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En las redes sociales de un spa cubano, cuyo nombre me reservo, porque podría ser cualquiera, apareció en días recientes un anuncio significativo. “Porque también es importante cuidar lo de adentro”: el sitio expande su carta de servicios. Ahora, además de los masajes con piedras volcánicas y las envolturas de barro, ofrece consultas médicas de diversas especialidades, cuenta con modernos equipos de ultrasonidos y con personal calificado de salud.
Así se promociona otro pequeño consultorio privado, con una música de arpa y el humo de las velas aromáticas alrededor de la joven que habla despacio mientras sube una escalera.
Todos ellos están marcados en el mapa de nuestra suspicacia. Aquella peluquería ofrece consulta dermatológica; en la casa de renta de la esquina, de paso, ponen una inyección, hacen un electrocardiograma; ese reparador de espejuelos mide la vista; donde dice “se vende hielo”, léase, “hay antibiótico”.
El detalle no es que existan, el detalle es que funcionan. Algunos pacientes van y salen con un diagnóstico, con una receta o con la propia medicina, con esa tranquilidad necesaria que el sistema público de salud ya no les ofrece.
Yo estuve allí, en aquel hospital, cuando nació mi hija menor. Estuve “resolviendo” el suero, la aguja, hasta la sábana donde se envolvió; estuve antes repitiendo el análisis aquel que dio alterado por una mala praxis, y que no se pudo confirmar por la falta de reactivos.
La salud no es un lujo, es una prioridad, y si el precio por cuidarla es alto, siempre habrá alguien dispuesto a pagarlo si su bolsillo lo permite o incluso si tiene que vaciar los ahorros dedicados a la supervivencia.
El Decreto 160 de 2026, que entró en vigor el pasado 4 de agosto, reconoce que los actores no estatales pueden ejercer cualquier actividad lícita, salvo aquellas expresamente prohibidas o condicionadas en su Anexo Único. El texto es claro: la salud pública y la atención médica institucional siguen siendo responsabilidad exclusiva del Estado. Se flexibilizan los servicios farmacéuticos, pero el acto médico (el diagnóstico, la consulta, el tratamiento) queda reservado para el sistema público.
De acuerdo con la ley, el spa excede sus funciones; pero la necesidad no entiende de códigos penales y la conciencia social no es un ladrillo que cargamos por cerebro.
Para el paciente, la disyuntiva no es shakespeariana, no se trata de existir o no, sino de actuar o esperar, cuando el sistema que debería protegerte no tiene cómo. Y en ese vacío entre lo que la ley manda y la vida exige, un centro de salud privado se presenta para cobrarle la urgencia a quien pueda pagarla.
Es la misma lógica aplicada a todos los sectores de la nueva sociedad cubana: los padres llevan a sus hijos a maestros exclusivos, los músicos trabajan en bares privados sin contrato y sin seguridad social; el cambista compra y vende divisas en un banco improvisado con la tasa del día escrita en un papel que se arruga en el bolsillo. Todas son actividades que la ley prohíbe o condiciona, y todas son, en definitiva, formas de suplir carencias.
¿Qué hacemos cuando la ley y la vida se divorcian? Algunos aplauden estas iniciativas que benefician a una clase, otros condenan al que se aprovecha para lucrar en los escenarios difíciles.
La salud no debería ser un privilegio, pero en la práctica, cada vez más, lo es. ¿Nos adaptamos? ¿Denunciamos el spa mientras esperamos que el sistema público resuelva? ¿Aceptamos que alguien ocupe un espacio en el vacío? O como bromeaba un anciano en la fila para comprar arroz: “¿Qué tal si nos rendimos y ya?”.
Hay una frase de Martí, de su ensayo Maestros ambulantes, que se repite en Cuba: “Ser culto es el único modo de ser libre”. La expresión completa, pocas veces citada, dice: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso… Pero en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.”
Martí siempre puede leerse en presente. Hay que cultivarse en lo justo para crear una nación de hombres libres, pero sin prosperidad, la bondad y la libertad son difíciles de sostener. La cultura, la ética, la moral, no flotan en el aire; se construyen sobre condiciones materiales de vida.
La cultura cubana, esa suma de sentidos que hemos compuesto durante décadas, se está reacomodando. Y en ese reacomodo aparecen debates que antes no nos planteábamos, porque nadie impugna verdades cuando son de perogrullo.
¿Es mejor entregar una ciudad antes de quemarla y abandonar nuestras cosas? La respuesta estaba en la actitud de los bayameses. ¿Es mejor vivir en cadenas que morir? Era una obviedad resuelta en el Himno Nacional.
Sin embargo, aquí estamos, en el país de “con todos y para el bien de todos”, discutiendo si es mejor que se salven diez o ninguno.
Además, ¿quiénes son los elegidos para salvarse? ¿Los más inteligentes, los más jóvenes, el que decida el azar o una votación? En esta circunstancia, como en todas cuando no hay equidad, se salva quien pueda.
Cuando jugamos una partida, las leyes se discuten al comienzo o se pactan por el camino. En Cuba, con independencia de si existen o no consultorios privados, desde hace años, unos tiran los dados con ventaja, otros con desventaja, y hay quien ni siquiera tiene dados, y se mueve a ciegas por un tablero hostil.
Denunciar el spa ante la ley no impulsará un cambio sustancial en el escenario; aceptarlo acríticamente, tampoco. El sitio también es la consecuencia de los nuevos pactos, establecidos por el agotamiento extremo y la escasez.
En aquel hospital, mientras nacía mi hija menor, una embarazada echada en el piso del salón gritaba por un médico. “Si esto fuera privado, yo no estuviera sin atención”, vociferaba. “Es verdad”, reflexionaba yo en silencio, “solo si fueras capaz de pagarlo”.
La salud pública fue, durante décadas, un igualador social. El hijo del obrero, del político, del deportista, se atendía en el mismo hospital, con los mismos médicos y los mismos recursos. Eso se acabó. Hoy, el que tiene dólares o influencias se atiende en clínicas privadas o recibe atención exclusiva; el que no tiene, tira el dado y encuentra un hospital con más o menos provisiones, médicos con más o menos voluntad de ayudar sin cobrar un centavo por ello (porque el salario tampoco les alcanza), o simplemente espera, y mientras espera, se enferma más, hasta las últimas consecuencias.
La desigualdad no la creó el spa. En todo caso, la dueña aprovechó el resquicio para recibir a los clientes que ya tocaban la puerta.
Mientras el sistema público no responda, seguirán apareciendo peluquerías, gimnasios, casas particulares ofreciendo lo que el Estado no puede ofrecer; y la ley seguirá siendo, simplemente, un papel más para arrugar en el bolsillo o para cambiar por dinero e influencias.
Quisiera encontrar la salida de la disyuntiva, pero no siempre sabemos qué hacer cuando jugamos la partida a ciegas.












