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Es difícil mantenerse al tanto de las noticias, primero por la baja disponibilidad eléctrica y de conexión, y segundo, porque llegan de improviso: te golpean la cara como un periódico sucio en la calle impulsado por un remolino de viento.
Hay eventos que en cualquier otro contexto pudieran ser graves o escandalosos, y que, en esta realidad de guerra económica y psicológica, pasan casi inadvertidos.
El 16 de septiembre, el Banco Central de Cuba puso en circulación dos nuevas denominaciones del peso cubano que se devalúa día tras día. Han anunciado que no es una reforma, es solo una ampliación del cono monetario. Como si el cono actual no cupiera ya en ninguna mano.
En abril habían salido los de 2 mil y 5 mil; ahora estos de 10 mil y 20 mil. Billetes que, en algún caso, superan hasta seis veces el salario mínimo de los cubanos, fijado en 3210 pesos. Salario, además, que llega (o debería llegar) por vía electrónica. Billetes que muchos cubanos no verán nunca, en un país donde la mayoría sobrevive diariamente sin saber cómo lo hace y cómo lo hará mañana.
¿Por qué una economía en crisis imprime billetes con nuevas denominaciones?
La respuesta oficial es sencilla: “Para facilitar las transacciones en efectivo, reducir los costos de logística y ganar agilidad en la operatoria bancaria”. Dicen que esta economía demanda altos volúmenes de dinero en efectivo; dicen que no hay suficiente papel moneda para la cantidad de pesos que circulan.
Y dirán bien. Se entiende la explicación técnica de que los billetes no crean dinero nuevo; los billetes son solo el papel que representa un dinero que ya existía.
Sin embargo, uno que no es economista, sino un actor y testigo de la sociedad que nos envuelve, se queda con la pregunta flotando y aparecen otras, mientras encuentra en la cartera el billete antiguo de un peso con el rostro de Martí, que guarda para no olvidar el valor que una vez tuvo.
¿Quién usará las nuevas denominaciones? ¿Para qué? ¿Ayudará a que los otros billetes lleguen a las manos de los jubilados que compran un huevo para el día? ¿Viene acompañado de una aplicación severa de la ley para que los mercados acepten la transferencia bancaria?
En el escenario informal, el peso cubano se ha despreciado hasta niveles que ni los más pesimistas imaginaron. La tasa oficial flotante que el Banco Central implementó a finales de 2025 supera con creces los seiscientos; los optimistas habíamos confiado en la tasa oficial cuando se anunció la unificación monetaria; hoy esa confianza escasea como cualquier elemento de primera necesidad.
Un billete de 20 mil pesos equivale, en el mejor de los casos, a casi 30 dólares; o lo que es igual, 30 libras de picadillo a granel o 5 kilogramos de leche o alrededor de cien huevos. Pero hay cubanos que no han visto nunca un billete de mil. Hay cubanos que eligen entre una cebolla y un tomate para llevarse a casa.
Los billetes de alta denominación no son para los del salario mínimo, ni siquiera para los profesionales que apenas alcanzan esa cifra en el mes. Son para los que tienen algo que vender, para los que manejan grandes cantidades y necesitan espacio en sus manos o en sus almacenes; para ese circuito económico paralelo que existe, respira y se mueve entre los poros de la crisis.
Para el resto de los cubanos, la noticia del billete de 20 mil es un dato curioso, casi un absurdo que se comenta en las colas del mercado y se olvida antes de llegar a casa.
Hay que agradecer que se piense en esos proveedores; en definitiva, sostienen la oferta, pero uno también traduce lo que ve en el rostro de la señora que devuelve el huevo porque le faltan diez pesos.
Por cierto, otra vez los nuevos billetes anunciados este año llevan rostros de mujeres patriotas. Hay algo casi poético en el acto. La sociedad cubana, que no se libra del patriarcado, las imprime allí, en el trozo de papel más inaccesible para la mayoría.
En otras noticias, el precio del arroz también sube, y el del aceite; las medicinas escasean aún más –acaso pensamos que no sería posible–, los cajeros automáticos siguen apagados o rotos, el sistema eléctrico nacional cada vez más frágil, como la presión arterial de un enfermo; y Martí sigue en mi cartera, en ese billete de un peso que hace años dejó de usarse.
¿Un billete de 20 mil donde el salario mínimo es de tres mil? Eso es todo. No hace falta ser economista para hacerse preguntas o inventarse respuestas en voz alta. Solo hay que estar vivo y aquí, observando el remolino de viento que no cesa, y trae junto a cada amanecer un periódico sucio para golpearnos la cara.













