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Cubanos al sur del alma

En el Antel Arena, durante los dos conciertos de Silvio Rodríguez en Uruguay, se percibía la presencia cubana en los pasillos, en las banderas colgadas al cuello, en los murmullos previos al inicio. Había algo de Cuba sobrevolando el recinto.

por
  • Kaloian Santos
    Kaloian Santos
octubre 20, 2025
en Por el camino
1
Foto: Kaloian.

Foto: Kaloian.

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Durante los dos conciertos de Silvio Rodríguez en Uruguay hubo más banderas cubanas que en cualquier otra escala de la gira. No es una impresión romántica ni una exageración patriótica: tiene su explicación. Caminar por Montevideo es descubrir, poco a poco, ese semillero de compatriotas que ha echado raíces a orillas del Río de la Plata.

El uruguayo es sereno, de andar pausado y voz baja. El cubano, en cambio, lleva la efusividad en la sangre. Por eso, aunque aquí nadie grite como en Centro Habana o en el barrio Chicharrones de Santiago, basta escuchar un “asere” al pasar, una carcajada que rebota en la vereda o un acento que no disimula su procedencia para reconocer a los tuyos.

Me subo a un taxi: el chofer es cubano. Entro a una verdulería a comprar frutas: me atiende un cubano. En el hotel donde nos alojábamos, uno de los trabajadores de mantenimiento y una muchacha del servicio también eran cubanos. En los últimos años, esta escena se repite una y otra vez. Miles de mis compatriotas han encontrado en Uruguay un refugio posible, un lugar donde reconstruir la vida sin renunciar del todo a la memoria.

En Uruguay residen oficialmente 11862 cubanos, según el censo de 2023, aunque organizaciones migrantes estiman cerca de 30 mil debido a que muchos no fueron contados por su situación irregular; solo en 2023, 7293 cubanos solicitaron refugio tras cruzar desde Brasil. En mayo de 2024, el gobierno aprobó una ley de residencia por arraigo para regularizar a más de 20 mil extranjeros —con especial impacto en cubanos y venezolanos— que habían pedido refugio sin cumplir los requisitos para la residencia.

Foto: Kaloian.

En el Antel Arena, durante los dos conciertos de Silvio, se percibía la presencia cubana en los pasillos, en las banderas colgadas al cuello, en los murmullos previos al inicio. Había algo de Cuba sobrevolando el recinto.

Un torbellino de preguntas me asaltó. ¿Qué sentirían esos cubanos cuando escucharan, en la voz de Silvio, aquel fragmento del ensayo martiano Maestros ambulantes? Sobre todo cuando no se detuvo en la cita tantas veces repetida —“ser culto es el único modo de ser libre”—, sino que continuó con esa parte menos citada, pero igual de luminosa: “ser próspero es el único modo de ser bueno”. 

Foto: Kaloian.

¿Qué ecos despertaría esa frase en quienes cargan con la fractura entre la educación y la pobreza, entre la formación y la imposibilidad de prosperar? ¿Qué fibra tocaría la canción “Nuestro después”, con su retrato del desarraigo y la fuga? “Cuando se van los hijos / los nietos, el futuro…” ¿Cuántos se reconocerían en esos versos? ¿Cuántos verían en “Viene la cosa” la alusión a los silencios cotidianos, a esa costumbre de esquivar “la cosa” que todos conocen pero nadie nombra en nuestra isla? ¿Y qué temblor produciría que “Historia de la silla” volviera con esa vigencia que estremece: “Siempre vale la agonía de la prisa / aunque se llene de sillas la verdad”?

¿Qué sucede con todo eso? ¿Qué mezcla de emociones, culpa, orgullo y pertenencia se desplegaba en ese público cubano que cantaba desde lejos? Tal vez en esas canciones —más que nostalgia— se cifraba una forma de reconciliación: con la isla, con la historia y consigo mismos.

Leyda Machado es una cubana que desde hace algunos años vive en Montevideo junto a su esposo Pocholo, también cubano. Asistió al concierto de Silvio con su hijo Aleph, de poco más de un año, en brazos. Dice que, antes de entrar al Antel Arena, no tenía grandes expectativas. 

“Si te soy honesta, no fui al concierto con la misma emoción que tenía antes de ver a Serrat, a Sabina, a Fito Páez o a Jorge Drexler acá en Uruguay. Supongo que porque ya he visto a Silvio varias veces, porque siempre ha estado al alcance, en los conciertos de los barrios”, recuerda. No sentía ese cosquilleo previo. “Y mi esposo me decía que estaba igual.”

Leyda Machado, su esposo y su hijo Aleph durante el concierto. Foto: Kaloian.

Sin embargo, apenas sonaron los primeros acordes, algo cambió. “En cuanto Silvio empezó a cantar, empecé a llorar. No es que se me salieron las lágrimas: me rompí en llanto”, confiesa. En medio de la emoción, alcanzó a decirle a su esposo: “No es por nada, pero estar acá, a diez mil kilómetros de distancia, lejos de todos nuestros afectos, y de pronto ver a Silvio y escuchar esa voz tan cercana, esas canciones que son parte de uno, es algo muy fuerte. Te conecta con una cantidad de cosas; te pone delante tu país, tus amigos, tus añoranzas.”

Dice que no sintió una teletransportación a Cuba, sino todo lo contrario: una conciencia plena de su lugar en el mundo. “Tenía los pies en Montevideo, con mi hijo uruguayo en brazos, y miraba cómo la gente de este país se emocionaba con un trovador cubano, con un texto martiano. Eso te llena también de amor propio y de un patriotismo hermoso, muchas veces vilipendiado por todo lo que nos está pasando como país.”

En medio de la emoción, pensó en las madres. “Pensamos en nuestras mamás. La de mi esposo ya no vive, pero fue quien le enseñó las canciones de Silvio. Y la mía, que nunca ha ido a un concierto suyo, me escribió por WhatsApp: ‘Yo quiero estar ahí’.” 

Desde su asiento, escuchó a una uruguaya gritar: “¡Silvio, mi mamá te ama!” y sonrió entre lágrimas. El momento más intenso llegó con “Unicornio azul”. “Mi niño estaba con su papá a los pies, y él le cantaba también llorando: ‘Mi unicornio y yo hicimos amistad…’. ¿Qué te puedo decir? Es una escena demasiado poderosa: vernos como padres emigrantes sosteniendo y arropando a nuestro hijo con lo que fue una parte de nuestra infancia y adolescencia.”

Foto: Kaloian.

Leyda observó también a otros cubanos desperdigados por el estadio. “Había un friki de más de cuarenta años frente a mí, del otro lado del pasillo. En un momento, cuando alguien gritó ‘¡Viva Cuba libre!’, él alzó una bandera cubana. Eso te da una idea de su postura política. Pero cuando Silvio cantó ‘El necio’, lo vi también cantando. Es más complejo de lo que la gente cree, porque aunque sea un himno trillado políticamente, con el que probablemente ese hombre no comulgue a estas alturas, es algo que uno no puede arrancarse, por más que quiera”.

Esa noche, dice, se sintió la presencia de muchos cubanos. “No todo el público que Silvio convoca es la izquierda latinoamericana que tiene la idea de la isla socialista y victoriosa del Caribe. No es ese su único público. Hay de todo. Y me parece interesante y esperanzador que haya mucha gente dentro de la emigración, con sus dolores y posiciones claras frente al totalitarismo cubano, pero que no quiera hacer escrache —sobre todo a quien no se lo merece—, y que esa emigración no renuncie a la banda sonora de su vida”.

Para Leyda, ese es el verdadero sentido de un concierto: “No se trata solo de canciones. Es la amalgama de sentimientos que producen la poesía, la música, las emociones, la persona que tienes al lado, el grito que sientes desde el fondo, el aplauso inesperado. Todo lo que sucede en ese pequeño gran espacio donde coinciden tantas almas es único, irrepetible e inexplicable casi siempre.”

Foto: Kaloian.

Para ella —y para muchos de esos cubanos— el concierto no fue solo un reencuentro con un artista, sino con una parte de sí mismos. En un país que los ha recibido con respeto y oportunidades, pero donde el desarraigo aún duele, escuchar a Silvio fue como abrir una ventana a la memoria.

Esa noche, entre los acordes y las banderas, los cubanos que viven al sur del alma volvieron, por un instante, a la Isla que sigue sonando dentro de ellos. Porque hay músicas —y patrias— que no se abandonan nunca, ni siquiera cuando se cruza el mar.

Tuve que salir de Cuba para entender algo esencial: que se puede pensar distinto, incluso estar en las antípodas ideológicas de alguien, y aun así dejarse salvar por las mismas canciones de amor. Aprendí también que pensar diferente no implica anular ni despreciar al otro, sino escucharlo.

Silvio —en la escalinata de La Habana, en el primer concierto de esta gira— cantó una canción que hasta ahora no ha vuelto a hacer. Decía:

Cualquiera que nace en Cuba
puede llamarse cubano
aunque le guste la uva
más que el plátano manzano.

Foto: Kaloian.

No sabría decir cuántos de los 11500 asistentes que llenaron el Antel Arena cada noche eran cubanos. El número, en el fondo, no importa; la cifra es apenas una estadística. Los que estaban allí —los que gritaron “¡Cuba libre!” y, al mismo tiempo, lloraron y cantaron ‘El necio’— no habían comprado una entrada para participar en un acto político ni para levantar una bandera de consigna. Fueron movidos por una fibra más honda, más íntima que cualquier ideología.

Quizás muchos pensaban distinto, incluso radicalmente distinto, pero ninguno quiso perderse el reencuentro con esas canciones que los acompañaron desde siempre, que aún los sostienen lejos del hogar, de la familia, del barrio, del Malecón.

Foto: Kaloian.

Y fantaseo con que, quizás, después del concierto se fueron al Malecón de Montevideo a seguir trovando con alguna guitarra y una botella de vino barata, como habrían hecho en La Habana, pero con un ron de la bodega. 

Porque un malecón siempre inspira; si no, que le pregunten a Silvio cómo compuso “Casiopea”, una madrugada en el Malecón habanero, cuando solo veía las estrellas y una figura —cuya cara nunca conoció— le contó la historia que dio origen a la canción. Aunque el malecón montevideano sea otro —frío, de piedra, de río infinito donde no se ve el otro lado—, esa noche, para muchos, volvió a ser el mar Caribe.

Y en medio de la distancia, entre la nostalgia y la esperanza, comprendieron que no hay exilio posible cuando una canción te recuerda quién eres y de dónde vienes.

Etiquetas: PortadaSilvio Rodríguez
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Comentarios 1

  1. Lez says:
    Hace 10 meses

    Bonita crónica. Emociona leerlo.

    Responder

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