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Coloco en mis oídos el álbum Civilización (2006) de X Alfonso. Porque veinte años no son nada y esta historia encuentra en aquellas canciones su prólogo perfecto.
Una alfombra roja, amplia, se extiende sobre los viejos adoquines de una plaza en la que cabe toda la historia de la Villa de San Cristóbal de La Habana. Luce perfecta, rodeada de edificios centenarios: la piedra porosa e infatigable, la elegante simetría, el susurro de un vasto anecdotario secular. En un extremo, imponente, la Gran Catedral barroca; en el otro, la inigualablemente hermosa Casa del Conde de Casa Bayona. El escenario inmejorable para la consagración definitiva.
Ha pasado poco más de dos años desde que la firma de moda cubana DEVI DEVI lanzara su primera colección (0.01) con un memorable evento, emplazado a los pies del Cristo monumental de Casa Blanca, esculpido por Jilma Madera. Entonces, supimos que Devon Ruiz traía un proyecto sólido entre manos, afincado en la moda como lenguaje.

Esa primera colección —y el evento que la respaldó— fue un gol de campeonato. Todo en ella resultó acertado, razonablemente dispuesto en un escenario que, a todas luces, demostraba rigor artístico. Fue una mezcla de virtudes poco habituales en una creadora debutante: autenticidad, equilibrio y una elegancia que se echa de menos entre los atelieres emergentes de la isla.
En cierto modo, aquel evento se desplazó de los marcos habituales para fundar su propia ficción. Estando en él, La Habana era como un tapiz de fondo, un paisaje definitivamente familiar, aunque reducido a sus rasgos más esenciales: la hermosa silueta del litoral; los edificios que se empinan sobre la ruina; la bahía inanimada; el mar reflejando los matices inmensurables del ocaso.
La ciudad se volvía un horizonte cercano, una nota a pie de página. Acaso porque ese desfile pretendió despejar de la conciencia los fuertes contrastes que en aquella conviven hasta el delirio. O quizá porque al situarse en esa breve distancia, más simbólica que física, se perciben más nítidamente los valores que mejor definen nuestra interacción espiritual con La Habana.
Ahora, DEVI DEVI ha estrenado Barrio, su segunda colección, como para probar —si es que esto hace falta— que la buena fortuna alcanzada antes no es cosa de suerte o ilusión pasajera. Con esta nueva entrega, Devon, artífice principal del proyecto, ha inscrito su nombre entre un selecto gremio de modistas cubanos verdaderamente atendibles, representantes de una sensibilidad de época que reformula los arquetipos sociales y la imagen que, tradicionalmente, modela los hábitos del contexto cubano.

Hay que entender esta colección como consecuencia de la necesidad de dialogar sobre asuntos de historia, identidad, sociedad, imaginarios, rituales y costumbres cubanas, y, además, desde el deseo de reivindicar un posible estilo vernáculo, extraviado luego de varias décadas de inexistencia de una industria textil nacional, subsidiaria al trabajo y la creatividad de tantas generaciones de diseñadores cubanos. Es decir: estamos ante un gesto necesario, emancipador en cierto modo; una alternativa que se precia de ubicarse a contrapelo de la importación de mercancías y el festinado enriquecimiento individual, al apostar por el orgánico crecimiento y la rentabilidad de ciertas tradiciones artesanales, casi en peligro de extinción dentro de nuestra cultura de consumo.
Devon se ha desplazado bastante en los últimos tiempos, expandiendo el alcance de su mirada y sus estrategias en función de DEVI DEVI. La joven que sorprendiera a todos en 2023, al ser reconocida internacionalmente en el Torino Fashion Week como Best Rising Talent, luce ahora más curtida y enfocada en propósitos que apuntan a redimir y exportar los rasgos más estimables de nuestra cultura al escenario de la moda global. Esto último, a tenor de redescubrir el legado de gloria de épocas pasadas y hacerlo factible en el presente.

DEVI DEVI tiene su sede oficial en Calore, situada en el corazón de La Habana Vieja: O’Reilly 306 entre Habana y Aguiar. La decisión de emplazarla allí es plausible, puesto que se trata de una zona privilegiada desde donde se mire: es la más atractiva a los ojos del viajero por su condición patrimonial; la que mejor condensa el carácter citadino, dada su pluralidad de voces, colores, olores, texturas y situaciones; la que inspira con mayor intensidad pasiones, conflictos, júbilos, dolores y relatos, en tanto se nutre de confluencias atemporales: lo viejo y lo nuevo, riqueza y miseria, esperanza y resignación, elegancia y ruina, prosperidad y sobrevida.
Entre todos esos antagonismos se sitúa, sin estar ajena, Calore. Una tienda-galería cuya imagen vanguardista supera la expectativa del cubano promedio —porque cualquier negocio privado hoy día lo hace—, y, sin embargo, se empeña en dignificar, posicionar y apoyar la producción de varios creadores locales independientes.
El barrio es el epítome de cualquier sociedad. Jamás su cara B, su desván o su sótano. Se trata de un órgano inalienable que, de extirparse, se sentiría —y se vería— disecada, muerta, la ciudad.

Quizá por ello, Devon Ruiz, a quien me cuesta situar en un campo específico —puesto que ha hecho muchas cosas a su corta edad: modelo, fotógrafa, diseñadora, emprendedora—, ha puesto ese espacio imprescindible al centro de su energía, sus ideas, su creatividad y su producción cultural, para hacerle un debido homenaje, sin que los flashes y la pompa que escoltan la pasarela traicionen la humildad del origen donde anidó su inspiración.
Varias cosas en la gramática visual de Barrio nos hablan con sorprendente honestidad: cada vestido es la extensión de un color, una textura, un motivo arquitectónico, un pregón, un refrán, el repique de la rumba de esquina o el sonido acompasado del batá; se trata de fragmentos sinestésicos, únicamente comprensibles al habitar esta ciudad, su atmósfera vibrante, su espontánea manera de seducir prescindiendo del neón y el vértigo de la cosmética mercantil.

Los modelos, por su parte, no son estrictamente profesionales, como exigiría una firma de mayor pedigrí y poder simbólico. Son los amigos de la vida, de la brega diaria: de la noche, el club, los motivitos clandestinos; los de la playa, Rotilla, Canasí, las perretas en el Malecón o en alguna azotea abandonada. Son pura gente común encarnando arquetipos momentáneos. Gente que ha vivido demasiado como para saber hacer cualquier cosa. Gente sensible, con demasiado mundo en la mirada. Personas cuyo único casting ha sido sobrevivir a la desilusión y las interminables carencias que colman la realidad de un país.
Sobre esa complejidad viene a hablarnos Devon con Barrio. Y en modo alguno podría afirmarse que esta joven diseñadora cubana se pone de espaldas a la realidad o lucra con el dolor arraigado en el pueblo. Sencillamente, procura traernos un instante de plena belleza —algo que tanta falta nos hace—, capaz de hacernos soñar con tiempos mejores. Y esto, si bien podría no llamarnos al agradecimiento, tampoco debería convocarnos a la crítica malsana.
Devon Ruiz, al cabo, ha conseguido un fino y perspicaz retrato de cuanto llevamos dentro; ha tejido con nuestras esencias una segunda piel. Porque Prada jamás ha entendido lo que la libertad del barrio significa.













