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Maykel Machín Ávila es “arreglasombrillas”. Tiene 50 años y gran parte de su vida la ha dedicado a una labor que, asegura, tiene “muchos trucos”. “Hay que tener gracia para esto”, sostiene.
Su taller es la propia calle. A mitad de cuadra, o en una esquina, despliega sus cosas y ahí mismo empieza a trabajar. A fuerza de “hacer lo que es”, de “cumplir”, de “estar en zona”, ha ido ganando la confianza de sus clientes y, con ello, su sustento diario, en medio de la profunda crisis en Cuba.


La historia de Maykel es la de muchos cubanos. Emigró “de chamacón” a La Habana desde su natal Ciego de Ávila, y desde entonces, con su propio esfuerzo y también con ayuda, no sin dificultades y dolores, ha labrado su propio camino.
Primero empezó a arreglar zapatos y luego, con un amigo de su padre, se inició en la reparación de sombrillas, un trabajo que “da más y es mejor” y que aprendió con rapidez. “Le cogí la vuelta enseguida, tengo gracia para esto. Él mismo me dijo que nunca había tenido un alumno que aprendiera tan rápido este oficio, que no es fácil, aunque pudiera parecerlo”, cuenta a OnCuba.


Reparar sombrillas es una labor “que tiene sus complicaciones”, afirma Maykel. “Tiene muchos trucos. A veces no tienes la varilla que va, la pieza que necesitas, y tienes que resolver con lo que hay, pero que parezca original. Que quede fuerte, que funcione y se vea bonito también, sin chapucerías”, explica.
“Hay reparadores a los que eso no les importa. Arreglan las sombrillas como quiera, las remiendan de forma chapucera, pero no debe ser así. Al menos, a mí no me gusta. Si no se tiene la varilla, hay que hacer el remiendo como es, con cuidado, curioso, para que los clientes no se quejen después”, apunta el experimentado “arreglasombrillas”.


“La materia prima aparece con el mismo trabajo. Hay gente que me da sombrillas rotas, que ya no se pueden arreglar, y yo uso los componentes que sirven. O encuentro sombrillas o varillas botadas y las aprovecho. Antes se podían resolver materiales de otra manera, pero ahora mismo prácticamente no hay dónde comprar las cosas, y que hay que aprovecharlo todo”, refiere Maykel.
Así pasa sus días el reparador callejero, cuyas ganancias, dice, varían “según como estén las cosas, pero que “en días buenos” pueden llegar a los “2 mil y pico y hasta 3 mil pesos”. “Me gustaría tener mi tallercito, un lugar estable, pero es complicado —reconoce—. Siendo callejero no me va mal, los clientes me ven directamente y voy resolviendo cosas para el trabajo en la misma calle”.















