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En 1946, hace ochenta años, mi padre, Eliseo Diego, publicó su segundo libro, Divertimentos. Eran relatos breves, con ilustraciones de Roberto Diago. Tenía solo veintiséis años. Su primer cuaderno, también en prosa, lo tituló En las oscuras manos del olvido, y lo dio a conocer en 1942, en Ediciones Clavileño. El título lo tomó de un poema de Quevedo, y consta de solo tres cuentos. En 1979 le añadió otros relatos y se publicó por Ediciones Unión. En el prólogo de esta edición mi padre explicó:
El libro recién comenzado era tan rico en ambición como parco en aliento. Pretendía nada menos que atreverse con el misterio mismo del acto creador, desde el instante en que los grandes aluviones de la experiencia humana desembocan en el golfo de la memoria, hasta que se forman con ellos las extrañas Islas Afortunadas de la realidad puesta a salvo (…). El libro habría de ir constatando en sucesivos fragmentos el desesperanzado, confuso, bien y a la vez mal intencionado entresijo de propósitos y despropósitos en que se debaten recuerdo, olvido y sueño.
No era poco lo que pretendía el joven escritor. Ya por esos años se había formado la cuarteta de enamorados: Eliseo y su gran amigo Cintio Vitier con las hermanas Bella y Fina García Marruz. Se reunían, con otros amigos, en la casa de Bella y Fina, a leerse sus poemas. Fue en esos encuentros que decidieron hacer la revista Clavileño, de la que solo aparecieron siete números, entre 1942 y 1943. Ahí publicó mi padre sus dos primeras prosas poéticas: Boabdil y Felipe II.
Eliseo era el único prosista del grupo, aunque paralelamente a la escritura de sus nuevos cuentos, iba dando a conocer en la revista Orígenes (1944-1956) la prosa poética que más adelante conformaría su libro Versiones, y los primeros versos de En la Calzada de Jesús del Monte.
Divertimentos, editado por Úcar García, resultó una verdadera sorpresa en el mundo literario de la época, aunque no así para sus amigos, que ya lo conocían. Se aprecia en esos cuentos un dominio de la prosa poco común en un joven que comienza a escribir. Y, también, una contención, una búsqueda, una originalidad, producto de su sólida formación literaria, obtenida de forma autodidacta, a través de la lectura, desde niño, de buena literatura, proporcionada por sus padres.
Copio debajo algunas opiniones sobre el libro, escritas por tres integrantes del grupo Orígenes.
Gastón Baquero (De: Periódico Diario de la Marina, 13 de octubre de 1946. Fragmentos). “Este es el segundo libro publicado por Eliseo Diego. Su libro anterior, En las oscuras manos del olvido, sirvió para presentar uno de los prosistas más finos e imaginativos con que ha contado Cuba. La superior calidad literaria, la exquisita imaginación, el poder poético volcado en dibujos altamente evocadores, todo el bello repertorio que permite a Eliseo Diego moverse en el mundo de la narración con seguridad propia de un maestro, vuelve a hacer su aparición en Divertimentos (…). No es posible, en un libro como este, señalarle al lector las mejores páginas, ni el instante feliz por excelencia. Este libro está trabajado de punta a punta, como un diamante”.
José Lezama Lima (De: Revista Orígenes, Año III, No. 10, La Habana, Verano, 1946, p. 45-46): “La complacencia que me ha entregado este libro de Eliseo Diego, solo puedo compararla a la de algunos festivales nocturnos levantados por Zabaleta o la del baile sorprendido por Alan Fournier. Su fragancia y su pureza han creado una fauna bruñida por el rocío. No conozco, en la historia de la prosa cubana de los últimos veinte años, un libro de tanta claridad hechizada”.
José Rodríguez Feo (De: Mi correspondencia con Lezama Lima, Ediciones Unión, La Habana, 1989, pág. 37). “También leí Divertimentos. Me asombró el estilo y la profundidad (…). No creo exagerar si te expreso mi fe en que creo, de continuar este camino, será uno de los mejores y más finos prosistas de América”.
A pesar de que mi padre era un hombre con fuerte tendencia a la melancolía y a la depresión, su sentido del humor nunca lo abandonó y disfrutaba mucho los chistes y bromas de sus hijos y amigos. Incluso, él mismo inventaba chistes y cancioncitas que interpretaba con su amigo Octavio Smith y con mi hermano mayor. Puede ser que lo influyera mucho el “nonsense” de la literatura inglesa, que tan bien conocía, las situaciones absurdas e irreverentes.
Es por eso que cuando mi hermano Rapi lo dibujó como un pirata, con su parche y su cachimba, se divirtió muchísimo y autorizó que se utilizara como póster, con el texto de Divertimentos debajo, “De Jacques”, que nada tiene de humorístico, en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara en 1993, cuando le otorgaron el Premio Internacional de Poesía Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.

Todos sus relatos ―también sería así en Noticias de la Quimera, 1975― están como rodeados por una bruma, un misterio. Siempre tenemos la impresión de que estamos al borde de un precipicio terrible; hay como una especie de suspense, como si formásemos parte de un equilibrio muy frágil. Ya están presentes en estos textos las obsesiones que reaparecerían después, como una constante, en toda su obra, tanto en la poesía como en la prosa: el Paraíso perdido de la infancia, la caducidad de las cosas, el tiempo, la muerte.
Como muestra, les copio dos de los cuentos. Tratan temas sencillos, cotidianos, como verán, pero es lo que “ve” mi padre y la forma en que lo describe lo que les proporciona esa “extrañeza rara”, como dice Rodríguez Feo en un momento de su carta a Lezama.
Creo que Divertimentos sigue transmitiendo esa perturbadora sensación de lo irreal, lo fantástico, como si nos abriera las puertas a lo desconocido. Creo que, aunque hayan pasado 80 años, se sigue y seguirá leyendo con el mismo asombro de la primera vez.
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De Jacques
Llueve en finísimas flechas aceradas sobre el mar agonizante de plomo, cuyo enorme pecho alienta. La proa pesada lo corta con dificultad. En el extremo silencio se le escucha rasgarlo.
Jacques, el corsario, está a la proa. Un parche mugriento cubre el ojo hueco. Inmóvil como una figura de proa, sueña la adivinanza trágica de la lluvia. Oscuros galeones navegando ríos ocres. Joyas cavadas espesamente de lianas.
Jacques quiere darse vuelta para gritar una orden, pero siente de pronto que la cubierta se estremece, que la quilla cruje, que el barco se escora como si encallase. Un monstruo, no, una mano gigantesca alza el barco chorreando. Jacques, inmóvil, observa los negros vellos gruesos como cables.
“¿Éste?”. “Sí, ése” —dice el niño, y envuelven el barco y a Jacques en un papel que la fina llovizna de afuera cubre de densas manchas húmedas. El agua chorrea en la vidriera, y adentro de la tienda la penumbra cierra el espacio vacío con helado silencio.
Del perro
Para colmo de males, le cayeron más pulgas que nunca. Ya era bastante haber encontrado, de pronto, aquel tenaz obstáculo de hierro que se extendía a todo lo ancho y lo largo del café donde, a cambio de pararse ridículamente en dos patas y de menear la cola hasta creer que la perdía, le daban de comer diariamente.
Y sin embargo, no fueron el hambre ni las pulgas, que no eran pulgas, sino sarna que le roía el lomo. Lo que le hizo echarse junto al muro áspero, envuelto en el aliento frío y salobre del océano, a morirse, fue el haber perdido de aquel modo su precioso nombre.













