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Cuando me toca hablar de mi madre, Niurka González, no sé qué decir; es como si de repente no supiera combinar las palabras. ¿Cómo se presenta a una persona que significa prácticamente todo para mí? Es una profesional seria y excelente, no solo por sus resultados, sino por su dedicación; pero sobre todo una bellísima persona que cuida siempre de una forma u otra a todo el que tiene la suerte de conocerla. Aquí me centro sobre todo en su carrera, intentando tomar quizás cierta distancia a favor de la entrevista. Espero que disfruten de sus vivencias y sus consejos tanto como yo.

Conociéndote ahora, es casi imposible imaginarte sin tu flauta, que te acompaña todos los días a donde quiera que vas. Sin embargo, comenzaste en el conservatorio estudiando clarinete. ¿Cómo fue esta transición? ¿Crees que de haber sido diferente no habrías sido flautista? ¿Sería compatible trabajar estos dos instrumentos de viento tan diferentes paralelamente con un rigor de solista sin comprometer la técnica?
Yo llegué a la música por vocación. No tenía un entorno familiar artístico, sin embargo, mis padres —principalmente mi madre— tuvieron la sensibilidad de escuchar los deseos de una niña de 10 años y de llevarme primero a la peña del Grupo Meñique en el Parque Lenin y después de seguir el consejo de María Álvarez Ríos cuando les dijo que debían presentarme a las pruebas del conservatorio.
Así llegué a la escuela Manuel Saumell, y como bien dices, luego del proceso de selección empecé estudiando clarinete, pues no alcancé plaza de flauta. Un par de años después, gracias a mi insistencia y a la de la profesora Luisa Mercedes Hernández, comencé con la flauta.
El clarinete me sigue gustando, pero prefiero la flauta, y es que me gusta todo de ella: la forma del instrumento, su estética, su mística y también el repertorio que abarca desde el barroco hasta nuestros días. Y es que la flauta es un instrumento muy antiguo; he leído que quizá el más antiguo.
Combinar una carrera de solista en ambos instrumentos no es imposible, pero a mi modo de ver no del todo recomendable si se pretende un resultado de excelencia, sobre todo en la flauta. Explico. Para conseguir un sonido limpio, flexible y a la vez controlado en la flauta, se necesita de mucha sensibilidad en ambos labios y, cuando se toca el clarinete por varias horas, la posición en la que se apoya la boquilla en la boca hace perder flexibilidad en el labio inferior, lo que en mi opinión no es del todo saludable para el sonido de la flauta.

Conseguiste algo que muchos estudiantes a día de hoy ansían. Una beca para estudiar en Europa, nada más y nada menos que en el Conservatorio de París. ¿Cómo viviste el proceso de audición y los primeros meses de estudio y supervivencia sola en un país completamente diferente? ¿Qué le recomendarías a otros estudiantes cubanos que podrían estar pasando por este proceso?
Así es. En el año 1996 obtuve una beca del gobierno francés, o sea, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia me otorgó un estipendio mensual para estudiar allá. Esto fue posible gracias a la generosidad de Alain Marion, enorme flautista y ser humano, a quien conocí en 1994, en unas clases magistrales en Barcelona. Marion me dio una carta de recomendación para obtener esa beca. Fue una gran oportunidad y a la vez un gran reto.
Tuve que primero estudiar francés a toda velocidad, luego conseguir apoyo de instituciones cubanas para el dinero del pasaje y después llegar a París y desentrañar la vida en un entorno completamente diferente y no del todo amistoso. Aclaro que la beca era el estipendio, una cantidad de dinero mensual, y con ese presupuesto yo tenía que gestionarme la vida, incluida la escuela, asesorada por gestores de organismos franceses que se ocupaban del trato con los becarios.
Así empecé estudiando en un conservatorio de la región de París que estaba en una localidad que se llama Bourg-la-Reine y, estando ahí, me enteré de que en pocos días iba a ser el concurso de entrada al Conservatorio Superior de la Región de París. Me presenté y gané una de las cuatro plazas disponibles entre más de 80 aspirantes. Viéndolo en perspectiva, fue un auténtico milagro.

Yo iba con una flauta Yamaha de estudiante. A mi alrededor había un desfile de flautas muy plateadas y hasta doradas. Mirando hacia atrás, recuerdo que en ese examen tuve muchos defectos técnicos que luego me empeñé en corregir, pero también demostré una gran confianza en la música y un absoluto convencimiento de que se tocaba para expresar y conmover más que para demostrar ser “un instrumentista”.
Analizándolo a 30 años de distancia, tiene que haber sido eso lo que marcó la diferencia, porque ahí había gente que tocaba la flauta mejor que yo, pero que quizá no demostró esa pasión por la música, que fue lo que, creo, hizo al jurado darme esa oportunidad.
Por eso mi recomendación para los jóvenes es que crean en ellos mismos. El objetivo del arte es comunicar y conmover. Por supuesto, hoy en día el nivel al que se toca la flauta en el mundo es mucho más alto que el de los años noventa. A esto hay que sumarle que las condiciones formativas en Cuba hace años que no son las que solían ser.
Ahora mismo estamos en un momento muy crítico y dramático. No hablo solo de la situación de las escuelas, sino también del estado de ánimo de los estudiantes. En la Cuba actual es muy difícil, no digo que imposible, pero sí muy difícil crear, concentrarse, profundizar y crecer espiritualmente: somos reflejo de cómo vivimos y ahora mismo en Cuba está siendo muy complejo.

Acabada de llegar de Francia, primer premio del conservatorio, decidiste terminar tu licenciatura en la Universidad de las Artes (ISA). ¿Por qué?
Bueno, la respuesta corta es que, a pesar de mi juventud, no me dejé provocar por la vanidad. La larga es esta: yo tenía un título de un conservatorio de nivel superior europeo, de mucho prestigio, pero no era considerado una licenciatura por nuestro Ministerio de Educación Superior. ¿Qué quiere decir esto? Yo había cursado materias musicales a un alto nivel, pero los planes de estudios del ISA de la época tenían una serie de materias teóricas de formación más general que no estaban entre las que había cursado y, por esa razón, me hicieron un ajuste del plan de estudios y cursé Filosofía, Estudios Cubanos, Historia de la Música y no recuerdo cuáles otras y así en 1999 finalmente obtuve mi título de Licenciada en Música.

Aparte de tu activa labor como intérprete y concertista desde muy joven, te has dedicado también a la enseñanza. ¿Por qué esto es importante para ti? ¿Consideras que es particularmente provechoso para los alumnos tener un profesor con una carrera interpretativa activa, o sea, que se presente ante un público regularmente? ¿Qué has aprendido de la enseñanza en todos estos años? ¿Qué es lo que más te enorgullece?
Me gusta enseñar y estoy muy orgullosa de mis estudiantes a lo largo de los 25 años que llevo dando clases; entre ellos hay flautistas que admiro mucho.
Creo que enseño para aprender. Es una labor creativa que disfruto a plenitud. El magisterio es, en mi opinión, una acción tangible, al menos en una dimensión. Se puede constatar cómo un estudiante va mejorando con la guía de un maestro, cómo va adquiriendo herramientas y habilidades; esta es la parte concreta. Otra fase es la incidencia que tiene el maestro en la formación personal del estudiante, porque la enseñanza del profesor traspasa lo meramente profesional e incide en la formación de valores humanos.
Esta parte es otra dimensión de la labor de los maestros que es más sutil, menos concreta, pero no menos fundamental porque los puede inclinar a ser mejores o peores personas.
No es imprescindible que el profesor tenga una carrera interpretativa activa. La historia está llena de enormes maestros que dejaron la interpretación a un lado por diversas razones, para dedicar más tiempo y energía a la enseñanza con excelentes resultados.
Ahora, tener un maestro que combine el magisterio con la interpretación activa hace que el alumno admire al profesor también como músico e instrumentista. Se establece una empatía extra porque de la experiencia práctica surgen muchos consejos concretos para la interpretación de una pieza, lo que convierte al maestro en una suerte de ejemplo a seguir. También, ser un intérprete en activo hará que el maestro esté en una mejor “forma instrumentística” y pueda ejemplificar mejor en clase.


Últimamente, aparte de tus regulares presentaciones como solista y en formatos de cámara, te hemos visto tocando dentro de la Orquesta del Lyceum con el proyecto de la Academia. ¿Es importante para los alumnos tocar en la orquesta junto a sus profesores? ¿Qué sientes que te ha aportado a ti como intérprete?
Trabajar con jóvenes en formación es una inspiración. Digamos que completa un poco la labor de profe. Es compartir con los estudiantes en el ámbito profesional del concierto, lo que crea otras oportunidades de enseñanza porque, además de la importancia de todos los escritos sobre metodología para la enseñanza de la flauta, el oficio de maestro de música sigue siendo de transmisión oral.

Hace unos años creaste el Concurso Nacional de Flauta Roberto Ondina in Memoriam. ¿Cuál ha sido tu experiencia personal con concursos nacionales e internacionales? ¿Por qué crees que son necesarios en Cuba en este momento?
Bueno, el tema de los concursos es un poco contradictorio porque, ¿cómo se puede competir en el arte? No hay un criterio exacto para juzgar. Entonces pudiera parecer que los concursos no tienen sentido porque en términos artísticos la competencia no existe, ¿cómo decidir qué es mejor o peor en arte?
Es cierto que históricamente los grandes concursos han sido impulso fundamental para las carreras de los intérpretes, pero sin dudas estos resultados no determinan quién es el mejor músico, sino quién obtuvo un determinado premio en una circunstancia determinada. Dicho lo anterior, mi recomendación es usar el estímulo de prepararse para la competencia como una herramienta de superación personal.
Sí veo necesario que existan competencias, son el escenario perfecto para conocer e intercambiar otros músicos y colegas, son una buena oportunidad para adquirir experiencia escénica y aconsejo aprovechar la experiencia para observar bajo presión cuales son nuestras fortalezas y debilidades y aprender de ellas. En mi opinión los concursos son una oportunidad de aprender y de crecer si los enfocamos desde una perspectiva positiva y constructiva.

Actualmente ante la “amenaza” de la IA parece que casi todo en las artes es substituible o remplazable. ¿Qué importancia crees que tiene el rol del intérprete en esta nueva era de tecnología? ¿Seguirá habiendo espacio para la belleza?
Personalmente no me siento amenazada por la IA. Creo que nada sustituye la experiencia de lo auténticamente humano, del encanto y fascinación de lo imperfecto. La IA es una herramienta excelente que nos facilita muchas cosas, un excelente motor de búsqueda, pero acompañando a la IA debe haber una cabeza humana que se haga las preguntas, que dicte pautas y particularmente en el arte no creo que sea una competencia para los creadores sino más bien una herramienta. A mi me resulta particularmente útil para simular tormentas de ideas.
Lo que si me aterra es que algo que se ha desarrollado tan pronto pueda descontrolarse electrónicamente y “tomar decisiones” que afecten el curso de la humanidad. Cuando se reflexiona sobre la IA a gran escala si que da un poco de miedo.



Como músico considero que una de las cosas más difíciles es aprender a estudiar y, sobre todo, no perder la motivación. Cuando se deja de contar con un maestro que está pendiente de nuestro progreso, ¿cuáles son tus incentivos para no perder el rigor en el estudio diario? ¿Es difícil mantenerse en forma concertista incluso en períodos de “descanso”?
La vocación, el amor por la música es lo que personalmente me impulsa a dedicarme a una profesión infinita que no tiene descanso. En la música el aprendizaje no se detiene, todos los días se descubren detalles, incluso aunque estemos tocando obras que han sido escritas y reinterpretadas desde hace cientos de años.
Para mantenerse motivado hay que preocuparse por optimizar el estudio individual y que este no se convierta en una repetición mecánica. Incorporar un análisis inteligente a la práctica con objetivos y estrategias claras, pueden hacer mucho más productivo, entretenido y creativo el tiempo que pasamos con nuestro instrumento. Cuando se acaba la etapa de estudiante, uno se convierte en su propio maestro. Grabarse durante el estudio y también en los ensayos es una práctica muy saludable.
Como consejo para esos días en los que cuesta sacar el instrumento de su caja, hay que apelar al otro aspecto fundamental en nuestra profesión que es la disciplina y la voluntad. Muchas veces comparo el “estar en forma” como instrumentista con la preparación de un deportista de alto rendimiento: existen ciertas habilidades, destrezas que hay que ejercitar a diario para disponer de las herramientas necesarias y que estas estén siempre en función de la música.












