|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Cierro los ojos y me veo entrando en la Biblioteca del Congreso, una mañana de otoño que no podía ser más apacible. Me acompañaba mi mujer, especialmente ilusionada por poner los pies en aquel edificio legendario, que imaginaba desde sus años de estudiante de Periodismo. Yo le anunciaba que, en la misma entrada, detrás de un vidrio blindado, nos esperaba una copia original de la Biblia de Gutenberg, el primer libro impreso con caracteres móviles en la historia de Occidente.
Habíamos asistido cuatro días al Congreso de LASA (Latin American Studies Association), y aprovechamos la hospitalidad de una vieja amiga, que nos prestó su casa en Capitol Hill, para quedarnos a visitar museos, monumentos, sitios icónicos del noroeste de la ciudad, donde se concentra la mayor parte de su brillo, o a dar vueltas sin rumbo fijo. Hacíamos turismo de bajo costo en plazas, parques, cafeterías con mesitas en la acera, por el Mall, Dupont Circle, Georgetown, Adams Morgan, donde todo queda a una distancia caminable, que es como da gusto conocer una ciudad.
Hacía ese fresquito tirando a frío propio del inicio de la estación en Washington D.C. El cielo encapotado. Hacíamos tiempo en la tienda de la biblioteca, esperando a que abrieran. Fue entonces que una empleada, con esa expresión de quien no quiere causar pánico, pero se adivina que sabe algo serio, nos pidió amablemente que nos retiráramos, porque había sucedido “a terrible thing”.
Al salir de la biblioteca, en el parque frente al Capitolio, vimos a un grupo que parecían periodistas, reunidos en torno a algunos funcionarios que iban saliendo del edificio, como escuchando explicaciones. Nadie parecía alarmado ni mucho menos se apreciaban señas de peligro. Íbamos caminando hacia el grupo, a ver si nos enterábamos de algo, cuando en eso se sintió el ruido característico de un avión.
Fue como el efecto de un pistoletazo en una manada.

El peligro venía del aire
No habíamos llegado a tiempo para escuchar lo que pasaba, pero a juzgar por el espanto ante el ruido del avión, el peligro venía del aire. Una mujer que pasó a millón delante de nosotros había perdido un zapato, pero igual había seguido su carrera como si nada.
¿Qué rayos estaba pasando? ¿Un piloto de combate había secuestrado un F-16? ¿Y ahora amenazaba con atacar el Capitolio? ¿La Casa Blanca?
Como no sabíamos el origen del pánico, éramos los únicos locos que íbamos caminando despacio, observando lo que pasaba, y en eso estábamos cuando vimos llegar a media docena de patrulleros, chirriando gomas como en las películas, y desplegándose por los alrededores del Capitolio.
No entendíamos bien qué tenía que ver la policía con una amenaza proveniente del cielo, pero por si acaso, nos fuimos a coger el metro en la estación más cercana, Capitol South, a casa de unos amigos. Una de aquellas líneas pasaba por delante del Pentágono, y allí supimos que estaba interrumpida, por algo que tenía que ver con una explosión en aquel rumbo, hacía pocos minutos.
Solo al llegar a casa de los amigos, preocupados por nosotros, nos enteramos del ataque a la primera torre. Y casi de inmediato, súbitamente, vimos el otro avión estrellándose contra la segunda.
No sé cuántas veces, en las horas siguientes, volvimos a ver aquellas imágenes hipnóticas, una y otra vez. Y cuántas otras pensé dónde habríamos estado si, en vez de quedarnos remoloneando en D.C., hubiéramos decidido irnos a Nueva York.

Sensación de irrealidad
El recuerdo de aquellas torres gemelas, a donde había subido yo exactamente diez años antes, que salían en todas partes y habían llegado a convertirse en paisaje de la gran ciudad, me daba una sensación rara, como de irrealidad, de un tiempo perdido para siempre.
Todas esas cavilaciones, naturalmente, parecían ínfimas para la gravedad del momento. En contraste con el miedo que embargaba a la gente, y con la sensación de encierro que habíamos empezado a sentir, nosotros también, en un país que había entrado en una especie de toque de queda.
Así siguió en los días siguientes, como si el tiempo y todo lo que debería pasar se hubiera congelado.
Cuando logramos que nos asignaran nuevos pasajes de avión para salir de Washington con destino a San Juan —yo estaba dando clases en la Universidad de Puerto Rico—, tuvimos que retroceder hasta Cleveland, y llegamos tan atrasados que perdimos la conexión, y nos quedamos varados una noche.
Gracias a la solidaridad de esa especie de masonería que conecta a los poetas cubanos en donde quiera que estén, mi amigo Víctor Rodríguez Núñez y su esposa Kate, al saber que estábamos allí, nos reservaron un hotel y tuvimos donde dormir.
Con el desvelo de los acontecimientos, esa noche me puse a escribir una mezcla de crónica y ensayo de interpretación de aquellos días con mis primeras impresiones. Lo titulé con un verso de Constantin Kavafis, el gran poeta griego, que para mí captaba con magistral ironía la paradoja y a la vez el sentido profundo de aquel momento trágico, que el ataque a las torres expresaba de manera terrible.
Al llegar a San Juan, lo mandé a La Habana por correo electrónico y se publicó en Juventud Rebelde.
Gracias a algunas buenas amistades y al Centro de Información para la Prensa, lo he vuelto a leer, 25 años después. Y aunque he escrito otras veces sobre aquel acontecimiento, y sus sombras posteriores, me parece que aquellas notas redactadas con el calor reciente de los hechos, y bajo la impresión de sus efectos en la gente y la política de Estados Unidos, todavía se dejan leer, así que se las dejo aquí.

Esperando a los bárbaros
Al pasar cerca de la mole sombría del Pentágono, envuelto en ese aura irreal de los grandes edificios por la madrugada, mientras salíamos de Washington el sábado, iba pensando en lo extraño de un momento como este.
“¿Dónde estaba usted cuando el avión se estrelló contra el Pentágono?”, le pregunté a Fred, el taxista que nos llevaba al recién abierto aeropuerto Dulles. “En la calle, pero no sentí el ruido; luego sí oí una explosión, y el sonido de un avión”, me dijo, “entonces escuché por radio lo que estaba pasando”. Luego comentó, como para sí mismo, sin énfasis: “Yes, it’s frightening”.
Esa mezcla de estupor y espanto provocada por las imágenes de las torres gemelas envueltas en llamas y del muro del Pentágono arrasado se ha sembrado en las mentes de las personas en apenas unos días.
El aeropuerto Dulles, a más de 50 kilómetros del Distrito de Columbia, estaba congestionado a esas primeras horas del sábado, a pesar de que la mitad de los vuelos se habían cancelado. En vez del bullicio diligente habitual, largas colas de preocupados pasajeros avanzaban a paso de tortuga hacia mostradores de empleados trasnochados, que trataban de cumplir con las numerosas regulaciones implantadas, y se demoraban quince minutos o más en procesar a cada uno.
Policías uniformados, empleados de la seguridad del aeropuerto, agentes de jackets negros con letreros de la Aviación Federal, se seguían desplazando por los pasillos llenos de maletas y rostros exhaustos. Todos los vuelos hacia Houston, una de las principales puertas hacia México, fueron cancelados hasta el lunes. El nuestro se había atrasado más de dos horas; la posibilidad de alcanzar la conexión prevista es remota. Muchos otros pasajeros se quedarán varados en escalas intermedias. Pero todos los que pueden están tratando de salir de esta ciudad capital, cuyo principal aeropuerto, a dos millas de la Casa Blanca, permanece cerrado indefinidamente.
Los controles de la seguridad para vuelos domésticos se han hecho compulsivos; se abren equipajes para extraer tijeras de uñas, o para comprobar que lo que llevamos en el maletín de mano son bolígrafos. En los televisores de las salas de espera, minutos antes de montar en el próximo vuelo, los viajeros silenciosos contemplan las imágenes recurrentes del 737 de American embistiendo la torre norte del World Trade Center. “It’s frightening”, como dijo Fred. Pero no solo por el miedo a los aviones, ni por la diseminación de la sensación de zozobra entre la gente, sino también por sus reacciones.
Junto con las banderas portadas por grupos que vimos ayer entonando himnos patrióticos y dando vueltas alrededor de la Casa Blanca, las amenazas contra árabes y musulmanes, el chauvinismo y la xenofobia se han destapado en esta atmósfera propicia, a pesar del llamado de líderes políticos, religiosos y representantes de grupos étnicos para evitarlos. El dolor, la tristeza, el temor, se han empezado a mezclar rápidamente con el clamor del castigo y el sentimiento de venganza.
Expertos militares explican por televisión los pasos previstos para un ataque contra Afganistán; otros advierten los problemas logísticos de invadir un país abrupto y en estado de movilización bélica desde hace más de veinte años; los políticos auguran que será una guerra larga. El surgimiento de una espiral de violencia se palpa casi físicamente.
Desde la época de la guerra con Japón, y de la paranoia desatada durante los breves días de la Crisis de Octubre, la idea de la inminencia de una agresión no había aparecido en el horizonte de la vida cotidiana de los norteamericanos. De hecho, ni las bombas japonesas ni los misiles soviéticos estallaron nunca sobre Nueva York. Varias generaciones después, en el mundo omnipresente e instantáneo de la televisión e Internet, la devastación del centro comercial de Manhattan y el incendio de la ciudadela de los militares, con una cuenta de muertes que no ha concluido, ha hecho realidad inesperadamente las pesadillas de la Guerra Fría, estremeciendo hasta el fondo esa vida cotidiana.
Aunque se le atribuye la identidad de un grupo extremista sumergido en un país cuya ubicación geográfica hubiera sido imposible anteriormente para cualquiera, o el rostro de un jefe terrorista barbudo que dispara lanzacohetes en las pantallas de los televisores, el enemigo en este caso no solo es estrictamente invisible, sino que ha penetrado en unos Estados Unidos de pronto vulnerables. De ahí las miradas recelosas hacia todo el que, por su color o rasgos, pudiera evocar las fotos de los secuestradores.
Desde el aire transparente que cubre Washington esta mañana ligeramente fría de sábado, montados en un inocente bimotor que gira hacia los Grandes Lagos, vislumbramos la ciudad monumental, expresamente diseñada para parecerse a Roma. Mientras nos alejamos, en este viaje enrarecido por las voces que allá abajo profetizan —y preparan— la guerra, me viene a la mente aquel poema de Kavafis que, irónicamente, empieza así: “Aquí estamos, esperando a los bárbaros”.













