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Esta semana, exactamente el lunes 13 de abril, se cumplieron diez años de la muerte de Julio García Espinosa, hombre de cine, personaje imprescindible de la cultura cubana.
Para aquellos que no estén familiarizados con el personaje, baste decir que fue guionista, director cinematográfico y teórico del séptimo arte. Sus principales aportaciones dramatúrgicas están en la participación en obras tan relevantes como Lucía (Humberto Solás, 1968), La primera carga al machete (Manuel Octavio Gómez, 1969), Los días del agua (Manuel Octavio Gómez, 1971) y Viva la república (Pastor Vega, 1972).
Como director, su filmografía incluye, entre lo más sobresaliente, los largometrajes de ficción El joven rebelde (1961), Aventuras de Juan Quin Quin (1967, considerado un clásico del cine cubano), La inútil muerte de mi socio Manolo (1989) y Reina y Rey (1994).
Aventuras… está basada en la novela humorística Juan Quin Quin en Pueblo Mocho (1964), de Samuel Feijóo, que Julio convirtió en el que quizás podamos calificar como primer filme posmoderno de la cinematografía nacional y, sin duda, detonante del volumen Por un cine imperfecto (1969), polémica y apasionante aportación al pensamiento del cine desde la perspectiva de la descolonización cultural.

Entre su nutrida producción teórica me gusta recordar ¿Cine nacional: decadencia o muerte? (1984), La telenovela o el chisme elevado a categoría de Arte Dramático (1993), La vida como un camino de atajos. Con motivo de los cien años de cine en América Latina (1996), Recuerdos de Zavattini (1996), El cine cubano o los caminos de la modernidad (2001) y Lo nuevo en el nuevo Cine latinoamericano (2002).
Con la enumeración anterior de filmes y textos no pretendo demostrar nada, solo recordar que Julio García Espinosa, paralelamente a sus responsabilidades administrativas y políticas, ya sea como presidente del Icaic (1982-1991) o del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (1982-1990), nunca dejó de lado su obra creativa y teórica.

Entre 1987 y 1991 tuve la posibilidad de trabajar bajo la dirección de Julio García Espinosa, como director del Centro de Información Cinematográfica y director de prensa del Festival de Cine. A su reclamo, dejé mi plaza en El Caimán Barbudo y me sumergí en un mundo apasionante en el que orbitaban la revista Cine Cubano, los programas televisivos 24 x Segundo e Historia del Cine, la atención especializada a los colegas de la prensa y los estudios sobre la relación del cine cubano con su público.
Fueron años intensos en os que el cine cubano se abrió a una nueva hornada de directores de ficción, aquellos que ya habían transitado con éxito por el género documental y por el Noticiero Icaic, rara joya de nuestro cine que los espectadores acogían con entusiasmo cada semana, por su mezcla de lenguaje cinematográfico de vanguardia, la crítica social y las dosis de humor que le impregnaban, bajo la dirección de Santiago Álvarez.
Durante la presidencia de Julio, tipo afable y asequible, se realizaron filmes de gran resonancia popular, como Se permuta (Juan Carlos Tabío), Los pájaros tirándole a la escopeta (Rolando Díaz), Una novia para David (Orlando Rojas), La bella del Alhambra (Enrique Pineda Barnet), Papeles secundarios (Orlando Rojas), Hasta cierto punto (Tomás Gutiérrez Alea ‘Titón’), Un hombre de éxito (Humberto Solás), Clandestinos (Fernando Pérez), Lejanía (Jesús Díaz), Vampiros en La Habana (Juan Padrón), Cartas del parque (Titón) y María Antonia (Sergio Giral), por sólo citar algunos de los más sobresalientes, tanto por el éxito de crítica como por el calor con que el público los recibió en su momento.
Un logro no menor de García Espinosa fue la instauración de los Grupos de Creación, en 1988. Colectivos de personal artístico, nucleados por afinidades electivas alrededor de tres directores de prestigio: Gutiérrez Alea, Humberto Solás y Manuel Pérez. Los grupos recibían anualmente un presupuesto equitativo y correspondía a ellos decidir la mejor manera de usarlo, de acuerdo con los proyectos que presentaban los miembros. La presidencia del Icaic no intervenía en la selección de guiones, y sólo conocían los filmes en el primer corte de negativo, cuando ya eran un hecho.
No es difícil imaginar que una mente inquisidora y burocrática no podía ver con buenos ojos estos grupos, que ponían en manos de los creadores las decisiones fundamentales sobre los filmes a producir. Tuve la excitante experiencia de participar, junto a Julio, en varias reuniones de los grupos, y doy fe de que se trataba de verdaderos talleres de crítica, no desde posiciones jerárquicas, sino de igual a igual, entre colegas.
Y no es que Julio no ejerciera su derecho a sugerir cambios, sino que sus observaciones, muchas veces acertadas, sobre este o aquel filme, se fundían con las del colectivo. Ahí aprendí que un jefe no tiene necesariamente que ser tu amigo, pero sí tu compañero de trabajo. Y él era, sobre todo, eso.

Julio en las palabras de los amigos
Le he pedido a tres amigos que me den algunas palabras para cerrar estas notas apresuradas que se proponen no dejar pasar por alto este primer decenio de la desaparición física de Julio García Espinosa.
Esto es lo que aportaron:
Rolando Díaz, director
Julio, al abrir la etapa de los Grupos de Creación, a finales de los años 80 del pasado siglo, dio un paso de gigante respecto a lo que podríamos llamar “libertad de expresión dentro del cine cubano”. Al colocar las decisiones esenciales de los proyectos directamente en los creadores, bloqueó o limitó la acción de la burocracia ideológica sobre los guiones de cine que se escribieron por entonces. Es un hecho.
El pasado de Julio como dirigente, los primeros años de la llamada Revolución Cubana, no los puedo analizar. Llegué al Icaic a finales de 1968, cuando muchas decisiones respecto a la primera época, controvertida y compleja, ya habían pasado. No fui testigo de lo que sucedió con PM [documental], ni con otras películas de entonces. Aunque debo decir que, hoy en día, mi postura está claramente del lado de aquellos creadores censurados entonces.
Sé que algunos cineastas de aquella época tuvieron reparos serios sobre sus formas de dirigir, pero el Julio que yo conocí, arriesgó mucho. Fue un hombre de su época, como lo fuimos muchos ciudadanos que respaldamos la Revolución. Tuvieron que pasar años para que rectificáramos nuestras posturas. Sin ventilar aquel entonces desde la honestidad, jamás Cuba superará un pasado convulso en el que muchos cometimos errores.
Pero, todo hay que decirlo: su postura alrededor de la censura de Alicia en el Pueblo de Maravillas, le costó el puesto, y quizás (aunque esto es pura especulación) afectó seriamente su salud. Y su actitud de honesta confrontación no se limitó a Alicia… Fui testigo de cómo Julio respaldó Noticias, el punzante documental de Lorenzo Regalado, una verdadera bomba crítica sobre las arbitrariedades del poder en Cuba.
En la época de los Grupos de Creación se realizaron varias películas —en todos los Grupos— que cuestionaban la realidad de entonces, y Julio las respaldó. No hubo un solo caso, que yo conozca, en que él impusiera criterios personales asociados a la censura. Se respetó lo que los directores queríamos hacer. Me consta su postura meridiana a la necesidad de una sociedad profundamente crítica que permitiera manifestar la inconformidad de los creadores; estos bebían de sus inquietudes sociales en una Cuba convulsa que apostaba claramente desde el Gobierno por un régimen totalitario, dónde sólo la idea del líder fuera válida. Para mí, esa sola actitud, honra su memoria.

Ricardo Acosta, editor
Quiero aprovechar para decir algo que me parece justo y que creo que es muy importante tener en cuenta a la hora de entender, en lo específico, al Taller de Cine del Icaic en el contexto de la producción audiovisual de mi generación y dentro del marco de la Brigada “Hermanos Saíz”.
Se trata de reconocer el aporte y la solidaridad de dos intelectuales y cineastas cubanos que fueron genuinos mentores del cine que hicimos: Julio García Espinosa, que en ese momento era el presidente del Icaic, pero que, además, a diferencia de Alfredo Guevara, que era un ideólogo, fue siempre un cineasta hasta el día de su último suspiro. Ese Julio cineasta entendió lo que nosotros queríamos y necesitábamos hacer como jóvenes, y nos ofreció todo el apoyo institucional para que nuestras películas pudieran hacerse de manera informal, utilizando los recursos y la industria en la que trabajábamos; así, podíamos editar nuestros filmes en los cuartos de edición, revelar nuestros roshes, producir, grabar, mezclar…Julio García Espinosa nos arropó con su pasión por el cine imperfecto.
Para los cineastas de mi generación y para el cine que hicimos en su momento desde dentro del Icaic, Julio fue un actor clave por su comprensión y su ayuda con dejarnos hacer.
El cine joven de finales de los ochenta le debe mucho a Julio en su nacimiento y en su inspiración.
Un Julio con solidaridad de cineasta, con convicción de cineasta, con compromiso de cineasta, con la mirada de otros cineastas; desde su responsabilidad y dentro del contexto de instituciones culturales como el Icaic o la Escuela Internacional de Cine de San Antonio. Los grupos de creación que se formaron en el Icaic no hubieran existido sin la visión y la empatía como cineasta de Julio García Espinosa. Él entendía la necesidad de esos colectivos. Fue cineasta hasta los últimos días de su vida.
¡Por siempre agradecido, maestro!
Juan Antonio García Borrero, crítico e historiador del cine
No me canso de repetir que Julio García Espinosa fue el intelectual que me enseñó a pensar el cine, el que me invitó a pasar de la cinefilia que adora la imagen en movimiento al pensamiento crítico que desautomatiza su lectura.
Como todo gran maestro, no me invitó a pensar como él, sino junto a él.
Para mí sigue siendo uno de los grandes provocadores intelectuales que ha tenido este país. A cada rato regreso a él para seguir discutiendo sus ideas, que tal vez es la mejor manera de rendirle homenaje.












