13 de agosto, en homenaje al centenario.

Fue un panel de lujo, compuesto por el profesor mexicano Gastón Martínez, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y Luis Emilio Aybar, sociólogo, delegado al Poder Popular en el Cerro y director del Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello. Separadas por tres generaciones, sus palabras convergieron no solo en el homenaje, sino en la recuperación de un legado de pensamiento crítico, del que tanto se habla y que tan poco se ejerce.
El segundo episodio de nuestra participación en la FIL consistió en otras tres novedades: Subjetividades en tiempo de cambio (compendiado por Daybel Pañellas), Apuntes para una historia de la Revolución cubana, de Fabio Fernández, y Último Jueves de Temas 2025 (volumen 19 de la colección Último Jueves, compendiado por Vani Pedraza).
Vale la pena dejar constancia de que las provocativas presentaciones que tuvieron estos libros, a cargo del profesor Maximiliano Trujillo, de la Facultad de Filosofía de la UH, la socióloga Mayra Espina, conocida investigadora y miembro del Consejo editorial de Temas, y yo mismo, transcurrieron bajo un apagón que hizo su entrada unos minutos antes. De manera que nos tocó hacerlas en una sala concebida para aire acondicionado, a oscuras y sin aire, con 33 grados a la sombra.

Lo más inesperado de todo, sin embargo, no fue ese apagón, sino que los más de 30 asistentes, entre ellos muchos jóvenes que yo veía por primera vez, se mantuvieron sentados durante la hora y pico que duraron las tres presentaciones, a pesar del sudor y el bullicio que irrumpía desde afuera de vez en cuando.
Volviendo a la imagen mediática de este evento discutida antes, quiero comentar que en ninguna de las dos sesiones tuvimos presencia de periodistas de un lado u otro, de adentro o de afuera. Así que la cobertura de ambas presentaciones fue la que nos dimos nosotros mismos, compartiéndola en las redes y filmándola con celulares personales.
Volviendo a leer esta larga nota, el lector podrá encontrar algunas claves para entender por qué, a pesar de las adversidades que nos rodean, valió la pena hacer la Feria del Libro de La Habana. Y quizás pueda responder la pregunta implícita en la cobertura de la única agencia de noticias occidental que tomó la FIL como tema central en estos días: ¿cómo logra Cuba celebrar su principal acontecimiento editorial en medio de semejante crisis?

Como dijo el profesor Maximiliano Trujillo en nuestra sesión de presentaciones del viernes 14, en medio de la penumbra y el calor sofocantes, se trata de “un acto heroico” —en el buen sentido de la palabra, diría yo. Voy a dejar que él lo explique, con sus propias palabras y con ideas tan claras que no dejen lugar a dudas:
“Presentar un libro hoy parece un acto estrambótico y de desvarío; para algunos incluso es un anacronismo cultural; no presentarlo, no pujar por la lectura, es la más grande derrota cultural que el hombre puede infringirse a sí mismo. Proponer la lectura de un libro mesurado y serio pareciera un acto heroico, cuando la frívola espectacularidad del mundo simbólico mella por día el disfrute estético, y sí, es un acto heroico, pero la heroicidad real vs. heroicidad ficticia tiene que seguir siendo empeño de los hombres y las mujeres contemporáneas, como lo fue en Aquiles, Juana de Arco o Maceo. De lo contrario, seremos definitivamente una civilización arrasada por la levedad.”











