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Ivette Cepeda se despidió por un tiempo del público cubano. El pasado 3 de octubre la cantante ofreció un concierto con Nave Oficio de Isla con el que dijo un hasta luego antes de emprender su segunda gira de este año en España, y la cual es mucho más ambiciosa que el primer recorrido que tuvo lugar entre marzo y abril y llevó por nombre “Cruzando Puentes”.
“Segundo viaje”, título de este nuevo recorrido, comenzó este 9 de octubre con una presentación en el Teatro “El Magatzem” de Tarragona. Barcelona, Valencia, Alicante, Murcia, Pontevedra, Gijón, Allariz, Ourense, Bilbao, Vigo e Islas Canarias conforman el cronograma de esta gira que se extiende hasta enero.
Además, Ivette tiene especial interés en compartir escena con músicos cubanos radicados en España, con artistas locales, como la cantante gallega Uxia, aprovechar otras oportunidades como cantar junto al cantautor venezolano Ignacio Izcaray, y nos dice que sueña, o cocina, encontrarse con Sabina.

Sin embargo, Ivette confiesa que el motivo para esta gira, que emprende con sus “escasos medios”, es realizar una “ruta del corazón”.
“Reencontrarme con tantos amigos y tantos cubanos que están en estos momentos en España, muy felices de haber encontrado un lugar donde trabajar, un lugar donde estar, pero un lugar donde le faltan sus artistas, sus costumbres, sus familias, entonces mi corazón está comprometido con eso”, asegura la artista.
Pero Ivette tiene un sentir mucho más profundo y que es totalmente consonante con su cantar, ese que siempre tiene cosas que decir para generar sentimientos y reflexiones.
“Muchos de los que están aquí subsisten por el esfuerzo inmenso que hace esa gente que está allí para sustentar la vida de los familiares que tienen aquí. No estoy hablando de un acaudalado, ni estoy hablando de la gente a la que le sobra; sino del que está haciendo con el sudor de su frente lo imposible para que su familia aquí tenga lo esencial, y cada vez es más difícil.
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“Yo sé que las circunstancias políticas y sociales en las cuales nos movemos muchas veces han provocado enemistad entre amigos, entre familias; hay circunstancias bien complejas a las cuales yo no voy a llegar.
“Quiero que podamos ser una sola voz, cantando lo más lindo que se pueda cantar al amor y a este proceso de dolor tan grande que llevamos, a ver si no nos anula y nos hace sacar algo bueno. Queremos un tiempo mejor, tenemos que ser mejores, hay que abandonar un poco al yo, para volver a pensar en el nosotros”.
Del aula al escenario
Ivette Cepeda es hoy una de las voces de canción de autor más populares en Cuba, pero su llegada a la música no fue planificada, ni mucho menos el primero de los caminos profesionales que escogiera.
Fue maestra por 17 años e irónicamente la voz fue una de las razones por las que tuvo que salir del aula, pues la disfonía comenzó a ser un problema esencial para realizar su trabajo, y junto a otros factores decidió dar un giro a su vida.
La cantante que hoy conocemos enfrentó el Período Especial sorteando carencias. Tejer, hacer pizzas, croquetas, pudín y turrón de maní fueron algunos de los modos en que Ivette fue sobreviviendo hasta que un amigo le pidió que lo acompañara a una audición porque sabía que ella cantaba.
¿Cómo fue el camino de convertirte en una cantante profesional?
Yo empecé a trabajar como cantante por primera vez en el año 1993; esencialmente trabajaba para el turismo, en los hoteles, y me seleccionan para un espectáculo en Nassau. Ahí estuve como tres años y me quedé trabajando en espectáculos.
Después era parte de la compañía de espectáculo Habana Mía, de Turarte, y ahí un día sentí que ya tenía 44 años y no podía seguir trabajando como artista de cabaret. Tenía eso a lo que le dicen ‘inquietudes’. Tenía ganas de hacer un disco, de poder escoger mis propias canciones.
Nunca me adapté a trabajar cantando todos los días las mismas canciones, con el mismo vestuario. No hay libertad ninguna, tienes que hacer lo que está pensado y, si hay una libertad, viene de un proceso de interiorización y de búsqueda que te va dando un estilo, pero muchas veces ese estilo está muy limitado también porque es la propuesta, la idea de un director artístico, y de ahí no sales.
Fíjate, es una escuela porque te obliga a sacarle el potencial a la actuación, a perfilar cada instante, la mirada, la mano donde va, el pie hacia dónde camina, pero a mí se me convirtió en un proceso bien complejo, porque yo sentí que no tenía nada más que dar.
En 2008, yo puedo decir que fue el verdadero gran comienzo. Estaba trabajando en el Gato Tuerto y Lester Hamlet me propone por primera vez. En compañía de muchos amigos, se confabularon para convencerme de hacer ese primer concierto que se llamó Estaciones y que se hizo los días 8 y 9 de noviembre en el Teatro del Museo Bellas Artes.
Todo lo demás fue una antesala. Yo te puedo decir que mi verdadero comienzo fue ese concierto donde quizás nadie se podía imaginar que era la primera vez que yo me paraba en un teatro a hacer un concierto.
Eres una artista autodidacta, algo que ya no es lo más común en nuestro país con el impacto de la enseñanza artística. ¿Lamentas de alguna manera no haber tenido esa formación y cómo tú has asumido el crecerte para estar a la altura de tus colegas y de los músicos que trabajan contigo?
Yo jamás en mi vida pensé ser artista, porque tenía terror a los escenarios. Entonces no me preparé, me preparé como público. Me gustaba muchísimo ir a los conciertos de Pedro Luis Ferrer, de Silvio, de Pablo, de Amaury, de Mike Porcel y digamos que mi preparación fue escuchar.
El trabajo continuo con una agrupación es algo muy importante y yo tengo que agradecer toda la vida la mano de William Rivero, que era el bajista de nuestro grupo, y de José Luis Beltrán, que han sido personas que me han calzado enormemente.
Detrás de un cantante hay mucha gente siempre y tengo que agradecer porque, sin estudiar, me siento más fuerte para entender la música. Yo soy una cantante muy apasionada, muy temperamental y que siempre canté muy libre; entonces, a veces me enseñan mucho a dominar ese proceso y hacerlo pactado; eso es muy importante. La música te da mucha disciplina y, aunque tú creas que el cantante hace lo que quiere, no, eso es resultado de una preparación. Se trabaja duro y a mí me gusta eso.
¿Cuánta valentía has necesitado y cuántas barreras mentales has tenido que tumbarte a ti misma para llegar a ser la cantante que eres hoy?
Valentía no he tenido mucha; lo que he tenido es mucho amor. Quizás valentía no tanto porque he temblado en escenarios muchas veces, antes, durante y después; por eso yo tengo que cantar las canciones con las que yo me identifico.
Creo que Dios me ha enfocado en eso, en que sienta que es un momento muy especial, una oportunidad muy especial que yo tengo para ser un instrumento de entregar amor, y a la vez recibo tanto amor y cariño que mis propios dolores, mis propias ausencias y carencias se han visto abrazadas por esa complicidad con el público.

Una vez que he recibido esta oportunidad, yo lo que he sentido es un compromiso muy grande con mi pueblo, con mi fe, de anular los temores, la edad, el desconocimiento, la falta de tantas cosas; lo he anulado. Yo no he tenido en cuenta eso porque he visto que en esa canción hay momentos de luz, hay momentos de amor, hay oportunidades muy grandes de decir algo hermoso.
¿Cómo es el proceso de escoger una canción, apropiarse de ella y entregarla con toda esa emocionalidad?
Para mí, cada canción es un mensaje. Las canciones yo nunca las he medido como medios de ser más popular, porque ese pedigrí de la canción no me interesa.
En estos momentos me cuesta trabajo decir una canción que no tenga que ver conmigo; por ejemplo, hay canciones que tienen un alto grado de sensualidad que yo no las ubico conmigo porque no soy una persona que está buscando un amor. Hay otras canciones de mucha angustia, de mucho dolor, de mucho pesimismo o de echarle al hombre. Esas canciones, como no tengo la vivencia, me cuestan trabajo.
Definitivamente, yo tengo que tener una conexión personal con la canción. No quiero decir que no puedo cantar una canción que le esté pasando a ella o a él, porque también son parte de la realidad. Claro que lo puedo hacer, pero que la canción edifique, construya algo, incluso que pueda ser un envoltorio para olvidar; esas canciones que ayudan a perdonar, a seguir, a mirar hacia atrás pensando que mi camino no está allá atrás, mi camino sigue por allá; me gustan mucho ese tipo de canciones.
Me gustan mucho las canciones de contenido social. Digamos que mi juventud transcurría en un entorno de canción de trovadores y me importa muchísimo la canción de contenido social, que es una canción que no siempre busca provocar, pero sí una canción que me dice que yo vivo ahora, en Cuba, en 2026 y que soy parte de la realidad y que puedo entenderte a ti, que estás dolido, inconforme, desorientado, desanimado.
Esa canción me importa para animarte, para abrazarte, para acompañarte, para decirte que yo también estoy dispuesta a poner un granito más.
Me gustan muchos tipos de canciones, pero ninguna que denigre, ni a un hombre, ni a una mujer, ni a un niño, ni a un anciano, ni a nada; esos tipos de canciones son para otros, para mí no son, no me tocan.
¿Qué sientes cuando ves a alguien en el público llorando con esa canción que elegiste?
La empatía con el corazón de esa persona me deja ver a veces cosas que ni yo misma vi en una canción. Me deja entender la canción mejor. Sin duda alguna, muchas veces he tenido que salir del escenario hasta donde está una persona para cantársela.
Otras veces mi voz cambia, porque ahí sale la amiga, la mamá, la hermana, la maestra, sale el ser humano a apoyar ese corazón. Cuando veo a una persona así, me pongo a ser el hombro y gracias a Dios que ha habido un momento en que me ha dado fortaleza para acompañar a una persona que llora desde el alma. Hay personas que lloran desde el alma porque una canción les subrayó un momento de la vida o les trajo al recuerdo algo muy profundo.
No hay cosa que me haga más daño que un escenario donde el público esté a tres metros de mí. Quizás por el aula, me pasaba también como maestra, que yo no era de estar al lado del escritorio, y te dicen que no debes estar caminando mucho entre los estudiantes para que ellos no pierdan la atención; pero hubo un momento muy crítico cuando yo estaba dando clases que empecé a sentir una difonía constante y entonces yo caminaba entre los estudiantes para no tener que hablar tan alto.
A mí me importa mucho, mirar y sentir a quiénes son los que en realidad les estoy cantando.
¿Ha habido alguna canción que haya sido para ti tan emotiva que hayas decidido no cantarla?
Sí, me ha pasado que el momento, la emoción, la pasión ha sido tan grande que hay canciones que no las puedo cantar. Hay canciones que te hacen sentir un dolor muy hondo. Me ha pasado con “Ojalá”, con “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, con “Te perdono”.
Hay canciones que amo mucho, mucho, mucho, y que detrás de esa canción hay vivencias mías personales tan grandes como “José Jacinto” que yo la voy a cantar y me es imposible no recordar a Marta Valdés cantándola, y hay que hacer un esfuerzo terrible, un esfuerzo gigantesco porque lo más difícil que hay es cantar y llorar.
Es un momento que me registra cada fibra de mi ser. A veces lo logro controlar, quisiera refugiarme en lo musical, a veces lo logro, pero otras veces no, porque yo soy un ser humano, y hay veces que quito la canción, o les digo “ahora no, cuando pasen varias canciones, que no puedo con esa carga”.
¿Alguna vez chocaste con comparaciones, o tú misma te comparaste con otras de las grandes voces de la canción de autor en Cuba? ¿Cómo has lidiado con eso?
Sí, me han comparado muchas veces. Hubo un disco que hicimos en París, en el año 2011, y escogí hacer un homenaje a Bola de Nieve. Hicimos un concierto dedicado a la cancionística, pero claro, todo no iba a ser con Bola de Nieve, yo iba a escoger un momento muy especial, y yo dije, “pero si aquí a Francia hubiera llegado Elena Burke, si hubiera llegado Moraima, si hubiera llegado Omara en aquella época, estoy segura que hubieran entrado en una fascinación”, y me llevé a pasear esos estilos, esos recursos interpretativos de ellas para mostrarlos allí, y entonces yo me divertí desde el punto de vista personal, no tratando de imitar, sino trasladándome en el tiempo.
Ahí sí me compararon, que si él antes, que si él después, que si él no sé qué, palabras que para mí no son más que de alguna manera estímulo y de otra manera alerta porque me pueden estar tentando un poco a seguir por ahí, por ese mismo camino, porque a ellas les fue muy bien, pero yo tengo mi decir, mi tiempo, mis intereses, y yo quiero dejar mi propia marca, sea la que sea, fue la que me tocó a mí.
Hubo momentos en que me dijeron “tú eres Pablo Milanés, mujer”. No, yo soy esa mujer que no tuvo miedo de cantar una canción tan difícil como “Tú eres la música que tengo que cantar”, solo por amor, porque esa canción no muriera. Y Pablo fue tan dulce, fue tan asequible, tan bello conmigo.
Te cuento algo. Él fue a vernos varias veces al Tocororo, y un día me acerqué a Pablo, fue la única vez que me acerqué, y le dije, “ay Pablo, a mí me gustaría hacer un disco con sus canciones”; porque a mí me gustaban muchas canciones que nadie cantaba, canciones de sus inicios, canciones de esas que se quedan dormidas dentro de un disco, y cuando tú ves el disco la escuchas, pero que ya no se hicieron tan populares.
Pablo Milanés, me dijo: “Ivette, yo tengo más de 50 discos, ¿sabes lo que va a pasar con ese disco?, siguen siendo mis canciones, yo te propongo que tú hagas un disco con tus canciones para que digas lo que te tocaba decir a ti, estrena canciones tuyas, y las mías están ahí. Esas canciones me van a identificar a mí, busca canciones que te identifiquen a ti”.
Ese fue el mejor consejo que me dieron en la vida. Yo nunca me preparé para esto, y hasta el momento nadie me había dicho “te doy esta canción”, porque eso lleva un proceso, nunca había cantado una canción de otra persona en estreno, y eso me cambió la perspectiva.
No me han molestado nunca las comparaciones, todo el mundo está lleno de influencias, yo no puedo negar que tengo influencias porque mi vida se ha hecho, como público, y yo quisiera tener todas las influencias del mundo de Elis Regina, de Sonia Silvestre, de Omara, de Moraima, de Elena, de Silvio, de Pablo, de Jorge Drexler, porque es una música buena, y si ahí hay una semillita de ellos, pues le agradezco, pero preferiría poder consolidar un estilo, que cuando alguien lo oiga, diga “ah, esa es Ivette Cepeda”.

¿No te has sentido aún dueña de un estilo propio?
Creo que todavía estoy en un proceso de consolidación. He estado muy sola, he sido la guionista, la directora artística, todo, en cada uno de los conciertos. Entonces yo digo que siempre he estado experimentando, pero en los últimos tiempos voy cerrando cosas.
En el concierto Estaciones eran 24 artistas, 24 músicos, sobre el pequeño escenario de Bellas Artes. Yo tenía que cantar sentada porque no había espacio alguno. No podía cantar abriendo los brazos porque no había espacio. Entonces yo todos los movimientos de las manos tenía que hacerlos de esta forma vertical.
Entonces la gente pensaba que ese era mi estilo de trabajar, mucho con las manos, a tal punto que hasta yo misma me lo empecé a creer, y un día voy a la televisión y una directora o una asesora del estudio me dijo “Ivette, delante de la cámara no puedes trabajar así porque te estás tapando la cara constantemente”.
Después me doy cuenta que con la pasión de las canciones tenía gestos muy fuertes, muy persuasivos, muy de reclamo y al no trabajar con espejuelos desde el escenario y no ver bien, hacía muchos gestos con la cara. Mira cuántas cosas.
No gesticules, baja los brazos, camina despacio, no hagas gestos con la cara, mira de frente, todas esas cosas son parte de un estilo y tratar de que sea la voz la que diga, la que aporte, nunca se acaba.
En los últimos años estoy trabajando mucho en eso, en encontrar a esa Ivette Cepeda que no tiene movimientos ociosos y que puede, a través de la voz, decir lo que hay en mi corazón.
En los últimos años vemos cada vez más en escena la fe. ¿Por qué más necesidad de tener esa religiosidad presente y cómo lo ha recibido el público?
Al igual que muchas personas en los últimos años, verdaderamente he sentido que con mis fuerzas, conocimientos, talentos, oportunidades, con mi vida me ha sido insuficiente para seguir adelante.

Por las ausencias, por los retos de la vida, los desafíos enormes de esta carrera, los cambios en mi vida personal, la partida de mis hermanos, de tantos amigos, de mi hijo, la ausencia de mis padres, esta soledad abrumadora, esta situación del país, y del mundo, esta necesidad de emprender una nueva manera de ser, despojándome de tantas cosas que no me estaban haciendo nada bien. Me hicieron buscar un algo más, que gracias a Dios lo encontré, en esa fe, que no solamente me dice “tú si puedes”, sino por el compromiso que tengo como artista.
Mi compromiso como artista no está en llenarme ni de ropa, ni de zapatos, ni de joyas, sino despojarme de todo, todo lo contrario, cada día con menos, cada día con menos, y cada día con más. Cada día me siento más humilde, pero no solamente de recursos, sino de corazón, para saber que no hay nadie ni más ni menos, ni yo soy ni más ni menos.
Yo necesitaba realmente algo que me diera un ancla, para saber a qué le debo decir que sí, y a qué le debo decir que no; para saber que el fruto verdadero de lo que hago no está en la fama, ni en la popularidad, está en ese pequeño lugar de cada corazón al cual le puede llegar un mensaje importante.










