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Era el 1 de julio de 1854 y Dolores Real tenía cuarenta años. Había pasado la mayor parte de su vida en Cuba y ahora, desde la borda del Candare, vapor de la Compañía Africana de Navegación, volvía a tener ante sus ojos aquella ciudad bulliciosa que ni el tiempo ni la distancia habían podido borrar de la memoria: Lagos, su cuna en Nigeria. No solo significaba el fin de un viaje físico y emocional, sino un nuevo comienzo.
La principal tragedia, para ella, había pasado. Siendo niña, unos traficantes españoles la arrancaron igual que una flor de su aldea lucumí —atrás quedó la madre con tres hermanos— y junto a otros secuestrados la llevaron en lo que ella recordaba como “un gran navío”. La desembarcaron en las inmediaciones de Cárdenas y al mes la trasladaron a La Habana.
Fue esclava de su propia casta. Carmen Real, yoruba liberta y dueña de un tren de lavandería, la compró y la nombró Dolores, le dio por ley apellido y la adiestró en las habilidades de su oficio. Seis años más tarde, la joven fue vendida al padre León en calidad de criada doméstica, hasta que pudo pagar al cura los cuatrocientos cincuenta pesos que valía su carta de libertad. Una vez libre, retomó la ocupación de lavandera y, ahorrando calderillas de los quince pesos que ganaba al mes, consiguió sufragar el sueño más caro de su vida: un boleto de vuelta a casa.
No fue un episodio aislado. La diáspora afrocubana albergó con anhelo la tierra de sus orígenes, preguntando a los recién llegados cómo mantuvieron los vínculos a distancia y siempre que les fue posible se afanaron para hacer realidad su esperanza. Tal fue el caso de los lagosenses de La Habana —entre los que estaba Dolores Real—, un grupo de antiguos esclavos que logró costearse el viaje de retorno a Lagos.

Afrocubanos en Inglaterra
Fueron 23. Tenían la más heterogénea procedencia y apariencia: once hombres, ocho mujeres y cuatro menores, pero compartían una historia común de valentía, sufrimiento y horror como víctimas de la trata de personas esclavizadas que desde el siglo XVI hasta el XIX llevó entre diez y doce millones de africanos a América.
El 7 de junio, con asombro y algo de miedo, el grupo de manumitidos bajó del vapor-correo Avon en Southampton, Inglaterra. Viajaron en la condición más lastimera, casi sin comida, pobremente vestidos y obligados a dormir en el puente, aun cuando habían pagado literas en camarotes de proa. Sufrieron las inclemencias de la travesía y la tripulación les echaba agua encima cuando caían desfallecidos por las náuseas. Llegaron por la vía de Santo Tomás. Veinticinco días demoró el trayecto desde esa antilla menor.
En Londres hicieron escala de un mes, acogidos por los humanitarios esfuerzos de Joseph Clark y la hospitalidad del matrimonio Silva, que les brindó alojamiento en su hotel. Ninguno hablaba inglés, sino que se comunicaban fluidamente en español; tampoco sabían leer ni escribir.
Varios habían sido raptados en su Lagos natal, separados de sus raíces ancestrales, embutidos en las sentinas de barcos repletos y mandados con grilletes a miles de kilómetros al otro lado del mar en travesías infernales. En Cuba se dilató la pesadilla, recluidos en barracones de mala muerte, continuamente traspasados de propietarios y sometidos a la explotación más inhumana. Incapaces de pronunciar sus nombres originales, sus amos les asignaron una identidad ficticia.

Antes de embarcar hacia su destino final, “los 23” hicieron declaraciones a las autoridades migratorias y sus conmovedoras historias de vida fueron divulgadas por la revista Anti-Slavery Society. Traducido del inglés por Renée Méndez Capote, la notable “cubanita que nació con el siglo”, el texto apareció en una revista de la Biblioteca Nacional José Martí del año 1964.
“Prefirieron ir a Lagos —indicaba el documento— mejor que a Liberia o Sierra Leona, y estaban muy temerosos de que el barco en que iban para África fuera apresado y se les forzara de nuevo a caer en la esclavitud. Las mujeres son muy modestas y los hombres son corteses. La mayoría, cuando no los anima la conversación, tiene ese aspecto abrumado que solo puede impartir el sufrimiento y la degradación inherente a la condición de esclavo”.
Los testimonios resultan de sumo interés y arrojan luces sobre el régimen esclavista en Cuba. Se verá que podían ejercer derechos mínimos como solicitar cambio de amo o manumitirse mediante el pago, al contado o a plazos, de un precio pactado. Sobre todo los esclavos urbanos, pues otra cosa sucedía en las haciendas rurales, tan lejos de la vista de las autoridades y donde los decretos resultaban prácticamente inoperantes.

Eso sí, las opciones de lograrlo e incluso sobrevivir en un ambiente hostil donde primaban el abuso y la opresión dependían de la astucia, el ímpetu personal y a veces del azar; pues los esclavistas no solían ponerla fácil. En caso de negación o extorsión por parte del amo, el esclavo podía apelar a un sujeto oficial denominado el Síndico, facultado para procurar justicia.
Se trata de relatos desgarradores que mezclan las turbulencias de los sobrevivientes de una barbarie, seres condenados a asumir una resistencia feroz contra las dinámicas del poder en un entorno de tensión y desasosiego. Aquí compartimos algunos.
Relatos de náufragos
A Lorenzo Clarke lo hicieron prisionero en una guerra de jefes tribales y con 560 más lo fletaron en el bergantín Negrito a Cuba cuando Tacón era capitán general. El periplo fue duro. Viajaron tan hacinados que no podían ponerse de pie; hubo enfermedades y muertes. Poco antes de llegar, un navío de guerra persiguió y apresó al Negrito bajo disparos. Llevado a tierra junto a otros encadenados, Lorenzo acabó recluido en un barracón que el gobierno tenía en lo que es hoy el Paseo del Prado. Cuando recuperó fuerzas, lo destinaron a trabajar en las vías públicas del Cerro, bajo promesa de que en diez años tendría derecho a la libertad.
Doce años después seguía paleando en el camino de hierro para el tren Habana–Güines como peón del ingeniero Clarke, estadunidense de quien adoptó apellido. Ahorró dinero y jugó la lotería, con tan buena fortuna que ganó trescientos pesos. Los dio a guardar al amo, pero cuando los quiso de vuelta, el gringo no soltó prenda. Tras un litigio que llegó al buró del mismísimo capitán general, Lorenzo no solo recuperó el dinero, sino que recibió su cédula de emancipado.
En Inglaterra afirmó que ganaba buen dinero como estibador en La Habana, pero prefería ir a reunirse con sus parientes en África. Viajaba en compañía de tres hijos y su mujer, María Rosalía García, traficada desde los ocho años de edad. “No está casada con Clarke como lo está la gente blanca, pero él es su esposo”, acotaba el reporte de Anti-Slavery Society, haciendo notar que los esclavos no maridaban según el rito cristiano, sino que se escogían uno al otro en esclavitud.

También oriundo de Lagos y ya sesentón, Miguel Marino pasó un cuarto de siglo en Cuba. Fue sacado de su país con otros 300, de los cuales murieron decenas en la ruta. Fue un viaje muy largo que demoró tres meses y bajo persecución que los obligó a regresar varias veces tras jornadas de navegación. Al fin lo desembarcaron en un cafetal próximo a la costa y luego estuvo aislado en barracones del Castillo del Príncipe. Un panadero lo adquirió y rebautizó con sus mismas letras. Miguel invirtió sus ahorros en la lotería y ganó un premio gordo que aprovechó para comprar su libertad y la de su mujer. Libre trabajó de estibador en el puerto. Llevaba consigo a la niña Matea Marino, su hija.
De tribu carabalí, Margarita Cabrera, esposa del anterior, fue secuestrada cuando tenía 23 años. No recordaba el lugar de salida ni cuántos iban a bordo, solo que el barco iba “completamente lleno”. Los bajaron en La Punta y ella terminó vendida a un empresario. Durante quince años trabajó en trapiches azucareros y cafetales a un ritmo brutal.
Las jornadas de trabajo duraban desde las tres de la madrugada hasta mediodía, cuando paraban una hora para comer. La ración consistía en un pedazo de tasajo del tamaño de tres dedos, ñame y plátano. Además, les daban azúcar y agua. Los alimentaban mal y los flagelaban peor. Por la tarde volvían a las labores de campo hasta después de ponerse el sol. Algo parecido a lo que padeció Agustín Acosta —lagosense como Margarita— trabajando entre casas de calderas y viveros de café. Sus casos evidenciaron que, a pesar de hallarse en plantaciones donde se hacía más difícil reclamar privilegios, también hubo esclavos agrícolas que lograron liberarse.
La lucumí María Mazorra fue subida a un barco negrero con otros 400 infelices. Vio cómo uno se arrojó al mar en intento de suicidio; pero lo salvaron, solo para azotarlo de modo tan bestial que murió en pleno castigo. Ella sirvió siete años de doméstica al negociante José Mazorra, que era un hombre muy malo. Por eso decidió ejercer su derecho a cambiar de dueño. En ese caso, el esclavo debía buscar, en el término de tres días, a alguien dispuesto a pagar su precio.
Para ello persuadió a una pariente llamada Brígida Pina. Pero al cabo de un tiempo la señora murió y sus herederos convinieron vender a María en trescientos pesos a un albañil, bajo el criterio de coartación. Por este concepto, ella debía liquidar su propia emancipación mediante abonos periódicos, por lo que se vio precisada a garantizar nueve pesos mensuales durante tres años. También costeó su pasaje, cien pesos. Igual que su esposo Gabriel Crusati, quien llegó a la isla por una caleta boscosa y pasó de mano en mano empleado en los muelles.
De otros sudores y demonios
La historia de Lucas Martino parece una página de novela revuelta. Al momento de regresar a Lagos tenía 45 años. Vivió tres décadas en La Habana. De joven lo subieron a un navío español que casi enseguida de zarpar resultó apresado por un crucero británico. El cargamento de esclavos fue descargado en Casablanca, al otro lado de la bahía. Pasó en un barracón tres meses hasta ser “alquilado” por Manuel Martino. Serviría de aguador y debía contentar al señor con tres pesos a la semana. Todo el arreglo fue “palabreado” y nada quedó en registro. Eso, a la larga, pasaría factura a Lucas Martino de una deuda permanente.
Ocho años después se topó de manera casual en la calle con su hermano Miguel Marino. Se alegraron mucho, se abrazaron y lloraron, pero cada uno tuvo que seguir su camino. Cuando el viejo Martino murió, Lucas pasó a ser posesión del hijo del difunto, que le pidió cuatrocientos pesos para dejarlo libre. La singularidad de este caso radicó en que, siendo esclavo decomisado por un navío inglés, en virtud de un tratado bilateral entre España y Gran Bretaña, le correspondían derechos de emancipado. Sin embargo, todo sugiere que Lucas fue tácitamente vendido por algún funcionario corrupto. Como nunca dispuso de papel probatorio de su estatus, debió amortizar su libertad. Dejó en Cuba mujer y cinco hijos, pues tampoco tuvo dinero para pagar sus boletos a África. Juraba que trabajaría hasta reunir lo necesario para reclamarlos.
En negocio similar, Telesforo Saavedra fue dado en alquiler y bajo supervisión del gobierno a un fabricante de confituras apellidado Saavedra. Este, con quien permaneció diez años, lo azotó muchas veces. Luego lo alquiló Monsieur Greffé, del propio ramo, a cambio de diez doblones. Doce años después, Telesforo había reunido esa cantidad para amortiguarle a Greffé la inversión y quedar libre. Sin embargo, para dar cauce a su expediente legal, tuvo que aflojar una “propina” de dos pesos y cuarto a un comisario de policía.
Ambos ejemplos confirman no solo el revoltijo de abusos y oportunismos asociados al sistema burocrático, sino que el esclavo requería además estar preparado para vivir en libertad.

Otra revelación del escrito desmonta la opinión generalizada de que todo esclavista era blanco por regla. No pocos africanos fueron esclavos de su raza. Como le sucedió a Catalina Bosé, sustraída violentamente de Lagos con 600 más. Cedida primero a un comerciante, cocinó y lavó para él por cuatro años y medio. Entonces la adquirió Rosalía Aguirre, negra carabalí dueña de una fonda y quien la explotó hasta que su esposo, Ignacio Moni, fue a pagar el rescate.
Peor que una matrona blanca, Rosalía reclamó seiscientos pesos para dejar ir a Catalina, por lo que Ignacio presentó una queja ante el síndico local y este fijó la cuota en quinientos pesos; que, dicho sea de paso, parece haber sido el tope oficial para comprar la libertad. Ambos regresaban con 40 años; habían pasado la mitad de sus días en la isla.
Asimismo, Martina Seguí, que era una niña cuando la trajeron, fue vendida a un mandinga liberto, capataz de estibadores. Este, llamado Seguí, la hacía vender comestibles en la calle. Como inicialmente fue tasada en cuatrocientos pesos, cuando el mandinga decidió convertirla en su “coartada”, ella quedó debiéndole doscientos a plazos. El acuerdo fue traerle tres pesos semanales, que a la postre se tradujeron en veinte años de sumisión jerárquica. No conforme con esto, en lugar de liberarla, Seguí hizo caja vendiéndola. Martina conseguiría su libertad tres años después. Entre tanto, había podido comprar la de su hijo, Crescencio Seguí, de 18 años.
Tabaquero fue Manuel Vidaux. Lo capturaron en una guerra intestina y desembarcaron cerca de Matanzas hacia 1834. Su poseedor, el dueño de una tabaquería, le exigía torcer 400 tabacos diarios; si incumplía esa norma, lo desnudaban, amarraban y azotaban. Ganaba seis o siete pesos semanales, pero debía entregar cuatro y medio al patrón. Once años duró la tortura. Fue libre mucho antes de emprender el viaje a Lagos a sus 42 años. Tuvo suficiente para sufragar los pasajes de su mujer y un hijo adoptivo. Es un negro notablemente hermoso y bien formado. Es el líder del grupo que le obedece implícitamente. Le llaman capitán. Es también el más inteligente de todos”, describía la revista. Su espalda llevó por siempre las suturas del látigo.

De vuelta al comienzo
“Los 23” no fueron especie única. Otros núcleos de la diáspora trasatlántica hicieron colosales sacrificios por ser libres y volver a su patria, en manifiesto de los sentimientos viscerales, hábitos industriosos y nociones de hogar del pueblo africano. No hubo un flujo unidireccional, un destino prefijado que se truncó en la ida, sino que algunas oleadas recalaron en sentido inverso. Una travesía simbólica entre las aguas oscuras y traicioneras de la esclavitud.
El retorno, más que una liberación, estuvo cargado de preguntas sin respuestas; de un proceso de reconciliación psicológica y reconstrucción de identidades en un mundo que casi ya no conocían ni los reconocía como víctimas de una violencia histórica.
Aun así, los repatriados afrocubanos llevaron su potencial transformador y, en buena medida, significaron un punto de inflexión en la configuración sociocultural, económica y política de las comunidades donde se reinsertaban. Regresaron a Lagos aportando destrezas técnicas, influencias en la moda, la gastronomía y los estilos arquitectónicos que perduran todavía; así como el ajiaco religioso del cristianismo y los orishas practicado en Cuba. Para ellos, África sería tanto un lugar dejado atrás como un continente de nuevos comienzos.













