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Pararse en un escenario es hoy, más que nunca, un acto de fe en Cuba. En un país donde la altura de su quehacer cultural es parte de su identidad nacional e imagen internacional, los creadores se debaten entre sobrevivir personal y artísticamente en medio de una crisis que desde hace meses alcanza y afecta todos los espacios de la vida.
La escasez de todo, la inflación, la dificultad de encontrar soluciones a las más básicas necesidades son la desgastante cotidianidad que también ha venido a hacer de la creación y la gestión del arte una verdadera carrera de resistencia.
Menos espacios para presentaciones, costos de producción muy elevados y ganancias muy reducidas van haciendo que quienes hoy luchan por mantenerse creando sientan cada vez más verdadero ese concepto que circunda hace muchos años como chiste, o verdad que decimos riendo, pues parece que todo hoy fuera solo “por amor al arte”.
Todas las zonas del arte
Música, danza, teatro, artes visuales, cine… Nadie escapa a una realidad que, como mínimo, podemos definir como “fuerte”, o al menos así lo intenta ver Zeney Alonso, director del grupo Toques del Río.
“Es fuerte la situación en la que se ha convertido hacer música en nuestro país. Mis músicos para salir de su casa están pagando dinero, hemos tenido que modificar los sistemas de trabajo. Incluso el proceso creativo, que se trata de aprovechar ya que hay tan poco trabajo, se hace complicado porque cómo yo logro aglomerar a toda mi agrupación para pensar en un arreglo determinado o un montaje”, nos cuenta sobre cómo intenta mantener activa su agrupación.

“El impacto más grande, en última instancia, tiene que ver con la imposibilidad de confrontarnos regularmente con los públicos. Hace mucho tiempo, ya más de un año, que no tenemos funciones regulares en teatros”, dice Fernando Sáez, director general de la Compañía de Danza Malpaso y visibiliza una situación que no es única de su agrupación.
Particularmente, La Habana ha perdido en los últimos años una buena parte de sus teatros. El Teatro Nacional de Cuba asume prácticamente toda la programación que requiere este tipo de espacios, y el Karl Marx reabrió sus puertas, pero su carácter de gran escenario tampoco es adecuado para todo tipo de espectáculo.
Otros de los más bellos y prácticos teatros de la capital cubana, como el Mella, el Gran Teatro Alicia Alonso o el Martí, cerraron sus puertas por diversas razones, y no han regresado a la vida cultural, limitando a artistas y públicos de opciones de trabajo y disfrute.
Asimismo, podemos hablar de una reconfiguración de los espacios culturales de otros tipos. Si bien hasta hace unos años los diversos centros culturales estatales conformaban casi por completo la cartelera, hoy eso ha migrado al sector privado.
Muchos de estos centros culturales han cerrado o se mantienen abiertos prácticamente descomercializados, con malos servicios y ofertas muy poco atractivas para artistas y públicos.

Mientras tanto, restaurantes, bares y otros espacios privados van ganando terreno, con total validez, pero con la disyuntiva de ser muy pocos para la cantidad de artistas necesitando trabajo, y muy costosos para una parte muy amplia del público.
Incluso aquellas agrupaciones o artistas que cuentan con sus propios espacios de trabajo y presentaciones sufren de las dificultades que implica hoy llevar un producto artístico a la escena.
“Es un esfuerzo tremendo porque hay que pensar que el costo de la vida cada día se eleva más, la inflación crece y con ello los precios para cualquier detalle que tú quieras, da lo mismo que sea un par de zapatos, una tela, un pullover o el transporte para mover eso. Cada día es peor y nosotros estamos resolviendo con lo que podemos y con lo que logramos conseguir”, así lo vive Osvaldo Doimeadios desde la dirección de Nave Oficio de Isla.
“Este lugar está situado en una zona donde la electricidad es con cables soterrados y en un momento anterior, prácticamente no se iba la electricidad, a no ser por causa mayor. La causa mayor se ha convertido casi en la cotidianidad”, explica el director, actor y humorista.
“Nosotros desde la génesis de este proyecto habíamos optado por hacer un tipo de espectáculo que no dependiera de la infraestructura de un teatro en cuanto a los elementos de escenotecnia, o sea, el espacio, está preparado para asumir esto, pero no nos podemos desligar de la idea de que somos parte de algo mayor, que estamos dentro de los almacenes San José, que las puertas, que son eléctricas, si no hay electricidad, no se pueden abrir al público y entonces eso nos limita y hay que suspender las funciones”, pone en contexto la situación.

Fuera de escena
Entra aquí otra realidad que muchas veces quienes estamos como espectadores perdemos de vista, ellos, los artistas, el personal técnico y todo el que trabaja en la industria del arte son, al final, y más aún en estas circunstancias, tan comunes como cualquiera de nosotros.
“Es imposible desconectarse de las circunstancias de vida. La existencia determina la conciencia, y no hay manera de alienarse del contexto. El contexto decide el significado de las cosas”, reflexiona Sáez.
A cada cubano vivir en la isla le está costando hoy muchas precariedades. Todos sobrevivimos como podemos, y quienes pretenden hacerlo desde el ejercicio totalmente mental y emocional que es la creatividad artística, necesitan esforzarse el doble.
“Pensando en cada uno de los bailarines, una vez que sale del estudio, evidentemente se confronta con la realidad extremadamente dura que todos tenemos. Y no se puede estrictamente vivir de una manera esquizofrénica, es decir, uno no puede dejar completamente los problemas una vez que atraviesa este umbral”, dice Sáez.

“Ha sido un golpe fuerte para nosotros, para los actores y los técnicos, el tema del transporte, el tema del retorno a nuestros hogares y por supuesto, las cosas que afectan a todo el que viene aquí, si no tiene agua, si no tiene electricidad durante días, muchísimas cosas que dificultan hoy la vida de nosotros para llegar hasta aquí y para salir de aquí. Hay algunos actores o técnicos que no han podido seguir trabajando con nosotros porque viven demasiado lejos”, narra Doimeadios.
En la música no es diferente, en un sector donde las presentaciones solían ser hasta de varias veces en una semana en distintos espacios, grupos como Toques del Río luchan con la inestabilidad.
“Nosotros nos dedicamos solamente a esto, y cada vez que aparece un trabajo, muy esporádico, son las cuestiones de la corriente, de presupuesto, transporte, la alimentación, todo es una producción muy complicada que no basta con ser creativos, hay que hacer incluso un trabajo psicológico, si se puede llamar de esa manera, con nuestros músicos, para que entiendan que es un proceso, es una etapa que nos tocó vivir, pero si no nos fortalecemos musicalmente, tenemos dos opciones: o abandonamos el proyecto, o nos preparamos para cuando venga la posibilidad estar fuertes y poder hacer los shows que acostumbramos”, explica Zeney.

Pero el arte tiene otro factor en juego; la realidad es parte de la propia obra creativa.
“Cómo transformar esa frustración y esta tristeza profunda en la materia prima del trabajo, también es parte de la naturaleza de este oficio”, lo define Sáez, y definitivamente esa es una manera en que los creadores de distintas áreas se aferran a la pasión por lo que hacen, que al fin y al cabo es el verdadero motor del arte.
Efectos v/s permanencia
“Va a haber muchos efectos, muchas cosas que van a suceder, muchos estados ánimos que van a cambiar, de hecho, ya están cambiando, físicamente incluso nos estamos agotando muchísimo también”, asegura Zeney, asumiéndolo desde el tipo de show “muy energético” que su agrupación acostumbra a ofrecer.
Esos cambios los coloca también en la contraparte, “al público también le cuesta llegar a un lugar, se siente el vacío en muchos lugares, incluso económicamente, las entradas, los productos o salir de tu casa no cuestan lo mismo que antes”, explica, “y para nosotros como artistas enfrentarnos a un show donde hay un público que no es esa masividad que quizás estamos adaptados a tener, es psicológicamente muy frustrante”.
Ese tampoco es un daño solo para la música o los espectáculos masivos. Doimeadios asegura que “se ha sentido también que el público ha mermado por el acceso a los lugares, porque las personas no tienen después cómo regresar a sus casas y es lo que más ha pesado y que siento que todavía pende sobre nosotros”.
“Mantener elencos estables es también muy complicado —incluye Sáez otra problemática vigente— por el éxodo tan grande de bailarines, que no es nada extraño al éxodo infinito que estamos experimentando como nación. De mantener un elenco estable, depende en gran medida que esos estándares de calidad no desciendan. Tendría que decirte también que es muy difícil, extremadamente difícil, que algo, en cualquier ámbito de la vida de un país, trascienda los estándares medios de esa sociedad concreta. Es decir, que para lograr estándares de calidad verdaderamente altos tenemos que trabajar muchas veces el triple”.

A las reflexiones, experiencias y opiniones se suma la incertidumbre. El propio Sáez se autopregunta en nuestro diálogo: “¿Es esta manera de trabajar sostenible? ¿Por cuánto tiempo se puede hacer?”.
Doimeadios sitúa el sentido de la permanencia en “la posibilidad de encontrarnos y de encontrar entre nosotros esa energía que se produce y que es el teatro cuando realmente hay una conversación entre muchas voluntades, entre muchos deseos. Eso es lo que nos ha mantenido unidos y por eso seguimos existiendo”.
“No creo que sea sostenible un tiempo más esta situación, creo que perderíamos muchas cosas valiosas en la cultura nacional y no sé hasta qué punto, ni sé qué tiempo se podrá aguantar más”, nos dice Zeney.
Lo cierto es que seguir trabajando es una necesidad económica, espiritual y creativa para los artistas. Que ese aliciente que es encontrarse con el arte siga nutriendo es una necesidad también para una población cada vez más asfixiada; sin embargo, continuar ni siquiera es el camino del todo seguro en condiciones en que más que crear, muchas veces solo se permanece.
“Mantenernos en un lugar fijo, implica retroceder. Lo que se estanca, inevitablemente muere”, nos recuerda Fernando Sáez.












