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Querida Ada, cuando tu libro Cuba, una historia americana obtuvo el premio Pulitzer, todos tus amigos y lectores en la isla lo celebramos como lo que era: un reconocimiento a lo mejor de la historiografía cubana en EE.UU. y a una de nuestras historiadoras más prestigiosas y entrañables.
Antes que en esa nota del periódico Granma que tú recuerdas, dos reseñas aparecieron en revistas muy conocidas, Temas y Casa de las Américas, redactadas por renombrados historiadores, Francisca López Civeira y Oscar Zanetti.
La reseña de Zanetti se convirtió en sus palabras durante la presentación del libro, el 6 de abril de 2023. El post que la recoge, en el perfil de X de Casa, acompañado por cuatro fotos tuyas, anunciaba que “la historiadora cubana Ada Ferrer dialogó en la Casa de las Américas con historiadores cubanos y estudiantes estadounidenses a propósito de la presentación de su libro «Cuba: An American History», ganador del Premio en 2022”.

Ciertamente, allí se reunió una representación de “la flor y nata” (como se decía antaño) de los historiadores cubanos, junto a un montón de otros académicos y seguidores tuyos, algunos de los cuales intervinimos para comentar su significado y felicitarnos por tenerte entre nosotros ese día. Tus emocionadas palabras ante la abarrotada sala Manuel Galich aquella mañana de abril de 2023 nos conmovieron a todos.

El poder de convocatoria que congregó a tantos en la presentación de ese libro tuyo no fue solo tu rigor y audacia como historiadora, sino tus características personales, y en particular, tu honestidad intelectual. Porque en esta cultura cubana nuestra, más que de valores intelectuales, artísticos o puramente ideológicos, el prestigio depende de cualidades cívicas y de una proyección ética, especialmente cuando se apela a la unidad nacional y a fomentar un auténtico espíritu de diálogo. Como sabes, no todos los que abogan por un “diálogo nacional” las reúnen ni resultan creíbles. Mis respetos, como se dice aquí, por esos méritos difícilmente bien ganados.
Tus palabras aquel día en Casa me hicieron recordar nuestro encuentro, más de diez años antes, cuando pastoreabas un grupo de alborotados estudiantes de New York University, de visita en el Centro Juan Marinello, y al que me invitaste a impartir un cursillo sobre relaciones EE.UU.-Cuba. Entonces me anunciaste que ibas a ser madre (creo recordar) y me los confiaste para el año próximo. Acepté sinceramente honrado, y también contento por la oportunidad.
Siempre digo que no hay ensayo de diálogo nacional ni indagación sobre las relaciones entre nuestros países como enseñarlas a estudiantes de EE.UU., especialmente cuando entre ellos hay cubanoamericanos. Lo he ido aprendiendo desde que los tuve por primera vez en Columbia, hace ahora 35 años; en Harvard y en la Universidad de Texas (donde supe que habías obtenido tu maestría en Historia), hasta los estudiantes del Consorcio de Brown University, con quienes acabo de terminar un semestre en Casa de las Américas la semana pasada.
Ese ejercicio de aprendizaje y diálogo nos ha llevado a leer o releer juntos documentos históricos conocidos o recientemente desclasificados, entrevistar protagonistas y actores anónimos de ambos lados, revisar datos y contrastarlos, debatir en clase las tesis de los más prestigiosos historiadores y las visiones de “la gente sin historia”, y especialmente, someter a crítica colectiva “todo lo existente” en esa odisea colmada de conflictos e interacciones sociales de siglos que conectan nuestros destinos. Pues sin ese ejercicio conjunto difícilmente se entienden las revoluciones cubanas, ni a los cubanos en ninguna parte. Y mucho menos la historia del presente.
A family history
Leyendo en tu carta al presidente la alusión a nuestras relaciones con EE.UU., como a family history, he vuelto a recordar las lecciones aprendidas de esos estudiantes míos y de sus familias, algunas de la más alta burguesía, con quienes he podido conversar apaciblemente en sus casas de Coral Gables. Así como las de mi propia familia.
Casi la mitad de mis tíos por parte de madre se fueron entre 1963 y 1967, llevándose consigo a mis primos, y a la que más sentí, mi abuela materna. Ella se fue sin quererlo, por acompañar a mi tía más joven, con dos niños chiquiticos. Había sido maestra de escuela pública durante las dos repúblicas antes de la Revolución de 1959, en zonas rurales y luego en el pueblo de Cabaiguán, la mitad del cual la saludaba por la calle con una reverencia porque lo había enseñado a leer y escribir.
Era una católica estricta, y por principio consideraba la política algo nefasto, pero también era la madre de mis tíos y de mi madre revolucionarios, y la viuda de un veguero arrendatario que lo había perdido todo en 1929, por no poder pagar la tierra. Así que no estaba ciega ni culpaba a Fidel Castro de todo lo malo, incluida la división familiar, pues esas diferencias estaban ahí entre ellos desde antes de 1959. Maestra al fin, sabía pensar.
Esa abuela, que me formó en todos los valores patrióticos, de justicia social y de conciencia cívica que puedo conservar, y que de comunista no tenía nada, solía decir que no había habido ningún gobierno (los había conocido a todos) que hubiera hecho tanto por la educación.
No sé si se llevó consigo la medalla por 50 años de magisterio que le otorgó el MINED, de la que estaba orgullosa, cuando partió, asistiendo a la más joven de sus hijas.
Mi corazón no ha dejado de estar con todos esos tíos y primos que viven allá.
Como sabes, Ada, esas historias de familia no son siempre las mismas. La hemos vivido casi todos, cada cual a su manera, incluidos los que, pudiendo habernos ido, no lo hicimos; porque tuvimos la suerte de que no nos llevaran sin preguntarnos.
Yo mismo estuve a punto de transitar ese pasadizo sin regreso que atravesaron 15 mil niños y niñas, enviados por temor a que los mandaran solos detrás de la cortina de hierro, para terminar solos en cualquier parte de EE.UU., como le pasó a un primo mío, menor que yo. Mi madre, que solo tenía sexto grado, había recibido la carta del director de mi colegio presbiteriano, ofreciéndole acogerme bajo la sombrilla de las iglesias americanas y asegurándome un futuro brillante. Yo tenía 13 años, y con un empujoncito me hubiera ido. Pero ella la rompió.
En cambio, me embulló a irme como alfabetizador junto con mi otro primo, en las lomas del Escambray. Aunque en mi casa siempre me decían que “éramos pobres”, después de siete meses con aquellos guajiros generosos, habíamos aprendido lo que era la pobreza de verdad. Más que las consignas, el comunismo o el marxismo, que la mayoría de nosotros no entendía, descubrimos que esos pobres de la tierra eran el sentido de la Revolución. Cuando bajamos de la sierra, éramos otros: nos habíamos vuelto revolucionarios. De manera que, si entonces, en 1962, me hubieran querido mandar para el Norte, con mis 14 años, me habrían tenido que arrastrar.
Una historia social y una visión distinta de la política
Leyendo tu libro y tu carta (“Mi padre escribió cartas al gobierno cubano. Aquí está la mía”. Publicada en su versión en español el 8 de mayo de 2026 en el New York Times), se me ocurre que si le entregáramos los millones de historias familiares cubanas, parecidas o muy diferentes, incluyendo la tuya y la mía, a una procesadora de inteligencia artificial, quizás podríamos proyectar una esfera virtual, abigarrada y fascinante, donde se entrelazaran las relaciones sociales reales entre los dos países, a lo largo de las últimas casi siete décadas. Si eso fuera posible, veríamos más claro lo que nos une, y también lo que nos separa, tanto aquí como allá.
Esa proyección también tendría que asumir nuestra heterogeneidad social, creciente desde los mismísimos años 80 (según demuestran los estudios sociológicos), además de otros rasgos que nos diferencian hoy de diversa manera, y que tampoco son “económicos”.
A partir de ese reconocimiento, podríamos mirar a fondo la cuestión de la desigualdad, en vez de creerla un epifenómeno de la crisis; lo mismo que entender ese flujo migratorio incesante, incomparable con episodios como los del Mariel y los balseros, que expresa una transnacionalización estructural de la sociedad cubana, y que no va a cerrarse como una llave cuando le cambiemos la junta a la economía.
Podría ayudarnos también a entender el arduo camino de la unidad nacional como un proceso, ligado a diálogos y debates desde abajo, que puedan contribuir a enriquecer y transformar la cultura política real, la de dirigidos y dirigentes, mediante la participación de la gente, en vez de por obra y gracia de concertaciones por arriba.
La cuestión que más me interesa comentar de tu carta es cuánto hemos avanzado en la construcción de una esfera pública donde pueda desarrollarse ese diálogo horizontal y ese debate crítico. Un espacio que permita pensar la unidad nacional no como una meta ideal, sino como un proceso, un horizonte flotante, al que no se llega nada más por un gesto del Gobierno, sino como resultado de una transformación en la cultura política de la sociedad cubana real.
Al caracterizar esa sociedad desde una visión inclusiva, tendríamos también que abarcar el “abajo” y “arriba”, “adentro” y “afuera”, como es lógico.
Ahí y solo ahí reside la energía del cambio hacia un orden nuevo (e ignoto), la resistencia ante las calamidades y acosos (que se desgasta en el tiempo, como todo), la defensa del interés nacional (que requiere redefinirse como algo vivo y actual). Pero en esa visión de la sociedad cubana en su totalidad tendrían que reconocerse los factores conservadores que ralentizan el cambio o lo cuestionan (no solo “arriba”), por desconfianza ante un orden distinto (e ignoto), el temor a los efectos secundarios de una relación “mejor” con EEUU (que nunca hemos experimentado por más de unos pocos meses), el impacto de las redes, que al saturar la esfera pública, enturbian más de lo que despejan, y fomentan un sentido común homogeneizador (opuesto al buen sentido crítico diferenciador), cuyo alcance incluye, por cierto, a muchos intelectuales.
En cuanto a la clase política, el propio Raúl Castro reconocía la importancia de esa transformación cultural sobre un patrón conservador, cuando reiteraba su crítica a “la vieja mentalidad”; y cuando precisaba que la democratización como requisito de un nuevo socialismo abarcaba la del Partido.
Que el Gobierno debe responder en lo que le toca es demasiado obvio para tener que argumentarlo aquí. Tiene en sus manos los resortes de la política, un poder excesivamente centralizado (uno de los padecimientos del sistema) y que no usa eficazmente, mientras que a menudo traba la búsqueda y aplicación de soluciones; unos medios de difusión que no son precisamente un espejo de la realidad nacional (como tampoco lo son los de la oposición); un sistema de representación que en la base local podría hacer del Poder Popular el vehículo para empoderar a todos los grupos sociales, especialmente los más desventajados, y que en la cúspide podría constituir un régimen semiparlamentario más democrático que ningún sistema presidencialista (y más fiel a la Constitución) y cuya pluralidad no se confunda con la multiplicidad de partidos dedicados a ganar elecciones más que a transformar la sociedad.
En breve, un sistema socialista, con un Estado fuerte capaz de aplicar las reformas y, al mismo tiempo, proteger a los grupos más vulnerables, así como garantizar la seguridad y la soberanía frente a EEUU; mediante un Poder Popular que de verdad controlara y le pidiera cuentas al Gobierno, y donde se hicieran sentir y se debatieran las corrientes diversas de la opinión pública, incluidas las de una oposición leal.
La buena noticia es que acerca de estos temas se investiga, se discute y se comparte públicamente, en espacios culturales y académicos, en centros de investigación y universidades, publicaciones de ciencias sociales y humanidades, e incluso en obras de teatro, cine, narrativa. Como no se hacía hace veinte años.
En cuanto a la senda del diálogo, también hemos avanzado algo y quisiera contártelo desde mi pequeña experiencia personal.
Dialogar, debatir, escuchar, entender
Cuando en la revista Temas inauguramos, por nuestra propia iniciativa, el espacio de debate público mensual Último Jueves, con el tópico “La violencia racial en la historia de Cuba”, imaginamos lo que nos iba a costar no solo echarlo a andar, sino mantenerlo. Pero nos quedamos cortos.
En esos paneles se han llegado a juntar en una misma mesa académicos, periodistas, artistas, practicantes de diversos oficios, activistas, sacerdotes, maestros, escritores, deportistas, líderes de opinión, babalawos, emprendedores, dirigentes del PCC y el Gobierno, funcionarios, delegados al Poder Popular, militares; entre ellos cubanos, cubanoamericanos y de numerosas nacionalidades. Los problemas que han debatido han sido legión –incluyendo los que tú le planteas al presidente—, y lo han hecho ante un auditorio abierto, variado, intenso y casi siempre muy polémico.
Esos debates abiertos de los últimos jueves no se reseñan lo suficiente en los medios cubanos, ni oficiales ni de oposición, y menos todavía en los extranjeros, cuyos corresponsales brillan por su ausencia. Sin embargo, que no salgamos por la televisión no impide que circulen, pues se han ido publicando íntegros no solo en la revista Temas, en libros impresos y digitales, incluso en videos en DVD; y desde la covid, los estamos transmitiendo en vivo por Telegram y transcribiendo en nuestra página de Facebook cada mes.
A lo largo de 24 años y 242 debates, hemos conseguido capear el fuego de tirios y troyanos, y mantener la puerta abierta. Tenemos enemigos (como todo lo que vale la pena), algunos de los cuales entienden el pluralismo como un encuentro de gente que piensa más o menos parecido; y a quienes les repugnaría sentarse al lado de algunos de nuestros invitados. Suelen declarar que nuestros debates de los jueves existen porque los organizamos “intelectuales autorizados” y elegimos “temas permitidos” para discutir. Ante esas diatribas, procedentes de ambos lados del espectro, nos limitamos a invitarlos a participar. Nunca vienen.
Lo más útil que hemos aprendido es que la libertad de expresión resulta valiosa porque no es una dádiva de arriba, sino que se gana. Pero sobre todo, hemos constatado en qué medida el cultivo de una genuina cultura del debate, sin la cual no vamos a tener una sociedad más democrática, resulta un desafío real formidable. Y por eso digo que no basta con que el Gobierno la promoviera, como hace con otras cosas, para que se desarrolle de verdad.
Cuando he preguntado al respecto, me dicen que la política del PCC es fomentar espacios como ese. En mi modesta experiencia, no importa desde qué marcos institucionales se promuevan y cuáles sean los temas; lo mismo se trate del teatro cubano actual o de la cría de peces tropicales…, siempre resultan un debate político. Y a menudo, duran poco, pues ocurre lo que Liborio llamaba “comprar pescado y cogerle miedo a los ojos”.
Aunque no sobrestimo de ninguna manera el significado y alcance de estos debates nuestros, te los menciono solo porque ilustran lo que se puede hacer, contando con la determinación y la participación de muchos, desde abajo y sin esperar por las orientaciones.
Me gustaría mucho que los compartieras con nosotros. Lamenté que no pudieras participar en el taller de Temas al que te invité la última vez que nos vimos, donde se discutieron problemas como los que mencionas en tu carta. Ojalá pudieras hacerlo, de manera presencial o por Internet, en algunos de los paneles que tenemos este año, entre ellos, “clases sociales, desigualdades y pobreza”, “partiendo los nudos de la política económica”, “policrisis cubana”, “de qué socialismo estamos hablando”. Y si no, al menos que pudieras escucharlos e intervenir en el debate.
Entender lo que está pasando aquí es difícil, naturalmente, también para los que investigamos la sociedad y la política sobre el terreno. Hacerlo en medio de la bulla polarizada de las redes, y sin adentrarse en la actual dinámica del pensamiento crítico cubano, es como tratar de comprender lo que el río arrastra por el fondo dejándose llevar por la corriente predominante. Naturalmente, para conectarse con ese pensamiento, ligado al ejercicio de la investigación y otras formas de conocimiento, y a la reflexión ecuánime, no hay que estar en Cuba.
De más está decir que no existen respuestas simples para la mayoría de los problemas más complejos que plantea la transición.
Cómo se concentrará o se distribuirá la riqueza en la Cuba dentro de diez años es una cuestión que podría depender de la profundidad de las políticas de reforma que se apliquen ahora. De cómo se resuelva la dicotomía desarrollo humano versus crecimiento; de la transformación del sector estatal en sector público; de la articulación entre ese sector público y el privado.
Pero también de los cambios políticos a que me referí antes, así como de la consolidación práctica de las libertades ciudadanas, con todo lo demás que promete la nueva Constitución. De manera que el sistema fuera cada vez más el reflejo de la sociedad en que se basa.
No le quito una gota de responsabilidad al Gobierno en facilitar esa transformación, y menos aún en salir de este hueco donde está trabada la vida cotidiana y comprometido el bienestar de la sociedad toda. Si el presidente no responde a lo que escribimos y argumentamos los investigadores, sin embargo, no hay que pensar que está ciego o que ignora esos problemas, ni mucho menos que el Gobierno carece de gente calificada graduada en las mismas facultades de quienes critican sus políticas.
De hecho, no son solo los expertos en economía los que despotrican en las redes, las colas, las asambleas, las secciones de comentarios en los medios digitales, sobre la Tarea Ordenamiento, la escasez de alimentos y medicinas, las pilas de basura acumuladas, etc., sino todo el mundo. Haber pospuesto o incumplido las medidas acordadas en 2011 y plebiscitadas en la nueva Constitución es su responsabilidad, junto con la del resto del Gobierno y de la dirección del PCC.
El asedio y la soberanía: la fortaleza sitiada
Aunque numerosos intelectuales y comunicadores cubanos hemos criticado la constante invocación del bloqueo por su efecto contraproducente de saturación, te confieso que no se me ocurre qué parte de la vida cubana transcurre ajena al asedio de EE.UU., no solo al bloqueo. Cuando el presidente los menciona como un factor insoslayable en la pantalla de nuestros problemas, no está descubriéndonos algo que no suframos en carne propia.
Coincido en que no es razonable planear la política sin tomar en cuenta la constante de ese bloqueo y ese asedio, invariable en su naturaleza, y cada vez peor. Abarcador y complejo en sus impactos, el asedio afecta todas las políticas cubanas, no solo en los problemas asociados directamente con la economía, sino en la salud pública, la educación, la cultura, los medios de comunicación y, por supuesto, la defensa y la seguridad nacional, así como cala en la psicología social de nuestro pueblo.
Si palabras como política, igualdad, democracia, derechos, libertades se han devaluado en Cuba y muchos otros países, la cuestión de la soberanía sigue teniendo sentido concreto y vivencial para muchos cubanos, viejos y jóvenes, y ha sido sacada a flote por este asedio recrudecido.
En efecto, la ferocidad de EE.UU. y el presagio de un ataque intempestivo contra Cuba han llevado a la calle a cientos de miles, muchos de los cuales ya no participaban en las marchas o habían perdido motivación; y los impulsaron a permanecer durante horas bajo la lluvia para honrar a nuestros caídos en Venezuela, en una auténtica manifestación de duelo, incluidos numerosos jóvenes.
De paso, quiero comentarte que nuestra soberanía nunca dependió de la URSS y mucho menos de Venezuela. En eso no coincidimos.
Desde la Crisis de los Misiles en adelante, la defensa de Cuba solo estuvo en manos de los cubanos en la isla. Situación geopolítica reflejada no solo en muchos discursos, sino documentada en los papeles desclasificados durante las conferencias tripartitas sobre la crisis en 1990 y 1992, donde tuve la oportunidad de participar, como asesor, con veteranos políticos y militares cubanos y soviéticos. Alianza cubano-soviética a donde nos empujó, por cierto, la política de EE.UU., según le argumentaba McGeorge Bundy a JFK en un memo que encontré registrando archivos, carpetas de papeles desclasificados en la Biblioteca Kennedy, en Boston.
Otras hubieran sido las características del sistema cubano si no hubiéramos tenido que armarnos hasta los dientes, y si tantas generaciones no hubieran tenido que acostumbrarse a vivir entrenándose para una guerra de todo el pueblo con los EE.UU. Seguro que esa condición nos marcó para siempre. Y, por desgracia, nos sigue marcando.
“Un parlamento en una trinchera”, como lo definió Cintio Vitier, resulta una situación límite, o sea, bastante difícil. No hacernos ilusiones tampoco quiere decir que nos resignemos a un parlamento callado; más bien todo lo contrario. Pero suponer que la solución depende de nuestra flexibilidad y disposición para negociar con EE.UU. corre el riesgo de olvidar a quién tenemos de vecino.
Ningún país, ni socialista, ni exsocialista, ni revolucionario, ni posrevolucionario, ha tenido que pagar un costo político y social como el impuesto a Cuba por esta mala vecindad. Por mucho que se abuse de citarla a toda hora, la soberanía no es un simple ideologema.
Me pregunto: ¿podríamos aspirar a justicia social, equidad, desarrollo humano, democracia participativa, dignidad de las personas, libertades ciudadanas, si ante todo no aseguráramos la soberanía? ¿Qué habría respondido José Martí si le hubieran dicho que la soberanía no se come? Para ahorrarnos discrepancias innecesarias, prefiero pensar que esa fue a poor choice of words, como dicen allá.
No es posible ignorar que en un momento como este, cuando se renueva la hostilidad de EE.UU. contra esa soberanía, crece la sensibilidad ante cualquier postura que lo soslaye, o parezca restarle importancia real, o relativizarla de cualquier manera. Esa reacción incluye no solo al Gobierno, sino a todos los que piensan que este es el momento de cerrar filas ante la inminencia de una acción de fuerza, o ante la mera amenaza de ejecutarla.
Disentimiento, herejía, disidencia
Como tú sabes mejor que yo, porque los has estudiado, desde el siglo XIX hubo nacidos en esta isla, miembros de la élite criolla, dueños de esclavos y hasta destacados intelectuales, que promovían la incorporación a la unión americana. Todo eso a nombre de la prosperidad de la nación, la integración a una gran democracia y la preservación de una identidad cubana “genuina”, o sea, blanca. Para esos anexionistas y sus aliados de la Confederación, los independentistas eran unos radicales, que iban a sumergir al país en el caos y la pobreza a nombre de la libertad.
Ahora también hay cubanos, allá y aquí, capaces de pedir la intervención de los EE.UU. con tal de salir de este oscuro túnel donde supuestamente nos ha metido el totalitarismo, y recuperar la libertad y la democracia para “nuestro pueblo”, por obra y gracia de esa integración. Algo así como “si vamos a ser dependientes, mejor con los americanos que con los rusos o los chinos”.
También los hay en el mundo de la cultura y la academia. Como sienten que es “lo que viene llegando”, algunos de estos libertarios tardíos se preposicionan, presentándose como las voces de esa nueva Cuba.
Son visibles en la ola más reciente de disidentes, donde predominan los comunistas renegados, así llamados por Isaac Deutscher, quien los distinguía de los herejes, o sea, los opuestos al dogma. La mayoría de esos renegados han hecho todo lo posible porque los censuren, ya que su principal mérito es un arte panfletario tipo Patria y Vida, y encender las redes contra el Gobierno como culpable de todos los males.
La judicialización del trato de esa disidencia no solo plantea una cuestión de derechos o de libertades individuales, de transparencia e información sobre todos los procesos y presos, sino que desplaza el tratamiento de un problema eminentemente político a los órganos de la ley y el orden.
La incongruencia se hace todavía mayor al censurarlos o encarcelarlos, en lugar de poner a prueba la consistencia de sus posiciones, en el campo político, ideológico e intelectual; de confrontarlos en el debate y la plaza pública, las medidas judiciales los han convertido en causas célebres. El resultado final ha sido contraproducente.
No sería difícil, sin embargo, enfrentarlos en el campo de la opinión pública y emplazar sus inconsistencias. Esos disidentes son los preferidos del encargado de negocios de los EE.UU. en La Habana, quien los defiende como voces orgánicas de esa Cuba democrática y libre que él tiene en su plan de trabajo. Sus trayectorias son tan conocidas en el campo intelectual, que sus propuestas para promover declaraciones que aíslen al Gobierno cubano en medio de la creciente ofensiva de EE.UU. han carecido de poder de convocatoria.
Comentarios finales (por ahora)
Esta extensa reflexión me la ha suscitado tu obra, tus posiciones políticas conocidas de siempre y la lectura de tu carta. Nada de lo que he argumentado es una razón para el inmovilismo. Siento la necesidad de subrayar en qué medida esta Administración, desatada en su vocación imperialista (no hay otro calificativo tan exacto), y su afán por renovar una vieja amenaza durante estos meses de 2026, afectan el clima político de los cambios en Cuba.
Esos cambios no son sectoriales, sino que abarcan al conjunto del sistema y su funcionamiento económico y político, muy especialmente la descentralización preconizada por la nueva Constitución, que libere las fuerzas productivas locales y permita avanzar en la mayor democratización de la sociedad y el sistema político.
Como dijo Zanetti el día que presentó tu último libro en Casa, historiar las relaciones bilaterales conlleva adentrarse en un “terreno minado por pasiones y antagonismos”. Y como adviertes tú en la introducción, “la historia se ve diferente en dependencia de donde uno esté colocado”.
Puesto que vivo y trabajo en Cuba, caminé esta mañana hasta mi oficina, en busca de electricidad y conexión a Internet para terminar estas larguísimas notas. Al llegar allí, también había apagón, así que me senté a escribir en la entrada, a la luz natural, hasta que volvió la electricidad y la conexión, a mediodía.
Cuando regresaba a mi casa dos horas después, bajo un sol que ya empieza a rajar las piedras, iba pensando en cómo pinta el próximo verano, bajo este sol y estas “voces que profetizan la guerra”, según los versos de Kubla Khan. Y también pensando que valió la pena la caminata al sol, para poder dedicarte esta conversa.
Como dicen allá, sin hard feelings.












