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Capacuba, Cubablanca

“…el sombrero en la mano/(para las damas)/la sonrisa en el aire/

(para los caballeros)/y su caballo blanco/

sacando chispas puras/del empedrado”.

Nicolás Guillén

Es la hora de un genio. Pido tiempo y espacio para aquel al que llamaron Mozart, por precoz, y Máquina del Ajedrez, por invencible. El campeón que aprendió los secretos del tablero con apenas cuatro años, observando jugar a su padre. El habanero que destronó al patriarca Lasker y puso a su país en muchos mapas. El mejor trebejista “natural” de la historia, porque menospreciaba los libros y le apostaba todo a su intuición. Es la hora, sí señor, de Capablanca.

La carrera de José Raúl llevó el ritmo frenético y seguro de la consagración de un elegido. En su mente bullían descargas eruptivas, y delante de aquellos ojos magnos se derrumbaban, indefensos, los gigantes…

A los cinco empezó a obsequiar fracasos en el Club de Ajedrez de La Habana, y a los trece le arrebató a Juan Corzo el título cubano. Con dieciocho años superó al monarca universal, el propio Lasker, en un torneo relámpago en Manhattan. (“Es notable, joven, usted no ha cometido errores”, le dijo, estupefacto, el alemán). Y cumplidos los veinte, humilló al titular norteamericano Frank Marshall, y realizó una gira por Estados Unidos con balance de 703 victorias, 19 empates y solamente una docena de reveses.

Luego, en 1911, el isleño atropelló a sus adversarios en la Junta de San Sebastián y, henchido de autoconfianza y energía, exigió su derecho a un match por la corona. Pero Lasker propuso un celemín de condiciones y el acuerdo fue imposible. Deberían pasar muchísimos torneos –todos los de una larga década- para que el inmortal germano, aburrido quizás de pretextos y evasivas, encarara el dual meet que acabaría con su reinado.

La pulseada -como las anteriores de Steinitz y Chigorin- aconteció en La Habana, y el desenlace se ajustó a los cálculos de todos. Es decir, Capablanca batió sin problemas a su envejecido contrincante (+4-0=10), que abandonó la lucha por motivos de salud sin apuntarse ningún éxito. Dicho sea de paso, esto de no hacer la cruz en el score no se repetiría hasta ochenta años después, cuando Kramnik dispuso de Kasparov +2-0=13.

Capablanca en Londres, 1911
Capablanca en Londres, 1911

La entronización representó el justo remate para la leyenda de José Raúl Capablanca. Que no fue un genio loco del tipo Bobby Fischer, ni un genio alcoholizado como Tal. Si acaso, un genio mujeriego al que durante un tiempo se le consideró entre los tres hombres más guapos del mundo, junto a Ramón Novarro y Rodolfo Valentino. Se decía que el cubano iba de falda en falda. Que perdió contra Tarrasch en San Petersburgo’14 porque había pasado directamente de la cama de la señora del Gran Duque al tablero de ajedrez. Y que se divirtió con demasiadas bailarinas en las semanas previas a su fatal enfrentamiento con el gran Alekhine.

Ello ocurrió en 1927. La disputa empezó bajo el unánime criterio de que Capablanca ganaría. Eso pensaban, convencidos, Nimzowitsch y Maroczy. Spielmann había dicho: “Alekhine no va a ganar ni una partida”. Vidmar, radical, aseguraba que el ruso-francés no tenía “la sombra de una posibilidad”. Y Bogoljubov se arriesgaba a presagiar un score de 6×3 favorable al rey criollo.

Fiel a su estilo, Capablanca no se entrenó para el encuentro. En cambio, Alekhine se preparó con un rigor inconcebible para entonces, estudió cada tendencia del juego de su contrincante, y por ese camino sentó las bases de una práctica habitual en el ajedrez contemporáneo.

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Así, en disparidad de condiciones, llegaron a su match en Buenos Aires. Frente a frente, dos monstruos. El mejor del ajedrez científico (Capablanca) contra el mejor del ajedrez artístico (Alekhine), según la archifamosa frase de Savielly Tartakower. El cubano perdió de manera vulgar la primera partida, y aunque luego capeó el temporal y extendió notablemente la contienda, de todos modos sucumbió por +6-3=25.

Vino entonces una dilatada pero infructuosa búsqueda de la revancha. Para poner en juego su corona, el europeo exigió una bolsa que el caribeño nunca pudo reunir, y al final de la historia, Capablanca murió sin poder aspirar nuevamente a la poltrona. Uno y otro se odiaron con delirio, hasta el punto de que en sus enfrentamientos posteriores casi no compartieron el tablero: una vez que cada cual hacía su movida, se levantaba a caminar por el salón de competencia.

Una embolia mató a Capablanca. La sufrió el siete de marzo de 1942, mientras analizaba un cotejo en el Manhattan Chess Club. “Ayúdenme a quitar el abrigo”, fue lo último que se le escuchó decir antes de desplomarse. Lo trasladaron al hospital Monte Sinaí, el mismo donde había fallecido Emanuel Lasker, y allá murió en la madrugada del siguiente día.

El suceso sacudió los cimientos del ajedrez mundial. Se había ido un jugador con menos de cincuenta derrotas en partidas oficiales. Un personaje invicto durante 63 encuentros sucesivos. Un nombre imprescindible, con aportes valiosísimos a la teoría de la simplificación y el estudio de finales. Un caballero en toda la extensión de la palabra, que influyó decisivamente en los estilos de monarcas posteriores como Fischer y Karpov.

El mejor homenaje que le podían hacer salió de boca de su peor enemigo, Alexander Alekhine, que al saber de su muerte, sentenció: “Nunca antes hubo ni volverá a existir un genio igual”. Más elocuente, nada.

El cotejo de hoy lo sostuvo el criollo en el referido torneo de San Petersburgo, que concedió los primeros cinco títulos de Gran Maestro, entregados por el zar Nicolás II a Lasker, Capablanca, Siegbert Tarrasch, Alekhine y Marshall. Y la víctima de la combinación fue un excelente trebejista, el ruso Ossip Bernstein. Ahí se lo dejo…

Blancas: José Raúl Capablanca. Negras: Ossip Bernstein.

1. d4 d5 2. Cf3 Cf6 3. c4 e6 4. Cc3 Cbd7 5. Ag5 Ae7 6. e3 c6

En este punto, Bernstein se aparta de la línea principal de la Defensa Ortodoxa ante el Gambito de Dama, que es 6…0-0 7. Tc1 c6 8. Ad3 dxc4 9. Axc4 Cd5 10. Axe7 Dxe7 11. 0-0 Cxc3 12. Txc3 e5

7. Ad3 dxc4 8. Axc4 b5 9. Ad3

La alternativa 9. Ab3 0-0 10. Axf6 Cxf6 11. 0-0 Ab7 12. Tc1 era satisfactoria para ambos.

9…a6 10. e4 e5?

Un sacrificio equivocado, porque el negro invertirá varios movimientos en recuperar el peón. Lo correcto habría sido 10…c5, según recomendación de Golombek, seguido por 11. e5 Cd5 12. Axe7 Dxe7 13. Cxd5 exd5 14. 0-0.

 

11. dxe5 Cg4 12. Af4!

La tarea de exterminio está en proceso. 12. Axe7 Dxe7 13. e6 Dxe6 14. Cd4 Df6 15. Dxg4 Dxd4 16. Td1 habría levado por el camino de la tranquilidad.

 

12…Bc5 13. 0-0 Qc7 14. Rc1 f6 15. Bg3

Aquí, los programas recomiendan 15. b4! Entonces, si 15…fxe5 16. Ag3 Axb4 17. Cd5 Dd6 18. Cxb4 Dxb4 19. Txc6 y el blanco tiene la iniciativa. Y si 15…Axb4 16. Cd5 Da5 17. Txc6 Ab7 18. Cxb4 Dxb4 19. Tc7, el blanco dispone igualmente de ventaja.

 

15…fxe5

El negro ha recuperado el peón, pero la posición del blanco es muy superior. Tiene todas las piezas en juego, algunas en funciones defensivas y las demás en plan de ataque, y hasta el alfil aparentemente inactivo embestirá muy pronto. Su rival, en cambio, no ha podido desarrollar sus torres y ni siquiera se ha enrocado, como observó el propio Capablanca.

Por cierto, a 15…Cdxe5 le habría seguido 16. Cxe5 Cxe5 17. Cxb5 cxb5 18. b4 Axf2+ 19. Txf2.

 

16. b4 Aa7 17. Axb5!!

Brillante. El sacrificio de alfil deja en crisis la posición del negro, al tiempo que la artillería del blanco se prepara para entrar en la pelea. 17. Db3 Cdf6 18. Cd5 Db7 19. Cxf6+ gxf6 20. Tfd1 no habría conducido a grandes cosas.

17…axb5 18. Cxb5!