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El duelo a muerte que no ocurrió

En 1886, en Jamaica, Antonio Maceo y Flor Crombet tuvieron un serio altercado que los llevó a citarse para el campo del honor.

por
  • Igor Guilarte
septiembre 5, 2026
en Historia
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Flor Crombet y Antonio Maceo fueron “amigos encontrados”.

Flor Crombet y Antonio Maceo fueron “amigos encontrados”.

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Una tirantez espesa, de esas que hacen temblar las paredes y sacan de sus cabales hasta a los hombres más prudentes, envuelve la noche del 17 de agosto de 1886. En la casa de Octavio Bavastro, en Kingston, están reunidos los generales Máximo Gómez, Antonio Maceo, Flor Crombet y Francisco Carrillo, el coronel Agustín Cebreco y el doctor Eusebio Hernández. Constituyen el alto mando militar del denominado Plan Gómez-Maceo, programa insurrecto iniciado dos años antes en San Pedro Sula (Honduras). El proyecto está en fase agónica, y para reparo de males, el Generalísimo apuesta toda su esperanza a esta junta; como su última bala.

Con el propósito de desembarcar en Cuba, durante ese periodo llamado por Martí de “calma turbulenta”, han organizado sucesivas expediciones que no llegaron a buen puerto. La primera fue la del vapor San Jacinto, en la cual Flor Crombet casi resultó capturado en Panamá. La de Bonachea desembocó en su fusilamiento en los fosos del Morro de Santiago. También Limbano Sánchez, que llegó a tocar tierra por Baracoa, murió asesinado en un bosque. En 1885 compraron un alijo de armas en Nueva York, pero la operación se encasquilló por el cónsul de Colombia, puesto de acuerdo con las autoridades españolas. Gómez decidió embarcarlas a Santo Domingo, donde el general golpista Ulises Heureaux se las confiscó y lo metió preso.

En una nueva intentona, el doctor Eusebio Hernández logró adquirir otro cargamento de armas y remitirlo a Panamá. Volvieron a surgir problemas y a duras penas Maceo consiguió salvarlo. La situación exigía un hombre que no fallara para conducir esas armas a Cuba; entonces Maceo pensó en Flor. Encargado de la misión, en quince días el dispuesto brigadier fletó un barco y articuló la expedición, pero fue descubierta en el último momento y las armas acabaron arrojadas al fondo del mar. Sobre Maceo cayó la responsabilidad de ese, el más reciente fracaso.

Retrato de Máximo Gómez en Jamaica. Foto: Tomada del libro Máximo Gómez, 1937.

La noche de las injurias

La causa parece perdida. Golpeados por la serie de fiascos, los hombres se encuentran anímicamente dispersos, frustrados, irascibles… Con voz de chino viejo, Gómez trata de alentar el espíritu e infundir confianza; habla de empezar de cero, reorganizar fuerzas, cerrar las grietas que han venido achicando a la emigración y quebrando la unidad de intereses. Propone no desistir de la invasión a Cuba de la manera prevista —entrando Flor por Oriente y Carrillo por Las Villas—. Las palabras cruzan la habitación como quien avanza por un campo minado.

El impulso apasionado por lanzarse a la lucha libertaria se les ha vuelto dentro un demoníaco afán de belicosidad. Son hombres duros; o, más bien, endurecidos, por cargar la guerra sobre los hombros y en la memoria los agravios. Bajo la reciedumbre de sus temperamentos se respira con disimulo un don de mando, una cólera antigua, sentimientos envenenados por desengaños y noches sin descanso. Con ese estado emocional poco factible para el diálogo se reúnen.

Maceo está apesadumbrado. “Tengo vergüenza por mí y mis compañeros, todos hemos quedado mal”, ha confesado antes en carta al coronel José M. Párraga. Cuando le preguntan sobre el curso que debe seguir la invasión, el caudillo santiaguero aboga por una suspensión táctica que permita armarse con sólidos recursos y alistar varios contingentes expedicionarios en paralelo. Eso puede llevar dos meses. Habla con transparencia y sentido realista.

Tiene en frente a Flor, distinguido por su labio roto, de silueta marcial, valiente hasta la muerte, suelto de palabra… Compañero de mil batallas y el mismo que le reprochó la concesión a Martínez Campos de la entrevista en Baraguá. Flor contradice a su superior y paisano; entiende que deben echar el resto para cumplir la palabra empeñada. Carrillo, Cebreco y Hernández lo secundan. Gómez plantea que mientras haya un jefe dispuesto a seguir la lucha, él lo apoyará. Se suceden las interrupciones. Ofuscado el juicio, el intercambio cede a la presión de los exaltados y el tono de las voces se levanta por donde mejor saben: el filo, el desafío, la sangre.

Flor, de 34 años, lanza una frase acalorada que cae como un planazo de machete sobre la paciencia de Maceo, ya en sus cuarenta. Durante un segundo, todos quedan inmóviles. “Cobarde”, le ha gritado. Con angustioso asombro, Maceo escruta de reojo a Gómez en espera de que este, haciendo valer la autoridad suprema, arbitre a su favor e imponga orden en aquella sala fracturada por las injurias. En cambio, el dominicano guarda silencio; se resigna.

“Desgraciadamente, nada se puede hacer”, dirá luego Gómez. Es un asunto entre cubanos, cavila, hundido en cierto complejo mental que lo acompañará hasta el final de sus días. Aturdido por los alardes de guapería y una violencia que no pertenece al momento, advierte que la junta convocada para salvar la causa está a punto de convertirse en otra herida abierta, y asume con agobio que no hay ejército más vulnerable que el que pelea contra sí mismo.

¿Ha perdido su viejo maestro el equilibrio moderador y el sentido de justicia? La duda de Antonio vaga como una sombra en el laberinto de su conciencia. Gómez no es “superior en todo”. Maceo se ve solo, casi acorralado por la discusión y las acusaciones de un Flor intratable. Sometido al retraimiento de Gómez y a tan serio insulto, el Titán responde airado; pero no basta quedarse en el mero parloteo. Intransigente siempre que del honor se trata, no dejará sin efecto el acto de reparación que le dicta su hombría. Reta a duelo a Crombet. La noche cierra su puerta detrás de los generales que llevan consigo solo repulsiones, y la reunión concluye con un único acuerdo: se quitarán el reconcomio en el campo del honor.

Grupo donde se distinguen Crombet y Maceo (de pie, al fondo). Foto: Biblioteca Nacional de España.

Desplante Gómez-Maceo

La tempestuosa reunión derivó también en un conflicto entre Antonio Maceo y Máximo Gómez. Al respecto, este señalaba que “terminó de una manera triste, pues, sin respeto a los demás ni respeto propio, se insultaron el general Maceo y Crombet —ambos predispuestos ya por las causas que se han venido amontonando y concurriendo a la pérdida de su contingente—. Me retiré de allí tristemente desalentado”.

Como si se supiera destetado o cumplido la mayoría de edad —ya era el Hombre de Baraguá—, Antonio comprendió que no debía seguir siendo esclavo de una impostada obediencia ni de ninguna conducta impropia de sus íntimas convicciones. Todavía caliente, apenas amaneció el día 19 de agosto, echó mano a la pluma y abrió fuego en extensa carta a Gómez: “Aquella célebre reunión debió hacerle sufrir mucho. Se hizo mala, para vergüenza nuestra […] Con mengua de la consideración que se debe a caballeros, amigos, paisanos y representantes de la causa de Cuba, se ofendía mi dignidad en presencia de Ud., que, como jefe supremo, podía y debía poner orden en el estilo y lenguaje grotesco con que se me ofendía”.

Le dejaba expuesta su crítica y justificaba su postura: “Pero todo eso importa poco; lo siento por Ud. y por Cuba. Las cosas que a mí me tocan, yo sé arreglarlas, y por eso cuando vi que por sobre su autoridad tenía que contestar, lo hice en defensa propia, y quizás sí para que no continuara aquel sainete, con desprestigio de Ud.: no se le respetó”.

En su Diario de Campaña, Gómez plasmaba su enojo a raíz del incidente: “En medio de todas estas dificultades y desgracias, me faltaba recoger un nuevo desengaño en la amistad del general Maceo. Este jefe, porque no estaba de acuerdo con él, […] se disgusta conmigo y me dirige cartas irrespetuosas y hasta insultantes, si se quiere”. Más adelante, se preguntaba: “[…] el estilo de sus cartas, ¿cómo debo juzgarlo? ¿Qué buena voluntad debo esperar de un compañero de este género?”; y a renglón seguido juzgaba al indómito por su exceso de “amor propio mal entendido” y “conducta altanera”.

Al contestar la misiva del dolido Maceo, el Generalísimo aclaraba: “Lamento que Ud. lamente con aparente razón que yo no terciara con mi autoridad para cortar las inconveniencias de la noche pasada, y si no lo hice fue porque en mí no predomina más que la idea de la mayor suma de bienes para Cuba, me pareció más conveniente dejar correr, que atajar las ideas, pues que ellas debían decirme con la clase de compañeros que ando en pos de un ideal”.

A puñetazos de letras plomizas, la controversia fue escalando a otra especie de duelo pernicioso, esta vez en el terreno epistolar, que en 1922 salió a la luz con el libro Epistolario de héroes, de Gonzalo Cabrales. Cartas de ida y vuelta. Maceo protestaba con vehemencia. Gómez ripostaba sin guardarse nada. En la medida que crecía la polémica, los tratos cordiales descendían de “Estimado amigo” a “Señor mío” o “General”, a secas.

Para septiembre de 1886 estaban tan veteados de resentimiento que Gómez zanjó: “Todo creo que ha concluido entre nosotros. Solo queda una cosa común entre los dos, sagrada por cierto, y que la he hecho mía, la causa de su Patria”. La respuesta de Maceo no se hizo esperar: “Dice Ud. ‘todo creo que ha terminado entre nosotros’. Eso no lo entiendo, pero lo que fuere lo acepto en la forma que Ud. lo determine; suplícole no confunda la causa con nuestras personalidades”. En conclusión, este desencuentro los condujo a un distanciamiento que duraría años.

Reto de generales

“El duelo debe ser a muerte —instruye Antonio a sus padrinos, cuando queda a solas con ellos—, pues es el que me gusta, y el único que en todo caso salva la dignidad y el honor de los que como yo han tenido la desdicha de ser provocados en mala hora, y sobre todo en casa de mis amigos y compañeros de infortunio que respeto y considero mucho”, recoge el historiador Raúl Aparicio en su célebre Hombradía de Antonio Maceo.

Discutidos los puntos principales, con la calma y madurez que el asunto requería, y sin poder llegarse a una salida amistosa a pesar de los varios esfuerzos de los intermediarios para evitar la aciaga confrontación, el 18 de agosto de 1886, en la ciudad de Kingston, Jamaica, volvieron a reunirse los hombres designados para ventilar la azarosa cuestión. Hablaron primero los señores Ernesto Bavastro y Benito Machado, notificando que su representado, general Antonio Maceo, exigía una satisfacción al general Flor Crombet, por las palabras ofensivas que este le dirigiera en la reunión privada de la víspera.

Los comisionados de este, coroneles Pedro Castillo y Agustín Cebreco, aceptaron el reto en correspondencia, y entonces se convino consignar las condiciones. “Los generales Maceo y Crombet se batirán a pistola, a veinticinco pasos de distancia, disparando al mando y debiendo tirar primero el que la suerte designe”. Así fijaba el acta en original y dos copias (una para cada contendiente y otra para archivar). Como fiel testimonio del lance, el documento auténtico sería conservado en el Museo Bacardí de Santiago de Cuba. Pero con la misma entraron a jugar varias consideraciones que pusieron sobre la mesa una serie de dilemas preocupantes.

Los protagonistas eran, desde la Guerra de los Diez Años, dos jefes de extraordinario prestigio; estaban juramentados ante la emigración cubana para llevar a cabo el plan de invasión a la isla y comprometidos a ser de los primeros en ponerse al mando del Ejército Libertador. Priorizar el lance en esos momentos conducía a exponer la revolución a un desmembramiento seguro. No solo por las graves consecuencias morales, sino por la posibilidad real de que en el encuentro uno de los dos saliera muerto; incluso, si nos atenemos a la puntería y al coraje que los volvieron guerreros legendarios, cabe pensar que ambos podían resultar desgraciados.

Los padrinos no quisieron hacerse responsables ante la patria y la historia de una desventura de tal magnitud. Asimismo, sostuvieron que el pleito hacía un favor a España y los dejaría en total descrédito, pues a los ojos del mundo parecerían una horda de “criminales”, “desunidos” e “informales”. Basados en esas reflexiones, pero a la vez obligados por el deber a honrar la voluntad y el buen nombre de los antagonistas, ambas partes evocaron como precedente lo acordado cuando el duelo entre el presidente Carlos Manuel de Céspedes y el general Ignacio Agramonte, y decretaron posponer la fecha del desafío para después de terminada la guerra.

El Plan Gómez-Maceo se fue a pique en diciembre de 1886. Después de tres duros años de trabajo se había perdido todo, menos la vergüenza y el anhelo de brindar por Cuba Libre. Decididos a terminar la obra, Maceo y Crombet siguieron estrechamente ligados, persistiendo en la lucha. Llama la atención que en cartas dirigidas por el segundo al primero se leen salutaciones en términos de: “Querido amigo” y “mande Ud. a su afectísimo amigo”.

No nos llamemos a engaños. Al final, como hombres de su tiempo, nunca se entendieron del todo. Lo mismo que esa página de desencuentro —como luego La Mejorana y otras tantas en el libro de Cuba— significó una muestra de que la trova de la “unidad monolítica desde la manigua hasta acá” podrá ser una arenga inspiradora, mas no una verdad histórica. En cualquier caso, sería un hilo elástico con muchos nudos gordianos.

Lo grande de aquellos hombres radicó en que supieron poner en plano secundario sus enconos, diferencias e intereses personales, para cumplir sus cometidos en busca de la libertad. ¿Se habría celebrado el duelo si Maceo y Crombet hubieran sobrevivido a la guerra? Nunca lo sabremos. 

Etiquetas: Historia de CubaPortada
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Igor Guilarte

Igor Guilarte

Santiago de Cuba, 1983. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (2007). Periodista e investigador histórico. Premio en Concurso Nacional de Periodismo Histórico 2020 y 2022.

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