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Cien años de la Academia Cubana de la Lengua: “Nadie puede hablar el cubano mejor que nosotros”

El ensayista y director de la institución, Jorge Fornet, reflexiona sobre los cambios del habla cubana, los nuevos cubanismos, los retos de la lengua en tiempos de crisis y el papel de las academias hoy.

por
  • Sergio Murguía
mayo 19, 2026
en Cultura
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Jorge Fornet durante un homenaje a Miguel de Cervantes en el Centro Histórico de La Habana. Foto: Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana/Facebook.

Jorge Fornet durante un homenaje a Miguel de Cervantes en el Centro Histórico de La Habana. Foto: Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana/Facebook.

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La Academia Cubana de la Lengua cumplirá 100 años el próximo 19 de mayo. Durante un siglo, la institución ha reunido a buena parte de los principales escritores, críticos y lingüistas cubanos alrededor del estudio y defensa del español de Cuba.

Desde Enrique José Varona —primer director electo de la Academia en 1926— hasta figuras como Fernando Ortiz, Dulce María Loynaz, Roberto Fernández Retamar o académicos actuales como Nancy Morejón, Miguel Barnet y Leonardo Padura, sus miembros han acompañado la evolución del habla cubana y aportado cubanismos al Diccionario de la Lengua Española.

La labor de la Academia cobra especial relevancia en un momento de expansión del español, hablado hoy por más de 630 millones de personas en el mundo, según el Instituto Cervantes. En medio de esa vasta comunidad lingüística, la variante cubana continúa transformándose al ritmo de los cambios sociales, las migraciones, la tecnología y la vida cotidiana de la isla.

“La lengua es un organismo vivo hecho por la gente”, dice a OnCuba el ensayista e investigador Jorge Fornet Gil (Bayamo, 1963), director de la Academia desde 2022. En la víspera del Día del Idioma y en plena celebración por el centenario, Fornet reflexiona sobre los retos de la institución, los nuevos cubanismos, el habla popular y el futuro del español en Cuba.

La voluntad de hacer de la Academia y el comienzo de un nuevo siglo

“No somos unos viejitos que nos dedicamos a ver qué palabras podemos poner en los diccionarios. Nos dedicamos a otras cosas y tratamos de tener una función social”. Con esas palabras cerró Leonardo Padura su conferencia Cómo escribir una novela, impartida el pasado 17 de abril en Cairostudio, una de las actividades centrales con las que la Academia Cubana de la Lengua celebra este 2026 su centenario.

Las celebraciones comenzaron en febrero con la publicación del volumen Discursos de ingreso a la Academia Cubana de la Lengua (1989-2024), editado por la Biblioteca Nacional. A partir de mayo se desarrollará además un programa de conferencias, lecturas y actividades públicas relacionadas con el aniversario.

“Reconozco que hubo cierta malicia al programar esa conferencia de Padura, porque él tiene el gancho para atraer público”, admite entre risas Jorge Fornet, director de la Academia.

La charla reunió a más de un centenar de personas en La Habana, muchas tomando notas sobre el oficio de escribir novelas. “Me sorprendió que en un momento tan difícil para moverse por la ciudad se movilizara tanto público para escuchar hablar de literatura”, comenta Fornet. “No es que alguien aprenda a escribir una novela en una conferencia, pero sí sirve como estímulo para pensar la literatura y sus potencialidades”.

Padura aprovechó además el encuentro para anunciar un futuro libro de ensayos sobre el género novela, noticia celebrada por el auditorio, entre quienes se encontraban varios académicos.

“Que la gente se movilice por esa razón me parece una magnífica noticia”, reflexiona Fornet. “La literatura moviliza el pensamiento y no hay que ser escritor para disfrutarla”.

En Cairostudio, durante la conferencia “Cómo se escribe una novela”, ofrecida por Leonardo Padura y organizada por Aurelia Ediciones. Foto: Aurelia Ediciones/Facebook.

La conversación con OnCuba ocurre días después, en la oficina de Fornet en Casa de las Américas, donde también dirige su revista. Allí trabaja simultáneamente en las deliberaciones online del Premio Casa 2026, marcadas por la crisis de combustible que atraviesa el país.

“Es triste ver que el Premio no puede ser lo que fue, pero antes que renunciar a su existencia, optamos por el mal menor”, comenta el ensayista, convencido de que “la gente no renuncia a escribir, ni en Cuba ni en ninguna parte”.

Director de la Academia desde 2022 y miembro “de número” desde 2014, Fornet dejará el cargo este año, cuando la institución celebre elecciones para renovar su directiva. Sobre el centenario, los retos actuales y el futuro de la institución, conversa en esta entrevista. 

Jorge Fornet durante un homenaje a Miguel de Cervantes en el Centro Histórico de La Habana. Foto: Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana/Facebook.

El lema de la academia es “Letra y espíritu”. ¿Cómo está el espíritu de los académicos y de la Academia Cubana de la Lengua a la altura de su centenario?

Vivimos un momento tan complicado, que el espíritu, naturalmente, se siente un poco zarandeado. Sin embargo, nos ayuda el hecho de que sea precisamente el centenario un momento para renovar los ánimos, para reemprender el viaje.

Estas efemérides son siempre excelentes pretextos para evaluar qué se ha hecho y qué se puede hacer. Cuando lees la historia de la Academia te das cuenta de que nunca ha sido sencilla, ni siquiera en sus mejores momentos. En estos, nuestros deseos de hacer entran en confrontación con las dificultades para llevarlos a cabo. Sin embargo, no nos vamos a detener por eso.

Nuestra academia tiene una particularidad: ha sabido funcionar en las situaciones más inverosímiles. Durante años, de hecho, “vivió” en casa de Dulce María Loynaz; antes, en casa de otros directores. O sea, podemos sesionar en la sala de una residencia, porque para existir se necesita sobre todo la voluntad y el deseo de hacer de sus miembros. Pero, claro, nadie quiere ver la academia reducida a eso. Esta debe tener también una función social, a lo que se suma el hecho de que nuestra entidad forma parte de proyectos panhispánicos.

En todos los diccionarios realizados por la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) está el trabajo de la Academia Cubana de la Lengua, sobre todo, de nuestras lexicógrafas. Para hacer todo eso se necesitan tiempo, recursos y voluntad. Por otra parte, la Academia siempre aspira a acercarse a la gente, sea a través de ciclos de conferencias, talleres, cursos, publicaciones. Se busca tener una presencia social más abarcadora porque el sentido de las Academias no se limita a trabajar en función de los diccionarios, por importantes que estos sean.

A mediados de 2025 anunciaron la futura inclusión de 100 cubanismos en la nueva edición del Diccionario de la Lengua Española. ¿Cuál es la metodología que emplea la comisión para determinar qué palabras pueden ser tomadas en cuenta para este propósito?

Hay en nuestra Academia un grupo de lexicógrafas que se encargan de estudiar esas palabras, decidir si cumplen los requisitos necesarios para ser reconocidas formalmente como cubanismos e ingresar en diccionarios panhispánicos. Una vez realizado ese trabajo, una comisión tutelada por la ASALE se encarga de evaluarlo y aceptar o no las propuestas. Tienen que cumplir con una serie de requisitos rigurosos, porque no es suficiente, por ejemplo, que una palabra circule ampliamente, también debe estar documentada en repertorios, en ciertos corpus reconocidos, lo cual le sirve de aval.

O sea, la palabra puede existir en el habla de los cubanos y usarse con frecuencia y, sin embargo, no haber pasado a la lengua escrita o no encontrarse en uno de esos repertorios. Entonces se produce la aparente contradicción que plantea que, si no pasa por la escritura, la oralidad no está validada para escalar de categoría, por decirlo así. Recuerdo palabras como churrupiero, concientón, guasasera o remangalatuerca (que cualquier cubano conoce), y que no pasaron la prueba. Sí la pasaron, y son reconocidas oficialmente como cubanismos, términos como defectar, matraquilla, ponina, seguroso, terepe y yuma, por citar algunas.

¿Ingresan cubanismos con relativa frecuencia?

Me estás obligando a meterme en terrenos que no domino. Son lexicógrafos altamente especializados quienes se ocupan de estos temas. Pero no puedo evitar arriesgar algunas respuestas.

No hay plazos fijos en el ingreso de los “ismos”, y selecciones como esas son procesos largos y engorrosos. Ningún diccionario puede —ni tiene por qué— marchar a la velocidad de los hablantes. Además, cuando utilizamos el término “panhispánico”, estamos haciendo énfasis en el hecho obvio de que la lengua española rebasa con mucho a España; es la lengua de más de 600 millones de hispanohablantes, de los que solo el 9 % son españoles.

Sería absurdo pensar la lengua y sus diccionarios como fruto de los aportes de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), a los que los demás nos limitaríamos a sumar palabras y conceptos. En un diccionario panhispánico, todos los hablantes vamos aportando en igualdad de condiciones, pese a las inevitables asimetrías entre los países.

¿Hay algo en particular que distinga esos cubanismos y la forma en la que hablamos y escribimos la variante cubana de la lengua española?

Creo que no hay nada particular, salvo el hecho de que lo hacen los cubanos. Cada país tiene especificidades y no creo que haya una especie de metodología que permita establecer las de cada variante. A veces la gente piensa que la academia es la policía de la lengua, un ente que determina cómo hay que hablar y cómo no.

No es así. Las academias tienen claridad en que la lengua es un organismo vivo hecho por la gente. Y no pueden evitar cierta ambigüedad: por una parte, se tiende a fijar la norma y establecer qué es correcto y qué no, sabiendo que esa lengua está modificándose permanentemente y que hay que estar con el oído pegado a la tierra.

La lengua de hoy no es la misma que la de hace diez años, ni será la misma dentro de otros diez. Existen, de hecho, palabras que entran a ella con ímpetu y que, pasados algunos años, caen en el olvido.

¿Puede ocurrir que una palabra en desuso desaparezca del diccionario?

Sí, muchísimas palabras desaparecen del diccionario. Con frecuencia se le agrega a la definición la etiqueta “desuso”, pero llegado un punto, ni siquiera eso tiene sentido. Si no se registra el uso de la palabra bajo ciertas condiciones, tiene méritos para pasar a un diccionario “pasivo”, pero no tiene por qué permanecer para siempre en el que tenemos a la mano.

Si las academias no son “la policía de la lengua”, algo que está fijado en cierta conciencia popular y, a veces, ha recibido el recelo de algunos intelectuales, ¿cuál es la importancia de este tipo de instituciones para la preservación del idioma?

Me has hecho acordarme de un discurso de Roberto Fernández Retamar, pronunciado en ocasión de los 85 años de la Academia Cubana de la Lengua, en el que hablaba del rechazo de muchos grandes escritores en ingresar a la institución. Contaba que la última vez que Rafael Alberti estuvo en Cuba, recordó que nunca había querido entrar a la Real Academia Española y que su amigo Dámaso Alonso, hombre atildado y en gran medida distante de la irreverencia de Alberti, le preguntó por qué, a lo que este respondió: “Recuerda que cuando tú y yo éramos jóvenes, usábamos el muro de la academia para orinar en él. No he cambiado desde entonces”.

Muchas personas rechazan la Academia porque la entienden como defensora de la ortodoxia en materia linguistica. Por eso en su discurso de ingreso en 1972, Enrique Labrador Ruiz se sintió obligado a dar explicaciones sobre por qué estaba entrando a un sitio como aquel, él, que practicaba una literatura de vanguardia. Así que dijo algo como esto: las academias solo anquilosan a los anquilosados.

La academia tiene la función de estudiar las variantes de la lengua y debería funcionar como organismo consultivo. Tienen el deber, asimismo, de fomentar en los hablantes el orgullo y el respeto hacia su forma de expresarse, parte esencial de su patrimonio cultural.

Hay quien dice que los cubanos hablamos mal. Los cubanos no hablamos ni mejor ni peor: hablamos nuestra lengua. Nadie puede hablar el cubano mejor que nosotros. Hay cubanos que hablan pésimamente —eso es otra historia— pero no por ser cubanos, sino por cuestiones relacionadas con el nivel educativo o el irrespeto hacia normas mínimas de comunicación.

Cuba vive un momento marcado por la crisis económica aguda que ha derivado en crisis social. A su vez, la vida en la calle se mueve a un ritmo vertiginoso, con el género del reparto como banda sonora. En su opinión, ¿hasta qué punto los cambios en el habla están siendo más rápidos que hace, por ejemplo, cinco años?

Lo percibimos. Hay experiencias que son alarmantes y no necesariamente tienen que ver con estos géneros musicales que, efectivamente, sorprenden y van violentando un poco la manera habitual de decir. La academia lo ha hecho notar en varias de sus declaraciones, en las que advierte sobre el irrespeto a la lengua y el uso indiscriminado de lenguas extranjeras, fundamentalmente el inglés, por ejemplo. 

Uno de nuestros académicos se tomó el trabajo de pasear por la calle G y ver la cantidad de carteles públicos con faltas de ortografía. A la academia eso le preocupa, pero tiene muy poco poder para transformar la realidad. Hay algo que se llama “política lingüística”, que es un tema pendiente en nuestro país. Una política lingüística precisa de voluntad de gobierno, voluntad legislativa. Y, por supuesto, la implicación de los medios de comunicación, el Ministerio de Educación (con el cual tuvimos una notable relación, que hoy se extraña). Una academia es una entidad de menguados recursos y capacidad de influencia en la sociedad.

Hay situaciones que no competen solo a Cuba, como lo que sucede con los mensajes de texto [digitales]: están creando otro lenguaje, otro vocabulario que, de alguna manera, escapa a lo que habíamos entendido hasta ahora. Tendremos que entenderlo y asumirlo, porque si ocurre y se asienta, no podemos hacer como que no existe. Intentamos defender ciertas normas, pero la realidad es más fuerte que cualquier decisión o voluntad.

Estamos involucrados en varios proyectos panhispánicos, más allá de los diccionarios. Ahora mismo se está fomentando una Red panhispánica de lenguaje claro y accesible, que es también una manera de democratizar, desde la lengua, el acceso de las personas al conocimiento.

A veces las instituciones estatales y privadas de muchos países hablan una jerga que el ciudadano no entiende. Los servicios que brinda la sociedad tienen que ser muy claros para el ciudadano medio, y eso es lo que intenta fomentar esa Red.

Mientras tanto, la Academia acoge a nuevos miembros (hasta un máximo de 27, correspondiente cada uno a una letra mayúscula del abecedario), porque en esa renovación radica la garantía de su salud y sobrevivencia. Este mismo año, por ejemplo, han ingresado tres nuevos académicos. Los puestos son vitalicios a menos que alguien sea exaltado a la condición de honorario o cometa una fechoría demasiado grande.

¿Y qué podría ser constitutivo de expulsión?

Hasta ahora nunca nos hemos visto en esa disyuntiva.

Y en las reuniones, ¿cómo se produce el intercambio de las ideas, las propuestas de palabras a tener en cuenta?

Las reuniones desbordan ese tema. Entiendo que la elección de los 100 cubanismos —que en verdad siguieron un largo trayecto hasta regresar a nosotros para ser tenidos en cuenta— seducen al público pero son solo una parte mínima de nuestro quehacer. De todos modos puedo decirte que es normal que los miembros comenten sobre palabras que están escuchando.

Pasa mucho con los profesores, por su cercanía a estudiantes jóvenes, quienes son una buena fuente para estar al tanto de lo que está hablando la calle. O lo que no. Muchas veces, en dependencia de la palabra que use, puede intuirse en qué época ha nacido el hablante. La lengua te va dando ese tipo de datos. Cuentan que a José Antonio Portuondo le encantaba la palabra “envolvencia”, un neologismo muy popular en la Cuba de los sesenta y setenta, y hoy casi olvidada.

Un cubanismo ya clásico, por supuesto, es “asere”. Y como esta palabra viene de la oralidad, muchas veces hay dudas sobre su ortografía, puesto que se encuentra documentada con S y con C, aunque la primera es dominante.

Uno de los cubanismos más sorprendentes, para mí, es “bajichupa”. También está documentada y entró en la selecta lista de las 100.

¿Dónde encontraron escrita la palabra “bajichupa”?

Tendría que preguntarles a las expertas. Las academias usan grandes corpus bibliográficos, donde hay libros de todo tipo, narrativa, ensayo, poesía. “Bajichupa” me parece una palabra de novela o cuento, más que de ensayo o poesía. El lenguaje ensayístico también usa neologismos, pero me parece que “bajichupa” no es uno de ellos.

Decía el escritor mexicano Gonzalo Celorio, hace unos días, la víspera del recibimiento del premio Cervantes, que “la lengua española no fue la lengua de la conquista, sino la de la independencia”.

Con el idioma pasa, de alguna manera, lo que pasó con la bandera de Narciso López, que comenzó siendo una bandera anexionista y terminó siendo el estandarte nacional; lavada con sangre, como decía Martí.

La lengua comenzó siendo el idioma de los conquistadores y terminamos apropiándonos de ella. No es de nadie en particular, sino de todos. Cuando ocurrieron las independencias hispanoamericanas del siglo XIX, mucha gente pensó que el español hispanoamericano se desgajaría, como pasó con el latín, y que terminaríamos hablando al menos una lengua diferente de la de España. No ocurrió así, afortunadamente. Hubiera sido absurdo renunciar a ese patrimonio.

Puede haber mil discusiones sobre cómo fue la conquista, y me parece que tienen sentido. No creo que sea asunto del pasado —hablar de eso es hablar del presente—, pero la lengua no está en discusión; esa nos pertenece a todos, es la lengua de Cervantes, de Sor Juana Inés, de Martí y de nosotros.

Al fondo, durante un homenaje a Miguel de Cervantes en el Centro Histórico de La Habana. Foto: Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana/Facebook.

¿Cuáles son los retos de la Academia de cara al futuro?

Las academias son, en parte, reflejo del país y su sociedad. Nuestros académicos viven muy cerca de lo que vive cualquier otro ciudadano; escuchamos lo que entra por las ventanas de nuestras casas, como cualquier vecino. Tenemos la desventaja de trabajar en condiciones un poco más difíciles que otras academias de nuestro hemisferio y hay compañeros, por ejemplo, que necesitan una buena conectividad, necesitan estar conectados a grandes corpus, grandes procesadores de texto, algo que desde acá se hace muy difícil.

Tenemos los retos propios de cualquier Academia, aspiraciones y deseos realistas y otros irrealizables, y además los de nuestra especificidad.

Por supuesto que todos quisiéramos más comodidades para trabajar y vivir, pero al mismo tiempo tenemos  la ventaja de andar con los pies bien puestos sobre la tierra. La realidad nos entra por todas partes, se expresa en la lengua, y de esas experiencias tenemos que aprovechar el costado bueno.

¿Qué sigue para la Academia después de estas celebraciones por su centenario?

Responder qué le pasará a la Academia cubana, como al país, excede mis posibilidades. Lo que nos espera no sabemos exactamente cómo será, pero no faltan los deseos de hacer cosas. Es una tarea que le corresponderá fundamentalmente a la nueva junta directiva, porque próximamente tocan elecciones de las que saldrá un nuevo equipo al frente de la corporación. Es el momento de pasar la responsabilidad a otras manos, según el saludable consenso de renovarnos cada cuatro años. 

Entonces, 2026 es año de elecciones para la Academia Cubana de la Lengua.

Exacto. A fin de cuentas, el director no es si no, y de manera provisional, el “primus inter pares”, a quien corresponde su función por un tiempo determinado. Y cada uno le imprime sus características, como no puede ser de otro modo, pero la Academia está lo suficientemente establecida para mantener una ruta, sea quien fuere el nuevo director, o directora, porque hay una fuerte presencia femenina en nuestra Academia y hemos tenido ilustres directoras como Dulce María Loynaz y Nancy Morejón.

Tenemos muchas cosas pendientes que hoy mismo sabemos que debemos hacer y no hemos podido, desde la actualización del sitio web oficial, hasta la recuperación del Boletín, por poner dos ejemplos públicos y obvios. Sin olvidar que la Academia no puede prescindir de tomar parte de la vida social y cultural cubana.

¿Hay representación de todas las provincias cubanas en la Academia?

Para ser “miembro de número” —y eso aparece en los estatutos de casi todas las academias— hay que vivir en el sitio donde está establecida la sede y asistir frecuentemente a sus actos y reuniones. En nuestro caso es La Habana. 

Existe otra denominación, la de “académico correspondiente”, para nacionales de otras ciudades o para extranjeros. Por ejemplo, Gonzalo Celorio, a quien mencionaste, es miembro correspondiente de nuestra Academia. Hay pocos académicos correspondientes cubanos, y están concentrados en el centro del país. Debo reconocer que son pocos y, peor aún, que no existe con ellos el intercambio estable y productivo que debería haber. Es otra tarea pendiente enriquecer esa nómina y lograr que la presencia de ellos sea más orgánica y fructífera.

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Sergio Murguía

Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana.

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