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Uno quisiera que sus hijos nunca conocieran la tristeza del mundo. Que mantuvieran la inocencia y pensaran que los seres humanos somos solidarios, empáticos, más que malvados.
Ellos se asombran cuando alguien tira un papel a la calle, cuando un muchacho grita en una esquina o un padre le niega el abrazo a su hijo.
Crecen y preguntan: ¿Por qué ese señor te pide dinero? ¿Cuándo nos ponen un poquito de corriente? ¿Por qué los del fondo siempre tienen luz y nosotros no?
Cuando comparten su almuerzo con la amiga del barrio, no piensan que están haciendo algo extraordinario. No saben que esa otra niña no tiene mamá como la tienen ellos, no tiene comida en su casa como la tienen ellos. Simplemente comparten porque han aprendido a hacerlo.
Los hijos son también esos amigos de la escuela: el que no aprende a leer, el que puede llevar dos meriendas para el día, el que solo carga con un pomito de agua. Son la exigencia de un mundo mejor y el derecho a no aburrirse.
En estas vacaciones escolares, muchos adultos nos levantamos cada mañana y, entre otras preocupaciones básicas, dedicamos un tiempo a inventar un día menos tedioso para los hijos.
Ellos se divierten en cualquier espacio abierto: corren en los bajos del edificio recolectando semillas, suben a los aparatos rotos de un viejo parque de diversión, se sientan a la sombra de un árbol a contarse leyendas inventadas.
Cuando llega la noche, están agotados, y duermen con una respiración pausada sin que los moleste mucho el calor, porque a todo se acostumbran los niños.
Entonces uno sabe que el que sufre el aburrimiento es uno mismo, porque quisiera llevarlos al mar, pero queda lejos y el transporte es imposible. Dicen que el acuario está renovado, pero ¿cómo vas a comprobarlo? Dicen que el famoso parque de atracciones tiene aparatos originales y una oferta especial: mil pesos por niño, mil por adulto, entrada más un líquido a consumir.
Para los padres que no tienen moto ni carro, que no pueden pagar dos mil pesos por una entrada, que no tienen electricidad para encender un televisor y para los que la prioridad es el plato de comida, ¿cuál es la receta contra el aburrimiento? Para los hijos que viven en la periferia de cualquier ciudad, ¿existe alguna?
La recreación es un derecho, no un lujo. Una infancia feliz es la base de una vida plena.
Lo que para algunos adultos puede ser intrascendente, para un niño es un suceso. Se asombran cuando del grano de frijol nace una planta, cuando un colibrí se posa frente a ellos en una rama baja; cuando les dibujas la Tierra en un globo y les explicas con una linterna cómo funciona el día y la noche, y les hablas de los planetas y de las estrellas.
La cuestión no es si “el niño se divierte con cualquier cosa”; la cuestión son los niveles de acceso. Cada vez menos niños pueden conocer una playa, o visitar un zoológico con variedad de animales, o subir a una montaña rusa o a un carrusel.
Pero son cada vez menos los niños que nacen en Cuba y son cada vez más los que encuentras pidiendo de comer en las calles.
Hay hijos que aprenden demasiado rápido las leyes más brutales de la supervivencia.
En medio de ese escenario, preocuparse por el aburrimiento de los niños puede parecer insignificante. Pero es justamente de lo pequeño de lo que hay que hablar. Para que las cosas que ayudan a vivir no se conviertan en privilegios.














Rey excelente reflexion !!!! y para nada insignificante, todo lo contrario, ellos son esperanza y merecen ser felices
Arrastramos consecuencias de malas decisiones tomadas por personas que mentían y ocultaban sus prebendas. Cuba tiene una mala reputación como negocio. No paga. Le debe a todo el mundo literalmente. “ Los revolucionarios originales” se deban golpes en el pecho y se reina en la asamblea diciendo que no pagarían las deudas. Mala fama. Cuna está en un punto de no retorno a esos idealismos disfrazados de empatía por los otros cuando en realidad tenía y tiene un gobierno corrupto lleno de unanimidades y otras exageraciones. Si, tristísimo y no faltaron las alertas pero, expulsaban o satanizaban a todo aquel que se atreviera a disentir. La pobreza ahora a alcanzado incluso a los privilegiados, pero, solo un cambio radical de mentalidad podría salvar a La Isla Bella de tanta apatía. Que tristeza tan enorme siento por Cuba.