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Se reporta la presencia de una flota insólita en La Habana. Es bastante completa, trae una carga alegórica de lo que alguna vez surcó el mar de las Antillas: desde la Santa María, nao insignia de Cristóbal Colón; el San Ildefonso, navío de línea precursor en el siglo XVIII; otro galeón vinculado a la toma de la ciudad por los ingleses; el explosivo Maine, dos buques de la Segunda Guerra Mundial, los idílicos guadaños hasta un práctico de puerto en activo.
Cada uno es testimonio de su época. Son barcos históricos, que no de juguete, por más que lo parezcan; pues no dejan de ser auténticos, solo que hechos a escala reducida y basados en los modelos originales. Bajo un cielo colonial, escorando a babor y estribor por efectistas olas de viento, parece que navegan todavía. Quien mira un modelo se hace tripulante y siente que está pisando cubierta, levando anclas, izando velas, disparando cañones o maniobrando el timón.


Son creaciones finas y humanas. Una conjunción que hace escueta la palabra “réplica”. Detrás de esos cascos se ocultan muchísimas horas de brega, a veces meses, incluso años. Lo primero es determinar la arquitectura, o sea, si se quiere hacer desde cero con apoyo de fotos y planos o ensamblarlo desde un kit; ambos formatos tienen ventajas y desventajas. Los hay de madera, cartulina, plásticos, metálicos.
La elección depende de las habilidades, el tiempo disponible y la comprensión del modelista, explica Norberto Alfonso sin levantar la vista de la lancha Griffin de papel kraft que arma in situ, aunque por su condición de carpintero de ribera prefiere hacer modelos de madera, como los guadaños de la expo. En lo sucesivo entran a jugar los bríos y experiencias individuales, la investigación que cobra vida en la precisión de cada paso. “Cuando se trabaja una embarcación que existió o existe, hay que cuidar los detalles históricos y técnicos porque debe ser una representación absolutamente realista”, acota Alfonso.

El Maine es de cartón. “Todavía está en proceso. Lo empecé hace pocos días, expresamente para esta exposición. Descargué el plano-guía de un sitio en internet, lo pegué en cartulina y aún lo estoy armando. Es la segunda vez que incursiono en el modelismo en papel, aunque prefiero hacer un modelo a escala que sea fiel al original y navegable”, dice Rolando Abreu, otro de los miembros del grupo de modelistas participantes.

Siendo ingeniero electromecánico de profesión ansía ir un poco más allá, llegar al radiocontrol. “Ahora estoy trabajando una modelación navegable del Crucero Aurora. El cuerpo es de recortería de PVC, la parte electrónica tiene luces y micromotores de teléfonos, cablería de computadora. Tenemos que innovar todo el tiempo. Personalmente, creo que se debe fomentar más la cultura del modelismo. Aquí confluyen historia, tecnología, manualidades. Es muy útil”.
La cita deviene espacio de interacción con los creadores llegados desde Guanabacoa, el Vedado y otros puntos de la capital. En una mesa improvisan su pequeño taller naval, para que los asistentes puedan dialogar y admirar la artesanía a escala liliputiense.
Bañados de realidad, los modelistas hablan entre ellos de la odisea del transporte —que hoy duele como un tiro en el pie del bolsillo—, de planes futuros, una que otra sugerencia de solución técnica para un modelo varado, hasta de los locos precios de la cola loca.
Son hombres de vista y buen pulso. Coinciden en contestar que asumen este oficio como “algo extra”, que lo hacen por “amor al arte”. Construir un barco en miniatura puede ser un pasatiempo gratificante y un desafiante proyecto. Pero en la Cuba actual, donde hasta lo más pequeño puede significar un problema colosal como el Titanic, resulta un hobby caro; sobre todo a la hora de comprar bocetos, materias primas y herramientas adecuadas.
Por eso, a estos aficionados no les queda más remedio que reciclar cualquier listón de madera, retazo de tela o cuerda, rayo de bicicleta, varilla de sombrilla; reinventarse. Lamentan no tener reconocimiento institucional, facilidades para acceder a fuentes de información sobre los modelos que desean construir ni que exista un mercado exclusivo para darle curso a ese tipo de obras artesanas, tan vistosas y que gustan a mucha gente.
“Estos modelos se hacen fundamentalmente por hobby, como se dice, por pasión; pero en todo el mundo son de interés comercializable, para decorar oficinas, colecciones privadas, tienen fines didácticos y sirven para exposiciones como esta”, señala Wilfredo Díaz, veterano modelista y autor del Pilot de los prácticos del puerto y del CS-13 —el famoso caza-submarino que en mayo de 1943 hundió con cargas de profundidad al U-Boat alemán—, en exhibición. Más de un año de trabajo invirtió en cada uno.


Por su parte, Yudier Carballo, quien preparó en tres días la minúscula copia del U-176, a partir de un kit plástico, agrega que: “Siempre se puede comprar y vender algo, pero eso ya es una gestión particular que se hace normalmente por redes sociales. En mi caso, después de pasar tanto trabajo armando una pieza, al final me cuesta un poco desprenderme de ella”.

Con “Modelismo Naval Cubano: Historia, Cultura e Identidad”, nombre de la exposición transitoria recientemente abierta al público, la dirección de Museos Arqueológicos de la Oficina del Historiador de La Habana ofrece una travesía por el fantástico mundo de la náutica en miniatura, que combina historia, arte, técnica y hasta un poco de entretenimiento doméstico.

La curaduría y el montaje estuvieron a cargo del equipo de Museos Arqueológicos-OHCH junto a Pavel Valdés, emprendedor vinculado a proyectos comerciales y de gestión patrimonial en la institución. La muestra, desarrollada en el contexto de las celebraciones por el Día Internacional de los Museos y como parte de un proyecto de transformación sociocultural en el Centro Histórico auspiciado por entidades de cooperación del País Vasco, permanecerá abierta por un mes en la casona del Museo de la Pintura Mural.




Para quien guste del modelismo naval o la brújula lo lleve de paso por Obispo número 117-119, entre Oficios y Mercaderes, esta inmersión en la micro-historia puede resultar atractiva. Para quienes en silencio viven reproduciendo el tiempo, este tipo de eventos vale como el viento de popa que mantiene henchidas las velas de la creación. Esperemos que La Habana no extravíe su histórica coordenada de puerto seguro.












