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Este marzo se cumplieron once años desde que dejé atrás mi casa recién reformada, un amor que apenas comenzaba y con el que quizás pude formar una familia, y otros seres queridos cuyas vidas se apagaban mientras yo hacía las maletas. Recuerdo haber sentido, en lo más profundo de mí, que iba en dirección opuesta a mi felicidad. Que dejaba vacío mi lugar en el mundo.
Mi familia y la gente a la que yo más quería estaban todos allí, encima y debajo de la tierra. Mis amigos, no obstante, estaban casi todos yéndose o con planes de hacerlo. Mi generación entera se encontraba perdida entre la incertidumbre de qué futuro les depararía el país, quizá de qué país les depararía el futuro.
No entendía por qué, pero, aun así, me fui de Cuba en busca de cosas que ni siquiera para mí todavía eran muy claras. Tampoco comprendí del todo las consecuencias que esa decisión podía tener en mi vida, con las ganancias y pérdidas que ha conllevado, algunas de ellas irreparables.
Viví en mi mente un país de ensueño —puertas adentro, en mi casa, con los míos— y abandoné el real porque en él no había espacio para que quien yo quería ser pudiera florecer. Ese país idealizado, donde todo lo que soñé parecía posible, sigue existiendo en los márgenes de mi imaginación, intacto, intocable por la catástrofe.
Con los años he llegado a entender mejor todo lo que sentí. Migrar no es simplemente cambiar de país. Es atravesar fronteras que son geográficas, pero también culturales y personales; aprender a reconstruirse en un entorno nuevo, a veces hostil, la mayoría de las veces solos y solas, pasando por lutos que no contamos.
Es, también, descubrir quién es uno mismo a partir de semejanzas y contrastes, aprender a moverse entre dos mundos hasta darse cuenta que se está hablando y sintiendo en más de una lengua, en más de un marco de referencia. El emigrante no solo pierde, gana bastante.
Migrar es dar un paso profundamente político que nos obliga a encontrar una versión más compleja de nosotros mismos, atravesada de punta a cabo por un lado y por el otro.
Con el tiempo he entendido que mi historia no es solo mía. Forma parte de un fenómeno mucho más amplio que ha marcado a varias generaciones de cubanos.

“Migrantes económicos”. Con esa etiqueta se ha buscado diferenciar a quienes se fueron en busca de mejores condiciones materiales de quienes, en décadas anteriores y desde 1959, emigraron por disentir políticamente del sistema. Pero esa distinción, repetida tanto en el discurso oficial como en algunos análisis académicos, resulta demasiado simplista y no refleja la complejidad real de la experiencia migratoria cubana.
“Mis primos, cuando se fueron, lo hicieron pensando en no volver a ver a la familia, y yo no podía ni escribirles; lo hacía a través de una tía porque en la Universidad de La Habana no me lo permitían. Ellos estuvieron más de 20 años sin poder ir hasta que se abrió la posibilidad”, me contaba ayer mi tía, que hoy vive en Estados Unidos. Eso fue a principios de los setenta. Muchas cosas han cambiado, afortunadamente, desde entonces.
Yo misma, que pertenezco a los que se fueron de Cuba después de la reforma migratoria de 2013 —cuando irse dejó de ser forzosamente para siempre—, lo repetía siempre que me preguntaban por qué me había ido de mi país: “Porque no podía aspirar a mucho crecimiento, no por estar en contra del gobierno”, decía. Con ese discurso también blanqueaba los tintes políticos que toda migración lleva intrínseca.
La representación del emigrado cubano siempre ha estado en campo de disputa. Durante décadas fue presentada en el discurso oficial o ella misma intentó definirse como una figura ajena a la nación, asociada a la oposición política (que en buena parte lo ha estado). Con el paso del tiempo, sin embargo, esa narrativa ha ido desplazándose hacia una retórica de integración que reconoce a la diáspora (y ella a sí misma) como parte de la nación, aunque todavía dentro de límites ideológicos muy acotados.
Con la ampliación del tiempo de permiso para estar fuera de Cuba se ampliaron también los calificativos con los que empezaron a definir a quienes nos íbamos: de “gusanos”, “quedados” y “traidores” pasamos a ser “emigrados”, “cubanos en el exterior” y “diáspora”.
Pero no somos una banda de buscavidas con motivaciones estrictamente económicas. Nadie abandona el país donde están sus afectos, su historia y su vida cotidiana únicamente para “mejorar” su vida material. Detrás de esa decisión hay mucho más: frustraciones acumuladas, expectativas truncadas, falta de esperanza, agobio por los límites estructurales que impiden proyectar un futuro posible en el país donde nacimos; y eso es profundamente político.
Migrar implica pérdidas difíciles de medir: familias separadas durante años, parejas que no sobreviven a la distancia, hijos que crecen lejos de sus raíces. ¿Cuántas historias personales han quedado marcadas por esas fracturas? ¿Cuántos vínculos importantes se han transformado o se han roto en el proceso?

Ir, venir, pertenecer
En el caso cubano hay otro rasgo que ha marcado la movilidad reciente: la circularidad. A diferencia de generaciones anteriores, muchos cubanos que emigraron en los últimos años han podido mantener vínculos más activos con la isla gracias a la posibilidad de viajar y regresar temporalmente.
Ese ir y venir ha dado lugar a redes transnacionales que conectan a Cuba con los países donde los emigrados han echado raíces: redes económicas, culturales, profesionales y familiares que sostienen buena parte de la vida cotidiana en la isla.
No obstante, esta circularidad tampoco ha sido plena. Con la agudización de la crisis, el éxodo masivo que el país experimenta desde 2021 y la creciente polarización política, el flujo de ida y vuelta se ha reducido de manera significativa. Lo que se presenta como movilidad flexible muchas veces es, en la práctica, un horizonte limitado por condiciones estructurales, económicas e ideológicas.
Esos factores no solo han reducido la circularidad, sino que también han marcado la manera en que se ha mirado a la diáspora. Durante demasiado tiempo, su contribución se ha reducido casi exclusivamente a un concepto económico: las remesas.
En un contexto de crisis económica prolongada, los recursos enviados por los emigrados sin duda sostienen la vida de millones de familias y representan una fuente importante de ingresos para el país.
Pero limitar la contribución de la diáspora a ese flujo financiero significa ignorar algo mucho más valioso: el capital humano que los cubanos emigrados somos, tras habernos forjado como sujetos dentro y fuera de la isla.

Lo que somos, lo que podemos ser
Hoy viven en el exterior cerca de tres millones de cubanos. Muchos se han formado o han consolidado sus carreras en sectores profesionales diversos: ciencia, tecnología, cultura, negocios, educación, salud, comunicación. Otros han desarrollado habilidades empresariales, redes de contactos y experiencias laborales en entornos altamente competitivos.
Esos conocimientos, esas experiencias y esas redes constituyen una riqueza enorme que podría contribuir al desarrollo del país si existieran las condiciones para canalizarlas.
En muchos lugares del mundo, las diásporas han jugado un papel clave en procesos de desarrollo económico y social. Las inversiones de migrantes han impulsado proyectos productivos, generado empleos y facilitado la transferencia de conocimientos entre países.
En el caso cubano, sin embargo, las posibilidades de participación de los emigrados siguen siendo limitadas. Las vías para invertir, colaborar o impulsar proyectos desde el exterior continúan siendo escasas, arriesgadas o inciertas, y en ocasiones están rodeadas de desconfianza o trabas burocráticas.
Esa situación no solo restringe oportunidades económicas. También frena el potencial de miles de cubanos que, a pesar de haber construido sus vidas fuera del país, mantienen un vínculo afectivo profundo con la isla y estarían dispuestos a contribuir a su desarrollo o al menos sentir que pueden pasar el final de sus vidas allí.
Mi propia experiencia —que dista del plano económico— ilustra esa realidad en pequeña escala. No todos los emigrados tenemos capital financiero para invertir en el país, pero muchos sí hemos acumulado conocimientos, redes y experiencias que podrían ponerse a su servicio.
Cuando me encontraba realizando estudios de posgrado fuera de Cuba, intenté contactar con una figura influyente de la Facultad donde me formé para ofrecer colaboración académica voluntaria: compartir bibliografía, participar en debates, tender puentes entre instituciones. La respuesta fue el silencio primero y luego un portazo digital que mató aquella iniciativa.
Historias como esa no son excepcionales porque a los emigrados se nos sigue mirando con desconfianza.
Aun así, muchos siguen pensando en Cuba no solo como un lugar de origen, sino como un espacio al que les gustaría aportar parte de lo que han aprendido en sus travesías personales. No necesariamente por un sentimiento de deuda con la educación gratuita que recibimos, sino por el deseo genuino de contribuir a la construcción de un país donde las futuras generaciones no tengan que marcharse para encontrar oportunidades.
Por supuesto, no todos los cubanos que viven fuera comparten esa visión. Hay quienes no contemplan regresar jamás o quienes, desde la frustración o el resentimiento, imaginan soluciones que pasan por la destrucción antes que por la reconstrucción. Nuestra sociedad está profundamente fracturada y polarizada, y la diáspora también vive al borde del precipicio de esa grieta.
Pero también existe una parte considerable de la emigración que no se reconoce en esos extremos. Hablo de los cubanos que siguen sintiendo que la historia del país también les pertenece, que la Patria es de todos, incluso cuando nos han mantenido largos años limitados a ver pero no tocar el país donde nacimos.
Emigrar no rompe ese vínculo: seguimos siendo parte de Cuba, en la distancia y en la memoria. Queremos serlo también en el plano más realista.
Los emigrados somos, en cierto modo, seres de frontera: capaces de movernos entre distintos contextos culturales, económicos y políticos. Esa experiencia nos permite tender puentes, traducir intelecto y experiencia de vida en soluciones, conectar redes y transferir conocimientos. Hemos dejado nuestra impronta en muchas de las sociedades que nos han acogido con lo que trajimos de Cuba, ¿por qué no nos dejan hacerlo en la nuestra?
Creo que la emigración cubana no debería verse únicamente como resultado de la crisis del país ni como una de sus consecuencias, sino también como uno de sus mayores recursos y, por tanto, como parte de la solución.
La pregunta clave, entonces, no es si los cubanos emigrados pueden contribuir al desarrollo de Cuba. Ya sabemos que sí. La verdadera pregunta es si existen las condiciones políticas e institucionales para que esa contribución sea posible.
Así como la migración es inseparable de la política, las soluciones para integrarla —y para prevenir que continúe el éxodo masivo que Cuba ha vivido durante décadas— también deben ser políticas.
Decisiones que reconozcan a los emigrados no como actores externos o sospechosos, ni como caballos de Troya enviados a destruir lo construido, ni como una parte separada de la nación, sino como integrantes plenos de ella. Decisiones que abran espacios reales de participación económica, profesional y cívica, y que entiendan que en un mundo profundamente interconectado, los países que movilizan el talento y los recursos de sus diásporas encuentran allí una de sus mayores fortalezas, en lugar de atrincherarse contra ellas.
Solo así la emigración cubana podrá empezar a ser percibida por lo que realmente es: una fuerza esencial de Cuba, que el país necesita hoy más que nunca.











