Célebre por el Santuario de la Virgen, muy cerca del mar, y por la conocida lanchita que cruza la bahía, Regla va más allá de su entorno costero, de su condición de poblado ultramarino que mira hacia La Habana. Es también terreno empinado, lomas que suben entre cercas, escalones y casas.
En particular, la zona de Loma-Modelo exhibe una geografía que obliga a caminar hacia arriba, a desandar entre vericuetos y trillos. Sus calles, pasadizos y desniveles dibujan un barrio de acceso difícil, atravesado por casas modestas, construcciones improvisadas y una vida vecinal que se sostiene entre las dificultades y las carencias persistentes que impone la crisis en la isla.


Este consejo popular agrupa algunas de las zonas más vulnerables de Regla, entre ellas La Loma del Tanque, Valle Oculto y La Colonia. En ese entramado se mezclan viviendas de madera y zinc con otras de mampostería, tramos de tierra, escaleras irregulares y pequeños accesos de cemento que parecen añadidos con el paso del tiempo y no por una planificación urbana uniforme.
No es un territorio que se recorra con prisa: su relieve, sus accesos y la forma en que se fueron levantando sus viviendas imponen otro ritmo, más lento y más atento a los detalles del entorno. El resultado es un paisaje fragmentado, donde cada casa parece haberse adaptado como pudo a una topografía difícil, escarpada, que tiene, no obstante, la vista única que propician las alturas.


En Loma-Modelo, como en otras partes del municipio, de la capital y de todo el país, la precariedad material se combina con problemas de servicios básicos agudizados por la crisis, sobre todo los prolongados apagones y los problemas con el suministro de agua. Ello hace aún más compleja una existencia ya signada por las dificultades del entorno.
La rutina diaria depende entonces no solo de la prestancia física para andar loma arriba y loma abajo, de la habilidad para desandar por trillos, bordear cercas y malezas y subir escalones, sino también de la capacidad de resolver, de la resistencia ante la precariedad y la incertidumbre.


Un recorrido por la zona revela una historia sin afeites ni adornos: cercas y paredes improvisadas, estructuras en mal estado, patios irregulares y senderos estrechos por donde circular puede resultar incómodo. Pero aún así, sus vecinos los transitan diariamente, suben y bajan como parte de una cotidianidad humilde y perseverante, inevitable como la empinada topografía.
Así nos lo descubre este domingo el fotorreportero Otmaro Rodríguez, cuyo lente sigue revelando una ciudad dentro de la ciudad, una Habana menos visible pero imprescindible para entender cómo viven sus márgenes.






























