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Por Irene Torres y Elyse Hauser/Latinoamérica21
Una simple búsqueda en ChatGPT revela el inmenso poder, sin que la mayoría de los usuarios de todo el mundo lo sepan, para absorber y devastar tanto los recursos naturales como los humanos. Las cifras son asombrosas: un solo centro de datos puede consumir tanta agua como 360 mil hogares, mientras que la empresa de IA Anthropic destruyó probablemente dos millones de libros para entrenar a sus modelos de lenguaje. Como sostiene el informe de la Universidad de las Naciones Unidas publicado el 3 de junio, los sistemas de IA suponen “riesgos existenciales”, que van desde el agotamiento de los recursos hasta su influencia y uso en la guerra.
Las advertencias de esta institución de la ONU coinciden con la primera encíclica del Papa XIV, Magnifica Humanitas, que aborda, entre otras cosas, los impactos ambientales en nuestro “hogar común”. Estos dos documentos históricos abordan implícitamente el concepto de los bienes comunes, que se refiere a las acciones colectivas para cuidar los recursos compartidos de manera equitativa, a fin de preservarlos. La destrucción y apropiación de los bienes comunes para y por la IA pueden entenderse como una “biokleptocracia”: un régimen basado en la apropiación de recursos naturales y humanos vitales con el fin de impulsar avances tecnológicos en beneficio propio.
La noción de los bienes comunes implica una lucha contra el hipercapitalismo, que considera recursos como la tierra y el agua bienes privados que deben extraerse y monetizarse, excluyendo a las comunidades afectadas de la toma de decisiones; y contra el hipermodernismo, que impulsa el sobreconsumo al agotar los recursos para alimentar una aceleración tecnológica impetuosa. Según el mismo informe de la Universidad de las Naciones Unidas, el año pasado, todos los centros de datos que sustentan la inteligencia artificial consumieron tanta electricidad como Argentina, Chile y Colombia juntos. Detrás de la impresionante hazaña de que un modelo grande de lenguaje como ChatGPT nos corrija un correo electrónico, un complejo de centros de datos que abarca unas 10 cuadras puede emitir calor residual equivalente al de 200 mil hogares, lo que provoca un aumento de las temperaturas a su alrededor.
Hasta ahora, los esfuerzos para medir el impacto ambiental de la IA se han centrado en las emisiones. El nuevo informe de la ONU destaca que esta métrica no capta los costos ambientales totales. Cuando los centros de datos se alimentan de energía renovable en lugar de combustibles fósiles, en realidad pueden ejercer una mayor presión sobre los recursos locales. Los recursos solares y eólicos de Brasil han atraído la atención de las empresas de centros de datos que buscan reducir las emisiones, y el plan de IA del país incluye inversiones en energía renovable para los centros de datos. Sin embargo, los proyectos de energía renovable brasileños ya han causado deforestación local y la pérdida de tierras agrícolas.
El atractivo de atraer inversiones y crear empleos, junto con la promesa de que la IA puede ayudar a optimizar el consumo de energía, puede llevar a los gobiernos locales a aprobar campus de centros de datos sin considerar plenamente las consecuencias. Las normas de la industria recomiendan temperaturas de hasta 27 °C para condiciones óptimas de refrigeración, pero hay centros de datos en 21 países ubicados en zonas donde se supera este límite, incluyendo Brasil y Chile, que han experimentado un auge en la construcción de centros de datos. Los sistemas de IA que operan en condiciones de estrés térmico requieren electricidad y agua adicionales para la refrigeración, lo que agrava aún más la escasez de agua en Brasil y la megasequía en Chile.
Brasil y Chile también poseen algunas de las mayores reservas mundiales de minerales críticos, incluido el galio, un subproducto de la minería masiva de cobre y aluminio que tiene una gran demanda como sustituto del silicio en los semiconductores. Las comunidades locales no solo soportan la carga de albergar centros de datos, sino que también se enfrentan a los impactos de la extracción de minerales para construir la tecnología y, al final de su vida útil, de la eliminación de residuos electrónicos.
Llevando la «tragedia de los comunes» de Garrett Hardin aun más lejos, las empresas de IA saquean el conocimiento y las ideas humanas para vendérnoslas de vuelta, devaluándolas y homogeneizándolas en el proceso. La IA convierte el pensamiento humano en una imitación que solo parece diversa en la superficie. Un estudio de 2024 encontró que, individualmente, los cuentos escritos con ayuda de la IA fueron evaluados como más creativos. Sin embargo, en su conjunto, los relatos apoyados por IA eran similares, en contraste con la diversidad de los escritos por humanos. Estas plataformas de IA generativa se alimentan de ideas humanas que luego aplanan: Anthropic cortó las páginas de libros para digitalizarlas en una colección privada, desechó los originales y utilizó las copias digitales para entrenar su IA sin el consentimiento de los autores.
Esta biocleptocracia impulsada por la IA no se limita a los recursos naturales utilizados para construir y operar su hardware, ni a los recursos humanos utilizados para entrenar su software. La IA está impulsando una nueva carrera de conquistas, planetaria y espacial, esta vez liderada por actores comerciales con supervisión y restricciones escasas. Los líderes de las universidades, que en teoría son custodias del conocimiento, permanecen pasmados o incluso muestran gusto por la IA, dejando a los estudiantes mal equipados para reconocer o abordar esta espiral de amenazas existenciales.
Para alguien entusiasmado con la promesa de prolongar la vida mediante la parabiosis, o la transfusión de sangre de personas más jóvenes a sus propias venas, Peter Thiel se está asegurando de que no quede ningún lugar en este planeta donde se pueda vivir en plenitud. Entre otras iniciativas, Palantir, el software de IA de Thiel, permitió el genocidio de Israel en Gaza, habiendo tomado su nombre de la bola de cristal de El Señor de los Anillos.
Desde la apropiación de tierras hasta el fomento del genocidio, la IA crea un ciclo biocleptocrático en el que la destrucción de los recursos e ideas comunes no logra sino intensificarse, sin que las instituciones multilaterales se comprometan activamente en la creación de un marco de gobernanza sólido.
Irene Torres es Doctora en Promoción de la Salud. Miembro del Consejo Asesor Internacional de The Lancet Global Health y miembro del Comité Directivo del Grupo de Trabajo Temático de Sistemas de Salud en Entornos Frágiles y Afectados por Conflictos de Health Systems Global Health.
Elyse Hauser es periodista ambiental. Tiene una maestría en Bellas Artes (MFA) en no ficción de la University of New Orleans y formación en el Centro de Periodismo de Investigación (SUJO) de Bergen, Noruega.
Este artículo fue publicado originalmente en Latinoamérica21.













