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“Debería cambiarse el nombre, pero ya!”, propone con sentido de urgencia uno de los vendedores en la Feria de Artesanía de La Rampa, mientras organiza los bultos de su mercancía con un vigor más parecido a enfado mañanero que a ímpetu laboral.
“Ahora en vez del Parque de la Cucaracha, debería llamarse el Parque del Pescaíto”, dice, mirando alrededor un ambiente desganado, por momentos abstraído y, lo que es más impactante, casi silencioso.
Según este comerciante, la lógica del cambio radica en que pescar a un cliente en este bazar al aire libre es una cuestión de paciencia y pura suerte, o, técnicamente hablando, una proeza de mercadotecnia en manos de un bróker con una alta gestión del estrés.

“Aunque sea uno solo”, dice, recortando sus expectativas y recordando cómo en su infancia pasaba horas con ese pasatiempo comúnmente llamado “Juego de Pesca Magnético”, un clásico para niños pequeños que consiste en peces con imán —solo unos pocos del cardumen lo tienen— y una caña con cordel y otro imán en la punta, simulando la pesca en la orilla.
Es, bien mirado y a la postre, una metáfora de la crisis que ajusta como un guante en las manos de un cirujano: no hay turistas, así de simple y dramático.
¿Ni uno solo? Pregunto con aires de incredulidad.
“¡Tú ves alguno por aquí!”, responde con tono ácido ante una ingenuidad que suena a provocación.
Y es que parece inconcebible la ausencia de turistas, toda vez que el parque está a tiro de piedra de varios hoteles, entre ellos los icónicos Habana Libre y el Hotel Nacional, aún abiertos, además de decenas de habitaciones de renta, ahora vacías en casi su totalidad.
“Pero hay que echar palante”, declara, usufructuando uno de los mantras con que los cubanos se han blindado de coraje para enfrentar las duras circunstancias pasadas y presentes.

Cabezazos al son de la clave cubana
Hace unos seis años, en un tiempo prepandémico casi que narniano comparado con el presente, este lugar, apenas un área de poco más de 200 metros cuadrados encajonada entre el Centro de Animación del ICRT y el Ministerio de Salud Pública, era lo más parecido a una colmena de turistas foráneos y de cubanos en busca de regalos o para matar el tiempo en una mañana o tarde de ocio y curiosidad.
“Aquí no cabían las personas. Se daban cabezazos al son de la clave cubana, que sonaba constantemente llamando a los clientes”, recuerda Tony, uno de los vecinos de la zona que por una breve temporada vivió en el hoy desparecido edificio Alaska (1922), demolido en 2002 para dar paso a un parqueo entregado en exclusiva a la nomenclatura política.
“Allí vivieron varios artesanos, sobre todo zapateros que hacían los tiki-tiki —una mezcla de getas japonesas con sandalias occidentales de diseño minimalista—, mucho antes de que se abriera la feria”, rememora Tony.
De hecho, sobre todo los fines de semana, el galpón se transformaba en un vitamínico mercado que reproducía, con mayor o menor fortuna artística, el imaginario cubano. Desde muñequitas negras o erotizadas tallas en madera, hasta sus habanos de ébano, con ceniza y todo, y humidores con aroma de cedro y otros falsificados con olor a no sé qué, pasando por una miríada de suvenires que reproducían clichés culturales; instrumentos de música y de cocina, collares, pulsos, pendientes y los mil y un accesorios; miniaturas de autos clásicos estadounidenses y crucifijos, además de vírgenes y santos de la religiosidad popular en una miscelánea de vértigo y estallido cromático.

“Chico, esto se ponía rico de verdad… Daba mucha vida, mucha energía, había mucho entra y sale y los vendedores voceando y los fulas pasando de mano en mano”, describe Tony, trombonista en los tardíos 90 de cuanta orquesta popular solicitara sus servicios.
En aquel entonces era casi obeso y el dinero no era un problema para él. “En la cafetería de la feria uno podía tomarse su Hatuey bien fría, o comerse un bocadito de queso y jamón”, evoca con una sensación de plenitud y gula declarada.
Ahora, con su camisa hawaiana, su ya raído Panama hat y un crucifijo de ácana colgado del cuello, es un jubilado medio enclenque que malvive de la caridad pública y algún que otro almuerzo frugal en las iglesias de la ciudad.
Una locomotora en reversa
El desplome del turismo en Cuba no es solo una estadística para tecnócratas y titulares de prensa. Más bien es un relato del fracaso, no sabemos si estratégico, de una planificación integradora diseñada desde fines de los años 80, cuando el gobierno husmeó la necesidad de buscar otras reinserciones en los mercados mundiales, más allá de los productos tradicionales exportables que venían del siglo XIX y que iban a parar, en su mayoría, a los ideologizados mercados socialistas del este europeo.
La caída del 62 % en la llegada de visitantes internacionales entre enero y julio de 2026 —de 1,13 millones a apenas 419 mil— marca un retroceso histórico que expertos como el economista Emilio Morales califican de “colapso estructural”.
Entretanto, la maquinaria sancionadora de Washington que funcionaba desde la administración Biden puso sus pistones a toda presión luego del secuestro del presidente Nicolás Maduro en Venezuela, que cortó los suministros petroleros a la isla y golpeó directamente toda la arquitectura funcional del sistema cubano, ya muy deteriorada por años encadenados por números rojos, indolencias y decisiones fallidas.



Ante las coacciones, el retiro en cascada de cadenas hoteleras internacionales como Meliá, Iberostar y Blue Diamond dejó a la isla sin casi la mitad de sus habitaciones operativas. Para la analista Lourdes Álvarez, “la salida de estas empresas no solo reduce la oferta, sino que destruye la confianza de los mercados en la viabilidad del destino”. El dato es deprimente: el 73 % de los hoteles permanecía cerrado a fines de agosto, con más de 25 mil trabajadores en disponibilidad.
El impacto financiero ha sido igual de descomunal. La suspensión de operaciones con tarjetas Visa y Mastercard privó a Cuba de una vía esencial para captar divisas, mientras la ocupación hotelera se desplomaba al 12,9 % en el primer trimestre.
El economista cubanoamericano Carmelo Mesa-Lago advierte que “sin inversión extranjera y con un bloqueo energético que limita la conectividad aérea, las concesiones al sector privado serán insuficientes para revertir la tendencia”.
La pregunta que queda flotando es si el turismo cubano podrá sobrevivir a esta tormenta perfecta o si estamos presenciando el fin de una era en la que la industria era considerada como la locomotora de la economía insular y pasará ahora a ser un engranaje secundario.


Merma de diseños y piezas de artesanía
En una de las mesas cercanas a la avenida 23, otro artesano se queja de que la variedad ha mermado y que “casi no tienen productores ya”. Se entiende que los “productores” son aquellos agentes que poseen la capacidad de la reproducción ampliada de las piezas diseñadas por los artesanos o incluso, en algunos casos, por ellos mismos.
“Muchos se han ido de Cuba”, precisa el ebanista, “pero siempre quedan dos o tres productores con que resolvemos”, añade, mostrando piezas en ébano, ácana y sándalo, consideradas maderas preciosas por su rareza, dureza y valor cultural. En el caso de la tercera, lo más distintivo es su fragancia natural, que se mantiene incluso después de tallada la madera.

Un cliente le pregunta por los joyeros y cofrecitos con la bandera cubana en la tapa. El señor, de unos sesenta y tantos, recuerda haber visto, años atrás, piezas que eran primorosos trabajos de encastre, que es una técnica de unión en carpintería y ebanistería que consiste en ajustar dos piezas de madera mediante cortes complementarios, de modo que encajen perfectamente sin necesidad de clavos ni tornillos.
“No tenemos ya de ese tipo”, responde el artesano, remitiendo la conversación a la merma de ofertas que se observa en los últimos tiempos debido al régimen de carencias de insumos y a la emigración de los propios artesanos hacia otros sectores más rentables o hacia la diáspora.

Tres mosqueteros de la feria
“No hay turistas. Aquí los que vienen son los extranjeros que viven una temporada aquí, que tienen negocios en sus países y se consiguen una mujer o lo que sea y vienen aquí por una semana con cien dólares.” La opinión es de Dayron, artesano, quien junto a sus amigos Guillermo y David buscan conseguir unos pesos vendiendo sus producciones.
¿Y vendan o no vendan, tienen que seguir pagando impuestos?
“Claro, todo hay que pagarlo. El área que ocupas en la feria, sobre las ventas, todo, todo”.
¿Y los materiales y los insumos para hacer las piezas se consiguen fácil o están mucho más caros?
“Todo está por las nubes”.
¿Vendieron algo hoy?
“Un par de cosillas… Pero hasta que no empiece de verdad el turismo, es por gusto”, dice Dayron, ya en la noche desde su casa, en una respuesta vía WhatsApp, con la mente puesta en un futuro prometedor que no acaba de vislumbrarse.

Post scriptum
El boom turístico que trajo la era Obama, sobre todo a partir de su segundo mandato (2013-2017), con el deshielo con Cuba, provocó como correlato una explosiva creación o ampliación de los mercados artesanales en La Habana orientados principalmente al entonces desbordado segmento de visitantes extranjeros que pagaban en CUC, remedo cubano de divisas ya desaparecido, pero sobre todo en dólares estadounidenses, despenalizados desde 1993.
Fue así que la compra de artesanías y objetos para coleccionistas en La Habana se convirtió en una misión fácil para cualquier interesado, pues en muchos lugares de la ciudad florecieron mercadillos de toda ralea en busca de consumidores, extranjeros y no.
Sin embargo, los mejores, más seguros y conocidos se ubicaron en la calle Obispo del Centro Histórico, en tanto el segundo y más importante por tamaño y especialización fueron y aún lo son los Almacenes San José, ubicados en la Avenida del Puerto, también en La Habana Vieja. Surgida algo antes del citado boom, la feria de la calle 23, en su tramo final conocido como La Rampa, todavía defiende su espacio y peso en el negocio. También emergieron de manera esporádica la feria en el parque del Quijote, en 23 y J, en el parqueo de la heladería Coppelia.
El evento de mayor calado y pretensiones mercantiles y culturales es la decembrina Feria Internacional de Artesanía de La Habana (FIART), organizada por el Fondo Cubano de Bienes Culturales y que se celebraba desde 1996 en Pabexpo, un recinto expositivo en las afueras de la capital, ahora en desgracia por los colapsos parciales del sistema energético de la isla.
En 2025, el bazar alcanzó su edición XXVII, lo que confirma casi tres décadas de existencia continua como el foro artesanal más importante de Cuba. Por primera vez y obligado por la crisis y las restricciones del transporte, el evento se trasladó el pasado año a la Estación Cultural de Línea y 18, en La Habana, con dos semanas de exposiciones, ventas y actividades culturales.













