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Museo de las Parrandas: memoria de una fiesta viva

El Museo de las Parrandas, primero de arte popular en Cuba, preserva desde Remedios, Villa Clara, la memoria de una tradición con más de dos siglos de historia y acompaña a las comunidades que mantienen viva esta expresión cultural.

por
  • Félix A. Correa Álvarez
octubre 13, 2026
en Cultura
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Fachada. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.

Fachada. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.

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En Remedios, cuna de las Parrandas, la historia de esta tradición no solo permanece en las calles cada diciembre, cuando los barrios El Carmen y San Salvador se enfrentan en una singular celebración de música, luces, carrozas, trabajos de plaza y fuegos artificiales. También se conserva, estudia y reinterpreta en el Museo de las Parrandas, institución que tiene entre sus principales particularidades haber sido el primer museo de arte popular de Cuba.

Pero hablar de este museo es hablar de mucho más que de una colección de objetos relacionados con una fiesta. Es acercarse a una institución que nació estrechamente vinculada con los propios portadores de la tradición y que, durante más de cuatro décadas, ha asumido la responsabilidad de documentar, investigar, conservar y contribuir a la salvaguardia de una expresión cultural transmitida de generación en generación.

Para Erick González Bello, director del Museo de las Parrandas, una de las claves para comprender la naturaleza de la institución se encuentra precisamente en su origen. “El precepto inicial de crear un museo por los propios portadores de la tradición, justamente para preservar la esencia de la fiesta, favoreció la musealización de un patrimonio cultural inmaterial del que poco se hablaba en Cuba”, explica.

Antes de ese proceso, las referencias sobre las parrandas podían encontrarse, fundamentalmente, en los trabajos de algunos folcloristas, entre ellos Pedro Capdevila y Samuel Feijóo, así como en documentales clásicos del cine cubano dirigidos por los realizadores Semobio Faget, Constante Diego y Héctor Veitía.

La creación de una institución dedicada específicamente a esta manifestación significó, por tanto, otorgarle un espacio permanente dentro de la investigación y la preservación del patrimonio. Sin embargo, para González Bello, el desafío ha estado en hacerlo sin despojar a la tradición de su condición esencial: ser una expresión viva.

“Musealizar una tradición es perpetuar la obra y la vida de cientos de generaciones que hoy continúan con un legado cultural intergeneracional”, sostiene. Las parrandas permanecen como una manifestación viva, en constante transformación, y los objetos conservados por el museo constituyen testimonios materiales de ese proceso y de los saberes que se han transmitido a través de generaciones.

La sala de carroza. Bouquet confeccionado por el vestuarista remediano Juan Carlos Morales. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.

La relación entre esos testimonios y la propia experiencia de la fiesta también determina la manera en que el museo construye su discurso expositivo. “Es, en resumen, la construcción con sentido sociocultural de la interacción de esos objetos, imágenes, sonidos y símbolos, que permiten la interpretación patrimonial —significado/significante— de esta expresión de la cultura popular”, añade el director.

Esa condición de patrimonio vivo explica también la estrecha relación que el museo ha establecido con las comunidades. Juan Carlos Hernández Rodríguez, subdirector de la institución, destaca que fue precisamente el Museo de las Parrandas el que trabajó de manera conjunta con las comunidades portadoras para realizar el inventario de técnicas y saberes que permitió avanzar posteriormente en el proceso de reconocimiento patrimonial. “Ese trabajo permitió la elaboración de los cuestionarios enviados al Consejo Nacional de Patrimonio Cultural”, explica.

Para esta tarea también fue necesario contar con el apoyo de instituciones y organizaciones que colaboraron en la realización de talleres de sensibilización. Esa experiencia incorporó, además, herramientas conceptuales para abordar la protección de la manifestación desde una perspectiva más amplia.

“Sin dudas, el trabajo se enriqueció con la concientización de los preceptos de la Unesco para la salvaguardia de una expresión patrimonial como las Parrandas”, señala Hernández Rodríguez. A partir de esa experiencia, la proyección de estrategia comenzó a desarrollarse teniendo en cuenta el reconocimiento nacional e internacional que merecía la manifestación y se empezó a trabajar en la actualización de códigos con una perspectiva holística del fenómeno.

Sala de historia y extensión de la fiesta. Al centro, maqueta del escenario festivo. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.

El alcance de ese trabajo ha trascendido las fronteras de la región central de Cuba. “Todo ello ha permitido que el museo haya representado a nuestro país en eventos internacionales convocados por organizaciones como Ibermuseos o el Programa Transcultura de la Unesco”, explica el subdirector.

Desde 2013, el Museo asumió una responsabilidad que amplió considerablemente su radio de acción al convertirse en gestor de la preservación de la memoria de las Parrandas de la región central de Cuba, “este sensible patrimonio que tipifica a toda una región cubana”, precisa Hernández Rodríguez. En esa condición, estableció una relación colaborativa con los barrios parranderos de los 18 pueblos incluidos en las declaratorias, así como con aquellos que han comenzado a revitalizarse después de esa fecha.

Las parrandas, como expresión colectiva, tienen una particular estructura: ciudades y pueblos quedan tradicionalmente demarcados en dos barrios que protagonizan la celebración. Esa división territorial constituye, además, uno de los rasgos que definen la dinámica comunitaria de la fiesta.

“Las comunidades participan activamente en la construcción de la memoria histórica resguardada en la institución, con particular énfasis en las donaciones de objetos, documentos, herramientas, obras de arte…”, apunta Hernández Rodríguez.

El vínculo se extiende a numerosos espacios. El Museo participa en los talleres y balances parranderos, ofrece asesorías a los gobiernos de la región para recabar apoyo y conocimiento sobre la expresión y desarrolla talleres de creación destinados a favorecer la transmisión generacional de los saberes populares tradicionales.

De esa manera, las piezas que llegan a las colecciones no son simples objetos relacionados con una celebración. Cada una puede contener una parte de la historia de la comunidad y de los conocimientos que hicieron posible su existencia.

“Toda pieza posee su propia historia”, afirma Erick González Bello. Pero esa dimensión testimonial no basta, por sí sola, para determinar su incorporación al patrimonio museal. “Para su entrada a la colección, se someten a un riguroso análisis en el Comité de Selección, Aceptación e Ingreso, en el que los museólogos especialistas y conservadores evalúan, fundamentalmente, el modo en que los saberes populares quedan tangibilizados en diferentes formatos y soportes, dando testimonio del momento histórico-social en que fueron creadas”.

Así, una herramienta, un documento, una obra de arte o cualquier otro elemento vinculado con las parrandas puede convertirse en testimonio de una época, de una técnica, de una forma de creación o de una determinada manera de comprender y vivir la fiesta.

Pero conservar una tradición viva también significa reconocer que esta cambia. Las parrandas han demostrado durante siglos una notable capacidad para reajustar sus códigos expresivos de acuerdo con los diferentes momentos históricos. Para González Bello, esa transformación forma parte de su propia vitalidad, aunque en los últimos años se han producido modificaciones que merecen una mirada crítica desde la perspectiva de la salvaguarda.

Inauguración de la muestra del mes con niños y niñas de la enseñanza primaria. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.

“Aunque las Parrandas —en un maravilloso alarde de dialéctica cultural— han reajustado sus códigos expresivos a los diferentes tiempos, desde hace varios años han comenzado a reflejar desajustes —ya no digo reajustes— que han desbalanceado la interacción de sus elementos compositivos”, advierte.

Uno de los ejemplos que señala es el papel adquirido por el fuego artificial. “Se ha sobredimensionado en relación con otros como carrozas, trabajos de plaza, faroles, música”, explica.

A ello se suma otro desafío: mantener el equilibrio entre la tradición cultural y el espacio físico que sirve de escenario a la celebración. La incorporación de nuevas tecnologías tampoco es ajena a la historia de las parrandas. La combinación de saberes populares y elementos tecnológicos ha permitido explorar diferentes caminos estéticos, algunos de ellos, reconoce González Bello, “muchas veces loables”. El problema aparece cuando otros intereses comienzan a condicionar el desarrollo de la expresión.

“Actualmente es preocupante que los intereses económicos resientan la riqueza de un arte popular genuino”, advierte.

Frente a esos desafíos, la educación y la transmisión generacional adquieren un papel fundamental. El museo desarrolla desde hace varios años un sistema de talleres con los diferentes niveles de enseñanza, encaminado fundamentalmente a fortalecer la memoria histórica de las comunidades.

Hernández Rodríguez explica que en esos espacios se propicia, además, el contacto directo entre las nuevas generaciones y los portadores de la tradición. “En ellos también se favorece el encuentro con parranderos, extraordinarios cultores de las técnicas de la fiesta, con los cuales las niñas, niños y adolescentes intercambian y reciben en voz propia la riqueza cultural aprehendida a través de los siglos”.

A esta estrategia se suma la visita de adolescentes y jóvenes a las naves parranderas, realizada. La interacción con esos espacios de creación permite acercarlos a los conocimientos y técnicas que no siempre pueden ser comprendidos a través de una vitrina o un documento.

Taller “Los tesoros del saber”. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.

La investigación constituye otro de los pilares fundamentales del trabajo institucional. Para González Bello, esta comienza desde el momento mismo en que las piezas entran a la institución”.

Sus resultados contribuyen al trabajo etnográfico, a las estrategias de salvaguardia y al reconocimiento de la expresión cultural. También favorecen la interpretación etnológica necesaria para conservar “las esencias y los valores identitario-culturales de las parrandas”.

Los resultados de esas investigaciones han sido socializados en artículos publicados en revistas de alto impacto y en libros, con el propósito de crear una base documental que permita a las nuevas generaciones contar con un basamento científico-patrimonial sobre esta tradición.

El trabajo investigativo desarrollado por los especialistas de la institución ha recibido, además, importantes reconocimientos: el Premio Anual de Investigación Cultural en 2003 y 2018; el Premio Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba en 2019; el Premio Anual Provincial del Citma en 2025 y el Premio Nacional de Patrimonio Cultural Inmaterial 2025, en su primera edición, entre muchos otros.

Sin embargo, la propia investigación ha puesto sobre la mesa nuevos problemas. González Bello considera necesario profundizar en la manera en que la globalización ha incidido en el modo en que actualmente la fiesta es interpretada y asumida por algunos sectores. A ello se suma la preocupación por la pérdida de identidad que, a su juicio, afecta a buena parte de estas celebraciones.

“Las Parrandas muchas veces parecen clonadas de un pueblo a otro, en detrimento de sus propios elementos comunitarios”, señala.

La preocupación vuelve a colocar en el centro una pregunta esencial para cualquier proceso de salvaguardia: ¿cómo permitir que una tradición se transforme sin perder aquello que la hace reconocible y propia de una comunidad?

En ese camino, el Museo de las Parrandas ha desempeñado un papel fundamental en el reconocimiento internacional de esta manifestación. Para Juan Carlos Hernández Rodríguez, “el principal aporte del Museo de las Parrandas, a sus más de 46 años de fundado, es haber recogido toda la documentación y elaborado el cuestionario que el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural presentó a la Unesco para que las Parrandas del centro de Cuba fueran inscritas en la lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en el 2018”.

Taller vocacional “Luces de mi ciudad”, con estudiantes de enseñanza media. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.

La inscripción en esa lista representó un reconocimiento internacional a una expresión cultural que durante generaciones ha sido sostenida por las propias comunidades. Pero también incrementó las responsabilidades relacionadas con su preservación y sostenibilidad.

Por eso, cuando se pregunta por el principal desafío actual, Hernández Rodríguez no duda en señalar la necesidad de conseguir respaldo para llevar adelante la “ruta hacia la sostenibilidad de las Parrandas”, trabajo reconocido con el Premio Nacional de Patrimonio Inmaterial en 2025.

Y añade otra condición que considera indispensable: “que los gobiernos locales —también los portadores— comprendan y ejecuten el corpus teórico recogido en la Ley 155 de Protección del Patrimonio Cultural y Natural”.

Más de 46 años después de su fundación, el Museo de las Parrandas continúa enfrentando una tarea que difícilmente puede considerarse concluida. Su labor abarca la conservación del legado recibido de las generaciones anteriores y, al mismo tiempo, el acompañamiento a las comunidades que mantienen viva la tradición, transmiten sus saberes y participan en su constante transformación.

Taller de creación infantil “Por los caminos del güije”. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.

En sus colecciones permanecen objetos que hablan de quienes los hicieron y utilizaron; en sus documentos se reconstruyen fragmentos de una memoria colectiva; en sus investigaciones se intenta comprender el significado de una expresión cultural compleja y cambiante; en sus talleres se busca que niñas, niños, adolescentes y jóvenes conozcan, directamente de sus portadores, los saberes acumulados durante siglos.

El Museo de las Parrandas es, en ese sentido, una institución que trabaja en una frontera peculiar: entre lo material y lo inmaterial, entre la memoria y el presente, entre la conservación y el cambio. Su colección puede ser observada detrás de una vitrina, pero aquello que intenta preservar no cabe completamente dentro de ella.

Porque las Parrandas siguen estando en las manos de quienes construyen, en las voces de quienes cuentan, en los conocimientos que pasan de una generación a otra y en los barrios que cada año vuelven a reconocerse en su propia celebración.

Desde Remedios, cuna de esta tradición con más de dos siglos de historia, el Museo de las Parrandas continúa guardando esa memoria, pero también acompañando su presente y buscando herramientas para que pueda tener futuro. Su mayor desafío es precisamente ese: conservar la esencia de una fiesta que, para seguir siendo patrimonio, necesita permanecer viva.

Conservación de la maqueta del escenario festivo y el centro histórico de la ciudad. Se realiza durante la etapa de conservación general de la institución durante el mes de septiembre. Foto: Cortesía del Museo de las Parrandas.
Etiquetas: ParrandasPortada
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