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En pocas semanas cumplirá 65 un evento que decidió el destino de Cuba como nación independiente: Playa Girón.
El gobierno revolucionario en el poder contaba apenas con 28 meses, cuando la derrota de la invasión patrocinada por EE.UU. le dio un sentido concreto a la Revolución como defensa de la patria, aún mayor que la reforma agraria o la nacionalización de las empresas extranjeras.
Numerosos cubanos que mantenían posturas ideológicas divergentes y estaban en desacuerdo con ciertas políticas comprobaron que en la defensa de aquel proceso, como quiera que se le identificara, estaba en juego la independencia. Sin la cual, ninguno de los demás cambios podríán alcanzar su sentido pleno ni sería posible la justicia social, el desarrollo repartido, la dignidad como un valor nacional.
Bahía de Cochinos, como ellos le siguen llamando, fue un fracaso sobrecogedor para la Administración Kennedy. Un fracaso muy difícil de explicar, que, a menos de 100 días de haber entrado en la Casa Blanca, debilitó su credibilidad en política interna, y repercutió en su proyección en otras regiones, incluido el sudeste asiático.
La causa de aquel fracaso no radicó en que los miembros de la Brigada 2506 fueran unos cobardes, carentes de moral de combate, de convicciones, de entrenamiento militar o peor armamento que el de las milicias y el Ejército Rebelde.
Tampoco ocurrió porque la contrarrevolución estuviera despedazada, o se hubiera instalado mayoritariamente en EE.UU. en vez de jugársela aquí; o porque careciera de organización, coordinación y capacidad de movilización, y de una poderosa quinta columna formada por miles de alzados, además de cientos de miles de cubanos que no simpatizaban con el socialismo, e incluso creían que iban a perder la patria potestad sobre sus hijos.
Un paralelo convincente
El cuadro era propicio para imaginar un triunfo aplastante. Súmesele que el esquema que la CIA había seguido para planear la operación de Bahía de Cochinos había resultado un éxito apenas siete años antes, en Guatemala.
Richard Bissel, el subdirector para Operaciones Encubiertas, había seleccionado a Howard Hunt, David Atlee Phillips, y otros oficiales que habían desempeñado papeles clave en el golpe de Estado al presidente Arbenz, en 1954, para hacer lo mismo contra Fidel Castro.
Había un paralelo convincente, pues los dos países habían acabado de adoptar políticas nacionalistas, especialmente, reformas agrarias. Tenía lógica que los decisores de Bahía de Cochinos estuvieran trasladando las lecciones de Guatemala a la realidad de Cuba en 1961.
De manera que, si bien la CIA disponía de vastas redes de información dentro de la isla, sus máximos jefes depositaron su mayor crédito en quienes aseguraban que cuando los invasores desembarcaran, todos esos opositores activos y pasivos se iban a sumar a sus fuerzas, así como la mayoría de las milicias y tropas de las FAR.
Bastaba hablar con los cubanos que llegaban a Miami y con algunos líderes de la contrarrevolución, que no eran ni brutos ni simples mercenarios ni unos meros oportunistas de siete suelas, para convencerse de ese cisma dentro de las propias filas de la Revolución. La situación en Cuba parecía aún más propicia que la de Guatemala para un triunfo aplastante de la invasión. Nada podía salir mal.
Frágiles premisas
Gracias a esa inteligencia peculiar; a focalizarse en las analogías, y pasar por alto las grandes diferencias entre ambos casos; a dejarse arrastrar por el optimismo y lo que los psicólogos llaman groupthink; a la falta de balance en el proyecto armado por la CIA, ignorando al resto de las agencias que podían aportarle una perspectiva más realista; a la excesiva confianza en el poder aplastante de los EE.UU.: gracias a la fragilidad y prepotencia de esas premisas, y a la furia y rapidez de la contraofensiva cubana, la invasión fue derrotada en 66 horas.
Lo más peligroso del escenario actual no es, en mi modesta opinión, la baja disponibilidad de combustible y sus consecuencias, sino que se dé por sentado el inminente colapso del sistema, y junto con él, el del Gobierno cubano, obligado a rendirse ante los EE.UU., y a aceptar sus condiciones. La validez de esas cuentas tendría como referente la operación reciente contra un régimen y una situación que algunos consideran muy parecido a los de Cuba, o sea, Venezuela.
En artículos anteriores he intentado analizar las implicaciones de la crisis venezolana para la evolución de nuestro conflicto con EE.UU., las grandes diferencias entre Cuba y Venezuela, incluidas las relaciones de ambos países con el Norte; así como el espacio real para el diálogo, el entendimiento y la negociación entre Cuba y los EE.UU. de Donald Trump.
Quiero detenerme aquí y ahora en la situación cubana misma, y particularmente, discutir su caracterización política y social, y las premisas que se asumen como verdades aceptadas para ese retrato. Puesto que algunas de ellas las encuentro, digamos, un poquito omisas.
Oscuridad y confusión reinante
Pongo por delante que no subestimo la gravedad de la situación económica, social y política del país. Estamos en medio de apagones, escasez de medicamentos, inflación, restricciones al funcionamiento de servicios como la salud, la educación, el transporte, escasez de gasolina. Aunque no estamos objetivamente en la circunstancia económica más crítica desde hace 60 años, como algunos afirman, sí en la más prolongada y que ha generado mayor descontento y desconfianza en el futuro.
A la oscuridad de este momento, y a la confusión ideológica reinante, se suman las maldiciones contra el Gobierno cubano, al que muchos culpan de todo lo que nos pasa, así como la nube de premoniciones que rebotan en las redes, donde la anticipación del inminente colapso se replica como un juego de espejos.
El efecto psicológico del boycott energético nos acerca indefectiblemente a una especie de apocalipsis.
No pretendo, porque no es mi oficio, debatir la caracterización de la situación que satura los medios de comunicación, cuyo rumor de base refleja lo que acabo de decir. Respeto esas opiniones, incluidas las que procuran dejar constancia de su distancia con el Gobierno cubano en este momento de baja, y de auge del miedo ante una política sin escrúpulos y aparentemente capaz de todo del otro lado.
Estas líneas no son una respuesta a ninguna de esas opiniones. Me limito a reflexionar brevemente sobre las premisas con que se construye el retrato de la dinámica política cubana y sus alternativas que muchas de esas visiones parecen asumir.
Un informe de inteligencia
Para discutir esas premisas, sin embargo, no voy a pescar en la marea de opiniones circulante, sino he cogido de “material de estudio”, como se dice en nuestro dialecto, estimados de inteligencia estratégica muy serios, o sea profesionales, dedicados a caracterizar la situación en medio de la petroguerra de Trump contra Cuba.
Lo que cito a continuación es un informe de la empresa de inteligencia y espionaje StratFor acerca de esa situación.
En cuanto al sentido, el alcance y las metas reales de la política de la Casa Blanca hacia Cuba, Stratfor coincide bastante con lo que he publicado aquí mismo.
Se trata de conseguir algunas respuestas del Gobierno cubano, a corto plazo, que puedan presentar como concesiones, o sea, triunfos, y usar con fines de política interna. Y lograrlo a un costo mínimo, apenas amenazando con el garrote de los aranceles a terceros.
Digamos, que la razón de ser de esa vuelta de tuerca, se dirige a obtener concesiones, que en declaraciones recientes se han formulado como “abrir gradualmente su economía”.
Este enfoque no coincide con el de algunos observadores cubanos, quienes reiteran que su meta real es el “cambio de régimen” en la versión Miami: reemplazar al actual gobierno por representantes del exilio duro y sus aliados domésticos.
Concesiones
Sin embargo, aun suponiendo que ese fuera su objetivo “a largo plazo”, por el momento, se trata de apreciar un posible escenario de diálogo-negociación, y las opciones para Cuba. Es decir: ¿hasta dónde podría verse forzado el actual Gobierno cubano a adoptar esas concesiones para quitarse de arriba la petroguerra de EE.UU.?
Stratfor desglosa esas concesiones de la siguiente manera: “La grave situación económica y el temor a una acción militar incentivarán al gobierno cubano a realizar concesiones como la liberación de presos políticos, cooperación en la lucha contra el narcotráfico, apoyo a la actividad del sector privado y creación de zonas económicas especiales para atraer capital estadounidense”.
Aunque el Gobierno de EE.UU. pudiera ponerlas perfectamente en su lista de “concesiones arrancadas al régimen”, resulta curioso que esta agencia de inteligencia las considere solo posibles bajo la presión de la crisis y la amenaza de intervención militar.
Liberar presos, de hecho, ha sido parte de la agenda de negociación cubana desde los invasores de la Brigada 2506 en el remoto 1962, los diálogos con el gobierno de Carter y con los emigrados (1978-79), el de Obama (2014), y en otras muchas oportunidades con personalidades y políticos de EE.UU.
Lo mismo que la cooperación en la lucha contra el narcotráfico desde 1995, la legalización (1993-1994) y el crecimiento del sector privado desde 2011, y la creación de zonas especiales para atraer capital extranjero, como la del Mariel (2013).
A reserva de las limitaciones y contradicciones en el avance de algunas de estas politicas, sería difícil definirlas como ajenas a la lógica cubana en sus relaciones de cooperación con EE.UU., y a las políticas de reforma aprobadas.
Algo no muy bien definido llamado la transición
En esa misma línea futurista, Stratfor vaticina que las cosas no son tan simples como la inyección de capital estadounidense en Cuba. Aunque no menciona el levantamiento del bloqueo, se cae por su peso que esta es una premisa, ya que habla del papel de ese capital en un nuevo escenario, así como de otras transformaciones para salir de la crisis, asegurar la estabilización económica y la preservación de la estabilidad política, en el camino hacia algo no muy bien definido llamado la transición.
Resulta interesante, sin embargo, el papel clave que se le reconoce al Estado cubano en conseguir esas metas, y el apoyo a ese papel de parte de EE.UU.: “La lentitud y los costos sociales de la apertura económica cubana aumentarían el riesgo de inestabilidad, lo que haría crucial la continuidad de los subsidios y la intervención estadounidense para evitar una crisis humanitaria y migratoria más amplia. Muchas medidas podrían anunciarse en los próximos meses, pero no implementarse completamente este año y su impacto en la economía podría tardar en materializarse. Algunos subsidios gubernamentales deberán mantenerse.”
Es decir, que ni el peso predominante del mercado libre, la multiplicación del sector privado y el flujo del capital de EE.UU. por sí solos podrían dictar la arquitectura de ese camino hacia un nuevo orden imaginado para Cuba.
A esa situación complicada —sigue diciendo Stratfor— se suma que, por su escala, Cuba no es tan atractiva para la inversión de EE.UU., dados “el tamaño del territorio, la mano de obra poco cualificada y el potencial económico generalmente limitado”.
Esa afirmación podría matizarse un poquito. Claro que Cuba no se compara con países que disponen de grandes yacimientos de minerales estratégicos. Sin embargo, sus reservas de níquel (5,5 millones de toneladas) y cobalto (tercera reserva mundial), imprescindibles para fabricar baterías de litio y otros dispositivos electrónicos, no son despreciables.
Y a diferencia de Nueva Caledonia, Australia, Filipinas, o el Congo, esas reservas cubanas están al lado de los EE.UU. También dispone de tierras cultivables para producir, digamos, azúcar y cítricos, que podrían estar abiertas a la inversión de ese mismo capital; y cuya cercanía a ese mercado ha sido antes un factor de atracción comprobado.
A solo 90 millas
La vigencia de ese efecto de cercanía se demostró como un factor de atracción de intereses nacionales diversos alrededor del mundo durante el corto verano de Obama, cuando altos dignatarios de países que nunca habían puesto pie en la isla la visitaron con una frecuencia inaudita. Muchos de ellos atraídos, más que por el limitado mercado interno cubano, por la cercanía al de EE.UU. que parecía empezar a aparecer en el horizonte.
No voy a discutir aquí si Cuba carece de fuerza de trabajo calificada para lidiar con el mundo de los negocios, como creen ciertos empresarios de afuera con los que he conversado, dispuestos a alfabetizar a los emprendedores cubanos.
Basta recordar que si la composición mayor de profesionales en el flujo migratorio —impresión que muchos tenemos, aunque los expertos de las redes no han logrado investigar— es un déficit que compromete el desarrollo, es porque se han graduado en carreras de ciencia y tecnología, medicina, ciencias sociales y humanidades en universidades del país, no solo de La Habana. Muchos de ellos serían fuerza de trabajo calificada para investigación-desarrollo y producción en electrónica, biotecnología, producción de medicamentos y otros sectores de punta.
Uno de esos sectores, sobre el que apenas me detengo antes de finalizar, es el de la reconversión energética. Dice Stratfor: “El desarrollo de proyectos de energía solar y eólica para reducir la dependencia cubana de importaciones de combustible para generar electricidad, tardaría años o incluso décadas.”
Los ingenieros y científicos cubanos dedicados al tema no coinciden con esta evaluación.
Ellos, e instituciones como Cubasolar, se han dedicado a promover, desde hace décadas, esa reconversión, demostrando que el fin de la dependencia de combustibles fósiles y el paso a la autarquía en fuentes renovables, es no solo posible sino imprescindible.
Hasta tal punto esa visión ha servido para trazar políticas, que el Plan de Desarrollo 2030 preveía que 37 % de toda la demanda iban a suministrarla el biogás (15 %), los paneles fotovoltaicos (12 %), los parques eólicos (9 %) y la hidráulica (1 %).
Claro que la autorización a emprendedores privados para importar combustibles es un paso de avance en su inserción dentro del sistema económico. Pero seguir dependiendo del combustible fósil, quienquiera que sea el importador, reproduce el patrón de dependencia, y pospone un cambio fundamental en esa matriz energética adoptado desde hace al menos 12 años, y que nos debería haber llevado dentro de cuatro, según aquel Plan de Desarrollo, a abastecer más de un tercio del consumo con fuentes renovables. ¿Se imaginan qué diferente sería la vida, si solo se necesitara importar un tercio o menos del petróleo para suministrar a nuestras envejecidas termoelécticas?
Aliados
“El gobierno de Cuba se ha debilitado, como lo demuestra su aislamiento de los aliados tradicionales”, afirma StratFor. Si sabemos que los principales aliados de Cuba, aparte de la declinante compañía de Venezuela, han sido y son China, Rusia, y Vietnam, y que sus socios comerciales incluyen a esos mismos países, además de España y Canadá, resulta enigmática esa referencia a su aislamiento.
En todo caso, es obvio que esos aliados siguen ahí —aunque ninguno de ellos es la antigua URSS. Si entendemos que esas alianzas tienen otra naturaleza a la que existió en la época del campo socialista, quizás podamos darnos cuenta de que no solo no podemos esperar lo mismo de ellos, sino que tampoco Cuba les significa lo mismo.
Aunque este tema de las relaciones con los “aliados tradicionales” requeriría un análisis más profundo y documentado que el que ofrece StratFor, la idea de que les interesa apoyar a Cuba sobre la base de afinidades ideológicas no es suficiente para explicarlas. Ni tampoco que se trata de una especie de “aliado discapacitado”, políticamente hablando. Además de ser un caso test para medir su capacidad de respuesta ante EE.UU..
En efecto, China y Rusia tienen sus propias razones para reaccionar ante las amenazas de Trump. En ese mismo decreto donde proclama la petroguerra contra la isla, menciona sus alianzas con Rusia, China e Irán como primera evidencia de que esta es una amenaza para EEUU, con lo que las declara directamente como forasteras peligrosas en un hemisferio donde supuestamente tendrían que requerir su permiso para operar.
Solidaridad con Cuba
Antes dije que no sabía si la falta de combustible era peor que la imagen del Armagedón. Sin embargo, debo reconocer que la acción brutal de EE.UU., añadiendo otra vuelta de tuerca al ya habitual bloqueo, ha tenido la virtud de despertar la solidaridad con Cuba, no solo entre gobiernos como el de México, y entre viejos amigos de la Revolución cubana.
En estos días, he recibido más mensajes que nunca antes donde personas desconocidas preguntan qué pueden hacer para ayudarnos, entre ellas algunas que no tienen ninguna afinidad con el gobierno cubano. Como le oí decir una vez a Cintio Vitier, ponerse de este lado no es una opción ideológica, sino una cuestión de decencia.
Quiero terminar recalcando esto de la decencia. Claro que entre nuestras debilidades está no haber avanzado lo suficiente en las políticas acordadas, lo que nos ha hecho más vulnerables a los asaltos de un enemigo indecente, como este que nos ha tocado.
El caso de la dependencia petrolera, en contradicción con nuestro propio plan de desarrollo energético basado en fuentes renovables es un botón de muestra. Sin embargo, no hay que confundir esa autocrítica con adoptar equidistancia en esta crecida de tensiones con el enemigo principal de la nación.
Algunos cubanos, de aquí y de afuera, parecen creer que las claves para manejar con lucidez y aplomo esta crecida se encuentra en algo llamado la reconciliación nacional. Estando entre quienes han trabajado por entender la sociedad emigrada y los factores que la atraviesan, sus interacciones con Cuba y con las estructuras de poder y el sistema del lado de allá, y tratando de contribuir al diálogo y el cambio de las políticas de aquí, no creo que esa conexión resulte eficaz, más bien todo lo contrario.
Los instrumentos de tortura y el acelerador del colapso
El último argumento para considerar el escenario de colapso inminente del sistema, no porque “se caiga de sus propios pies” ni porque la fuerza militar sirviera para precipitarlo (“lo único que queda sería entrar a destruirlo todo”, Trump dixit), sino gracias al boycott petrolero, lo acaba de propiciar el fallo de la Corte Suprema declarando ilegal la imposición de aranceles por el Ejecutivo sin encomendarse a nadie.
La verdad es que en el fallo de la Corte Suprema no aparece Cuba por ninguna parte. Se trata más bien de una restricción sobre el uso omnímodo de los poderes presidenciales, que Trump ha ejercido como estilo político, aplicándolo a muchos, entre ellos los propios aliados de EE.UU., mediante amenazas extremas que no ha usado contra Cuba, como la anexión territorial, y cuyo verdadero propósito ha sido conseguir prebendas o concesiones.
Si Trump o Rubio hubieran creído en la colapsabilidad del sistema cubano a la vuelta de la esquina, a la que solo habría que darle un empujoncito, lo esperable hubiera sido que ahora echaran mano de algún otro recurso, como es una ley que le permite imponer aranceles por razones de seguridad nacional durante 150 días.
En cambio, casi al mismo tiempo, acaban de declarar legal la venta de combustible al sector privado cubano, haciendo exención incluso al originario de Venezuela. Para no hablar de la ayuda humanitaria, auspiciada por la propia Administración. Todo eso tiene, naturalmente, un valor más bien simbólico que una alternativa real para la situación energética cubana.
El efecto del boycott energético sobre la inmensa mayoría de los servicios, en particular la generación de electricidad y el transporte accesible a la mayoría de los cubanos de a pie, no lo puede reemplazar la limitada capacidad financiera para importar de las mypimes y las empresas que las suministran desde EE.UU., que es desde donde el gobierno de EE.UU. permite adquirir combustible.
Facilita la vida de esas mypimes, y les crea un canal propio para mantenerse funcionando, pero vigila que nada de ese combustible pueda ser adquirido para beneficiar el transporte público, ni ponerlo al alcance de la mayoría de la población, que tampoco tiene el privilegio de contar con familiares que puedan pagar el suministro de alimentos y otras necesidades desde EE.UU.
De cualquier manera, aunque mantiene a los cubanos en el cepo del bloqueo, la relativa atenuación de las amenazas arancelarias que respaldaban el boycott resulta significativa.
¿Será que esta amenaza no era sino otra forma de intimidación, para lograr un efecto psicológico similar al que usaba la Inquisición cuando mostraba los instrumentos de la tortura a sus víctimas? ¿O que todo esto no es sino ablandamiento previo, para entrar luego a proponer un diálogo-negociación en serio, en vez de propalar historias rocambolescas sobre conversaciones secretas con parientes de “la élite gobernante”?
Y entonces, ¿qué papel tienen en este minuet los congresistas de Miami? ¿Es que se identifican con estos pasillos contradictorios de la Administración? ¿Confían en sus gestos, que a ratos sugieren más bien acomodo, búsqueda de concesiones en vez de rendición incondicional o enfrentar el colapso? ¿Cuánto le queda de vida al régimen? ¿Habrá un Delcy Rodriguez en La Habana? El embajador Hammer, encargado de negocios aquí, promete que ya viene llegando el fin para los próximos meses, pero “no puede revelar quién es el Delcy Rodriguez cubano”, o mejor dicho, “no quiere referirse al tema”.
Poniéndonos en los zapatos de esos congresistas, ¿no será hora de recordarles a Trump y a Rubio su compromiso con la línea dura, que ha alimentado la fábrica política de Miami durante décadas?
Treinta años después del episodio de las avionetas de Hermanos al Rescate, que sirvió de pivote para la Ley Helms-Burton, ha llegado el momento de provocar una situación similar. Digamos un grupo de comandos armados, infiltrados a media noche, como en los años del Plan Mangosta, para ejecutar atentados, actos de sabotaje, acciones que precipiten o que parezcan precipitar la rebelión definitiva de los cubanos, etc.
Si el colapso del régimen ya está cantado, ¿qué puede ser más oportuno que despertar ese espíritu rebelde, sepultado por medio siglo de castrismo? ¿De manera que la Administración no tenga otra opción que jugar al duro, e intervenir al fin para apoyar a los freedom fighters, y parar una guerra civil, que puede lanzar a la mitad de los cubanos a cruzar el Estrecho de la Florida?
Ya sé que todo lo anterior suena loquísimo y una verdadera pesadilla para la seguridad nacional de EE.UU., pero totalmente coherente con el anticomunismo sin fronteras de esa élite cubanoamericana que domina el clima político en el enclave. Y que ha sido y sigue siendo el principal obstáculo para un proceso de reconciliación nacional viable.
Inteligencia y decoro
Quiero terminar estas notas sobre inteligencia y decoro con el significado de la solidaridad, más allá de las ideologías. Algunos observadores espontáneos la juzgan nada más como las dádivas que otros nos ofrecen, conmovidos por nuestra deplorable situación. Esa mirada superficial no solo refleja el estado de confusión reinante, sino también la búsqueda de equidistancia, ante el clima de polarización que la intimidación genera. Como decían en mi pueblo, “bañarse en el río, guardando la ropa”.
Esta solidaridad nueva se deriva del sentimiento de pertenencia a un mundo único, donde, como decía Bertolt Brecht, ayer vinieron en busca de unos, y hoy de otros, y como no hiciste nada, un buen día van a venir buscándote a ti.
Ese renacimiento de la solidaridad, que responde a una visión global de la justicia, sin inscribirse en una ideología prestablecida, y que tampoco aparece en los estimados de inteligencia, tiene un significado fundamental, sin embargo, en el contexto político del mundo en que vivimos.
Entender nuestros problemas como parte de ese mundo, en vez de seguir mirándolos desde nuestro propio ombligo, resulta crucial.










