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Ninguna mujer que decide retrasar su maternidad más allá de los 35 años se detiene a pensar en estadísticas o pirámides poblacionales: planifica según su realidad, condiciones de vida, proyectos. Algunas, incluso, se ven obligadas a esperar, tras numerosos procederes médicos, debido a problemas de infertilidad propios o de su pareja.
En América del Norte y Europa es creciente el número de mujeres que deciden tener hijos después de los 35 años, y más del 20 % de los nacimientos corresponden a madres en ese grupo de edad, según el Informe sobre el Estado de la Población Mundial 2025 del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).
En Cuba no es poco común ver en las consultas ginecológicas a embarazadas calificadas como “añosas”, en medio de una natalidad en mínimos históricos y un acelerado envejecimiento poblacional. Lo confirma la Encuesta Nacional de Fecundidad ENF-2022, desarrollada por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI): “cada vez son más –en volumen y proporcionalmente– las mujeres en edad fértil que se acercan o pasan los 35 años”.
Diana, habanera de 38 años, es una de ellas, aunque quisiera que no la “clasificaran” así porque le desagrada muchísimo. “Algunos profesionales y personas cercanas me han llamado ‘la geriátrica de la maternidad’, pero yo no me siento vieja —asegura con firmeza—. Lo que sí me afectó durante un tiempo fue asistir a consultas donde me etiquetaban como ‘nulípara añosa’, y eso es algo que pasa en Cuba con frecuencia: la mujer que espera tanto para tener descendencia suele ser cuestionada y señalada por médicos, familiares e incluso de otras mujeres. Eso es violencia”.
Lo dice con la convicción de quien sabe que le hubiera ido mucho mejor si desde el nivel primario de salud, en su consultorio de la familia, hubieran respetado su decisión, porque determinar cuándo llevar adelante un embarazo o interrumpirlo forma parte de los derechos sexuales de las cubanas.

Caminos y decisiones
El camino hacia la maternidad tardía puede ser complejo. Yosdania López Rosado cuenta que el suyo fue “largo y difícil”. Durante casi dos décadas fue atendida en el Centro Territorial de Reproducción Asistida, del Hospital General Universitario “Vladimir Ilich Lenin”, de Holguín. Se sometió a múltiples tratamientos y operaciones, y enfrentó dos embarazos ectópicos, uno de los cuales puso en riesgo su vida. Tras recuperarse, volvió a intentarlo. “Mucha gente nos decía que no siguiéramos buscando; que ya estábamos muy mayores; que si Dios no lo mandaba, no insistiéramos”, contó.
Finalmente, en 2021, gracias a una fecundación in vitro y con 43 años, logró quedar embarazada.
Por su edad y por tratarse de un embarazo gemelar, debió someterse a un cerclaje 1 y permanecer ingresada durante siete meses, en plena pandemia de COVID-19. En medio de la crisis sanitaria, ella y su esposo enfrentaron la experiencia prácticamente solos: él debía encargarse de todo, desde las compras hasta los traslados.
Hoy, con sus hijos de cuatro años, Yosdania reconoce que la crianza “a cierta edad” es más complicada. “No es imposible, pero sí se siente, y eso que la ayuda de la familia fue clave para sobrellevar las noches interminables de dos bebés demandando cuidados… El camino fue muy difícil, pero recomiendo no desistir”, concluye.
Aun cuando las parejas logren el ansiado sueño de la paternidad, no siempre el nacimiento de un bebé les conduce a consolidar los lazos de la relación, en medio del estrés y las nuevas demandas familiares. Lo sabe Celia, una habanera que logró ser madre a los 40 años, mediante una fecundación in vitro en México, pues en Cuba aún no estaba disponible esa tecnología. “Era nuestra última oportunidad, después de 13 años de lucha y fracasos”, recuerda.

El embarazo fue de riesgo y transcurrió con reposo casi absoluto, lo que la obligó a dejar temporalmente su cargo directivo. La ausencia frecuente de su esposo, ocupado en un puesto de dirección, hizo que se sintiera sola: “Muchas veces tenía que ir al hospital acompañada de mi madre, ya mayor, porque él casi nunca podía”, cuenta.
Tras el nacimiento, los primeros meses fueron duros, sobre todo en las noches: “Pocas veces mi esposo me ayudó trayéndome agua o leche mientras daba de lactar a la bebé; creo que rara vez intentó dormir a la niña, porque él se quedaba rendido y a veces ni la sentía llorar”.
En medio de su soledad, Celia creía que su situación no podía ser peor, pero se equivocaba: “No me cuidaba lo suficiente y empecé a ganar peso, apenas tenía tiempo para arreglarme. Comenzamos a distanciarnos, a perder la comunicación, y nuestras conversaciones giraban casi exclusivamente en torno a la niña. Cuando mi hija tenía tres años, él me traicionó. Traté por todos los medios de salvar lo nuestro, porque no concebía que después de casi 27 años juntos y de haber luchado tanto por tener una hija, nos ocurriera algo así, pero la relación ya no tenía remedio”.
La historia de Celia no es un caso aislado. Yumey Díaz, de Guantánamo, también vivió un proceso marcado por el desgaste. “Parí a los 41 años. Lo más duro fue no sentirme acompañada lo suficiente por el padre en todo el proceso. Independientemente de la edad, también es importante el apoyo, y yo estuve casi sola, lo cual es durísimo”, confiesa.
Su testimonio ratifica que, más allá de los riesgos médicos, la falta de acompañamiento y de una red de apoyo sólida multiplica las dificultades de la crianza.
“El problema es que todo recae en la madre: el cuidado de los hijos, la atención de la casa, la búsqueda del sustento, la educación, la escuela… y tanta carga desgasta, agota, deprime, te pone de mal humor. El proceso de crianza, lejos de disfrutarse, se convierte en un peso”, concluye.
Las cifras
Detrás de cada relato personal podrían existir diversas realidades, según las condiciones de vida, el entendimiento y colaboración de las parejas y la familia, así como el entorno social en el que se desenvuelven las mujeres. Una encuesta online realizada para este reportaje —a través de grupos de WhatsApp y redes sociales— reunió a 62 madres cubanas que tuvieron hijos después de los 35 años. El grupo tuvo un perfil muy definido: más de la mitad alcanzó nivel universitario, casi cuatro de cada diez poseen estudios de posgrado, y tres de cada cuatro estaban casadas o unidas al momento del embarazo. La mayoría tiene residencia en La Habana, aunque también participaron desde casi todas las provincias del país.
Estos resultados permiten trazar un perfil sociológico del grupo participante en la encuesta: la maternidad tardía se concentró en mujeres con alta escolaridad, estabilidad conyugal y residencia urbana, lo que revela que se trata de una decisión consciente, vinculada a proyectos de vida más estructurados.
Los números “hablan” con claridad: nueve de cada diez encuestadas solo tuvieron un hijo en esta etapa, y casi dos tercios planificaron su embarazo con plena conciencia. Las razones para ser madre después de los 35 se entrelazan con la madurez personal y profesional, la búsqueda de mayor estabilidad económica y la extensión de los procesos de atención a la pareja infértil. También aparecen motivaciones familiares y emocionales —dar un hermano, cumplir el deseo de la pareja o un anhelo particular— junto a otras circunstancias que retrasaron la decisión.
La mayoría concibió de manera natural, aunque algunas recurrieron a técnicas de reproducción asistida. Seis de cada diez no reportaron complicaciones, pero el 38,7 % enfrentó dificultades como anemia, hipertensión o diabetes gestacional, una condición bastante recurrente en el grupo de gestantes. Este hallazgo confirma que, aunque los riesgos médicos existen, no son universales y dependen en gran medida de las condiciones de salud previas y del seguimiento recibido.
La red de apoyo aparece como un hilo conductor. Más del 85 % de las encuestadas se sintió respaldada por su entorno, y el resto describió la carga como demoledora. Una voz lo resumió con crudeza: “Si pares más tarde sin condiciones, [la gestación] te maltrata más, y, sin ayuda, se acentúa”.

En cuanto a percepciones, seis de cada diez mujeres consideran que la maternidad después de los 35 años es más desafiante, sobre todo por la salud emocional, el desgaste físico y las dificultades de conciliación entre trabajo y crianza. Sin embargo, muchas también destacan la madurez y estabilidad alcanzadas como ventajas. La encuesta, por tanto, no solo refleja riesgos y tensiones, sino también fortalezas que convierten la maternidad tardía en una experiencia consciente y, en muchos casos, más serena.
A esa percepción se suma la voz de la habanera Anamary Jiménez, quien menciona como un desafío adicional al envejecimiento de la red de apoyo. “A mayor edad, esa tribu que ayuda a maternar también es más vieja, y no es igual, sobre todo cuando se trata de una familia pequeña. En ese sentido, para mí el mayor de los retos ha sido romper con los mitos y formas de crianza que traemos arraigados; hacer entender que llorar no da pulmones, que no es necesario que el bebé conozca los caramelos a temprana edad, y que es mejor que coma una fruta antes que tome jugo”.
La salud es lo primero
Pero más allá de los retos físicos, emocionales y culturales, la salud sigue siendo un eje central mencionado tanto por quienes han sido madres en su tercera década de vida, como por el personal sanitario que las atiende. Lo ratifica la doctora tunera Lianet González Rosell, especialista de primer grado en Medicina General Integral y en Endocrinología, quien ha dado seguimiento a numerosas mujeres mayores de 35 años con diabetes gestacional.
“La obesidad constituye el principal factor de riesgo. No todas las mujeres obesas la padecen, pero el riesgo es mayor porque la placenta, a partir de la segunda mitad de la gestación, produce hormonas que generan resistencia a la insulina”, explica.
La especialista advierte también sobre la hipertensión arterial inducida por el embarazo, y subraya la importancia del control preconcepcional en mujeres mayores de 30 años que desean embarazarse. Recomienda “una dieta equilibrada, rica en frutas y vegetales, con un aporte adecuado de proteínas, carbohidratos y grasas, evitar frituras y productos procesados, reduciendo aceites de origen animal y limitando golosinas. Son medidas que contribuyen a disminuir los riesgos y favorecer un embarazo más saludable”.
La realidad nacional, no obstante, supera cualquier recomendación médica, sobre todo en los años más recientes. Además de las dificultades económicas para sostener una dieta sana, varias mujeres señalaron en la encuesta que el sistema de salud cubano no tiene condiciones materiales suficientes para responder a todos los estudios durante la gestación. Los relatos coinciden en la falta de insumos y reactivos para pruebas vitales durante esta etapa, así como condiciones hospitalarias precarias. “El resultado de mi amniocentesis (prueba del líquido amniótico realizada entre las 15 y 20 semanas de gestación) llegó a las 35 semanas”, mencionó una madre.
La historia de la holguinera Daylin García Peña, de 39 años, pone rostro a una vivencia que se repite más de una vez en diferentes territorios del país. Tras más de 18 años buscando un embarazo, ella y su esposo celebraron en 2025 la llegada de su hija Alexa. La gestación fue tranquila, sin complicaciones de presión ni diabetes, pero marcada por las carencias: “La prueba de las 16 semanas no se pudo hacer porque no había reactivo. Tampoco había para la hemoglobina ni para otros análisis muy necesarios en este proceso. Y de la dieta especial para las embarazadas, prácticamente no me llegó nada”.
La maternidad tardía supone un desafío. La cuarta parte de las encuestadas incluso la desaconseja, por los riesgos y el desgaste que implica, y apenas el 16 % la recomienda, confirmando que, aunque es posible tener éxito, no se trata de una opción generalizable, sino de una experiencia particular que, en cualquier caso, merece respeto, porque cada vivencia es única y determinante a la hora de decidir si maternar antes o después.
A fin de cuentas, tener un hijo puede ser un sueño cumplido y disfrutable en cualquier etapa de la vida adulta. El cuándo lo decide la madre junto a su pareja, y esa elección no debería ser nunca una carga a llevar durante nueve meses. Tampoco después.
Nota:
1 El cerclaje es un procedimiento médico que se realiza durante el embarazo para evitar un parto prematuro. Consiste en colocar una sutura alrededor del cuello uterino para mantenerlo cerrado cuando existe riesgo de que se abra demasiado pronto. Generalmente se indica en mujeres con antecedentes de partos prematuros o en embarazos múltiples, y se retira cerca de la semana 37 de gestación.












