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Desde su aprobación y anuncio, en junio pasado, el nuevo programa de 176 transformaciones económicas y sociales ha provocado reacciones diversas.
En la academia abundan valoraciones que las consideran intensificadoras de la fórmula de socialismo de mercado, y avanzan en la comprensión de la gravedad de la crisis, al reconocer su carácter estructural y el peso de los factores internos en esta situación, especialmente los económicos.
Entre sus fortalezas, no obstante, se les reconoce:
Haber identificado un grupo de prioridades transversales articuladas (energía, alimentos, atracción de financiamiento, supresión de normativas que frenan el despliegue de los sujetos económicos, activación de lo local) y reconocer en forma de normas realidades ya informalmente configuradas (mercado cambiario, mercantilización de servicios públicos, concentración de propiedad, etc.). Su enfoque hacia la vulnerabilidad y el amparo directo a grupos en situaciones de carencias severas facilita la focalización administrativa, la asignación eficiente de recursos escasos y el monitoreo por parte del Estado y el gobierno.
Por otro lado, haber establecido como prioridad a grupos poblacionales concretos, como, por ejemplo, personas en vulnerabilidad en muchos aspectos; hogares vulnerables por ingreso; personas con inseguridad alimentaria; personas sin empleo o baja calificación; pensionados; niños sin cuidado parental; ancianos/adultos mayores; familias sin recursos; discapacitados; jóvenes desvinculados; mujeres desprotegidas en el espacio laboral; agiliza acciones de mitigación de vulnerabilidades extremas.
Entre sus debilidades más contundentes está que se considera una acción tardía y desfasada su falta de articulación interna y de claridad en cuanto a su secuencialidad. Se intenta acelerar cambios cuando ya no es posible por la magnitud del deterioro y por el creciente número de sanciones externas impuestas por el gobierno de Estados Unidos.
También el hecho de que se haya omitido una referencia directa a la pobreza supone que existe, por parte de las instituciones, una subvaloración de la gravedad de la crisis e impide, por tanto, acompañarse de mecanismos para medirla, que permitan tomar decisiones y diseñar políticas más certeras.
En mi opinión, el nuevo momento reformador subdimensiona la esfera social y se resigna al amparo y al enfoque de derrame, que coloca en el “después” (de los frutos productivos) y en el momento redistributivo lo fundamental de la acción de justicia y equidad social.
Responder al fuerte impacto que tendrá la ampliación del rol del mercado y el achicamiento de las prestaciones públicas con políticas que enfaticen el amparo a vulnerabilidades es imprescindible, pero insuficiente para detener el proceso de empobrecimiento y contener desigualdades, mientras se refuerzan las viejas brechas de equidad que afectan a mujeres, personas racializadas, la tercera edad, territorios en desventaja, entre otras franjas sociales.
Si bien las medidas contempladas en el paquete de reformas incluyen acciones de fomento, como dotar de activos de pequeña escala a personas en situación de vulnerabilidad, diseñar beneficios fiscales para quienes empleen personas en situación de discapacidad y para los actores económicos que financien inversiones en el sector social, son acciones puntuales, no integradas a la lógica general del programa, que necesitaría una estrategia de incentivos para propiciar economía social y solidaria e inclusión económica a grupos en desventaja.
Por otra parte, no integrar al cambio una renovación de las opciones de participación ciudadana desaprovecha la oportunidad de ampliar derechos, generar consensos y nutrirse de innovación social en este momento de reforma.
Todo ello ocurre, como ya sabemos, en un contexto de precarización en expansión.
La matemática de la crisis
Una actualización del estimado de pobreza económica, realizado como parte del proyecto “Investigación colaborativa y ciudadana sobre pobreza y desigualdades”, del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo, arrojó que, al menos, alrededor de 6 454 534 personas viven en esta condición, lo cual representa alrededor del 66 % de la población total del país.
Ese estimado se obtuvo identificando la cantidad de población cuyos ingresos personales (ya sean salarios del sector estatal, pensiones, remesas, ingresos de trabajadores autónomos, propietarios y empleados del sector privado, socios y empleados del sector cooperativo) podrían estar por debajo del costo de una canasta alimentaria básica mínima mensual per cápita, calculada en 11 400 CUP por el Centro de Estudios de la Economía Cubana.
Si el estimado partiera de una canasta de alimentos un poco más costosa, de 16 500 CUP, calculada por el economista Omar Everleny Pérez, esa proporción superaría el 70 % de los cubanos residentes en la isla.
No se trata de un valor estadístico duro, sino de un estimado útil ante el vacío de información oficial pública, que mostraría que, por primera vez en los últimos 60 años, la pobreza afecta a la mayor parte de la población cubana.

El proyecto también incluye la indagación cualitativa sobre la percepción de pobreza: la forma en que, más allá de sus ingresos reales y de la cobertura de necesidades básicas, las personas evalúan su propia situación económica y social.
La mayoría de las personas entrevistadas para el estudio citado —45 casos en El Cerro, Marianao y La Habana Vieja, de diversos estratos económicos— considera que su vida ha empeorado desde 2019 y se percibe como pobre o muy cercana a esa condición, aun con ingresos medios, debido a la lejanía entre sus necesidades y la cantidad y calidad con que puede satisfacerlas, y a sus expectativas de vida adecuada.
No se vislumbran soluciones colectivas. Emigrar o crear una “burbuja pink”, como me dice uno de mis entrevistados, se piensa como salidas individuales, inalcanzables para muchos. La “burbuja rosa” significa, según me explica, blindarse, convertir el hogar en una isla de seguridad y confort. El blindaje completo incluye tener una casa en buen estado, con generador de energía, acceso y almacenamiento de agua garantizado, con pozo doméstico si no hay otra opción, acceso a internet estable por la vía que sea, transporte propio, dinero para resolver en el mercado privado o negro todo lo necesario, incluso para pagar servicios de salud y medicamentos, y visas para salir del país a “soluciones”.

Una interpretación callejera de la reforma desde la numerología afrocubana
Compruebo que ahora mismo, en colas, parques, mercados, policlínicos y triciclos, las medidas no acaparan la atención del fluido callejero. La falta de agua, la corrupción ligada a la disponibilidad de servicio eléctrico en los barrios, las preocupaciones por el nuevo curso escolar y la imparable subida de precios de los alimentos parecen ser los núcleos duros de la opinión habanera y de otras ciudades, sobre las cuales algunos colegas me cuentan.
En mis recorridos, aprovecho cualquier referencia a las medidas para animar un comentario, y veo que el patrón perceptivo habanero, tan polarizado, se percibe también en este tema. “Me da esperanza esa apertura. Recuperar la economía es fundamental, mejoraremos… hace falta paciencia… los rusos nos van a ayudar… Hay muy buena voluntad, pero los americanos no nos van a dejar, nos tienen en el microscopio… Estamos solos, ni Rusia ni China se atreven con Trump… Que Dios y la Virgen pongan su mano… Más de lo mismo, ni me he leído ese panfleto… a esta hora y con ese cuento… Bohemia vieja… al final todo de nuevo privado y el pueblo que se joda… Lo que hace falta es comida y no tantos papeles y reuniones… Libertad y que se vayan”.
En La Habana Vieja, una mujer fuma un tabaco y lee el destino a transeúntes intrigados por el porvenir, combinando cartas, caracoles, cuentas de colores y un vaso de agua, todo sobre un tablero pintado con ríos, mares, estrellas, lunas, soles y montes. Se me ocurre consultarla; puede ser un buen testimonio desde la frontera sobrenatural.
Le digo que me preocupa el país y le pregunto cómo ve ella “la cosa” y las nuevas medidas. Hecha a un lado los abalorios y me dice: “Mamacita, lo tuyo es otra mecánica”. Elige de una cajita unas fichas de lotería, forma el número 176 y las desplaza sobre el monte, el río y el mar del tablero. “Ese papelito —asumo que se refiere a la propuesta— es un mensaje que viene de Orún. Los números hablan, no hay casualidad”.
Y me explica esto, que grabé con su consentimiento informado:
En la Ocha, el número 1 se asocia a Elegguá; él es el primero en todo, abre y cierra los caminos, es inicio, la puerta, el destino. Todo comienza con él. Elegguá, en su camino de destino, significa apertura, decisiones que cambian el rumbo, inicio de procesos espirituales o materiales. Desprende una energía de movimiento, aviso, oportunidad, alerta.
El número 7 le pertenece a Yemayá. Es la madre de todos los orishas, dueña del mar profundo. Ella gobierna los siete mares. Yemayá, en sus caminos de profundidad, es protección maternal, emoción, fuerza que viene del mar profundo para estabilidad, disciplina, limpieza espiritual. Su energía lleva contención, madurez, claridad emocional. Estabiliza y protege.
Oshún es dueña del río, el amor, la dulzura, la prosperidad. Muchas veces se le reconoce el 5, pero en sus caminos de trabajo, amores o justicia, también se le asocia con el 6. Ese camino lleva belleza, diplomacia, solución de peleas viejas con encanto, inteligencia y negociación. Su energía es atracción, conciliación, abundancia. Embellece, armoniza y prospera.
Ahora te hago una lectura espiritual que junta los caminos 1–7–6.
Un camino se abre y otro se cierra. Hay una decisión que marca destino. Se requiere protección, limpieza, orden emocional y apoyo de ancestros o figuras maternas. La resolución llega por comunicación, justicia, diplomacia y la energía dulce de Oshún. Un cambio importante está en curso. La gente peor estará mejor. Primero se abre el camino (Elegguá), luego se estabiliza (Yemayá) y al final se prospera (Oshún).
Digo yo: “¿Crees que funcione?”
Ella: “Para que suceda, tienen que alinearse los orishas y la gente. Hay que trabajar espiritualmente”.
Me quedo con ese mensaje. Vaya usted a saber.














Las 176 medidas según leo no resuelve el problema. Pero las medidas que dicta el gobierno de eeuu para empobrecer la ciudadanos cubanos ninguna es para beneficio es para matar explícitamente a un pueblo. Espero otro comentario no de las 176 sino de las medidas de eeuu. Ilustre periodista con viceras negras
Considero q como se apunta se ha subvalorado el nivel de pobreza y la incidencia de este desastre social. El mero hecho de q las estadísticas estén vedadas al conocimiento público es una tácita confirmación de la debacles. Algún día se conocerá la verdad. Vivo en Centro Habana y palpo el deterioro creciente de la gente. Se ve, se respira, siento una opresión grande en el pecho cdo veo gente buscando desperdicios para comer. Cdo converso con otro adulto mayor como yo y me dice q no ha podido tomar ni agua con azúcar ni pan y q le duele el estómago del hambre. Es real. Eso no es propaganda. Quienquiera verlo y comprobarlo q vaya por las calles y converse con la gente humilde.