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Por ese nombre se han conocido organizaciones gloriosas que le hicieron frente a los nazis, a los fascistas y a sus colaboradores en los países que fueron ocupados en la Europa de la Segunda Guerra Mundial. Día a día se jugaban la vida para hacerle difícil la presencia a esos poderes totalitarios y para salvar familias judías del exterminio nazi.
Entonces, la resistencia era parte de la esperanza, y la esperanza —que es muy distinta del optimismo— alimentaba la idea de un futuro mejor, sin nazis y sin guerras. Lamentablemente, hoy tenemos un presente sionista en el Medio Oriente alimentado por el régimen norteamericano manejado por Trump.
Si buscáramos entre los sinónimos de “resistencia”, encontraríamos, sin ser los únicos, los siguientes: firmeza, obstinación, tenacidad, entereza, intransigencia, severidad, dureza, solidez.
Luego aprendimos que también existe la “resistencia creativa”, que imagino es aquella que combina cualquiera de aquellos sinónimos con la acción de generar o producir soluciones a problemas a partir de procesos innovadores en condiciones extremas de asedio, escasez de recursos y débil capacidad institucional y gobernabilidad.
La formulación de “resistencia creativa” se ha convertido en una de las más utilizadas y repetidas de estos últimos años en Cuba, en especial cuando se quiere resaltar algún resultado positivo de una empresa u otra organización, logrado a pesar de las tremendas dificultades y restricciones que el país padece.
Pero habría que decir que el homo sapiens cubano es genéticamente resistente y creativo. Lo hemos demostrado desde mucho antes de que el término alcanzara la categoría de discurso oficial, incluso desde antes de 1959, —aunque sin dudas a partir de 1959 lo fuimos más—. Unas veces desde los puestos de trabajo, para mantener una fábrica funcionando a pesar de que no se podían comprar los repuestos originales por la prohibición de las administraciones norteamericanas, y otras veces, hasta en el día a día, cuando nuestras madres y abuelas hacían la magia de inventarse un manjar con casi nada, como nos recuerda el poeta.
De hecho, habría que decir que las mujeres cubanas son paradigma de la resistencia y la creatividad, lo mismo para el almuerzo del nieto que para el “vestidito” de la niña en aquella época gloriosa en que teníamos que escoger qué “comprar” por el cupón: o camisetas o medias.
Los y las cubanas hemos cultivado la resistencia creativa no porque fuera parte de una política de Estado o de un programa de gobierno; lo hemos hecho porque no ha habido de otra, y esa tradición también forma parte del marco cultural en que vivimos, de reglas del juego no escritas, pero aceptadas y practicadas.
Sin embargo, hay otro tipo de resistencia sobre la cual hubo alertas desde que empezaron a hacerse las reformas; alertas que, sin embargo, no evitaron los múltiples daños que nos ha dejado. Generalmente, no le ponemos adjetivo, tampoco la definimos conceptualmente y mucho menos le ponemos rostro, pero existe.
Esa resistencia es la resistencia destructiva: la que puso el freno poco tiempo después del inicio de los noventa; fue la que promovió y consolidó la idea de que la inversión extranjera directa y los trabajadores por cuenta propia, lejos de ser un recurso y una oportunidad, eran “un mal necesario”; la misma que ha construido edificios de burocracia para crear todas las trabas posibles y justificarlas bajo el manto del prejuicio ideológico; trabas que cada cierto tiempo se listan sin que se les encuentren soluciones efectivas.
Fue la que detuvo por más de diez años, desde los Lineamientos, la creación de las mipymes, argumentando que no era “el momento adecuado”, para luego traerlas con “fórceps” cuando no quedó más remedio, y que hoy le niega la sal y el agua.
Esa resistencia destructiva ha preferido estas largas décadas de deterioro social y económico antes que iniciar la transformación profunda e integral de nuestra economía. Ha practicado la incertidumbre y optado por el éxodo de una buena parte de la población y de nuestros jóvenes, haciéndole el juego, ojalá que sin querer, a las políticas de tres administraciones estadounidenses.
Es la que ha pasado treinta años levantando obstáculos para impedir que cubanos residentes en el exterior puedan invertir y tener negocios legalmente establecidos en su país, fomentando de esa forma figuras ilegales o alegales, a pesar de estar contemplada en las dos leyes para la inversión extranjera; impidiendo así una utilización más eficaz y eficiente de esa oportunidad.
Esa resistencia destructiva entiende el rol complementario “del sector privado” como algo de menor cuantía e importancia, prescindible y circunstancial; prefiere dividir utilizando argumentos arcaicos, antes que unir mirando hacia el futuro. Es la que, contra toda evidencia, pretende que es posible el socialismo en un país donde la pobreza crece y el pacto social ha cedido a la individualización y atomización de las soluciones; es la que exige soluciones desde la ciencia, a la vez que desoye y no lee lo que los cientistas sociales y económicos argumentan.
Hace apenas unos días el presidente Miguel Díaz-Canel identificó un grupo de asuntos prioritarios. No es la primera vez que se declaran. En otras ocasiones, esa misma resistencia destructiva los ha convertido en nada, y su implementación adecuada no ha ocurrido.
De igual forma, el lunes, el viceprimer ministro anunció un grupo de medidas para facilitar que los cubanos residentes en el extranjero puedan hacer inversiones y negocios; que incluso abre el sector financiero a los residentes cubanos en el extranjero y que concreta lo anunciado en noviembre de 2025.
“Con las nuevas medidas, los cubanos residentes en el exterior podrán:
- Asociarse con empresas privadas y cooperativas al amparo de la Ley de Inversión Extranjera.
- Ser socios o dueños de empresas privadas. Para ello deberán estar comprendidos en la condición migratoria de “inversores y de negocios” que establece la vigente Ley de Migración.
- Participar en las diferentes modalidades financieras previstas en la legislación vigente. A ese fin se les expedirá licencia del Banco Central de Cuba, al amparo del Decreto Ley 362 de 2018 “De las Instituciones del Sistema Bancario y Financiero”.
- Obtener licencias para participar como proveedores de servicios de activos virtuales.
- Abrir cuentas en divisas en bancos nacionales para el desarrollo de sus negocios en el país.
- Invertir en fondos de inversiones administrados por una institución financiera y de esa forma contribuir al financiamiento de proyectos de interés que ofrezcan la rentabilidad que garantice el retorno del fondo.
- Crear fondo con destino a proyectos de cooperación internacional con alcance local o nacional”.
Muy bueno que se haya hecho; su implementación ágil y consistente es un acto de construcción de esperanza.
Facilitar la IED, la de los cubanos residentes en el extranjero, la de inversionistas extranjeros, la de los cubanos residentes y vivientes en Cuba dependerá en mucho de crear un buen ambiente de negocios y reducir la incertidumbre que nuestro propio marco institucional ha creado en todos estos años.
Pero todavía hoy, la resistencia destructiva está incrustada en ese marco institucional y no lo va a abandonar voluntariamente.
Cabrían varias preguntas cuya respuesta podría ayudar a evitar chocar otra vez con la misma piedra que cargamos y constantemente nos tiramos delante: ¿Qué nos impidió hacerlo hace 10, 15 o 20 años? ¿Cuáles son los beneficios que ha reportado la demora? ¿Quién paga ese costo?
Conseguir ese propósito en las condiciones actuales, con el país amenazado, enfrentando el inicio de un proceso de conversaciones donde seguro la Administración norteamericana aplicará la filosofía del “arte de negociar” del régimen de Trump, con un bloqueo total al suministro de combustible, con apoyos externos débiles, con una economía tremendamente debilitada, es todavía más difícil.
La resistencia destructiva tiene entre sus principales alimentos una nostalgia trasnochada que no construye futuro ni fortalece la esperanza.











