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Tengo una vecina con la que solía conversar en las reuniones del CDR. Era la encargada de los círculos políticos. No sé si porque era profesora de Filosofía; el caso es que, mientras los cederistas iban llegando, ella me dedicaba algunos temas peculiares de conversación.
A veces, los conflictos entre Stalin y (el revisionista) Trotski en la Revolución Rusa; otras, las tendencias pequeño-burguesas y el PCC en la Constitución del 40. Me maravillaba cómo podía pasar, sin prisa, pero sin pausa, de estas disquisiciones teóricas e históricas a dirigir el círculo con el guion del “organismo superior”.
Entre sus temas de cabecera estaba el de las concesiones al capitalismo. Me decía que, en la URSS, los soviets de obreros, soldados y campesinos no habían apoyado la mezcla de capitalismo y socialismo de los primeros años (llamada la NEP), sino “los jefes pequeño-burgueses”, los Trotski y compañía. Y me abría los ojos para hacerme entender.
A mí sus esquemas no me cogían de sorpresa. Porque en aquella época, cuando se hablaba de nuestra revolución del 30 (se decía “del 33”), socialistas eran los del Partido Comunista, y los demás —Guiteras, Barceló, Pablo de la Torriente, Leonardo Fernández Sánchez— eran “demócratas revolucionarios”, calificativo condescendiente que se adjudicaba al propio José Martí.

El cariz de las conversaciones con mi vecina en los tardíos 70 cambió mucho una década después. Ya ella no era la que orientaba los círculos del CDR; pero, sobre todo, sus leitmotivs ya no incluían “el problema fundamental de la filosofía”, las leyes del materialismo dialéctico y “las armas melladas del capitalismo”.
De hecho, había dejado de estigmatizar a algunas de aquellas figuras históricas que antes llamaba pequeño-burguesas, en la misma medida en que el discurso oficial soviético revisaba sus ideas sobre el socialismo.
Digamos que sus opiniones se identificaban con la perestroika en puntos y comas. Andaba para arriba y para abajo con el último número de Tiempos Nuevos y Sputnik, que exaltaban la buena vecindad entre la URSS de Gorbachov y los Estados Unidos de Ronald Reagan; y que denunciaban (como en un segundo “deshielo”) los desmanes del estalinismo y la cerrazón de sus políticas de comunicación y hacia el arte y la literatura (“el gusto de los funcionarios”, Che dixit). De paso, no solo se alejaba del marxismo-leninismo de los manuales y los dogmas, sino del marxismo y del leninismo a secas.
Ahora bien, cuando mi vecina brincaba de la historia del PCUS a la cubana, y a razonar sobre la revolución socialista aquí, seguía usando la nomenclatura puesta en circulación por el discurso doctrinal de la época de Stalin.
Es decir, seguía concibiéndola como revolución proletaria, cuyos protagonistas supuestamente eran los obreros industriales y el resto del pueblo era una especie de acompañamiento; seguía hablando de revolución “agraria-antimperialista”, transformada en “socialista” por obra y gracia de un discurso de Fidel el 16 de abril de 1961; seguía identificando el origen de clase de los dirigentes con su representación social y su ideología; y seguía entendiendo el socialismo cubano como un vástago del tronco soviético.

Aquellas tesis se emparentaban con las de un camarada soviético cuyo libro sobre la Revolución cubana, publicado por Editorial Progreso, había circulado mucho en Cuba, y con quien algunos tuvimos la suerte de compartir eventos (y Stolichnaya subrepticia) en el impensado Moscú de la perestroika y la ley seca de los tardíos 80.
El caso es que, a pesar de los nuevos aires y la cierta herejía que distinguían el nuevo clima de la política soviética, las interpretaciones sobre las revoluciones en América Latina se mantenían fieles a lo que Jorge Luis Acanda ha llamado la vulgata marxista.
Nuestras interpretaciones sobre la radicalidad original de la revolución cubana eran un punto de polémica camaraderil en aquellos eventos. Una radicalidad manifiesta en la forma en que se había tomado el poder, cómo y cuándo se había empezado a transformar el aparato del Estado, y dónde radicaba realmente el poder político desde el primer momento.

Digamos que, en lugar de un partido comunista o una vanguardia marxista al frente de las masas proletarias, había un Ejército Rebelde, donde, casi a raíz de la debacle de la dictadura, se habían fundido los brazos armados de las organizaciones (M-26, DR-13 de marzo, Partido Socialista e incluso el Segundo Frente del Escambray).
Y si bien hubo algunas figuras “representantes de la burguesía” en el Consejo de Ministros de 1959, al margen de él existía un organismo llamado el INRA que, además de administrar la reforma agraria, era desde 1959 un supercomité coordinador de las políticas del proceso revolucionario, activadas también desde entonces.
Por si estas referencias históricas suenan como cosas académicas y del pasado, les comento que marcaban distancias entre Cuba y las democracias populares de Europa del Este, también aplicables a una lectura de aquel presente y sus alternativas.
Regresando a la petite histoire de mi vecina y su proceso de transición particular, ella citaba constantemente los panfletos de la glasnost y la perestroika como sus fuentes de inspiración. De manera que extendía los espejuelos soviéticos a lo que estaba pasando en Cuba, y aplicaba sus lecciones a la agenda y los debates críticos de la Rectificación.

Como pueden recordar quienes lo vivieron, aquel fue el momento de mayor apertura y amplitud democrática para plantear y discutir ideas hasta entonces, en toda la historia posterior a 1959. Y no era así por los vientos llegados del este de Europa y la URSS o en las páginas de los semanarios de la glasnost, sino porque la discusión pública de los problemas de la política económica había destapado la caja de Pandora, de manera que muchos temas hasta entonces ignorados u olvidados fueron saliendo a la luz.
Como ha apuntado la socióloga Mayra Espina, y reflejaban los debates de esos años, ya se preanunciaban problemas que harían eclosión en los años 90.
Entre ellos, digamos, la persistencia de prejuicios contra la religión, el color de la piel, el género; la educación política dogmática; la sobreextensión del Estado en todos los sectores de la economía y la vida social; la hipertrofia del sector administrativo en contraste con la disponibilidad de obreros y técnicos; la declinación de la movilidad social ascendente; el rol de los medios como simples vehículos de propaganda y contrapropaganda; la falta de estímulo a la producción agrícola; el despoblamiento de las zonas montañosas; la pérdida de capacidad y credibilidad de los órganos del poder popular; la persistencia de mecanismos de censura en la expresión artística; las restricciones al debate de ideas. Etcétera. Algunos de estos problemas emergían de investigaciones en las propias instituciones académicas.

Aunque el discurso de mi vecina, inspirado en Moscú, podía causar recelo en algunos, difícilmente podía escandalizar a alguien en medio de aquel año 1989, cuando la mayoría de los cubanos presenciaban los juicios conocidos como la Causa 1 y la Causa 2, y menos aún cuando, en noviembre de ese año, los alemanes le entraron a mandarriazos al Muro de Berlín.
Para cualquier duda sobre el espacio abierto a la crítica y al debate, y al tono heterodoxo predominante, incluso en las reuniones del Partido, basta leerse el Llamamiento al IV Congreso del PCC, uno de esos documentos discutidos de arriba abajo y de un extremo al otro de la sociedad cubana.
Así que resulta difícil darse cuenta de cuándo ella (mi vecina) empezó a distanciarse progresivamente no solo de sus sucesivas creencias, sino de cualquier ideología de izquierda, en un entorno que había cambiado y seguía cambiando.
En medio de las desgracias del Período Especial, seguramente pasó inadvertido para cualquiera en el barrio y, en todo caso, dejó de tener importancia.
La transición de esta vecina es solo una entre las diversas trayectorias seguidas por quienes se han ido adaptando a los nuevos tiempos.

Otros vecinos más jóvenes también experimentaron sus propias transiciones. Ellos no partieron del dogma estalinista o del efecto anagnórisis de la perestroika, sino de eventos y circunstancias posteriores.
Sobre todo del sismo del Muro de Berlín y del Período Especial, cuando nuestro paisaje material y espiritual se sumergió en lo que por aquellos mismos años Edgar Morin bautizaría como policrisis. Y que fue una versión corregida y aumentada de aquellos problemas debatidos durante la Rectificación, y que incluyó derrumbe del nivel de vida, desorientación, desencanto, aislamiento, alternativas personales y que para algunos tuvo en la búsqueda de nuevos horizontes una vía de tanteo, recolocación, exploración y a menudo climas, culturas e ideologías alternativos.
Como no tengo espacio ni tiempo aquí para abordarlos, prometo volver sobre ellos y dedicarles el examen y la atención que merecen.

Esos cambios, el de la vecina mayor, el de los más jóvenes, no tendrían nada de particular si se tratara solo de personas que se han arrepentido de lo que creían, naturalmente. Pero no es así.
Caracterizarlos en su metamorfosis intenta entenderlos de manera ecuánime, como sujetos sociales con quienes convivimos, y que representan un fenómeno cultural e ideológico que nos atañe como sociedad.
Entender sus rutas, su contexto y su evolución nos puede ayudar a comprenderlos. Aunque ya ellos no nos comprendan a nosotros, o hayan optado por negarnos.
A saber quiénes son. O sea, quiénes somos.












