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El premio Aena de Narrativa Hispanoamericana que recibió la pasada semana, “por mayoría”, la escritora argentina Samanta Schweblin (1978) con su libro El buen mal (Penguin Random House, 2025) ha despertado una polémica, no tanto basada en un cuestionamiento a la obra ganadora como a los patrocinadores y montos del certamen.
La discusión se ha hecho profunda, y algunos aprovecharon para contraponer la amplitud financiera del certamen con la desprotección de los autores y la falta sostenida de apoyo al fomento de la lectura, en tanto establecen contrastes con certámenes suculentos como es el caso del Nobel o el Planeta, ante los cuales el Aena se planta en altura monetaria.
El cuestionamiento en sí resulta algo contradictorio, ya que la propia compañía explicó que el lauro parte de su “estrategia de Sostenibilidad Social”, con el objetivo de “potenciar la lectura y la escritura en España e Hispanoamérica y cubrir un espacio desatendido en la literatura en español: un gran premio anual a la mejor obra publicada”.
Para ello, Aena, que es una empresa pública española constituida en sociedad anónima para gestionar los aeropuertos de interés general, no solo confirió en su primera edición la suma de un millón de euros al libro de relatos El buen mal, sino que dispuso de 30 mil euros para cada finalista: los libros Canon de cámara oscura, Los ilusionistas, Marciano y Ahora y en la hora, de Enrique Vila-Matas (España), Marcos Giralt Torrente (España), Nona Fernández (Chile) y Héctor Abad Faciolince (Colombia), respectivamente.
Como han explicado los organizadores, el galardón “reconoce obras de narrativa publicadas en lengua española y en lenguas cooficiales que destaquen por su calidad literaria, originalidad y aporte cultural”, disposición pese a la cual han seguido los cuestionamientos. Por ejemplo, no pocos se preguntan por qué una empresa ajena al ambiente literario o cultural tiene que organizar una movida tan estruendosa.

Todavía esta semana, la escritora Irene Cuevas refería al asunto desde su columna en El Mundo. Escribió que “si algo podía ser peor que un premio obsceno es la obscenidad con la que los autores se han enfrentado a él”. En el caso de la escritora Elvira Lindo, también desde su columna, pero en El País, refería que es una conducta “tramposa” afirmar que las críticas a un premio como el Aena nacen de la envidia, específicamente “envidia del dinero”.
“Las críticas se han dirigido a la naturaleza del premio; en ningún momento he observado que la envidia motivara el descontento. Viniendo en parte de un Gobierno socialista, es legítimo reclamar que se reparta el pastel. No es envidia, es equidad”, escribió.
Otra de las voces que han dilucidado sobre el asunto es la del experimentado editor argentino Guillermo Schavelzon, quien desde sus redes sociales escribió que todos estos escritores ya “eran magníficos antes del premio”, y que “entre los cientos de comentarios polémicos” al lauro nadie había mencionado, sin embargo, “que Aena, que factura 6500 millones de euros, solamente con un millón (más gastos) haya logrado que se la mencione solo por un premio literario, distrayendo el cuestionamiento principal: el desastre ecológico de la ampliación del Aeropuerto de Barcelona”.
En cuanto a la sorpresa de saberse ganadora, Schweblin, que radica en Berlín, refirió: “Literalmente me siento como si acabara de bajar de una ruleta”, según declaraciones citadas por el diario La Nación. Probablemente sus palabras partieran de la consciencia de que los premios son como la lotería, aunque a diferencia de esta, además de suerte, el ganador necesita contar con una obra resultante de un talento sostenido.
Y la argentina tiene un gran talento, demostrado en libros como las colecciones de cuentos El núcleo del disturbio (2002) o Pájaros en la boca (2009), así como la novela Distancia de rescate. Por el trenzado de esa obra creciente ha recibido múltiples distinciones en Argentina, Chile, España y Estados Unidos antes de este, que vino calzado por el elogio de un jurado encabezado por la española Rosa Montero.
Para Montero, el libro de Schweblin destaca por plasmar “nuevos mundos turbadores, fascinantes y complejos”, donde se “recorre magistralmente la frontera entre lo posible y lo imposible”. Por todo ello, el libro le pareció al jurado “de belleza inquietante que sitúa la tradición del cuento en su punto más alto”.
Leyendo a Schweblin uno advierte la pertenencia a esa tradición, algo que se deja ver en atmósferas cuidadosamente construidas para dejar en ellas soltar a sus personajes, donde campean —no a sus anchas— sino con una conducta acechante y perturbadora; así, gente común y corriente en apariencia termina signada por actitudes que les confieren su peculiaridad.
No hace mucho, la estadounidense, y leyenda en las letras Joyce Caroll Oats, escribió de estos ambientes: “No es el conflicto moral, sino la abrumadora presión de la vida familiar, lo que lleva a los personajes —madres, esposas, hijas— a crisis existenciales”.
Otro integrante del jurado en Aena, el argentino Jorge Fernández Díaz, refirió: “Es una enorme alegría que Samanta haya sido la ganadora. Creo que es una verdadera revolución en España que el libro más importante publicado en 2025 sea un libro de cuentos, que es un género completamente abandonado por España y que Samanta representa y relanza. Es la reivindicación de un género que ha sido muy caro para los argentinos. Samanta forma parte de una dinastía donde están Borges, Silvina Ocampo, Mujica Láinez y tantos otros”.
Ninguno de los asuntos planteados en torno a Aena resulta nuevo. Los cuestionamientos sobre los premios literarios y la actitud que se cree debe tener un autor ante ellos resultan antiquísimos, y parten de presupuestos morales, ideológicos, políticos, que también suelen llegar contaminados con frustraciones o pretensiones profesionales; aun cuando siempre, como ahora, haya quien advierta que no se trata de “envidia”, sino de otra clase de cuestionamientos.












