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Entre Pinar del Río y Viñales, solo median 25 km, una distancia insignificante, casi ridícula para el mundo moderno acostumbrado a trasladarse distancias muy superiores para ir a trabajar, asistir a una reunión de negocio o disfrutar de un rato de ocio o esparcimiento.
Trenes de alta velocidad, puentes aéreos, autopistas facilitan la vida y lo permiten. Pero aquí “una cosa es con clave y la otra con maracas”. 25 km aquí pueden convertirse en una distancia imposible y volver, la maravilla inalcanzable.
Al pésimo estado de la peligrosa carretera de montaña, a ratos intransitable, con tramos que bien podrían ser cerrados por viales debido al deterioro de la vía, la acumulación de baches, la mala señalización, la maleza, se suma ahora la falta de transporte debido a la carencia de combustibles, lo que ha hecho que desaparezcan taxis y guaguas y en su lugar solo transiten triciclos eléctricos.
Así, lo que antes fuera uno de los lugares más atractivos de Cuba, declarado por la Unesco como “Paisaje Cultural de la Humanidad” y uno de los pueblos que, con la “apertura” económica de los últimos años, alcanzara una mayor diversificación y crecimiento de la actividad turística, se ha vuelto inaccesible.
Si se quiere ver la huella de la crisis, ahí está Viñales, un pueblo donde el 90 % de las casas fueron convertidas en casas de renta, donde la gastronomía se diversificó al punto de que el visitante podía disfrutar de una comida criolla, un menú mediterráneo o vegetariano, o las delicias de una pasta al más auténtico estilo y sabor italiano.
Más allá de violaciones de regulaciones patrimoniales, el pueblo floreció y hubo un momento en que la demanda superó la oferta y, atraídos por los encantos naturales del valle y la tranquilidad del pintoresco pueblito, los turistas pernoctaban en la plaza, a las puertas de la modesta pero hermosa casa de Dios, a la espera de algún arrendador que tuviera capacidades para hospedarlos.

Hoy todo eso es pasado y donde hubo jolgorio, ahora hay tristeza. Y donde hubo color, se sienten los grises tonos de la crisis. Hoy apenas llegan turistas. Los negocios cierran. La oscuridad avanza. Reina la desesperanza.
Muchos de los emprendedores venden, recogen lo que pueden y emigran porque lo que fue mucho más que una promesa se ha vuelto una pesadilla, algo imposible de sostener.
Resulta paradójico que, a pesar de que la crisis estremece y socava todas las estructuras del país, nadie se pronuncie a favor de estos emprendedores que con esfuerzos levantaron sus negocios. Ellos demostraron que cuando se crean condiciones, la gente sale adelante y eso se revierte en bienestar colectivo y desarrollo.
Hasta donde conozco, no se ha implementado una política fiscal que considere reducción de impuestos, condonaciones, beneficios, bonificaciones por daños generados. A pesar de que la situación los rebasa y genera mucha más presión sobre ellos.
Viñales está muriendo ante nuestros ojos cada día y no pasa nada. No vemos que se implemente una estrategia para evitar el colapso de lo que puede ser uno de nuestros pulmones económicos. Muere al punto de poner en riesgo su condición patrimonial porque sostenerla requiere una base económica.

Ya sea en el sector estatal o privado, son pocos los que sobreviven. Los que aún lo logran es porque hacen malabares y acrobacias económicas. Aquel que fuera un reconocido centro nocturno se transforma en minimercado.
El famoso restaurante de comida mediterránea ahora vende yogur probiótico. Ha tenido que dejar su producción de quesos artesanales reconocidos nacional e internacionalmente por su calidad. Producirlos hoy puede triplicar los costos de cualquier queso importado.
Las casas de renta transforman sus amplios portales en ventas de garaje o en los excelentes restaurantes de comida criolla. En el Mural de la Prehistoria o La Cueva del Indio, donde se podía disfrutar de un delicioso plato de cerdo asado, se quedan sin clientes.

Nadie puede sobrevivir a la falta de agua, de transporte, de comunicación y de energía. Los que pueden se han instalado costosos sistemas de energía solar para intentar sobrevivir al desastre. En ocasiones, después de 30 horas de apagón, han correspondido solo 25 minutos de energía.
Aislados, cercados por imponentes mogotes, haciendo gala de su bondad y hospitalidad, los viñaleros, gente humilde, trabajadora y tranquila como pocos, resisten como pueden los embates de una crisis que no parece tener fin. Una crisis que nadie vio venir y para la que nadie los preparó en aquellos, ahora lejanos, años de prosperidad y bonanza.

* Este texto fue publicado originalmente en la cuenta de Facebook del autor. Se reproduce con su autorización expresa.












