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Extrañaba escribir, y qué difícil resulta retomarlo una vez perdido el ritmo. Como todo, supongo. No puedo creer que hace cinco meses que no publico nada. Les confieso (sin ánimos de justificarme) que a principios de año no dejé de hacerlo. Por aquí tengo guardados los artículos de enero y febrero que nunca envié a mi editora.
El de enero era muy deprimente, fatalista, desesperanzador; ¿y acaso necesitamos más de eso? Febrero, todo lo contrario, la luz en la oscuridad, optimismo, intentar ver lo bueno en lo malo; ¿y realmente hará la diferencia hacer anécdotas bellas?
Ya en marzo no escribí nada, tampoco en abril; pero basta de poner excusas: hoy vengo a hablarles de mi graduación del Instituto Superior de Arte.
En solo un mes recibiré mi título de licenciada en interpretación en el perfil de piano y hace unas semanas realicé mi ejercicio de graduación en el Oratorio San Felipe Neri. Este proceso me ha hecho pensar en lo diferente que resulta este examen para los intérpretes musicales en comparación con otras carreras.

Para empezar, no hacemos tesis, sino un recital (en este caso a piano solo) de entre 45 minutos a 1 hora de música. La selección de obras es libre; uno siempre lo consulta con el maestro de instrumento, pero las posibilidades son muy amplias.
El proceso de preparación para una graduación es arduo. No solamente hay que dominar todo lo posible el programa de memoria y asistir a clases; idealmente se realizan audiciones en donde reunimos a amigos, maestros, familiares o literalmente cualquier persona y tocamos una parte o todas las obras como si se tratara de un concierto.
Esto sirve para ponernos nerviosos y ver cómo reaccionamos. Siempre aparece alguna que otra laguna o inseguridad imperceptible en la tranquilidad de la práctica diaria. Además, se prueban diferentes órdenes con las piezas y se pasa varias veces el programa de arriba a abajo en diferentes condiciones para dejar al azar lo menos posible. Hay que ser capaz, a pesar de los nervios, de disfrutar ese momento tan especial. Todo esto requiere, por supuesto, tener el programa relativamente “listo” algunas semanas antes.
Paradójicamente, una de las cosas más agotadoras para mí fue mantenerme descansada. Encontrar el balance entre el trabajo y el descanso en esas rectas finales en donde el estrés y la ansiedad nos mantienen en un estado de alerta resulta un verdadero reto.

Es cuando, al menos yo, tengo más ganas de estudiar. Sin embargo, hay que intentar no pasarse el día en el piano y descansar, así como dejar tiempo para las audiciones y demás métodos de preparación que ya mencioné sin sacrificar la práctica individual.
Ningún otro entrenamiento, aunque necesario, cuenta como estudio. Al menos no esos últimos días. Así que, si de repente no da tiempo a hacer todos los ejercicios en cada pieza, ya en la noche el momento de descansar se empapa con una sensación de culpa y una buena dosis de ansiedad.
Es difícil practicar muchas horas seguidas sin descanso, pero es aún más difícil aprender a ser eficiente y hacer en una hora lo que antes te tomaba tres. Aunque parezca contradictorio, requiere incluso más energía. Para rendir lo mejor posible debemos estar descansados; dormir lo suficiente, intentar estar calmados; y eso, a las puertas de un examen vital, no es tarea sencilla.
Otro aspecto que resultó ser más importante de lo que pensé fue reducir mi tiempo de scroll y el consumo de dopamina fácil. Ya que, para concentrarnos por largos períodos de tiempo —como los 50 minutos que me tomaba tocar mi programa—, me sorprendí al descubrir que concentrarme en hacer una cosa a la vez y dejar un poco de lado el teléfono sí hace una gran diferencia en mi desempeño pianístico. O sea, que intenté ser lo más disciplinada posible tanto en mi estudio como en mi descanso.
Luego están otros detalles en los que uno no quiere ni pensar y para los que yo tuve la dicha de contar con mi familia. Mientras se acerca el día, hay que emplear tiempo en preparar el brindis, buscar flores, hacer e imprimir programas, darles promoción… A veces, cuando estamos ofuscados en la preparación de un concierto, hay ciertos momentos en que la idea de una sala vacía resulta incluso reconfortante; pero no debemos dejarnos engañar por esta vil ilusión. El día del recital, siempre se agradece una sala llena.
Ahora que ya pasó, puedo decir con certeza que me siento extremadamente feliz por haber podido aprender tanto del proceso de preparación, de haberlo disfrutado y de haber contado con tantos rostros amigos ese día que nunca voy a olvidar.
Solo me queda decir —sin que falte nunca el eterno agradecimiento a todos mis maestros— que estoy emocionada por ver qué trae este nuevo capítulo de mi vida, en donde espero seguir tocando más y, preferiblemente, cada vez mejor, sin dejar de lado proyectos como este, de mantener mi columna en OnCuba, que me estimulan a superarme intelectualmente y a compartir un poquito de mí en este rinconcito que me han dado. Muchas gracias.













