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Vanessa Batista, cineasta: “Hay algo en Cuba que es como un imán, que siempre me llama”

La directora cubana estrena su documental "Calle Cuba" en el Miami Film Festival tras cinco años de trabajo: un retrato íntimo de La Habana a través de la vida cotidiana de cuatro mujeres en la Cuba de hoy.

por
  • Deborah Rodríguez Santos
abril 2, 2026
en Cine
0
Vanessa Batista. Foto: Deborah Rodríguez.

Vanessa Batista. Foto: Deborah Rodríguez.

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Han pasado cinco años desde que Vanessa Batista (La Habana, 10 de diciembre de 1983) concluyó el rodaje de Calle Cuba. Finalmente, el próximo 12 de abril la película se estrenará en el Koubek Center, como parte del programa del Miami Film Festival. 

El largometraje acompaña el día a día de cuatro habaneras: Elvira, Dayana, Mailén y Anabel. A pesar de sus diferencias de edad, las cuatro comparten casa y vida en la misma calle de la Habana Vieja: Cuba. 

Entre una y otra escena, las vemos ir y venir en sus faenas: una, ya jubilada, en la búsqueda diaria de alimentos y medicamentos para su esposo anciano e hipertenso; otra, una mujer trans, en su recorrido hasta la paladar donde trabaja y de allí de regreso a casa; otra, en el trajín de las labores domésticas y el cuidado de sus tres hijos en el solar donde los cría sola; y la última, la más joven, Anabel, en sus idas y venidas del grupo de teatro en el que trabaja, en largas conversaciones en la azotea con amigos que emigraron y compartiendo una botella de ron con su padre mientras decide si se va o se queda. 

A pesar de que las travesías cotidianas de estas mujeres por la calle Cuba parecen ser el catalizador de este documental, siento que —paradójicamente— lo que mejor capta sobre la Cuba que refleja es la espera de estas mujeres: por un cambio, por un horizonte más luminoso y menos incierto.

En un paralelismo casi irónico con la realidad que retrata, la propia película atravesó también esa pausa prolongada y llega ahora a las pantallas, cuatro años después de haber concluido su rodaje.

Producida por Desafía Producciones (Claudia Olivera) e Ivonne Gutiérrez (México), la película se rodó a finales de 2021, cuando apenas se daban los primeros pasos hacia el desconfinamiento post pandemia mientras los cubanos también se enfrentaban a una “nueva normalidad” que ocurría en paralelo e impactaba sus vidas de punta a cabo: la inoportuna Tarea Ordenamiento, de unificación monetaria y cambiaria que buscó reformar económicamente el país pero dejó como resultado la devaluación del peso cubano, una inflación incontenible, el aumento del costo de la vida y el empobrecimiento notable de la mayor parte de la población, en particular de los pensionados.

En ese dulce trago (la vuelta a las calles, la nueva normalidad, el desconfinamiento), el retrogusto amargo (el caos económico que sucedió al Ordenamiento) no se hizo esperar en las gargantas de todos los cubanos, entre ellos Elvira, Dayana, Mailén y Anabel, nuestros cuatro lentes de aumento hacia esa realidad que Batista documentó y eternizó en Calle Cuba. 

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

La espera, fuera de guión

Nos encontramos en la Plaza de la Virreina, en el barrio de Gràcia, en Barcelona, a las seis de la tarde. En esta época, la primavera empieza a abrirse paso y la gente ocupa nuevamente plazas y terrazas tras la jornada laboral; el murmullo creciente va llenando el paisaje sonoro de la ciudad.

Escogemos una mesa y pedimos algo de beber. El escenario dista mucho del que documenta Calle Cuba en La Habana de 2021. Es la primera vez que nos vemos, pero la experiencia compartida del mismo origen acorta de inmediato cualquier distancia entre nosotras. Apenas bastan los saludos iniciales para entrar en “zona”.

Estudió Dramaturgia en el ISA, aunque no concluyó porque emigró a Barcelona, donde completó su formación en Dirección Cinematográfica en la Escola de Mitjans Audiovisuals de Barcelona —ciudad en la que reside desde hace dos décadas—.

Vanessa ha sostenido una relación de idas y vueltas con la isla, convertida a la vez en sustrato y motor de su obra.

Productora y cineasta premiada, su trabajo ha sido exhibido en festivales internacionales y canales de televisión. En 2025 se sumó como productora al estudio independiente de animación 11:11, con sede en México, enfocado en la creación de películas y series originales para públicos adultos, donde participa en el desarrollo de proyectos como OpenMind (largometraje) y Embers (serie).

Empezamos a encabalgar un tema con otro y me doy cuenta de que aun no estoy grabando. Algunas cosas de nuestro diálogo quedaron off the record. 

Vanessa Batista. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Repaso mentalmente el cuestionario que preparé, aliviada por percibir que Vanessa es buena conversadora. No estoy segura si el bullicio de las charlas en las mesas contiguas se colará en la grabación y si podré transcribir con calidad lo que hablamos. No obstante, le doy “grabar” al botón rojo de mi móvil y es entonces que este diálogo empieza. 

¿Cómo surge la idea de Calle Cuba y por qué el documental?

La idea nació caminando por Cuba con Guillermo Barberá, mi pareja, quien es director de fotografía y coguionista. Aunque llevo más de 20 años viviendo fuera, siempre he mantenido una relación muy cercana con el país. Íbamos cada año durante varios meses y aprovechábamos ese tiempo para crear.

En uno de esos viajes pensamos en hacer una película con historias que ocurrieran en una misma calle. Esa limitación nos parecía interesante desde lo creativo. A partir de ahí empezamos a conocer gente, buscando perfiles de distintas edades que reflejaran la sociedad. Fue un proceso muy orgánico: una persona nos llevaba a otra, hasta construir relaciones lo suficientemente profundas como para contar sus vidas.

En cuanto al formato, ambos venimos del documental. A mí me interesa mucho la ficción —de hecho, tengo un proyecto en desarrollo: al mismo tiempo que me gané el fondo de fomento al cine cubano con este documental, también obtuve un fondo para una película de ficción que, por distintas razones, nunca llegó a filmarse—, pero es un terreno mucho más complejo y costoso.

Aunque a veces se piensa que el documental se hace “con tres pesos”, tampoco es así. Pero sí es cierto que una película de ficción implica más gente, actores, una estructura más grande. En el documental trabajas con equipos más pequeños y procesos más flexibles, y además hay algo muy valioso: la generosidad de las personas.

Los personajes te abren las puertas de su casa, te entregan su vida. En muchos casos —como el de estas mujeres— era una experiencia única: que alguien se interesara por sus rutinas, sus luchas, sus problemas. Eso también hacía que quisieran participar.

Aun así, había una intención estética clara de acercarlo a la ficción. Hoy la frontera entre ambos lenguajes es cada vez más difusa.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

¿Cómo manejaron esa frontera en la práctica?

En el documental siempre hay un guión, pero es más bien una intención. La realidad no se puede prever y el verdadero guión se construye en el montaje.

Grabamos muchísimo material. De cada personaje llegamos a tener entre 10 y 12 escenas, pero en la película quedaron apenas cuatro. Incluso hubo historias completas que se quedaron fuera por decisiones narrativas.

Trabajamos desde la observación, pero también con cierta intención. No queríamos entrevistas en pantalla, aunque sí las hicimos previamente para entender profundamente a los personajes. A partir de ahí, buscábamos momentos significativos en su vida cotidiana.

A veces acompañas y otras sugieres situaciones reales. Siempre con cuidado y respeto, porque estás trabajando con personas que están entregando su vida.

Al mismo tiempo, desde el inicio hubo una idea clara en el tratamiento visual: ¿y si lo filmamos como si fuera ficción? Intentando intervenir lo menos posible para conservar la esencia documental, pero tomando decisiones estéticas —en la iluminación, en la puesta en cámara— más cercanas al lenguaje de la ficción.

Muchas personas ven la película y la sienten casi como una ficción, porque los personajes y la historia te van llevando. Y eso conecta con algo que cada vez se discute más: esa línea entre documental y ficción es hoy mucho más porosa.

Quizá ya no tiene tanto sentido separar formatos de forma rígida. Al final, el cine son historias. Hay ficciones que adoptan una estética documental y documentales —como este— que se acercan a la ficción.

Por eso también me interesa pensar esas categorías con más flexibilidad. A veces funcionan como un corsé en los procesos creativos: qué se supone que debe ser un documental, qué se supone que debe ser una ficción.

Hay escenas muy íntimas en Calle Cuba, que nos acercan en algunos casos a la precariedad y el desamparo en que viven las protagonistas. ¿Hasta qué punto fueron espontáneas?

Intentamos siempre evitar cualquier dramatización. Incluso con los actores profesionales —la actriz y el padre— la indicación era no actuar, sino conectar con una verdad propia. Lo que nos interesaba era la relación entre ellos, la posibilidad de irse, y que eso surgiera de la manera más honesta posible.

Hay momentos completamente espontáneos, aunque en ocasiones pedíamos prolongar una acción o repetir un gesto si era importante narrativamente. Por ejemplo, alargar un momento, pedir que se quedaran un poco más. Ese tipo de intervención existe, pero es mínima.

También ayudó mucho el propio planteamiento del rodaje. Teníamos un calendario de tres meses en Cuba y trabajábamos con un equipo muy pequeño —básicamente el asistente de dirección, el director de fotografía, el jefe de producción, el sonidista y yo—, lo que nos permitía movernos con mucha cercanía sin invadir.

A veces filmábamos en espacios muy reducidos, incluso desde fuera de la habitación, usando lentes que nos ayudaran a mantener cierta distancia. Siempre intentando ser lo menos invasivos posible.

Aun así, hay pequeñas cosas que inevitablemente provocas, porque sabes que las vas a necesitar: un abrazo, repetir un gesto que funcionó… Son decisiones muy puntuales, que forman parte del proceso de hacer cine, pero la base siempre fue intervenir lo mínimo.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

¿Cómo fue el proceso de rodaje en aquel momento tan complejo, con la post pandemia y el Ordenamiento de por medio?

Llegamos a finales de noviembre. Diciembre lo dedicamos a la preproducción y empezamos a rodar a finales de ese mes, pero enseguida nos enfermamos de COVID. El rodaje real se extendió entre enero y marzo.

Habíamos ganado el fondo de fomento al cine cubano en 2020, pero la pandemia retrasó todo. De hecho, tuvimos que esperar casi un año antes de firmar el contrato definitivo con el ICAIC, para no saturar a los personajes con presencia de autoridades y restricciones, y también para cuidarlos: muchos eran mayores y había niños involucrados. Durante ese tiempo, nuestro presupuesto perdió gran parte de su valor, así que cuando finalmente comenzamos a filmar contábamos con apenas una quinta parte de lo previsto.

Yo pasé el fin de año con COVID y recuerdo que en la primera entrevista que hicimos probablemente también lo contraje. Hubo momentos muy delicados, como la escena en la que Mailén cree que tiene el virus, donde todos creímos que podíamos estar contagiados en un espacio reducido, sin mascarilla. Pero seguimos trabajando, respetando siempre la seguridad y la intimidad de los personajes.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

El rodaje se extendió gracias al calendario de tres meses que teníamos y al equipo pequeño, lo que nos permitió trabajar con cercanía sin invadir. Incluso hubo escenas en espacios muy reducidos, filmadas desde fuera de la habitación con lentes que mantuvieran cierta distancia, buscando intervenir lo mínimo posible. Hubo pequeñas intervenciones puntuales, como pedir repetir un gesto o alargar una acción que sabíamos que narrativamente sería útil, pero siempre respetando la verdad de los personajes.

La película se centra en las historias de vida de cuatro mujeres. ¿Fue una decisión deliberada?

Sí, lo de que fueran cuatro mujeres fue absolutamente deliberado. Desde el principio, mi trabajo ha tenido un interés por lo femenino, y la calle, La Habana, Cuba… todo eso se me antojaba como algo muy femenino y poético. Lo de que fueran mulatas no fue buscado, aunque refleja bastante bien la realidad del barrio viejo de La Habana, donde la población mestiza y negra es predominante.

Si hubiera aparecido algún personaje blanco con la misma profundidad y relevancia generacional, habría funcionado igual. La idea era representar distintos momentos y capas de la sociedad, y la película refleja eso de manera orgánica.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

Cada personaje de Calle Cuba tiene una historia muy compleja. ¿Podrías contar un poco sobre Mailén, por ejemplo?

Sí, Mailén iba a ser atleta olímpica. Se estaba preparando en disco y martillo, creo, y llegó a La Habana con 18 años como una gran promesa. Pero se enamoró de un hombre mayor, Faustino, que tenía un negocio de reparación de bicicletas y es el padre de sus hijos. Allí abandonó su camino deportivo y quedó embarazada. 

Cada personaje tiene una historia tan rica que podría ser una película en sí misma.

La Habana es un personaje más, ¿no?

Sí, la ciudad, la calle, es un personaje: es La Habana, al final, es Cuba. De hecho, estuvo tratada como un personaje: la calle tiene su visualidad, su sonoridad, su peso dramático. Conectaba cosas a través del sonido, de los pregones, de esos detalles. Puede que parte esté en la banda sonora, pero en realidad está más construido a nivel de diseño sonoro: el sonido de los pregones que te lleva de un sitio a otro, que te conecta con la ciudad, que es como su propio latido.

Obviamente hay una distancia lejana en todo esto, no es una nimiedad. Forma parte de los procesos documentales que se dan durante este tiempo: a menos que un tema tenga mucho interés o sea muy candente, suele quedar en segundo plano.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

Han pasado varios años desde que comenzaron el rodaje. ¿Cómo sientes la película ahora, cinco años después, a las puertas de su estreno?

Al principio había miedo de que la película envejeciera, de que perdiera frescura. Pero ahora me alegra ver que quienes la ven no sienten que sea “vieja”. Lo único que marca un momento específico son las mascarillas, un elemento inevitable de la pandemia, que también limita la expresividad fotográfica, pero que todos recordamos muy bien. Cinco años después es que se va a estrenar. Entre el ordenamiento económico, la devaluación del peso, la crisis migratoria y energética en Cuba, muchas cosas cambiaron desde que comenzamos. Si hubiéramos estrenado en 2022 o 2023, la película se habría visto diferente, pero en los documentales independientes este tiempo es normal. Entre encontrar fondos, completar procesos y la edición, cuatro o cinco años es estándar.

Ahora comienza el recorrido por los festivales. El estreno será en Miami, un enclave de la diáspora cubana y en un momento de mucha polarización política. ¿Cómo vives esto como realizadora?

Es un momento emocionante y también de espera. La película empieza su recorrido en festivales y todavía hay mucha gente preguntando dónde la van a poder ver. Hasta que no termine el circuito de festivales, lo único que puedo decir es que esperamos que esté en un festival en el país o ciudad de cada espectador. Es el momento de compartir la película y de ver cómo conecta con el público después de tanto tiempo de trabajo.

Sobre el estreno en Miami, intento no generarme demasiadas expectativas, porque a veces eso puede jugarte en contra. Dicho esto, es imposible no imaginar cómo será. Ya conozco un poco de lo que puede pasar porque participé con mi documental anterior, Los que se quedaron, en el Centro Cultural de España en Miami.

Fue muy bonito. La sala se llenó y había gente en los pasillos, y me decían: “Felicidades, porque a veces proyectamos películas maravillosas y no viene nadie.” Luego tuvimos un conversatorio, y algunas personas comentaban que la película no contaba ciertos aspectos de la historia. Yo les decía que mi documental no iba de eso: no se trataba de lo que le quitaron a los españoles o a sus hijos tras la Revolución, sino de sus vidas, sus emociones, su supervivencia, cómo vivieron esa época y sus expectativas.

Ya tengo un punto de referencia gracias a esa experiencia. Pero este documental es diferente: la realidad de Calle Cuba está ahí, frente a nosotros, y es mucho más inmediata. Por eso intento no hacerme demasiadas expectativas y simplemente disfrutar del momento cuando llegue.

Miami tiene esa dualidad: por un lado, es fácil que surjan expectativas o incluso caer en extremos, pero por otro, es un lugar que te conecta con un público muy cercano. Hablando con Pavel Giroud, que también presenta su película en el festival, me decía: “Me alegro mucho porque vas a tener tu público natural.” Muchos de nosotros deberíamos estar en Cuba, pero estamos fuera, y Miami concentra a gran parte de esa comunidad.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

¿Se va a ver en Cuba?

Va a estrenarse primero en el Miami Film Festival, es la world premiere, y de ahí iremos al Festival de Guadalajara. Por supuesto, también nos encantaría presentarla en Cuba. Sería hermoso que la película se viera allí; lo deseo mucho y me imagino que sería un momento muy emocionante.

Ya tuve esa experiencia con mi documental anterior, Los que se quedaron (2015), en el Festival de La Habana, y fue muy lindo estar allí con los personajes viéndola por primera vez. En este caso, ninguno de los personajes ha visto aún Calle Cuba. Nosotros, los que la hicimos, la hemos visto millones de veces durante el proceso, pero nadie externo ha tenido la oportunidad. Por eso hay mucha expectativa: los personajes, la gente del barrio, todos los que participaron o apoyaron de alguna manera están esperando poder verla. Ojalá podamos proyectarla en el próximo Festival de Cine de La Habana. Sería muy emocionante.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

Las cuatro protagonistas están actualmente en Cuba. Sobre Elvira, no estoy segura de cuánto tiempo más seguirá en el barrio, porque su situación es complicada. No tiene teléfono, así que no tengo contacto directo con ella. Intenté buscar opciones de comunicación, pero es difícil mantener contacto constante.

En cambio, con Mailén, Anabel y Dayana sí mantengo mucho contacto. Especialmente con Mailén, con quien tengo una relación cercana; además, es contemporánea a mí y tiene un corazón enorme. Es una persona espectacular, me encantó conocerla; realmente, es tremenda.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

¿Cómo dialoga la película con el contexto político actual?

La realidad está presente sin necesidad de subrayarla. Nos cuidamos mucho de no caer en el miserabilismo y la porno-miseria, y de respetar la dignidad de los personajes, pese a sus condiciones de vida. Tampoco les pedimos posicionamientos políticos; en Cuba eso puede ser peligroso. La película habla desde lo cotidiano, mostrando la vida de las protagonistas de manera natural, y cada espectador puede sacar sus propias conclusiones.

Aunque hay momentos sutiles en los que se perciben comentarios sobre la vigilancia o la presencia del gobierno, nunca se presentan de forma explícita ni acusatoria. Yo, como directora, sí puedo afirmar que en Cuba hay una dictadura, pero quise que la película no cayera en extremos, sino que fuera un registro respetuoso de la vida diaria.

Estrenar la película en festivales internacionales, como Miami y Guadalajara, también forma parte de ese diálogo con el contexto. Es un lujo poder presentarla en escenarios reconocidos, con programas potentes y premios en metálico que apoyan la visibilidad del documental. Al mismo tiempo, el recorrido demuestra que la historia trasciende fronteras y que su impacto no se limita únicamente a los cubanos.

Rodaje de “Calle Cuba”. Foto: Cortesía de Vanessa Batista.

¿Cuál ha sido el mayor desafío del proceso?

Uno de los más duros fue tener que reabrir la película cuando ya estaba terminada por un tema de derechos musicales.

Había una canción clave de El Taiger que era fundamental en la narrativa. Cuando empezamos el proyecto, él estaba vivo y había más posibilidades de negociación, pero después la gestión de los derechos se volvió muy compleja.

Finalmente, los herederos pidieron una cifra completamente inasumible para una producción independiente. Tuvimos que eliminar la canción, rehacer parte del montaje y buscar nuevas soluciones.

Eso alargó el proceso y encareció el final, pero también es parte de la realidad del cine independiente: resolver problemas constantemente.

Una cubana en Barcelona, a 20 años de distancia y más cerca que nunca

¿Cómo influye tu experiencia como mujer migrante en los temas que eliges para tus proyectos?

Mi condición de mujer migrante está muy presente en lo que hago. Es algo que atraviesa mi vida y, por ende, mis intereses. Por ejemplo, el tema de Cuba no es el único que trabajo, pero sí atraviesa gran parte de mi obra. La migración me permite mirar desde fuera y desde dentro, entender la distancia y la cercanía al mismo tiempo, y eso se refleja en los relatos que busco contar.

¿Qué es lo que te fascina de Cuba que te hace volver a ella, y cómo se refleja en lo que produces?

Mi vínculo con Cuba es principalmente emocional. Llevo más de 22 años viviendo fuera, pero la conexión sigue siendo muy fuerte. Tener a mis padres aquí, en Barcelona, y formar parte de la comunidad cubana ha reforzado ese vínculo. Es algo que impacta tanto en lo personal como en lo profesional: mi manera de expresarme, de relacionarme, de mirar el mundo. 

A nivel autoral, como directora, yo siento que podría hacer películas aquí o en cualquier otro lugar. Pero hay algo en Cuba que es como un imán, que siempre me llama.

Ahora mismo, por ejemplo, quiero empezar a escribir otra película… y vuelve a ser sobre Cuba. Y me digo: “No, no quiero”. Pero ahí está otra vez.

Vanessa Batista. Foto: Deborah Rodríguez.

A pesar de vivir tantos años fuera, ¿cómo mantienes esa conexión con Cuba?

Siempre que he podido, he ido a Cuba no como turista, sino para trabajar, producir proyectos, implicarme con la gente local. Eso me ha permitido mantener relaciones profundas y conocer a muchas personas que luego se convierten en amistades y colaboraciones. Incluso hoy, aunque vaya menos tiempo que antes, sigo teniendo esa red emocional y profesional allí, algo que es muy diferente de otras experiencias que he tenido.

¿Vivir fuera de Cuba ha cambiado tu manera de relacionarte con el país y con tu obra?

Sí, vivir fuera te da otra perspectiva. He tenido la oportunidad de viajar, estudiar cine, trabajar en Europa, y eso me da un marco profesional amplio. Pero Cuba sigue siendo especial: me permite conectar con amistades profundas, con códigos culturales compartidos, y también me inspira en lo creativo.

Mi pareja, Guillermo, también tiene un vínculo muy fuerte con Cuba; él estuvo viviendo allí como fotoperiodista antes de conocernos. Nuestra idea ha sido siempre repartir la vida entre Barcelona y La Habana. Cuba es un lugar que me llama emocionalmente, me inspira y también me atrapa profesionalmente, aunque a veces decida no trabajar allí por las dificultades y la complejidad del contexto.

¿Sientes que la nostalgia o el deseo de “casa” influye en tus proyectos sobre Cuba?

Totalmente. Hay un componente utópico: quiero mostrar la Cuba que amo y que sueño que pueda ser, aunque sé que ya no es la misma. Esa tensión entre memoria, realidad y utopía es lo que me impulsa creativamente. Me atrae volver a Cuba para escribir o producir, pero siempre consciente de lo que implica vivir allí hoy en día.

Hay algo que me atrae hacia Cuba constantemente, aunque viva fuera. Me reafirma en ese lugar del emigrante: ni de aquí ni de allá. Profesionalmente también es curioso: en Cuba soy la directora cubana que trabaja en España, y aquí, cuando conviene, soy la directora española. Al final, siempre llevo conmigo esa doble pertenencia.

Vanessa Batista. Foto: Deborah Rodríguez.

¿Qué desafíos encuentras trabajando fuera?

A nivel laboral, puede ser complejo. Cuando alguien busca una directora española, no me busca a mí. Hay muchísimas directoras españolas talentosas. Esto me obliga a navegar en un contexto profesional donde mi identidad como cubana me diferencia, pero también me cierra algunas puertas.

Pertenezco a organizaciones como Dones Visuals y CIMA, que agrupan mujeres cineastas y promueven espacios de encuentro. Aunque la presencia de mujeres ha aumentado en el cine, sigue siendo insuficiente y complejo.

Cuando uno emigra, adaptarse lleva tiempo. Siempre digo que son cinco años para asentarse, no necesariamente económicamente, sino para sentirse bien ubicado en un lugar. Lo viví de joven y ahora veo que muchos recién llegados se impacientan, pero la paciencia es clave. La valentía de la juventud a veces es más inconsciencia que otra cosa, pero no me arrepiento: lo volvería a hacer igual.

Vanessa Batista. Foto: Deborah Rodríguez.

¿Y cómo surgió la idea de hacer un documental sobre la nueva prensa independiente en Cuba?

En 2016, después de Los que se quedaron, inicié Cuba: Los nuevos relatos, un documental sobre los nuevos medios independientes que estaban naciendo en Cuba, junto a la prensa extranjera, que muchas veces no se percibe bien. Mi padre, con 35 años de experiencia en prensa extranjera, fue uno de los personajes, junto a Fernando Ravsberg, Harold, y otros. Rodamos diez días, hicimos un teaser y lo presentamos a fondos, pero financiar documentales lleva tiempo y la cosa estaba trabadísima.

El proyecto hablaba del nacimiento de una prensa paralela que cambiaba las reglas y forzaba estructuras rígidas, pero muchos decisores no creían que realmente estuviera pasando. Con el tiempo, varios de los personajes ya no estaban en Cuba, y el proyecto quedó en pausa. Aun así, conservo diez entrevistas que hoy tienen valor histórico y documental: retratan una prensa alternativa que sigue viva, aunque nosotros seamos prensa extranjera.

Actualmente desarrollo un proyecto más personal, que también tiene a Cuba como escenario. Gané la residencia para mujeres cineastas “La Burbuja” con este proyecto, que explora “el paquete” mezclando documental y ficción. Creamos personajes representativos: un profesor universitario en Alamar, una madre en Santos Suárez, una joven que ejercía la prostitución. Fue un proceso complejo y creativo.

Tras la muerte de Yorick, mi gran amigo que aparece en el proyecto, el material quedó reposando años. Hoy, con unas 13 horas de grabación, Esto no es un réquiem refleja ese proceso y mi despedida de Cuba y de personas que ya no están. La residencia me permitió reflexionar y darle sentido al documental.

El proyecto está en pausa, pero el material tiene valor de archivo. Quiero terminarlo algún día, pero por ahora me concentro en seguir produciendo, mantenerme activa, y también explorar la ficción, desconectarme en un laboratorio o residencia y contar nuevas historias.

¿Cómo ves el camino que viene ahora?

El recorrido apenas empieza. Primero vienen los festivales, luego —si hay suerte— la distribución.

Es una industria muy competitiva y nada está garantizado. Por eso, más allá de todo, ya es un regalo poder compartir la película con el público.

Después de tantos años, ¿en qué momento estás como creadora?

Siento la necesidad de explorar la ficción, de escribir, de abrir otros caminos. Pero también de disfrutar este momento. Terminar una película así implica mucho sacrificio. Ahora toca compartirla y ver hasta dónde llega.

Etiquetas: cine cubanoPortada
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Dra. en Comunicación con especialidad en medios digitales y procesos migratorios.

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