|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
El pasado 17 de agosto se conmemoró el centenario del nacimiento de María Luisa Elío. En abril se le recordó en Columbia University, Nueva York; este 22 de septiembre, una ponencia sobre ella inaugurará el III Encuentro Internacional sobre Mujeres y Literatura en Italia, y en octubre se le dedicarán varios homenajes en Pamplona, Navarra, España, lugar donde nació y vivió hasta los diez años. En nuestro país, pocos saben quién fue, aunque en México, país donde residió hasta su muerte (2009), sí se le conoce.
Fue la guionista —junto con su esposo, el poeta y cineasta José Miguel García Ascot, “Jomí” (Túnez, 1927-Ciudad de México, 1986)— de la película En el balcón vacío. Esta, de bajo costo y filmada en 16 mm, se estrenó en 1961, obtuvo premios en Europa (Premio de la Crítica Internacional, FIPRESCI, en el Festival de Locarno, 1962, y el Jano de Oro en Sestri Levante, 1963), y está considerada como un clásico en su género. María Luisa también interviene en la narración. El tema son los desgarradores recuerdos de la niña que fue María Luisa durante la Guerra Civil española, entre 1936 y 1940, año en que viaja con su familia al exilio.
En México, Jomí y María Luisa se relacionaron con el mundo literario y artístico. Fueron amigos de Octavio Paz, del colombiano Álvaro Mutis, del español nacionalizado mexicano Emilio García Riera, de la pintora surrealista británica nacionalizada mexicana Leonora Carrington y de muchos otros. Jomí ya era un escritor reconocido. En 1984 se le concedió el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores por el conjunto de su obra literaria. María Luisa todavía no había escrito su primer libro, Tiempo de llorar (1988). En 1963 tuvieron un hijo, Diego.

Vi por primera vez a María Luisa y a Jomí cuando tenía nueve años, en una visita que hicieron a mi casa en Villa Berta, Arroyo Naranjo. Después supe que Jomí había sido invitado a La Habana por el Icaic (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) para que participara con dos relatos en la película Historias de la Revolución. Se relacionaron con muchos integrantes del grupo Orígenes, entre ellos, con mis padres, Bella García Marruz y Eliseo Diego, y mis tíos Cintio Vitier y Fina García Marruz. Recuerdo que se reunían con mis padres en el jardín, en la sala o en el estudio, que se encontraba apartado de la casa y era un espacio muy agradable. En Cuba estuvieron poco tiempo, pero nunca se perdió el contacto entre ellos. Llegaban cartas, fotos, se llamaban por teléfono, y la amistad se mantuvo viva a pesar del paso del tiempo.
Fue durante los primeros años de la década de 1960 cuando María Luisa y Jomí conocieron a García Márquez, quien se había radicado con su familia (su esposa Mercedes y sus hijos, Rodrigo y Gonzalo) en la Ciudad de México. Se visitaban con frecuencia, conversaban mientras los niños jugaban. García Márquez les leía fragmentos de la novela que había comenzado a escribir; se llamaban por teléfono, intercambiaban opiniones. Tan estrecha y entrañable fue esa amistad que García Márquez decidió dedicarles esa novela, que no era otra que Cien años de soledad. El libro se publicó en 1967 y, como todos saben, ha pasado a ser un clásico de la literatura universal de todos los tiempos.
Recuerdo que, alrededor de 1975, sonó el timbre de la puerta de mi casa en el Vedado y que mi madre, al abrirla, se encontró con un rostro conocidísimo por todos, que le dijo: “Soy amigo de María Luisa y de Jomí, me llamo Gabriel García Márquez y vengo de parte de ellos”. Fue el “santo y seña” que el escritor colombiano decidió utilizar para presentarse en nuestra casa e iniciar así una profunda y larga amistad entre su familia y la nuestra.
Diego, el hijo de María Luisa y de Jomí, siendo todavía un adolescente, en 1978, quiso conocer a estos escritores habaneros de los que sus padres tanto hablaban. Se estableció una linda y sólida amistad entre él y nosotros; mi padre llegó a llamarlo “mi hijo Diego” y, con el paso del tiempo, fundó Ediciones del Equilibrista (nombre tomado del poema de mi padre, “Riesgos del Equilibrista”), junto con Rodrigo y Gonzalo. Uno de sus primeros proyectos fue publicar una edición facsimilar de la revista Orígenes (en coedición con Turner, Madrid). Tuvo que acometer una ingente tarea de búsqueda e investigación, pues ningún escritor conservaba la colección completa y mucho menos en buen estado. Ni siquiera en la Biblioteca Nacional la pudo encontrar. Pero lo logró y, en 1989, estaban listos siete espléndidos tomos con todos los números de la mítica revista. Donó una colección completa a los poetas de Orígenes que quedaban vivos y otra a la Biblioteca Nacional. Fue gracias a él que muchos escritores en Cuba pudieron ver la revista por primera vez. También publicó obras de Cintio, Fina, el sacerdote Ángel Gaztelu y Justo Rodríguez Santos.
En 1980, y gracias a una invitación de María Luisa, pude viajar a México. Fue una estancia muy agradable y enriquecedora, pues ese país está lleno de historia, cultura y maravillas arqueológicas. Y pude, realmente, conocer a María Luisa, quien me trató siempre, a partir de ese momento, como a una hija, y yo la quise como a una segunda madre. La recuerdo como una mujer muy guapa, a pesar de los años que ya tenía. Era una gran lectora, muy culta, muy apasionada. Poseía un agudo y finísimo sentido del humor. Pero siempre, en su mirada, se traslucía una gran tristeza y angustia, cosas que, más tarde, reflejó en sus libros.
Siguieron viajes de mis padres a México y de ella a La Habana, y se retomó una amistad que nunca se había interrumpido. Siempre, en esas visitas, ella le pedía a mi padre que le leyera sus últimos poemas, y llegó a ser una verdadera conocedora de toda su obra.

Diego publicó casi todos los libros de mi padre en México, lo dio a conocer en universidades e instituciones culturales y mi padre se convirtió en una presencia muy querida y respetada en ese bello país.
En 1970, María Luisa decidió visitar por primera vez Pamplona; no había vuelto desde que se marchó, siendo una niña, en 1940. Lo hizo con su hijo Diego, que entonces tenía siete años. Fue un viaje muy doloroso y traumático. Tiempo de llorar narra esa experiencia. Les copio el comienzo:
“Y ahora me doy cuenta de que regresar es irse. Es decir, que volver a Pamplona es irse de Pamplona. Al fin voy a volver donde las cosas no están ya. He vivido en el mundo de mi propia cabeza, el verdadero mundo quizá, y contando poco con el mundo exterior. Ahora al fin me atrevo a regresar donde la gente ha muerto. Por eso sé que regresar es irse, irme. Irse de una vida, casi de toda una vida (y sigo hablando en el orden del pensamiento) porque sé que ahora la mirada tan solo va a servir para borrar. Lo sé, lo sabía, y en ese saber tiene una importancia total el verificar. Pamplona, tan solo un lugar”.

El libro sorprende por la transparencia y solidez de su prosa. Su obra es breve en extensión (Cuadernos de apuntes en carne viva, Ediciones del Equilibrista, 1995; Voz de nadie, Ediciones del Equilibrista, 2017; Tiempo de llorar. Obra reunida, Ediciones Renacimiento, Madrid, 2021), pero suficiente para demostrar que fue y es una extraordinaria escritora que reflejó, como pocos, la tragedia que vivió su generación durante la guerra y el desgarramiento de los refugiados españoles, como prefiere llamarlos Álvaro Mutis (Premio Cervantes, 2002), en vez de exiliados o emigrados.
Para mí y para mi familia, conocer a María Luisa fue una alegría y un gusto muy grandes, una amiga que, como diría mi padre, nos agrandó el tiempo.
Espero que este texto contribuya a darla a conocer un poco más. Y lo termino con una cita, justamente de Mutis, tomada de un artículo suyo dedicado a María Luisa y reproducido en De lecturas y otras celebraciones (DGE Equilibrista, 2023).
“Como todo lo felizmente rescatado del olvido por obra de la certera transparencia de las palabras, Tiempo de llorar no tiene antecedente literario alguno ni podrá tener seguimiento en nadie que intente repetirlo. Vive este breve libro por virtud de su propia evidencia que nos marca para siempre”.













