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—Eh, señor, señor, con permiso: ¿necesita viagra o paracetamol?
—¿Tengo cara de necesitarlo?
—¿Nunca tiene dolor de cabeza?
Me eché a reír. Él también.
El vendedor, un chico que no pasaba los 25 años, gafas impenetrables, gorra de los Yankees, exestudiante universitario —“me quedé en primero de Bioquímica”—, manejaba su propio algoritmo retórico para salidas de emergencia. Con discreción de diplomático y en una esquina, me mostró un portafolio negro de cierre magnético y contraseña numérica con un alijo de medicamentos: colirios, antibióticos, laxantes, suplementos vitamínicos, antidiarreicos y antihistamínicos, entre otros.
“Si quiere dimenhidrinato para el mareo y si tiene algún familiar asmático”… Me muestra un par de nebulizadores de salbutamol. “Son Normon, no hay invento”, me avisa solidario, legitimando su oferta con la marca española del medicamento.
Para los curiosos: la pastilla azul de 100 mg a 100 pesos, pero si es un blíster de diez tabletas, 800 pesos. La tira de analgésico a 500 pesos (10 tabletas).
El protocolo de seguridad del chico se hacía añicos a unos cien metros de su zona operativa. Una pareja de jóvenes exhibía sobre una mesita de tijera una maleta de mano repleta de fármacos, dejando a los curiosos husmear sin ningún tipo de restricción.
En todo el recorrido no divisé a ningún policía uniformado, ni tampoco una patrulla, y no percibí algún conato de violencia, discusión entre comprador y vendedor o episodio de carterismo. La paz reinó, tal vez como excepción de la regla.



Parangones
Si el mundo tiene a Chandni Chowk, con miles de vendedores ambulantes; a Yiwu Night Market, con igual tasa de hacinamiento por metro cuadrado, y “capital mundial de los pequeños artículos”; y las demenciales y peligrosas calles de La Salada, La Habana no se queda atrás. Monte saca la cara.
En ciudades tan diversas como Delhi, Yiwu o Buenos Aires, extensas redes de comercio callejero y microimportación se han convertido en canales esenciales de abastecimiento para los sectores populares y medios.
Desde el punto de vista económico, los mercados callejeros cumplen una función importante porque permiten vender productos usados, excedentes, importaciones pequeñas, artesanías o artículos de bajo costo y medicamentos genéricos en una suerte de reivindicación de la cara B de la humanidad, que agrupa a la mayoría de la población global.

En ciudades con escasez de ciertos o muchos bienes o con bajos salarios —en Latinoamérica y el Caribe pululan en las épocas recesivas—, estos mercados suelen propagarse como hongos porque ofrecen acceso rápido a productos que no siempre o nunca se encuentran en los circuitos formales, sin hablar ya de artículos prohibidos o escandalosamente ilegales.
Ahora, la nueva normativa cubana recién aprobada que permite la importación comercial por viajeros individuales parece reconocer para la isla una dinámica similar a la que discurre en los arrabales del planeta: la existencia de un flujo comercial que durante años ha estado operando en los márgenes de la legalidad. Al final y como siempre, la ley corre detrás de la praxis.

Mercados de pulgas
En muchos países son una pieza esencial de la llamada economía informal. Aquí de la economía del descarte.
Peluches, muñecas de trapo y de plástico; telemandos de electrodomésticos; carcasas y cargadores para móviles; cepillos para perros, cepillos para humanos, de acero para albañiles; despojos de radiocaseteras de los 90; relojes sin agujas o con agujas; máquinas de escribir con tipos oxidados; máquinas de moler sin manijas; descascaradas vírgenes de yeso, violadas por el tiempo; alicates de manicura; tomacorrientes; picaportes; temperas cuarteadas y resecas; piezas de cafeteras; pisapapeles de dudosa porcelana, resistencias para calentadores; un picoloro; una bandeja de aluminio para hacer cuadritos de hielo; un guante derecho para horno de panadería; un ratón de computadora, una banderita de España; un llavero con la efigie de Guevara. Casi nada es nuevo. Casi todo es usado y recontrausado.
Apenas lo útil en espera de una sobrevida lejos de una fúnebre ociosidad. Mucho de inútil o desconcertante. Lo que fue bello y hoy decadente hasta lo siniestro. Todo reposa sobre unas mantas democráticas, descoloridas y con hilachas, prestas a engullir de un golpe y sin distinciones de clase la maraña de objetos en un acto de prestidigitación ante amenazas de inspectores o policías.
El mantero es de pocas palabras. Dice que viene de Anafe, un pueblito a unos 30 kilómetros, en la provincia de Artemisa.
¿De dónde sacan todo eso?
Mucho lo encontramos en la basura aquí en Labana. También hay personas que lo regalan o, cuando están mejorcitos, nosotros lo compramos.
¿Arreglan algunas cosas?
No.
¿Venden?
A veces sí, otras no.
¿De qué depende?
De la suerte… aunque la necesidad es muy grande.
¿Y si alguien quiere llevarse un cargador, por ejemplo, cómo lo prueba?
Tenemos un vecino aquí cerca que nos da el servicio. Bueno… si hay luz en ese momento.
¿Cobra por ello?
Algo. Es más bien un favor…
¿Qué es lo que más sale?
Los hierros…
¿Los hierros?
Sí, las herramientas.
¿Se vive de este negocio?
Se fuma.

La competencia y una copia de Fabelo
Sentado en un sillón, Jimmy Morales muestra todos sus papeles en regla. Ha convertido la pequeña sala de su casa en un abarrote enrejado y protegido por alarmas. Su surtido ferretero es variopinto y esencial. Desde ventiladores recargables hasta tubos de silicona, pasando por grifos, candados, discos de corte, protectores eléctricos, cerraduras, bombillas y cintas adhesivas, entre mil y un artículos para el hogar, ninguno superfluo.
¿Se vende?
Sí, no mucho, pero ahí vamos.
¿Por los precios?
Están caros, claro, el dólar no deja de subir y la gente no tiene mucho dinero, aunque son cosas necesarias, como ves.
Por lo que estoy mirando, tus precios se parecen a otros que he visto a lo largo de Monte.
La mayoría tenemos más o menos los mismos precios.
¿Se ponen de acuerdo?
No.
¿Aceptas transferencias?
Sí, por supuesto. Hay un límite, más o menos.
¿Y divisa?
Casi nunca. A veces vienen a pagarme con dólares, pero yo no lo cojo. Le digo que cambien y luego que vengan.

¿Cómo eliges el inventario de productos?
En base a la demanda. Los productos que más salida tengan, esos son los que más compro.
¿Y has vendido artículos que nunca te han pedido? ¿Tienes ese tipo de iniciativa?
Sí. Mira los cables para electricidad. Tienen bastante demanda. El de 10 a 300 pesos el metro (soporta más corriente y tiene menos caída de tensión) y el de 12 a 200 (más delgado y soporta menos corriente).
¿Ya has podido resarcir la inversión?
Todavía estoy por debajo. Poco a poco voy saliendo del bache.
Apenas a unos pasos, un vendedor de aguacates y ciruelas chinas vocea su mercancía. “Son dulces y están riquísimas”, dice de las ciruelas acomodadas en una caja de madera luego de juntar los dedos y llevarlos a la boca. Muy cerca, como surgido de una chistera, un joven hierático, sentado en un banquito de madera con unas grandes gafas de sol, vende silencioso tabacos cuidadosamente torcidos, pero sin anillas, dentro de una caja plástica transparente.

De repente topo con una casa de muebles y objetos antiguos. “No se puede pasar”, advierte Marcial, un empleado que barre la entrada. Me quedo unos segundos olisqueando el aroma de los cedros. Meto las narices. Diviso al inconfundible Fabelo con una de sus ninfas aladas.
¿Y eso es un Fabelo? “Sí, pero es una copia. Si no, no estuviese ahí”, aclara el empleado, usando una elipsis y menos hosco que al principio.
¿Las bombas de Texaco son originales?
Sí.










Sigo de largo. Otro ferretero. Viste de blanco. No quiere fotos personales. Me cuenta que ha convertido su casa de finales del siglo XIX con techo artesonado en una tienda de útiles de ferretería y plomería. También de instrumentos de limpieza. Hay sifas de plástico de todos los diámetros ensartadas en alambres. Una música inesperada —reparto escatológico romántico— irrumpe y desaparece tan pronto su portador, un bicitaxista, se aleja Monte abajo bajo el estribillo de “yonofuielquetepartí, no fui, no fui, e-e-ee”.
¿La comercialización de productos como los que tienes aquí, salen rápido o son lentos?
Responde con las manos, abriéndolas y moviéndolas hacia afuera con parsimonia. Así da a entender que la lentitud gobierna sobre las transacciones.
¿A qué lo atribuyes?
Debe ser a los precios. Como todo ha subido tanto, me imagino. Incluso la construcción, que está por las nubes. Así que mucha gente para lo que está haciendo. Desde que se distorsionó la moneda nacional hace unos años, todo viene subiendo sin parar.
¿Y tú como empresario, obtienes réditos del negocio?
Más o menos.
¿Cuál es la mayor dificultad que tienes que enfrentar como emprendedor?
A la hora de buscar las piezas que no hay. No existe un lugar, un almacén, donde siempre haya de todo. No hay proveedores estables, ni fijos. Eso no existe. Y entonces eso encarece las piezas.
¿Y tienes muchos competidores?
¡Oh, sí. En todas las puertas de Monte!

Móviles en la cadena Pupi
Las modestas tiendas y talleres para móviles son otra de las atracciones más frecuentadas de Monte. A diferencia del resto de las ofertas, los teléfonos celulares son los únicos cuyos precios están expresados en dólares estadounidenses. Por ejemplo, un Samsung modelo Galaxy A17 4 GB de memoria ram y 128 GB de almacenamiento cuesta en la cadena de tiendas Pupi 260 USD.
Paneando geografías cercanas y países con economías que exhiben crecimientos modestos, pero sostenidos —excepto Haití, que al igual que Cuba muestran números rojos— tenemos que en la centroamericana Costa Rica, el modelo de marras se vende por aproximadamente 260-270 USD.
En Panamá, se ofrece desde 199,95 USD en comercios de baja gama, mientras que en la caribeña República Dominicana, el precio oficial de Samsung para el Galaxy A17 LTE 4 GB / 128 GB es de 315,15 USD. En Haití, las referencias disponibles sitúan el modelo en torno a 220 USD.
Aunque el precio en la habanera Monte del mencionado modelo de Samsung está dentro de los estándares regionales, la diferencia radica en las correlaciones entre monedas locales —excepto Panamá que está dolarizado totalmente— cuya depreciación frente al billete verde no es tan brutal como en la isla. Según cálculos informales, la pérdida de valor del peso cubano frente al dólar es claramente mucho mayor que la del gourde haitiano.


¿Cómo va el negocio?
“No va bien”, dice lacónico el empleado detrás del mostrador de una de las tres tiendas de la cadena Pupi diseminadas en Monte.
¿A qué atribuye la mala racha?
A que todo se va en comida. También hay mucha importación personal o envíos de familiares desde Miami.

Dos calles y una logística social de contrastes
Nacida en el siglo XIX como una de las dos primeras avenidas de ese tipo que tuvo La Habana en la época colonial, su nombre Calzada de Monte obedeció a que era la salida hacia el campo de la ciudad intramuros.
Rebautizada en 1902 como avenida Máximo Gómez, en honor al Generalísimo, recorre un importante eje urbano capitalino. Su trazado se inicia en las inmediaciones del Parque de la Fraternidad, junto al Capitolio Nacional y la calle Egido, en el municipio de La Habana Vieja. Desde allí se extiende hasta la conocida Esquina de Tejas, por unos tres kilómetros, punto donde enlaza con otras arterias principales de la ciudad y da continuidad a la Calzada de Jesús del Monte, denominada actualmente avenida 10 de Octubre.
Durante la República capitalista (1902-1958) Obispo y Monte, eran dos rostros distintos y hasta cierto punto encontrados de una misma vocación comercial habanera.
Extendida desde el Parque Central hacia la Plaza de Armas, Obispo era el escaparate elegante de la ciudad. Por sus estrechas aceras transitaban profesionales, turistas, funcionarios, familias acomodadas y una pequeña burguesía deseosa de seguir las modas llegadas de Nueva York, París o Madrid. Allí prosperaban joyerías, perfumerías, librerías, tiendas de ropa fina, cafés y establecimientos de prestigio vinculados al corazón financiero y administrativo de La Habana. La calle siempre conservó la etiqueta de paseo ritual: tan importante como comprar era dejarse ver entre vitrinas brillantes y sostener conversaciones con abogados recién salidos de sus bufetes, matrimonios que iban de compras como quien asiste a una función y turistas que creían descubrir la isla detrás de un daiquirí o un mojito.
Monte, en cambio, poseía un carácter más popular y febril. Desde sus aceras fluía una multitud formada por obreros, empleados, viajeros del interior, pequeños comerciantes, campesinos de visita o en busca de trabajo en la gran urbe y familias de ingresos modestos que procuraban mercancías accesibles. Era una avenida donde convivían bazares, quincallas, mueblerías, ferreterías, sederías, zapaterías y comercios de tejidos.



A diferencia del refinamiento de Obispo, Monte respiraba el dinamismo de los negocios cotidianos, el regateo, los pregones y el incesante movimiento de compradores que llegaban desde barrios periféricos e incluso desde otras provincias.
A lo largo de las décadas de 1930 y 1940 recalaron españoles, judíos centroeuropeos, sirios, libaneses y algunos refugiados procedentes de la Europa desgarrada por la guerra. Entre los mostradores y las trastiendas podían escucharse acentos que parecían haber llegado en barco junto con las mercancías.
Había comerciantes polacos, sastres judíos, bodegueros gallegos y tenderos cuyos apellidos sonaban estrambóticos y distorsionados en la garganta de los cubanos. Muchos emigrantes encontraron espacio en pequeños talleres, tiendas textiles, casas de ropa confeccionada y negocios familiares que contribuyeron a dotar a la avenida de un marcado carácter cosmopolita.






Si Obispo representaba la vitrina de una Habana que aspiraba a parecerse a las grandes capitales occidentales, Monte encarnaba la energía más diversa y democrática del comercio urbano. Una era la pasarela del consumo distinguido; la otra, el inmenso mercado donde la ciudad popular se abastecía de casi todo.

En Obispo se vendían elegancias y aspiraciones. Plumas estilográficas, perfumes franceses, relojes suizos, sombreros finos, libros encuadernados, sedas y pequeños lujos que prometían una vida mejor o al menos una apariencia mejor de la vida. Monte comerciaba con cosas más inmediatas y mundanas: telas, muebles, zapatos, utensilios domésticos, herramientas, juguetes, ropa confeccionada y toda esa multitud de objetos que sostienen silenciosamente una casa. Si Obispo ofrecía el deseo, Monte despachaba la necesidad; si una vendía el sueño, la otra suministraba los materiales para seguir despierto.
Entre ambas discurría una geografía social de contrastes que reflejaba las diferencias de clase de la Cuba republicana, pero también la extraordinaria vitalidad mercantil de una ciudad que llegó a figurar entre los principales centros comerciales del Caribe. Esas diferencias aún se proyectan en el presente de crisis.

Final de viaje: Jesús, la Biblia y un pedazo de pan
“Yo soy cristiano y discípulo de Dios”, exclama el parqueador de un derruido galpón a cielo abierto a los pies de Monte y Belascoaín abierto las 24 horas, de acuerdo con una pancarta chapucera a la entrada.
Con una biografía pletórica en transgresiones de la ley según sus palabras, este hombre de unos 50 años busca redimirse de sus pecados mediante la fe. “Quiero alcanzar la perfección de los apóstoles”, declara pretensioso, mientras mastica rebanadas de pan que logra separar con sus manos fuertes, capaces de una cuidada caligrafía a la hora de escribir el nombre y el ID de cada cliente.
“Sé que en el mundo que vivimos eso es un poco difícil, pero bueno…”, matiza y dice citar a Pablo, uno de los apóstoles, cuando proclama: “Gozados en la esperanza, ustedes los sufridos en la tribulación, no odien a su enemigo, más bien bendigan a quien los persigue. Bendecid y de no maldecid, ámense y soportaos los unos a los otros”.

El parqueador parece haber hecho una síntesis de varios versículos bíblicos, principalmente de Romanos 12, escrita por San Pablo y basada en las enseñanzas de Jesucristo.
Hace más de cinco años que lee la Biblia y en los ratos de ocio en el parqueo repasa los 66 libros de la versión protestante. Se convirtió en cristiano por la iglesia evangélica pentecostal Asamblea de Dios hace un año, cuando fue bautizado.
“He visto la mano de Dios sobre mí y eso me ha cambiado la vida”, afirma, casi íntimo, bajando el tono de voz. Mucha gente que lo conoce no le concede crédito a esa epifanía y suelen descalificarlo “diciéndome que soy un delincuente que se ampara en la religión”.
¿Y cuál es el mayor pecado que hay en Cuba?
“La envidia”, dice sin morderse la lengua. Entretanto, termina de comerse el mendrugo de pan y cobra 300 pesos por una hora y minutos de parqueo de una bicimoto china.













